InicioArteRelatos cortos míos I.
Una soga, pero dos extremos.




Encontré una soga, podía ver solo un extremo que estaba junto a mi pie. No estaba escondida, alguien la había dejado allí o la había olvidado. En el peor de los casos habría renunciado a ella.

Me seducía. Quería que yo jalara, que la empujara hacía mí. Tal vez era yo quién lo quería, usar mi poder para guiar a la otra punta justo hasta donde estaba.

En un impulso perdí el control y en el arrebato el deseo se apoderó de mí.

Necesitaba que mi fuerza fuera suficiente, pero no lo es. Nunca lo fue.




Paisaje especial.




El ambiente estaba distinto, todo era igual, pero sabía que no sería un día común.

Mientras te acercabas a mí, sentía como todo adentro mío se potenciaba. Latidos queriendo escapar del pecho, tan fuertes que me sonrojaba al pensar que podrías escucharlos, suena algo tonto, y lo es, pero en ese momento mi rostro fue pintado con una gran brocha del color del amor, rojo furioso. El calor que me quemaba, dulcemente, mi mente estaba centrada solo en vos, lo demás era un simple decorado.

Llegaste a mí, me saludaste con un beso en la mejilla, como todos los días, pero me miraste distinto, buscando complicidad, como se mira a alguien a quien descubriste y te esta a punto de descubrir. No perdiste ni un centímetro de espacio desde que me saludaste afectuosamente, tan solo te quedaste en mis ojos, fijo, seguro, hablando con ellos.

Sin más, cuando dejé caer la venda que estancaba a mi alma, y te miré, como se mira a alguien que descubriste y te está descubriendo, acercaste tu rostro.

Creo que había estado esperándolo desde que nací, aunque a veces lo olvidara. Lo ansiaba más que nada en el mundo, y aun así no quería apresurar ni un segundo. Era perfecto, no sé si los entendidos dirán lo mismo, pero estaban las únicas dos personas que debían, predispuestas y aventuradas, como siempre quisieron.

El roce infinito, eterno y placentero con tu nariz, con tu boca. Tu aroma, fragancia que ninguna flor ambiciona alcanzar.

Magia, belleza, seducción.

Tus labios ya eran míos, y al fin encontré en esta vida algo de justicia, se inclinó la balanza a mi favor, porque yo, siempre fui tuya.




Viento del Sur.





Rayos de sol, bellos y cálidos, impúdicos, desvergonzados. Acarician cuerpos, se cuelan, mofándose de ser imperceptibles. Provocando cosquilleos empapados en placer. Sonrisas ingenuas en tardes de miel.

El aire pesado, sostiene tu presencia. Haciéndose difícil respirar.
En un acto de intransigencia, estoy clamando por el poderoso, para que muestre coherencia y mande una señal.
Endeble, enigmático. Señor de los vientos. En este primavera, hazme al menos un guiño. Tu ausencia me desorienta, me llena de interrogantes.

Pecando tal vez de impertinente, alzo mi voz como bandera de protesta. No comparto la caprichosa dirección que tus olas de aire, gozan tomar.
Los remolinos marean, confunden. Perversos, traen una y otra vez, los banales padecimientos, justo cuando engalardonada en la victoria, los creías lejos.

Rectas, parábolas, lineas zigzagueantes, sin formas conocidas ... tantas maneras hay de viajar. Solo pido clemencia, la calesita me da nauseas, me quiero bajar.



Cama semi - vacía.







¡Que tarde se me hizo! no hice ni la mitad de las cosas que tenia que hacer, en verdad no hice nada. Estoy hecha una tonta, me quede parada mirando la cama y cuando me cansé de no estar ahí, me senté y seguí mirándola.
Aún no puedo ver el espacio vacío ... intento, pero no puedo.
Sé que no voy a asimilar que no quieras estar acá simplemente mirando donde ya no estás. También sé que es peor.
No quiero ser una mártir y definitivamente no soy alguien que disfrute de su propio dolor.
Por eso mañana voy a ir a un tomar un café y voy a salir ... aunque al final del paseo, cuando sea la hora de pagar y volver a casa ese rico café se transforme en amargo.

Y después de unos cuantos sin sabores, va a llegar el día en el que deje de mirarla, y va a llegar el momento en el que sienta que no está vacía y descubra que al otro lado de la cama, aún sigo estando yo.




Suelas en carne viva.






Corrí, gaste mis suelas, mis pies quedaron en carne viva. Sentí enardecido todo mi cuerpo, ¡ay, como ardía!.
El paisaje se volvía rojizo, en los árboles los cuervos piaban, mezclándose el ruido con el ladrido de los lobos sobre el césped.
Padecí dolor, cruelmente intenso, que como una bestia insaciable me acompañaba en el cemento, intentando devorarme.
No imaginaba que podría resistir algo así. Pero seguí corriendo.
Corrí, aún corro, mientras escribo estas lineas estoy corriendo. Ya no me quedan pies, ni cabeza. Y corro.
Desesperación, llanto, miedo, temor, sangre, sudor ... lágrimas.
¿Y mañana? ¿Intentaré parar? ¿Podré? ¿Querré hacerlo?.

En verdad nada sé, solamente que mañana, yo, tengo opción.




El día que no regresé.






Pasaste frente a mi, no volteaste a verme. Mi sonrisa se fue desdibujando mientras la mirada se desvanecía, perdiéndose en la nada. En la nada que me ofrecías.
En ese momento, una hoja seca cayó del árbol que me sostenía, mientas una gota se poso sobre mi nariz. Dirán que fue de lluvia, pero para mi, fue una lágrima. Hasta el cielo sintió ganas de llorar ante el encuentro de un ciego y una ilusionista de pacotilla.
Sentí que mi luz se había apagado, aunque sepa que nunca lo hace, que tan solo se hace mas pequeña.
Ni mi cerebro, que ama mandar, daba órdenes. Tan solo me quede parada, viendo como me hablabas de proyectos vanos y me saludabas con el cariño que se tiene por alguien que recordas gratamente y hacia mucho no encontrabas. Pero no me veías, me dabas nada, y la nada me hacía sentir vacía.
Nos despedimos, mostré mis dientes, blancos y hermosos, dije palabras bonitas, esas siempre listas y oportunas, y retome mi caminata.
Juro que el cuerpo me pesaba más, así como juro que desde aquel día una parte de mi quedo ahí, inmóvil, y esa horrible dentadura blanca y perfecta, con las palabras pre fabricadas, ya no me dejaron lugar.
¿Qué sentido tiene estar, si no se puede ser?.

Siempre recuerdo con nostalgia ese día, en el que salí de mi casa y nunca más regrese, tal vez aún este junto aquel árbol, esperando que él, me vuelva a mirar.




Algunas palabras mejor que se las lleve el viento






Poseía una inigualable capacidad para emitir palabras. Rápida, segura, la mayoría de las veces hasta con contenido.
A lo largo de su vida ha hecho uso y abuso, por lo que desarrollo aun más su talento nato de mujer.
Incluso podría decir que es muy buena en esto, pero lo que no ha podido lograr es que alguien, tal vez "alguien", escuche lo que no dice; aquello que sale del cuerpo, verborragicamente, una y otra vez.

Tal vez sea que la potencia de las palabras generan un ruido tal que no les permite ser, así como también temo que "alguien" no quiera oír, no le interese escuchar sus silencios porque las palabras, sin peso, le sientan mejor. Ignorando que tanto silencio no escuchado esté enmudeciendo sus almas, sacandole hasta la última gota de sudor. Sufriendo los ecos tergiversados, por este canal que cada vez está más y más añejado.

Mas este no es su único defecto, pues no puede escuchar los de él, está tan plagada de los propios, que no dejan cabida. Se tornan confusos, poco confiables, y hacen que "alguien" incomprendido, calle cada vez más, hundiéndose en largas pausas, llenando de vacío el lugar.
¿Vació? ¿Por qué vacío si están los silencios de los dos? En realidad sí, es cierto, pero yo no logro escuchar los suyos, y el no interpreta los míos. Hablamos en silencio, y no nos entendemos ... y es así como ya no queda nada, nada más que palabras sin sentido.

Palabras de alguien más ... a estas palabras es mejor que se las lleve el viento.





Cuando la propia vida parece un cuento.





Hace ya un tiempo, no tanto, que cambie de silla en la mesa. Cuestiones que no vienen al caso una vez obligaron que me sentara en un rincón, frío, oscuro, en el que definitivamente no me hallaba. Durante mucho tiempo permanecí allí, inmóvil, falta de todo, con ganas de nada … Creyendo sin creer, que ya de mi no quedaba nada. Tampoco importaba que fuera a volver.

Nunca logré acostumbrarme a ella, a mí. Un buen día comencé a intentar, a hacer fuerza, a patear el suelo, a luchar. No lo conseguí. Seguí intentando, sin creer. Sin querer creer, sin ganas de nada. Paso mucho tiempo hasta que al fin pude moverme de lugar, puedo recordar la pesadilla que sentí al estar atada sin sogas, al haber sido torturada … con tortura por la vida.

Como dije, hoy ya no estoy sentada allí, tampoco puedo volver a ser la que fui, así como ya no interesa. Después de un infierno, estando ahora lejos del cielo, parece como si todo hubiera sido una película sin trama, interpretada por una mala actriz. Una que en ningún momento supo actuar, una que de ficción no entiende y que está cansada de la verdad.




¡Gracias por tomarse el tiempo de leerlo!




El cometa: Poemas con Alma

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