Hola!! como vaa!?? por fin terminé (mas o menos) mi
blog, y obviamente lo tengo que postear acá, ya que gracias a quenes publicaron algunos
tutoriales de Blog pude ponerle algunas cositas más...
EL blog es de cuentos y relatos cortos, algunos divertidos, con otros espero sorpreder y
hasta dar una sensación de extrañeza..., pero mi mayor anhelo es que les guste todos ya
que me estoy dedicando a full a escribir. Les dejo acá uno de los cuentos, si les gusta
pasen, que son bienvenidos. Los espero.... Cristian.
Esta es la dire: http://cuentoscortosparaleer.blogspot.com/
El Caballero Skirno
Aún no puedo aceptarlo, no quiero hacerlo, pero el miedo es superior, es avasallante, tiene el poder de vencer fácilmente mi orgullo, que enseguida es relegado como un sentimiento obsoleto. Así, temeroso y sin orgullo, soy tan vulnerable como un guerrero en batalla sin su espada y sin su armadura; soy como la hoja del árbol seca que, ante el primer soplido del viento otoñal, se rinde después de haber temblado unos minutos y cae con aplomo sobre el suelo; me siento como el que por ser amable es considerado un idiota, como el que por ayudar es humillado, como aquel que por prestar es robado.
Las palabras son tan simples, tan livianas que les basta posarse en el aire para llegar a destino, pero a la vez son tan poderosas que el mundo podría ser destruido si se las utilizara con ese fin. Pueden dar felicidad a cualquiera, pero asimismo llevar al más profundo sentimiento de tristeza, de desolación, de angustia y de desasosiego. Algunas son hermosas, agradables, capaces de realzar las virtudes humanas; otras, por el contrario, expresan la propia miseria del hombre. Algunas ayudan y otras, en cambio, entorpecen, son trabas para aquello que debiera fluir, convirtiéndose en rocas que traban el cauce un río. Cuando le dije a aquél hombre, cuya máscara me pareció una exageración, que no temía nombrarlo en una historia, puesto que él sólo era parte de uno de mis cuentos, debí pensarlo mejor, ya que desde esta mañana me espera frente a la puerta de mi casa; aguardará hasta que yo salga, para acabar con mi vida. He aquí la prueba de todo lo dicho, y las consecuencias de no haber tenido la debida precaución en el uso de una herramienta tan poderosa.
Hace un tiempo, en una noche tormentosa, inundada de relámpagos y truenos, sin una sola estrella en el cielo oscuro, sentí la necesidad de escribir un relato. Ello era algo bastante habitual, ya que mi oficio es el de escritor, por lo que tomé de la mesita de luz mi cuaderno de tapa dura y la lapicera de siempre, con la que tantas líneas he dejado expresadas en papeles que guardo celosamente en un cajón cerrado con llave. Comencé mis líneas explicando la situación en la que me hallaba y, en medio de la historia, decidí volcar el sueño que había tenido hacía unos minutos, mientras dormía. Sin dejar de narrar en primera persona (que es mi estilo favorito), comencé el relato del Caballero Skirno. Éste era un ser despreciable, maligno, diabólico y nocturno, que se dedicaba a torturar y a matar a quien con él se topara, por el solo placer de hacerlo. Su estatura era de más de dos metros, su ancho el de tres hombres, y siempre tenía su espada en la cintura y el rostro cubierto por una máscara roja, que solo dejaba entrever dos pequeñas grietas negras, que eran sus ojos. En la historia, irrumpía en un pueblo lleno de familias y, sin escrúpulo alguno, mataba a cada una de las personas que habitaban ese sitio propinándoles, previamente, el sufrimiento sin igual de una tortura indescriptible. La sangre vertida inundaba las tierras y las cabezas rodaban por doquier. Realmente, era una historia horripilante, desagradable, de esas que jamás debieran ser escritas, pues ni al escritor ni al lector le producen placer alguno; solo son fuente de dolor y angustia.
Cuando, por fin terminé de escribir el cuento, no soporté siquiera releerlo, y sin darle el lujo de tener el punto final que da por culminada una obra, hice un bollo con las hojas y lo lancé al cesto de basura que estaba junto a los pies mi cama. Apagué la luz e intenté dormirme, pero en mi angustia me era imposible conciliar el sueño; había sido tan real la historia que me sentía miserable por haber imaginado algo así, y peor aún por haberlo escrito. Finalmente, el amanecer me encontró sentado en la cocina, insomne. Ese día fue de lo peor; no pude sacarme de la cabeza las expresiones de aquellos a los que el Caballero Skirno, con su poder ilimitado, había asesinado sin dejar de reír a carcajadas mientras lo hacía.
La noche siguiente no fue mejor. Luego de luchar con mi insomnio, cerca de las 2:00 pude dormirme, pero no dejaba de soñar con el maldito asesino. Cada media hora me despertaba sobresaltado, sintiendo que estaba a punto de matarme a mí también, sucumbiendo al filo de su espada. Así, todas las noches, desde entonces, soñé con mi relato, sumándose cada vez más detalles que ni siquiera había escrito, sintiendo con cada pesadilla un poco más cerca y escuchando cada vez más fuerte los gritos de los acribillados por el despreciable Skirno.
No sabía que hacer, cómo olvidar al personaje que yo mismo había creado y que ahora me estaba venciendo; lentamente mataba a su creador, a quién con su puño y letra le había dado vida, a mí. La desesperación había invadido mi cabeza por completo y solo cabían en mi mente pensamientos sobre el peor fruto que había dado mi imaginación traicionera.
Finalmente anoche, mientras escribía en mi diario, se me ocurrió la idea que daría fin a ese monstruo: debía escribir un relato en el que alguien lo matara. Tal vez funcionase, pues si de la ficción había surgido, en la ficción debía morir. Risas sin fin arremetieron mi garganta que se regodeaba esbozando halagos para mi don de escritor que, si bien me había metido en ese problema, ahora me rescataba. Debía darle fin a Skirno, pero asegurándome de que sufriese tanto como sus inocentes víctimas.
Ahora, estoy sentado en mi escritorio; pasé la noche en vela... No tengo ideas para asesinarlo; mi imaginación está afectada por tantas noches de insomnio y días sin comer. Cada vez que me siento para escribir me quedo dormido y vuelvo a ver al maldito en mi cabeza, persiguiéndome, empuñando su espada. Ya es tarde, sé que está detrás de la puerta de mi casa; sé que está esperando que yo salga para matarme y, finalmente, vivir para siempre. Pero él no sabe que el miedo, por poderoso que sea, no ha de detenerme, pues debo enfrentarlo; además, él es mi creación y es mi deber aniquilarlo, para poner cese a su brutal matanza. Ahora mismo saldré a su encuentro, a mirarlo a los pequeños ojos detrás de la máscara roja, con la esperanza de que este manuscrito jamás sea leído por nadie, puesto que después de vencerlo en la que será, seguramente, una sangrienta batalla, volveré para destruirlo, de forma tal que no queden rastros de él. Empero, me queda el consuelo de saber que, en el peor de los casos, si esto no resulta como espero, sabrán lo que me ha sucedido.
MI MAYOR AGRADECIMIENTO A LOS QUE COMENTEN Y RECOMIENDEN EL BLOG[/b][/align][/font]
blog, y obviamente lo tengo que postear acá, ya que gracias a quenes publicaron algunos
tutoriales de Blog pude ponerle algunas cositas más...
EL blog es de cuentos y relatos cortos, algunos divertidos, con otros espero sorpreder y
hasta dar una sensación de extrañeza..., pero mi mayor anhelo es que les guste todos ya
que me estoy dedicando a full a escribir. Les dejo acá uno de los cuentos, si les gusta
pasen, que son bienvenidos. Los espero.... Cristian.
Esta es la dire: http://cuentoscortosparaleer.blogspot.com/
El Caballero Skirno
Aún no puedo aceptarlo, no quiero hacerlo, pero el miedo es superior, es avasallante, tiene el poder de vencer fácilmente mi orgullo, que enseguida es relegado como un sentimiento obsoleto. Así, temeroso y sin orgullo, soy tan vulnerable como un guerrero en batalla sin su espada y sin su armadura; soy como la hoja del árbol seca que, ante el primer soplido del viento otoñal, se rinde después de haber temblado unos minutos y cae con aplomo sobre el suelo; me siento como el que por ser amable es considerado un idiota, como el que por ayudar es humillado, como aquel que por prestar es robado.
Las palabras son tan simples, tan livianas que les basta posarse en el aire para llegar a destino, pero a la vez son tan poderosas que el mundo podría ser destruido si se las utilizara con ese fin. Pueden dar felicidad a cualquiera, pero asimismo llevar al más profundo sentimiento de tristeza, de desolación, de angustia y de desasosiego. Algunas son hermosas, agradables, capaces de realzar las virtudes humanas; otras, por el contrario, expresan la propia miseria del hombre. Algunas ayudan y otras, en cambio, entorpecen, son trabas para aquello que debiera fluir, convirtiéndose en rocas que traban el cauce un río. Cuando le dije a aquél hombre, cuya máscara me pareció una exageración, que no temía nombrarlo en una historia, puesto que él sólo era parte de uno de mis cuentos, debí pensarlo mejor, ya que desde esta mañana me espera frente a la puerta de mi casa; aguardará hasta que yo salga, para acabar con mi vida. He aquí la prueba de todo lo dicho, y las consecuencias de no haber tenido la debida precaución en el uso de una herramienta tan poderosa.
Hace un tiempo, en una noche tormentosa, inundada de relámpagos y truenos, sin una sola estrella en el cielo oscuro, sentí la necesidad de escribir un relato. Ello era algo bastante habitual, ya que mi oficio es el de escritor, por lo que tomé de la mesita de luz mi cuaderno de tapa dura y la lapicera de siempre, con la que tantas líneas he dejado expresadas en papeles que guardo celosamente en un cajón cerrado con llave. Comencé mis líneas explicando la situación en la que me hallaba y, en medio de la historia, decidí volcar el sueño que había tenido hacía unos minutos, mientras dormía. Sin dejar de narrar en primera persona (que es mi estilo favorito), comencé el relato del Caballero Skirno. Éste era un ser despreciable, maligno, diabólico y nocturno, que se dedicaba a torturar y a matar a quien con él se topara, por el solo placer de hacerlo. Su estatura era de más de dos metros, su ancho el de tres hombres, y siempre tenía su espada en la cintura y el rostro cubierto por una máscara roja, que solo dejaba entrever dos pequeñas grietas negras, que eran sus ojos. En la historia, irrumpía en un pueblo lleno de familias y, sin escrúpulo alguno, mataba a cada una de las personas que habitaban ese sitio propinándoles, previamente, el sufrimiento sin igual de una tortura indescriptible. La sangre vertida inundaba las tierras y las cabezas rodaban por doquier. Realmente, era una historia horripilante, desagradable, de esas que jamás debieran ser escritas, pues ni al escritor ni al lector le producen placer alguno; solo son fuente de dolor y angustia.
Cuando, por fin terminé de escribir el cuento, no soporté siquiera releerlo, y sin darle el lujo de tener el punto final que da por culminada una obra, hice un bollo con las hojas y lo lancé al cesto de basura que estaba junto a los pies mi cama. Apagué la luz e intenté dormirme, pero en mi angustia me era imposible conciliar el sueño; había sido tan real la historia que me sentía miserable por haber imaginado algo así, y peor aún por haberlo escrito. Finalmente, el amanecer me encontró sentado en la cocina, insomne. Ese día fue de lo peor; no pude sacarme de la cabeza las expresiones de aquellos a los que el Caballero Skirno, con su poder ilimitado, había asesinado sin dejar de reír a carcajadas mientras lo hacía.
La noche siguiente no fue mejor. Luego de luchar con mi insomnio, cerca de las 2:00 pude dormirme, pero no dejaba de soñar con el maldito asesino. Cada media hora me despertaba sobresaltado, sintiendo que estaba a punto de matarme a mí también, sucumbiendo al filo de su espada. Así, todas las noches, desde entonces, soñé con mi relato, sumándose cada vez más detalles que ni siquiera había escrito, sintiendo con cada pesadilla un poco más cerca y escuchando cada vez más fuerte los gritos de los acribillados por el despreciable Skirno.
No sabía que hacer, cómo olvidar al personaje que yo mismo había creado y que ahora me estaba venciendo; lentamente mataba a su creador, a quién con su puño y letra le había dado vida, a mí. La desesperación había invadido mi cabeza por completo y solo cabían en mi mente pensamientos sobre el peor fruto que había dado mi imaginación traicionera.
Finalmente anoche, mientras escribía en mi diario, se me ocurrió la idea que daría fin a ese monstruo: debía escribir un relato en el que alguien lo matara. Tal vez funcionase, pues si de la ficción había surgido, en la ficción debía morir. Risas sin fin arremetieron mi garganta que se regodeaba esbozando halagos para mi don de escritor que, si bien me había metido en ese problema, ahora me rescataba. Debía darle fin a Skirno, pero asegurándome de que sufriese tanto como sus inocentes víctimas.
Ahora, estoy sentado en mi escritorio; pasé la noche en vela... No tengo ideas para asesinarlo; mi imaginación está afectada por tantas noches de insomnio y días sin comer. Cada vez que me siento para escribir me quedo dormido y vuelvo a ver al maldito en mi cabeza, persiguiéndome, empuñando su espada. Ya es tarde, sé que está detrás de la puerta de mi casa; sé que está esperando que yo salga para matarme y, finalmente, vivir para siempre. Pero él no sabe que el miedo, por poderoso que sea, no ha de detenerme, pues debo enfrentarlo; además, él es mi creación y es mi deber aniquilarlo, para poner cese a su brutal matanza. Ahora mismo saldré a su encuentro, a mirarlo a los pequeños ojos detrás de la máscara roja, con la esperanza de que este manuscrito jamás sea leído por nadie, puesto que después de vencerlo en la que será, seguramente, una sangrienta batalla, volveré para destruirlo, de forma tal que no queden rastros de él. Empero, me queda el consuelo de saber que, en el peor de los casos, si esto no resulta como espero, sabrán lo que me ha sucedido.
MI MAYOR AGRADECIMIENTO A LOS QUE COMENTEN Y RECOMIENDEN EL BLOG[/b][/align][/font]