Dentro de la pequeña comunidad de Salem existía una conducta estrictamente dictada por la religión, en la cual cada persona vigilaba a sus vecinos y, a su vez, era vigilada por éstos. Además, las mujeres eran consideradas como individuos destinados a servir a sus esposos y carecían de mayores derechos; por su parte, los niños eran destinados a educarse severamente desde temprana edad en las labores de los adultos en vez de simplemente jugar.
A finales del siglo XVII, la vida de aquellos colonos era muy dura: tenían que sobrevivir a la inclemencia de los inviernos, al contagio de la viruela y a los ataques de los indios, sin otras normas que las que dictara el rey Guillermo de Inglaterra desde la lejana metrópoli; por ese motivo, no es de extrañar que la gente hallara consuelo en la fe. El problema llegó cuando su estricta lectura e interpretación de la Biblia cegó sus sentidos y cualquier lógica, aferrando sus decisiones a las convicciones más puritanas.
La mañana del 20 de enero de 1692, en el poblado de Danvers, dos niñas, Betty y Abigail Williams, hija y sobrina del ministro de la villa, el reverendo Samuel Parris, empezaron a sufrir ataques, desmayos y comportamientos extraños, de tipo epiléptico e histérico: se arrastraban por el suelo, arrojaban objetos y se contorsionaban y convulsionaban al unísono y de forma impresionante y aparatosa. Al ser interrogadas al respecto, ambas afirmaron que se sentían afligidas por una «presencia sobrenatural, inhumana e invisible».
Fueron llevadas inmediatamente donde el “sabio” Dr. Griggs. Declaró que estaban poseídas y su sabiduría fue aclamada por jueces y autoridades de Salem. Otros más sensatos dijeron que eran berrinches de niñas malcriadas y que con unos buenos azotes se iba a acabar el problema, sin embargo, esa idea no fue tomada en cuenta, debían acusar a estas mujeres de lo que fuera.
El caldo de cultivo en Salem estaba listo para que se desatara la paranoia y la histeria. El dificilísimo y muy frío invierno, el miedo constante a un ataque de los indios o de los animales salvajes del bosque, el clima de superstición y extrema religiosidad, incluso la opresión a la que se veían sometidas, sobre todo, las mujeres del lugar eran terreno abonado para que, si varias chicas empezaban a mostrar síntomas extraños, se pensara enseguida que era cosa de brujería.
El inicio de los juicios
Aquellas niñas, convertidas de la noche a la mañana en el epicentro del pueblo, empezaron a acusar a todas las personas que les caían mal, a quienes envidiaban o, simplemente, a los que sus padres miraban con recelo porque no pertenecían al clan de los poderosos Putnam
Entre sollozos afirmaron haber sido embrujadas por mujeres de la localidad que de noche creaban dobles de sí mismas. Los primeros nombres fueron: Tituba, Sarah Good y el de la tullida Sarah Osborne, vergüenza de Salem por su afición al alcohol. También el de una mujer llamada Martha Cory, madre soltera de un niño de tez oscura que con cuyos pecados había hecho sufrir a la santa comunidad.
El juez local les creyó y así se inició una investigación que sumió a la ciudad en un clima de histeria colectiva, surgiendo cada día más niñas embrujadas y nuevos implicados, hasta alcanzar el sorprendente número de 141 acusados.
Tituba declaró que era una bruja, y, además, declaró que había volado por el aire a su antojo. Después de decir que se le acercó un hombre alto que en otras ocasiones aparecía como un perro o un cerdo y que le pedía que firmara en su libro para darle poderes.
Obviamente fue instigada y obligada a hacer tal confesión, lo cual dio pie al inicio de la locura colectiva. Su confesión también sirvió para silenciar a la mayoría de los escépticos. La colonia se sumió en la histeria y la paranoia, con familiares delatando a sus propias esposas, madres e hijas y cientos de personas siendo acusadas, sin pruebas reales, de ser servidoras del diablo.
Una vecina propuso una forma de contrarrestar la magia. Le pidió a una panadera que hornearse un pastel de centeno con la orina de las supuestas brujas y pienso para perros. Posteriormente, esta misma panadera fue acusada y ahorcada,
El problema creció a tal punto que se nombró una corte desde Boston para tratar todos estos casos de brujería, la cual basaba sus veredictos únicamente en las reacciones y las afirmaciones de las niñas afectadas y en marcas que se consideraban estigmas de la brujería: lunares, cicatrices, hasta acné, fiebre o vello. Pero la prueba definitiva era infalible, porque asumía que la misma acusada confesara y que, al mismo tiempo, señalara a otra persona que la hubiera influenciado.
A tal punto llegó la histeria que cuando acusaron a una anciana de reputación intachable, llamada Rebecca Nurse y el juez falló a su favor, la gente estalló en histeria, rompiendo bancos y maldiciendo. El juez rápidamente corrigió su “error” y la mandó a colgar.
También colgaron a un servidor en la marina, llamado John Alden, el cual vendía armas a los indios y franceses, además de tener hijos de todos los colores. Alden se burló de la histeria de las mujeres, que bufaban, aullaban y se revolcaban al verlo. Manifestó abiertamente el desprecio que sentía por Salem, además de conservar el sombrero puesto en signo de protesta. El tribunal no se atrevió a condenarlo a morir, así que lo enviaron a prisión donde escapó al día siguiente.
Otro acusado fue el reverendo George Burroughs, desposeído de su ministerio dos años atrás al acusar a Salem de no pagarle la suma que le debían. Una niña contó que Burroughs penetró en su cuarto una noche y escribió su nombre en un libro con quién sabe qué intenciones, además de propinarle mordiscos en la espalda. Burroughs afirmó que aunque fuera brujo, era imposible estar en dos lugares al mismo tiempo, puesto que esa noche estaba en otro pueblo lejano a Salem. A pesar de su declaración, fue enviado a la horca.
Una de las víctimas de la caza de brujas de Salem no fue ahorcado, sino más bien aplastado bajo grandes piedras hasta su muerte. Este fue el destino de octogenario Gyles Corey, que pasó cinco meses apresado con cadenas en una cárcel de Salem junto con su esposa, también acusada. Tres días después de la muerte de Corey, el 22 de septiembre de 1692, ocho condenadas brujas, incluyendo la esposa del anciano fueron ahorcadas. Fueron las últimas víctimas de la caza de brujas.
El final de la pesadilla
Las últimas ejecuciones fueron el 22 de septiembre de 1692, pero los procesos legales continuaron hasta mayo del año siguiente. Cuatro años después del juicio, los jurados que dictaron sentencia firmarían una confesión de error, en la que achacaban su actuación al miedo y la histeria desatados desde la primeras acusaciones.
Después de cinco años, la fiebre de las brujas de Salem había bajado; sin embargo, la villa había quedado arruinada, y muchas familias se habían separado. Los acontecimientos en los juicios tuvieron una profunda influencia en la región: las cosechas se habían visto seriamente disminuidas, el ganado estaba muerto o había huido, las casas y las familias estaban devastadas a causa del pánico y quedó una sombra en el condado que todavía perdura en la leyenda.
Se calcula que entre 150 y 200 personas fueron acusadas y juzgadas por brujería; o incluso un número mucho mayor, si se tienen en cuenta los encarcelamientos no seguidos de acusaciones formales. Curiosamente, la esclava que originó el escándalo con sus ritos de vudú, fue una de las pocas que se libró de la horca al reconocer bajo tortura que era bruja.