El desierto de nuestras vidas.
Dios usaría el desierto para enseñarle a Moisés aquello que el palacio nunca le hubiera podido enseñar. Se educó en la corte del rey, pero su sabiduría y su carácter serían forjados en el desierto. Aquello que Dios haría en Moisés mientras esperaba, sería tan importante como aquello que haría a través de él cuando actuara.
La experiencia del desierto convenció a Moisés que no podía ser por sí mismo el líder de su pueblo, pero esto lo llevó al punto de la completa rendición.
Moisés debió aprender que Dios se deleita en formar siervos, no faraones y que puede hacer su mejor obra en lo secreto, no a la vista de todos. Dios quiere que nos acerquemos más a Él, eso debe tener mayor importancia que la satisfacción de nuestros más profundos deseos. Él nos dejará en el desierto hasta que escuchemos su voz y lo busquemos con firmeza y propósito.
David, quien pasó gran parte del tiempo recuperándose del fracaso afirmó: “Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios” (Salmo 51: 1, 7). Todos debemos morir a lo que es agradable y atractivo: al camino fácil para que tengamos el valor de escoger el camino peligroso.
Si asimilamos la lección que debemos aprender en nuestro desierto, nos daremos cuenta que mas allá de una disciplina, Dios nos está capacitando para un ministerio más efectivo y menos egoísta. Hay un toque nuevo de Dios de una manera más profunda en nuestro desierto.
Maranata, Javier DD.

