The Walking Dead: descifrando los límites de la sociedad
"The Walking Dead nos ofrece entre líneas una reflexión sustantiva y teóricamente densa. La lucha por la supervivencia muta, evoluciona, se trasforma".
La primera década del siglo XXI podría ser redefinida como el comienzo de una intensificación de cierto carácter fatalista en la discursiva social. La conmoción y angustia típica de un cambio de siglo, sumado a la inflexión provocada por los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 (en tanto hito formal), le recordó a la sociedad occidental que la historia es un proceso vivo, en constante movimiento, y susceptible de cambios rotundos y redirecciones impensadas. En lo cotidiano se tradujo, entre otras cosas, en la reaparición de relatos, mitos y predicciones apocalípticos que pregonan el fin de la vida como la conocemos. Y las sociedades así lo recibieron, lo intentaron aceptar, y buscaron cómo procesarlo emocionalmente.
La catarsis hacia el arte resultó ser un camino, por lo menos, saludable o higiénico. En la dimensión cinematográfica, aparecieron películas que retrataban antiguos mitos mayas, otras que dibujaban el estremecimiento del cúmulo social por una epidemia, o aquellas que recurrían a la “furia” y posterior “venganza” de la naturaleza por el actuar irresponsable del ser humano. En este marco es que nos gustaría ubicar a esta serie de televisión.
The Walking Dead es una adaptación del comic de R. Kirkman y T. Moore, dirigida por F. Darabont, que desarrolla una realidad temporalmente cercana en la que una enfermedad comienza a convertir a los seres humanos en zombies. Esto es, rápidamente el mundo comienza a estar despoblado de humanos, y a estar poblado de estos (¿humanos?) “caminantes muertos”. La serie se focaliza en un pequeño grupo y en sus tenebrosas aventuras para escapar y sobrevivir.
Hasta aquí, parecería no ser más que la adaptación a serie de una trillada idea de muertos vivientes que atacan a los vivos. Sin embargo, The Walking Dead nos ofrece entre líneas (y a veces en lo manifiesto) una reflexión sustantiva y teóricamente densa. Principalmente en el final de la primera temporada y comienzos de la segunda, aquella desesperada lucha por la supervivencia escapando de zombies, muta, evoluciona, se trasforma. Incluso, lo hace estéticamente: ya casi no aparecen “caminantes” en el transcurrir de los capítulos. La amenaza y el miedo a una muerte violenta persisten, solo que tácitamente. Los zombies siguen allí, asediando, pero como peligro implícito. Y así, resignifican la serie. Una vez localizada y “normalizada” la amenaza en un plano exterior, el peligro se “interioriza”. El enemigo, el miedo, y la amenaza inmediatos pasan a ser los otros vivos, sanos, precisamente durante el intento de rutinización de esa reciente excepcionalidad. Y así se redefinen los interrogantes que embestían a los protagonistas.
En este nuevo escenario, la serie arroja interrogantes sobre la libertad, la ley, el orden, la justicia. ¿Se puede ser justo, y por lo tanto piadoso, con “caminantes” que parecen ya no ser humanos? ¿Existe la ley cuando ha desaparecido la autoridad estatal y cualquiera de sus ramificaciones y terminales? Y si no hay ley, ¿cómo garantizar cierto horizonte de previsibilidad y criterio rector capaz de estructurar un curso de acción? ¿Es acaso el retorno a la ley de la fuerza? ¿Hay un criterio de justicia que permita delimitar excluyentemente lo correcto y lo incorrecto, el bien y el mal? Estos dilemas cruzan a los protagonistas todo el tiempo.
La primera reacción que ensayan es el refugio en una micro sociedad: el grupo. Esto es, el intento de recreación de un orden social similar al previo. Pero, por qué y cómo recrearlo cuando ya no hay Estado, ley y autoridad vigentes. Así, una facción del grupo –liderada por el sheriff Rick Grimes- se resiste a migrar hacia un Estado de Naturaleza de tinte hobbesiano. Thomas Hobbes en su Leviatán: o la materia, forma y poder de una república eclesiástica y civil describe un Estado de Naturaleza previo a la sociedad en el que la igualdad natural de los seres los lleva a una igualdad de esperanzas. Esto provoca competencia y desconfianza, activando el ataque preventivo como mecanismo para proteger las pertenencias y la vida. Esto genera pues una guerra de todos contra todos, y el peligro constante de una muerte violenta. Aquí, la fuerza es rectora y “ley”, y no hay un poder superior que los contenga. En este escenario el ser humano está condenado a su mera animalidad, a una vida brusca, tosca y efímera.
Grimes se resiste a aceptar y ceder ante este escenario, e intenta rehacer y respetar los principios de la sociedad, buscando construir forzadamente una realidad de tinte lockeano. John Locke, en su Segundo Tratado sobre el Gobierno Civil, establece un Estado de Naturaleza en el que la igualdad natural entre los hombres lleva al amor muto. Este es entonces un escenario de pasiones calmas, donde la razón es rectora y ley, y donde rigen instituciones sociales fundamentales para la convivencia -como el dinero y la propiedad. Es un escenario de paz, y la guerra no es generalizada, sino que coyuntural y en particular con otro individuo. Allí, la fuerza puede ser utilizada, aunque siempre subordinada a la razón. En este sentido, Rick se resiste a violentar la propiedad de Hershel Greene (veterinario, dueño de la granja) y sus normas (legitimadas por la legalidad de su propiedad).
Sin embargo, encuentra una resistencia y cuestionamiento en la facción liderada por Shane Walsh, policía y asistente de Grimes. Este le recuerda a Grimes que el mundo como lo conocían ya no existe más, y que por lo tanto los parámetros normales de comportamiento ya no rigen. Declama que el único principio es la supervivencia, y toda desviación de esto es un signo de debilidad y en consecuencia un atentado contra la vida. Shane proclama que todo está permitido, todo es “legal”, si el fin es el mantenimiento de la vida. Así, es legítimo sacrificar a un “sano” para ganar tiempo y espacio ante una manada de “caminantes” para salvar a un niño, violentar la “propiedad” ajena y “matar” a los “caminantes” allí encerrados, usar las armas para resolver cualquier conflicto… en fin, utilizar cualquier medio para alcanzar, por lo menos por un día más, aquél tan precisado y efímero fin.
Y en estos límites parece transitar la serie, preguntándose por qué seguir aferrándose a una ley que ya no existe. Por qué honrar una vida “humana”. Por qué mantener algún tipo de institución social. En definitiva, por qué promover e insistir en la permanencia de la sociedad. La respuesta quizá yace en resistirse a asumir el escenario sombrío y angustiante que advendría de admitir tal cosa, de aceptar que la filosofía de Shane es la viable en ese nuevo mundo. Finalmente, Darabont parecería sugerir una resolución del dilema. En un pueblo abandonado, Rick asesina a sangre fría a dos “vivientes” que amenazaban con instalarse en la granja en la que vive el grupo, para “proteger a su familia”. A la postre, parecería prevalecer la pulsión por sobrevivir, a cualquier costo.
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