Sin mucho mas que decir les relato un cuento:
Era el partido esperado. Desde la mañana hizo todas las tareas, cronometrándolas en función de poder desocuparse antes del inicio del mismo. A la hora señalada estaba sentado en el sillón del living, a un metro y medio del televisor, una mesa ratona con un cenicero junto al apoyabrazos izquierdo, y una copa de vino tinto a la derecha, apoyada en el piso, sobre la alfombra. Encendió un cigarrillo.
Sólo la luz del televisor rompía la penumbra, y el partido había comenzado. Cuando intentaba dilucidar qué jugador había enviado la pelota hacia el lateral, le pareció percibir a un insecto volando cerca de la pantalla, entrando y saliendo del haz de luz. ¿Sería un mosquito? Desestimó inmediatamente ese pensamiento porque recordó que era 12 de julio y el invierno arreciaba, e inmediatamente volvió a verlo por el rabillo del ojo derecho. En ese momento su equipo había recibido un gol y él se había olvidado del partido. En la repetición, algo lo picó. Como no había escuchado el característico zumbido pensó que se trataba de una sugestión. El equipo no reaccionaba y él canalizaba los nervios rascándose la pequeña roncha que estaba desarrollándose sobre el dorso de su rodilla derecha, mientras trataba de posar su mirada en un sector del techo, luego en otro, e inmediatamente después, sobre la pared. Cuando le pareció verlo cerca del ángulo que forman la pared y el techo, pegado a la ventana, su equipo estrella una pelota en el palo y no puede aprovechar dos rebotes favorables. Iban 35 minutos de juego y el adversario se replegaba. Prendió otro cigarrillo. “Hay que atacar ahora” pensó, e inmediatamente escuchó nítidamente el zumbido inconfundible, cerca del oído derecho, distante a tres metros de la posición en que, segundos antes, creyó ver al insecto. “Es un mosquito” pensó mientras se limpiaba la sangre de una roncha que estaba rascándose sin darse cuenta, cerca del codo derecho. Lo sobresaltó el aviso publicitario que anunciaba el final del primer tiempo.
Tenía quince minutos para encontrar a su presa. Se levantó rápidamente y luego de dos zancadas encendió la luz. Al desandar ese movimiento con la mirada fija en el techo, rozó con su pié derecho la copa y derramó el líquido oscuro sobre la alfombra. Si buscaba algo para limpiarla, perdería la posibilidad de eliminar a su adversario en el entretiempo. Recorrió con la mirada toda la pared con resultado adverso. De repente sintió olor a quemado e inmediatamente observó la mancha negra y humeante sobre la alfombra, debajo de la mesa ratona. Había olvidado el cigarrillo prendido sobre el cenicero. Se percató de que estaba descalzo, un instante antes de efectuar un pisotón temerario sobre el incipiente siniestro. Buscó con la vista sin encontrar ninguna de sus ojotas. El olor a quemado aumentaba. Se quitó la remera de dormir y comenzó a fregarla sobre la alfombra hasta apagar la llama. En ese momento su mirada se posó directa y cinematográficamente sobre la figura notable del mosquito, visiblemente engrosada por la ingesta de una gota de sangre. “De mí sangre”, pensó ya fuera de sí. El manotazo sonoro coincidió con el grito de gol. Su equipo perdía dos a cero y faltaban siete minutos. Miro la pared y constató la mancha roja. Otra mancha roja se metió en su visión por el rabillo del ojo izquierdo. Venía del televisor y el árbitro la sostenía en el aire con gesto enérgico. Su equipo sufría una expulsión en tiempo de descuento. Apagó el televisor y quedó a oscuras, sin saber exactamente donde estaba la cama. Tanteando sus pisadas la encontró y se metió bajo las cobijas. Sintió húmedo el pié derecho. Había pisado el vino derramado. Trato de dormir.
En el silencio de la noche, pensando en nada, repasó lo sucedido y empezó a imaginar este cuento. No tenía fin, pero creía poder narrar los hechos detalladamente, generando suspenso y sofocación en los lectores. Estaba seguro que apreciarían el clima.
Prendió el velador. Se quitó las cobijas y se incorporó decidido. La idea era buena. Encendió la computadora y esperó que se inicie, sentado frente a la pantalla. Había que encontrar la primera frase. “Era el partido esperado”, pensó. Esa era la frase. Se disponía a escribirla, cuando sintió un zumbido a sus espaldas.
Era el partido esperado. Desde la mañana hizo todas las tareas, cronometrándolas en función de poder desocuparse antes del inicio del mismo. A la hora señalada estaba sentado en el sillón del living, a un metro y medio del televisor, una mesa ratona con un cenicero junto al apoyabrazos izquierdo, y una copa de vino tinto a la derecha, apoyada en el piso, sobre la alfombra. Encendió un cigarrillo.
Sólo la luz del televisor rompía la penumbra, y el partido había comenzado. Cuando intentaba dilucidar qué jugador había enviado la pelota hacia el lateral, le pareció percibir a un insecto volando cerca de la pantalla, entrando y saliendo del haz de luz. ¿Sería un mosquito? Desestimó inmediatamente ese pensamiento porque recordó que era 12 de julio y el invierno arreciaba, e inmediatamente volvió a verlo por el rabillo del ojo derecho. En ese momento su equipo había recibido un gol y él se había olvidado del partido. En la repetición, algo lo picó. Como no había escuchado el característico zumbido pensó que se trataba de una sugestión. El equipo no reaccionaba y él canalizaba los nervios rascándose la pequeña roncha que estaba desarrollándose sobre el dorso de su rodilla derecha, mientras trataba de posar su mirada en un sector del techo, luego en otro, e inmediatamente después, sobre la pared. Cuando le pareció verlo cerca del ángulo que forman la pared y el techo, pegado a la ventana, su equipo estrella una pelota en el palo y no puede aprovechar dos rebotes favorables. Iban 35 minutos de juego y el adversario se replegaba. Prendió otro cigarrillo. “Hay que atacar ahora” pensó, e inmediatamente escuchó nítidamente el zumbido inconfundible, cerca del oído derecho, distante a tres metros de la posición en que, segundos antes, creyó ver al insecto. “Es un mosquito” pensó mientras se limpiaba la sangre de una roncha que estaba rascándose sin darse cuenta, cerca del codo derecho. Lo sobresaltó el aviso publicitario que anunciaba el final del primer tiempo.
Tenía quince minutos para encontrar a su presa. Se levantó rápidamente y luego de dos zancadas encendió la luz. Al desandar ese movimiento con la mirada fija en el techo, rozó con su pié derecho la copa y derramó el líquido oscuro sobre la alfombra. Si buscaba algo para limpiarla, perdería la posibilidad de eliminar a su adversario en el entretiempo. Recorrió con la mirada toda la pared con resultado adverso. De repente sintió olor a quemado e inmediatamente observó la mancha negra y humeante sobre la alfombra, debajo de la mesa ratona. Había olvidado el cigarrillo prendido sobre el cenicero. Se percató de que estaba descalzo, un instante antes de efectuar un pisotón temerario sobre el incipiente siniestro. Buscó con la vista sin encontrar ninguna de sus ojotas. El olor a quemado aumentaba. Se quitó la remera de dormir y comenzó a fregarla sobre la alfombra hasta apagar la llama. En ese momento su mirada se posó directa y cinematográficamente sobre la figura notable del mosquito, visiblemente engrosada por la ingesta de una gota de sangre. “De mí sangre”, pensó ya fuera de sí. El manotazo sonoro coincidió con el grito de gol. Su equipo perdía dos a cero y faltaban siete minutos. Miro la pared y constató la mancha roja. Otra mancha roja se metió en su visión por el rabillo del ojo izquierdo. Venía del televisor y el árbitro la sostenía en el aire con gesto enérgico. Su equipo sufría una expulsión en tiempo de descuento. Apagó el televisor y quedó a oscuras, sin saber exactamente donde estaba la cama. Tanteando sus pisadas la encontró y se metió bajo las cobijas. Sintió húmedo el pié derecho. Había pisado el vino derramado. Trato de dormir.
En el silencio de la noche, pensando en nada, repasó lo sucedido y empezó a imaginar este cuento. No tenía fin, pero creía poder narrar los hechos detalladamente, generando suspenso y sofocación en los lectores. Estaba seguro que apreciarían el clima.
Prendió el velador. Se quitó las cobijas y se incorporó decidido. La idea era buena. Encendió la computadora y esperó que se inicie, sentado frente a la pantalla. Había que encontrar la primera frase. “Era el partido esperado”, pensó. Esa era la frase. Se disponía a escribirla, cuando sintió un zumbido a sus espaldas.