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cuento corto de mi autoría / Flores amarillas / Ariel Toba

Arte1/12/2010
Hola buenos días, les dejo otro cuento que escribí hace un tiempo. Las flores amarillas Arrojó el papel a la piso y siguió llorando al lado de las flores amarillas. Se levantó del sillón de pana verde, el último cigarrillo se habría de haber consumido en sus dedos, el dolor de cabeza no cesaba de latir y el gusto a sueño en la boca le molestaba sobre manera. Llamó a su mujer con la mirada aún dormida, pero... nadie contestaba. -Blanca, Blanca- alcanzó a decir antes de verla acostada todavía en el lecho. Pensó en despertarla para que le alcance las pastillas del reuma y un vaso de agua. El pasto era verde, ella acostada sobre él con la caricia del sol sobre sus ojos daba un tinte a su belleza que ya no recordaba, las manos frescas moviéndose al compás de algún sueño, el solero rojo con margaritas blancas, un pecho que amagaba con salirse por un costado, era marca registrada de ella no utilizar corpiño en verano. Pensó en despertarla para pronunciar esas palabras que tendrían un condimento mágico en la sonrisa de Blanca; luego caviló que no era el momento adecuado para tales sentimientos y que aturdidos los sentidos por el sueño no tendrían el efecto que el esperaba. Esperaba a que esa mina se terminara de limpiar los residuos de semen que aun quedaban sobre su espalda. –Apúrate que si llega me metés en un quilombo bárbaro. ¿Cómo me metí en esto? se preguntaba rascándose la calva y acomodándose a su vez la corbata azul marino que Blanca le regalo para sus quince años de casados. -Nunca más. Repitió una y otra ves dando vueltas alrededor del sillón verde. La pendeja se terminó de limpiar, se puso su vestidito negro, se pinto la boca y le dejo una hermosa mancha de rouge sobre la camisa. Al despedirla y cerrar la puerta la culpa entro en sus entrañas; prendió un cigarrillo y observo el techo celeste descascarado, en el pecho empezó a sentir un peso como si tuviese treinta y cinco adoquines colgando de las costillas, tomo fuerza y creyó que este era el momento justo para decirle “eso” a su mujer, pero ella estaba tan enferma y justo hoy que era el aniversario de la muerte de su madre, seguramente le habría de comprar flores amarillas. -Flores amarillas, como sabes que me gustan. El tipo en este momento se sentía el Don Juan mas grande de constitución, la llevo a pasear por la recoleta, se besaron tímidamente en Plaza Francia, todavía le daba vergüenza que a su edad esto estuviese sucediendo, y con la enfermedad que tenía ella, pobrecita, si yo la cuidase mas tiempo de seguro que estaría mejor, pensó mientras saltaba un charco de agua. Ella ya no demostraba dolor, se habría acostumbrado a estas tardes de ellos, solo los domingos eran ambos uno solos, contándose anécdotas de viejos tiempos, chusmeando sobre lo puta que se volvió a hija de la almacenera, o se quedaban sentados en un café mirándose a los ojos. Blanca tomo un papel, le pidió una lapicera a la camarera y escribió unas pocas palabras con una sonrisa en la boca. -Sí, mejor se lo escribo, pensó él mientras se levantaba de su cama para servirse el vaso de agua y tomar las pastillas que le calmaban un poco el dolor. Abrió la canilla, se mojó la cara y tomo de un sorbo con las manos el agua y las pastillas. Se seco con un repasador mugriento el rostro, tomó su lapicera y escribió en un papel lo que nunca se animo a decirle a ella. Lo leyó una y otra vez para asegurarse de que la letra sea descifrable lo puso en su bolsillo y fue a despertar a su esposa. -Blanca, Blanca....despertate mi amor ya son las siete de la tarde. Ella no movía siquiera un músculo, el empezó a sentir los latidos cada vez mas fuertes en su pecho, miro para un costado y vio el florero con flores amarillas en su mesita de luz. Todo los meses le compra flores amarillas pero nunca se las deja, alcanzo a pensar. Sacudió esta vez mas fuerte a Blanca y tuvo temor por lo inevitable. Unas lágrimas comenzaron a escaparse por sus ojos, tanteo en el pantalón el pañuelo, lo tomo y se deslizo entre su mano y la tela del bolsillo un papel blanco que decía con letras negras bien grandes: “ Siempre supe que sin vos yo no soy nada”. Lo piso al acercársele a su mujer, se arrodillo tomo sus manos, las beso, y pudo ver algo que escondia dentro de ellas, un papel blanco, idéntico al de él . Lo agarro con las dos manos, lo abrió y pudo leer entre la neblina de las lagrimas. “ Siempre supe que vos me eras infiel, sin él yo no soy nada”. Espero que les haya gustado y comenten.
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