Ahora, amiga, que me preguntas
si alguna vez he amado,
debo responderte que sí,
no sé si mucho o poco
porque mi corazón no entiende de cantidades.
Llegó cierto día, sin avisar,
como un forastero despistado
y le preparé una habitación en mi vida,
desinteresadamente, sin condiciones o contratos.
Ocupó, poco a poco, mi carne, mi sangre,
se apropió de mis pensamientos y palabras,
mis suspiros y mis dudas eran suyos,
mis insomnios, sin rubor, provocaba.
Fue cuando furtivamente comencé a mirarla,
en el café de media tarde,
en los crepusculares paseos por la playa.
No era mía, iba cogida de otra mano,
sus ojos recorrían otras pupilas
como el deseo del mar baña las rocas.
Yo la miraba y mis ojos eran dos gotas de lluvia
deslizándose por la piel imposible de una flor.
Un hierro candente el amor arrastraba por mi alma,
yo quería expulsarlo de mis adentros,
arrancarlo a jirones de lo más profundo de mis entrañas,
apagar la tortura de su fuego con mis lágrimas.
Así pasaron los años hasta que una mañana
al levantarme me sentí vacío,
no había luz en su cuarto,
la cama estaba hecha,
los grifos bien cerrados,
los armarios desnudos.
Comprendí que el viejo inquilino de había marchado.
No hizo ruido, no dejó notas, se fue sin decir nada.
Ahora lo recuerdo como una difusa sombra lejana,
a veces me pregunto si en realidad pobló mis interiores
o tan sólo fue una ilusión, un sueño entre fiebres.
Ni amigos ni vecinos jamás supieron de él,
fue un amor oculto, callado, invisible
y sin embargo, encendido y delirante,
¡ Cuántos besos quemé en sus silencios !
¡ Cuántas cartas escribí para sus fuegos !
Un poso de melancolía yo porto en mis ojos
como oculta huella de su paso por mi ser.
Y ahora, amiga, que tú me lo preguntas
te puedo responder que jamás hablé con él
porque tan sólo sabía repetir constantemente tu nombre.
si alguna vez he amado,
debo responderte que sí,
no sé si mucho o poco
porque mi corazón no entiende de cantidades.
Llegó cierto día, sin avisar,
como un forastero despistado
y le preparé una habitación en mi vida,
desinteresadamente, sin condiciones o contratos.
Ocupó, poco a poco, mi carne, mi sangre,
se apropió de mis pensamientos y palabras,
mis suspiros y mis dudas eran suyos,
mis insomnios, sin rubor, provocaba.
Fue cuando furtivamente comencé a mirarla,
en el café de media tarde,
en los crepusculares paseos por la playa.
No era mía, iba cogida de otra mano,
sus ojos recorrían otras pupilas
como el deseo del mar baña las rocas.
Yo la miraba y mis ojos eran dos gotas de lluvia
deslizándose por la piel imposible de una flor.
Un hierro candente el amor arrastraba por mi alma,
yo quería expulsarlo de mis adentros,
arrancarlo a jirones de lo más profundo de mis entrañas,
apagar la tortura de su fuego con mis lágrimas.
Así pasaron los años hasta que una mañana
al levantarme me sentí vacío,
no había luz en su cuarto,
la cama estaba hecha,
los grifos bien cerrados,
los armarios desnudos.
Comprendí que el viejo inquilino de había marchado.
No hizo ruido, no dejó notas, se fue sin decir nada.
Ahora lo recuerdo como una difusa sombra lejana,
a veces me pregunto si en realidad pobló mis interiores
o tan sólo fue una ilusión, un sueño entre fiebres.
Ni amigos ni vecinos jamás supieron de él,
fue un amor oculto, callado, invisible
y sin embargo, encendido y delirante,
¡ Cuántos besos quemé en sus silencios !
¡ Cuántas cartas escribí para sus fuegos !
Un poso de melancolía yo porto en mis ojos
como oculta huella de su paso por mi ser.
Y ahora, amiga, que tú me lo preguntas
te puedo responder que jamás hablé con él
porque tan sólo sabía repetir constantemente tu nombre.