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relajación (cuento mío)

Arte9/16/2009

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Relajación

En un instante dormiría, por fin, otra vez.
Nunca podría definir el momento exacto en el que estaba por dormirse, el instante previo al olvido. Desde siempre, esa lucha desigual entre hombre y sueño que jamás lo tendría victorioso.
¿Para qué buscar el instante previo? Quizás no había un previo, siempre tan lineal él, siempre tan racional, pensando las cosas en su extensión, siempre con un principio y con un final, con límites exactos entre una cosa y otra. No creía en los grises.

Ya sabía, en un instante dormiría y cada segundo podía ser el último y esta indeterminación lo desesperaba. Y justamente por esto nunca dormiría.
Pero (era inevitable) tarde o temprano debía dormir y sería indispensable relajarse. Con aquel juego-método que Cristina le había enseñado.
Pero sin pensar en ella…porque ya no estaba... porque se había ido con otro y nunca más. Desde ese día estaba muerta para él.
Rebobinar. No. Rebobinar. Sí.
Algo.
Algo le había dejado. Algunas tibiezas más. Más sensibilidad. Más curiosidad. Con ella casi todo había sido como un sueño (y alguna vez se llegó a preguntar si no había sido así en verdad)
Todo había sido como un sueño, hasta que se marchó y nada más.
Nada.
Rebobinar.
Increíble como resultaba ese método. Cómo lo ayudaba a dormirse.
Repasar el día. Pensando en cada acto, en cada cosa que había hecho.
“Un método de relajación oriental” le había explicado ella. “Tenés que rebobinar tu día, como en una videocasetera, tenés que empezar desde tu última acción del día, lavarte los dientes por ejemplo fue lo último que hiciste antes de acostarte y así hasta que llegas a la primera acción del día, es infalible, al momento en que repasas tu primera acción del día, te dormís, pero ojo, no tenés que juzgar ninguna de las cosas que hiciste. Nunca. No tenés que decirte esto estuvo bien o esto estuvo mal, solo repasarlas, desde afuera, viendo todo por otros ojos”
Algo.
Nada. Nada le había costado intentarlo (la primera vez). Nada con tal de evitar su inevitable pensar-repensar-nodormir-jamás. El cabalgar incesante sobre pensamiento tras pensamiento de cada noche.
Lo intentó.
Y funcionó.
Desde ese día la amó aún más. Hasta que se fue.

En un instante dormiría. Antes había pensado en que dentro de poco se dormiría. Antes de eso había pensado en Cristina, en que se había ido, en que todavía le costaba evitar pensar en ella antes de dormirse, aferrándose estúpidamente a su recuerdo como si todavía estuvieran juntos, incluso creyendo ( íntima, ilusa, instintivamente) que todavía seguían juntos, hasta que su razón acomodaba cada cosa en su lugar: el dolor , la rabia , la desesperación, la tristeza , la autocompasión.
Antes se había acostado.
Antes de eso, no se había cepillado los dientes, se había parado en la puerta del baño y ni siquiera esta mínima decisión había podido tomar, había estado parado frente a la puerta del baño por dos, tres, cuatro minutos esperando algo. Temiendo algo… Nada. Y finalmente se había apurado por desplomarse sobre la cama.
Antes de eso había comido un pedazo de pollo que alguien había dejado en su heladera, quizás él, quizás alguien más (pero más probablemente él porque nadie más había entrado en esa casa en un tiempo). Sin ganas. Sólo porque algo en su estomago crujía.
Una pata.
Fría. Grasosa en sus manos. Pegajosa en su boca. Pastosa en su lengua.
Un horror.

Antes de eso había visto algo de televisión. Sin volumen. Con el equipo de música prendido en una melodía familiar. Una melodía que recordaba amar. Una melodía de esas perfectas, pero a la que se había vuelto insensible. Con gran dolor lo notó (con gran notor lo doló).
Ya no la sentía en el aire, no la sentía en su piel. Sólo un murmullo (apenas un bzbzzzzzzzzz) en sus oídos, a los que no les importaba que terminara o no. Ya no sentía esa estúpida nostalgia cuando terminaba. Esa nostalgia porque había acabado y su sensibilidad gritaba por volverla a oír, porque había acabado y sería demasiado volverla a escuchar...
Antes de eso, zapping , zapping y más zapping, un par de películas que ya había visto pero que podría volver a ver, informativos aquí y allá, videoclips aquí y allá
Luces
Muchas luces y nada más. Un fulgor retumbaba sobre las paredes.
Más claro. Más oscuro. Pero nada más. ¿Antes de eso?

Antes de ver tele, había prendido el equipo de música. Había dudado si escuchar ese tema que tanto le gustaba y que le recordaba a….
Decidió que sí.

Antes de eso. Había llegado a su casa. Había encendido todas las luces posibles. Había caminado sin rumbo dentro de su casa, como si estuviera buscando algo. La sentía vacía.

Antes había manejado su auto. Luces de nuevo. Rojo. Verde. Rojo. Verde. Algún amarillo y la noche negra bajo la inevitable lluvia.

Antes de eso había salido de su oficina y se había encontrado con la lluvia. Y supo que había perdido otra vez.

Antes de eso había pasado el día en su oficina. “Un día de mucho trabajo hoy” Antes de salir de su oficina, había saludado al guardia. Antes de saludarlo había bajado en el ascensor y mientras bajaba en el ascensor había pensado en el día anterior a esa misma hora.
Once cuarenta y cinco.

Antes había llamado al ascensor.
Antes había dejado en orden su escritorio y su oficina. Cada cosa en su lugar. El desorden complica y es tan fácil evitarlo...

Antes había estado trabajando...¿cuatro?¿cinco horas? Frente a la PC. Con los papeles de la cuenta de Anderson y con los de la Cervecería que eran más complicados. Mientras trabajaba había llamado Doña Antonieta. ¿Para qué llamaría? Aunque lo sabía, fingió no saberlo. Y al parecer fingió bien porque ni siquiera preguntó lo que pensó que preguntaría. Llamaba para hablar de Cristina. Pero Doña Antonieta también sabía que él no podía tolerar siquiera su nombre. Dudó. ¿Si no había hablado con Cristina últimamente? ¿Y que le interesaba a él nada de Cristina? No, no sabía nada de Cristina. Habló de dos o tres cosas más (sin importancia) y cortó. Le dolió no saber que era de su vida. Como andarían sus cosas. La última vez que se habían visto no estaban como para hablar de banalidades.

Antes había trabajado. Más y más. Charlas con un par de clientes. La reunión con los de tesorería. Todo bien con los números por suerte. Los números sí que eran fieles. Nunca fallaban. Antes había llegado del gimnasio.

Antes había ido al gimnasio, como todos los días. A pesar de que estaba agotado por todo el trajín de la noche anterior. Sólo un par de ejercicios livianos. Un poco de bicicleta. Unas abdominales. Ejercicios con poco peso. A pesar de que no tenía ni las más mínimas fuerzas, hubiera sido tonto romper la rutina justo ese día.

Antes había llegado al gimnasio y había cruzado dos palabras con la chica del mostrador. Nada importante. Algo sobre las cuotas.

Antes había aparcado en el parking cubierto porque parecía que iba a llover y el coche estaba recién lavado.

Antes había pasado a lavar su coche en un lavadero, a sacarle todo el lodo de las ruedas y de los parachoques, a aspirar un poco toda la suciedad acumulada en el asiento de atrás

Antes había salido de su casa. Había conversado con el portero, que le dijo que seguro que más tarde llovía. Don Andrés (el portero) tenía un don para estas cosas y siempre acertaba. Si decía que iba a llover, llovía. Daniel siempre le llevaba la contra, aún sabiendo que llevaba las de perder, ese día no fue menos y se quedó un par de minutos, como casi todos los días, a discutir las probabilidades de que lloviera. Incluso apostaron, como siempre hacían, unas monedas. Monedas que Daniel invariablemente perdía.

Antes había abierto la puerta de su casa.

Antes había vuelto del cuarto de lavado y había dejado secando la ropa recién lavada en su balcón.

Antes había ido a lavar algunas cosas. Como no se sentía muy bien esperó a que el cuarto de lavado se desocupara. No tenía ánimos para entablar esas conversaciones superficiales con algunos de sus vecinos mientras esperaba la ropa. Así que fue cerca del mediodía, para evitarse tanto esas charlas casuales como otras molestias.

Antes había bajado en el ascensor hasta el cuarto de lavado. Mientras bajaba había pensado en el día anterior. Sintió una molestia en la espalda, un peso, no un dolor, que no entendía bien de donde venía.

Antes había salido de su casa y había llamado el ascensor.

Antes había abierto la puerta de su casa.

Antes había esperado que pasara el tiempo, leyendo el periódico sin leer, esperando que el sol subiera más, que fuera mediodía.

Antes había abierto la heladera sólo por costumbre, ni siquiera había mirado adentro. La cerró sin sacar nada. Tampoco tenía hambre y más bien sentía unas ligeras nauseas.

Antes se había vestido rápidamente aunque no estaba apurado.

Antes se había lavado la boca. Se había mirado al espejo y se había preguntado quien era ese que lo miraba desde detrás del cristal. Todo le decía que era él: Daniel Santos.
Pero él todavía no podía creerlo. Esa mueca en la boca no era suya. La mirada macabra tampoco. Pensó que quizás nunca más se animaría a mirarse en un espejo de nuevo.

Antes había caminado tambaleando hacia el baño, con mal gusto en la boca y una molestia en la espalda.

Antes había despertado sobresaltado con la campanilla del despertador y la imagen terrible del cuerpo de Cristina hundiéndose en el fondo del pantano.




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