El vuelo (*)
El efecto del anestésico se pasa. Mis pulmones y mi estomago expulsan el agua por completo. Una fuerza de igual magnitud pero contraria a la gravedad me tira hacia arriba sacándome del fondo del mar. Salgo a la superficie. Mi cuerpo se reacomoda: los huesos se sueldan, mis hombros se colocan en su lugar, mis piernas se unen a mi cadera, mi cuello esta derecho, la sangre me vuelve a las venas y mi cráneo se sana por completo. Subo flotando por el aire frío de la noche, lo inhalo y lo exhalo: estoy vivo. Al llegar al avión la compuerta se abre, una mano se extiende y me hace entrar; me preguntan si estoy bien, me secan y me tapan con una manta. Oigo el ruido de las turbinas que me indican la vuelta a tierra firme. En el aeropuerto un cardenal se arrodilla a mis pies y al igual que los tripulantes del avión me implora perdón. Me llevan a un cuartel, allí varios soldados limpian mis heridas. Los golpes que ayer me propinaron en el centro de detención son ahora reemplazados por compresas de algodón con desinfectante, las picanas por vendas, el submarino por una taza de café con leche y unas medialunas.
A la salida del cuartel un militar de alto rango me invita cortésmente a subir a un Falcon verde, “lo llevamos a casa” dice. En el viaje escuchamos canciones de Mercedes Sosa, León Gieco y Silvio Rodríguez. Llegamos, los militares bajan y me acompañan. Golpeo la puerta, María la abre, me ve y rompe en un llanto, los chicos corren a abrazarme. Mis escoltas bajan la cabeza haciendo una reverencia, golpean los tacos de sus botas y se retiran. Los vecinos se acercan, me dicen que no debieron callarse, yo les digo que comprendo su miedo.
Le cuento a mi familia lo sucedido y nos sentamos a cenar. En la tele resuena un “comunicado número tanto…”, es un general que anuncia el retiro de la junta militar del gobierno, el desmantelamiento de los grupos de operaciones y la restitución inmediata de la democracia. También informa que todos los desaparecidos, como yo, han vuelto a sus hogares y que habrá juicios justos para aquellos que hayan cometidos crímenes de terrorismo u otros. Agrega que las fuerzas armadas y todos los participantes del horror al que fue sometido el país se pondrán a disposición de la justicia.
Al día siguiente me pongo a buscar un trabajo nuevo ya que no me necesitan más para escribir en aquel pasquín “subversivo”. María me trae el diario, junto con un mate calentito, para hojear los clasificados. En la portada de éste hay declaraciones del presidente que anuncia el comienzo de una nueva y difícil etapa, y solicita el apoyo de todos y cada uno de los ciudadanos de la nación. No estoy de acuerdo en muchas cosas con él, ni con su forma de gobernar pero lo voy a bancar en lo que crea correcto, y ser crítico en lo que no. Estoy convencido de que la democracia no es un sistema de gobierno perfecto, lejos esta de eso; quizás el mejor todavía está por crearse o no estamos preparados para otros. Pero también estoy convencido que es lo mejor que podemos tener aquí y ahora, y daría mi vida sin dudarlo un segundo por defenderla.
* Inspirado en el poema "La ciudad" de Gonzalo Millán.
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