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El inodoro, ese integrante fundamental del hogar
y de la sociedad occidental y cristiana

El inodoro es uno de los inventos más importantes de la historia humana, aunque no sea valorado como tal. Basta con imaginar qué hubiera sucedido con nuestra especie en caso de no haber sido creado, para darse cuenta de esa dimensión. Con todo, prácticamente no hay datos certeros sobre quién fue el autor de este verdadero hermano del destino.
Si bien el inodoro suele ser de carácter humilde, su sufrida labor le forjó una personalidad fuerte, a veces colmada de giros antojadizos y de maldades repentinas. Se equivoca quien cree que el de los inodoros es un universo homogéneo. Aquí Angaú Noticias expone algunas tipologías:
El inodoro bipolar.
Nos acostumbra a un funcionamiento fluido y normal hasta que un día, de buenas a primeras, nos sorprende con una actitud de franca mala predisposición. No hace desaparecer todo lo que tiene que borrar de nuestra vista, aparecen goteos que recién se solucionan al cabo de pagar cinco plomeros, y de repente todo vuelve a la normalidad. Imprevisible.
El inodoro femenino.
Un inodoro-mujer, es decir indescifrable. El botón de descarga de agua no se puede apretar de cualquier modo, sino mediante una fina técnica que lleva meses aprender, y que una vez aprendida se modifica espontáneamente. Hace difícil y tortuoso lo que parece fácil, y simple lo que semejaba ser intrincado y complejo. El modo de tratarlo que ayer fue exitoso hoy es totalmente inútil y aun contraproducente. Cualquier acción tiene un resultado totalmente opuesto al que se había calculado.
El inodoro depresivo.
Insufrible tipo. Sólo de tanto en tanto su funcionamiento es llano y entusiasta. La mayor parte del tiempo lanza el agua con notoria ausencia de energía, alargando hasta el fastidio los epílogos. Generalmente son inodoros frustrados que de chicos querían ser fuentecitas de agua para decoraciones feng-shui.
El inodoro dependiente.
La ausencia de temple lo volvió extremadamente dependiente de los demás. Prácticamente obliga a que uno haga la mitad de su trabajo. Es uno el que tiene que arreglar la tapa y el anillo de apoyo antes de sentarse, es uno el que tiene que acomodar todo el dispositivo de descarga de agua antes de accionarlo, es uno el que tiene que desmontar -antes de retirarse del baño- todo lo que armó para que no se desmorone solo y se pierdan piezas, es uno el que debe echar baldazos de agua ante la falta de fuerza suficiente en el dispositivo. Sólo falta que uno también tenga que llevar el sorete hasta la cloaca.
El inodoro ladino.
No tiene códigos. Demostrando una repudiable ausencia de lealtad, provoca trancamientos cuando menos posibilidades tenemos de resolver la situación. Suelen ser inodoros de casas ajenas, que ocupamos luego de pedir permiso a los anfitriones, y que al advertir que no queremos hacer pipí, sino popó, atrapan los submarinos digestivos en la primera curva, con lo cual éstos quedan en el fondo del recipiente y con el 30 a 50% de sus longitudes a la vista. Sin un balde a mano como para echar más agua, debemos recurrir a ignominiosos y traumáticos procedimientos para remediar la situación. Si el mismo inodoro estuviera en tu casa y expulsaras exactamente los mismos teresos, no sucedería nada anormal, lo que confirma que se trata de un ensañamiento extorsivo deliberado.
El inodoro excluido social.
Es el típico caso del inodoro de baño público. Totalmente marginado por el sistema, exhibe muestras claras del maltrato que la sociedad capitalista le dispensa innumerables veces en cada jornada. Desde hace años luchan por un régimen previsional propio, que les reconozca el derecho a retirarse a corta edad.
El inodoro de fierro.
Un inodoro que no se tranca nunca, más que padre es un amigo. El inodoro de fierro jamás nos deja en banda ni nos avergüenza. Incluso en aquellos casos en que no podemos evitar la autocrítica y admitimos que lo estamos poniendo en una situación dificilísima, él resuelve todo sin la más mínima ayuda. Dan (o reciben, en realidad) todo sin pedir nada a cambio.
El inodoro con marea.
Amenazante artefacto, que siempre nos mantiene tensos. En general funcionan con normalidad, hasta que en algún momento la descarga de agua no fluye correctamente y da lugar a un ascenso lento pero sostenido del nivel de líquido dentro del sanitario, acompañado de un movimiento arremolinado que le confiere a la escena mayor dramatismo. De la pericia y la sangre fría del usuario depende que no se produzca el temible desborde.
El inodoro Yacyretá.
Solemos sorprendernos con él también en domicilios de otras personas. Después de hacer lo nuestro, y sin estar preparados para nada fuera de lo común, accionamos el botón, manija o cadena para la descarga de agua, y ésta se produce con tanta potencia que nos estremece el estruendo de las corrientes de líquido chocando contra las paredes del inodoro a más de 300 km/h. La falta de aviso sobre esta característica suele provocar salpicamientos más o menos graves. Los usuarios habituales de estos sanitarios aprenden a regular la liberación de agua desde la mochila, para evitar que la furia hídrica acabe dejando el techo del baño lleno de teresos estrellados contra el cielorraso.
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Abajo , a la izquierda , fijate bien
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