EL POETA NO ES
UNA PIEDRA PERDIDA
El Rector ha tenido palabras magníficas. Entre ellas destaco las que en su discurso relacionaron al poeta y a su pueblo.
Yo soy, una vez más, ese poeta.
Digo una vez más, porque fue deber de todos, a través de la historia, cumplir esta relación. Cumplirla con devoción, con sufrimiento y con alegría.
La primera edad de un poeta debe recoger con atención apasionada las esencias de su patria, y luego debe devolverlas. Debe reintegrarlas, debe donarlas. Su canto y su acción deben contribuir a la madurez y al crecimiento de su pueblo.
El poeta no puede ser desarraigado, sino por la fuerza. Aun en esas circunstancias sus raíces deben cruzar el fondo del mar, sus semillas seguir el vuelo del viento, para encarnarse, una vez más, en su tierra. Debe ser deliberadamente nacional, reflexivamente nacional, maduramente patrio.
El poeta no es una piedra perdida. Tiene dos obligaciones sagradas: partir y regresar.
El poeta que parte y no vuelve es un cosmopolita. Un cosmopolita es apenas un hombre, es apenas un reflejo de la luz moribunda. Sobre todo en estas patrias solitarias, aisladas entre las arrugas del planeta, testigos integrales de los primeros signos de nuestros pueblos, todos, todos, desde los más humildes hasta los más orgullosos, tenemos la fortuna de ir creando nuestra patria, de ser todos un poco padres de ella.
Yo fui recogiendo estos libros de la cultura universal, estas caracolas de todos los océanos, y esta espuma de los siete mares la entrego a la Universidad por deber de conciencia y para pagar, en parte mínima, lo que he recibido de mi pueblo.
Esta Universidad no nació por decreto, sino de las luchas de los hombres, y su tradición progresista, renovada hoy por el Rector Gómez Millas, viene de las sacudidas de nuestra historia y es la estrella de nuestra bandera. No se detendrá en su camino. Será algún día la Universidad futura más ancha y popular, consecuente con las transformaciones profundas que esperamos. Recogí estos libros en todas partes. Han viajado tanto como yo, pero muchos tienen cuatro o cinco siglos más que mis actuales cincuenta años. Algunos me los regalaron en China, otros los compré en México. En París encontré centenares. De la Unión Soviética traigo algunos de los más valiosos. Todos ellos forman parte de mi vida, de mi geografía personal. Tuve larga paciencia para buscarlos, placeres indescriptibles al descubrirlos y me sirvieron con su sabiduría y su belleza. Desde ahora servirán más extensamente, continuando la generosa vida de los libros.
Cuando alguien a través del tiempo recorra estos títulos no sabrá qué pensar del que los reuniera, ni se explicará por qué muchos de ellos se reunieron.
Hay aquí un pequeño almanaque Gotha del año 1838. Estos almanaques Gotha llevaban al día los títulos de las caducas aristocracias, los nombres de las familias reinantes. Eran el catálogo en la feria de la vanidad.
Lo tengo porque hay una línea perdida en su minúscula ortografía que dice lo siguiente:
"Día 12 de febrero de 1837, muere a consecuencia de un duelo el poeta ruso Aleksandr Pushkin"
Esta línea es para mí como una puñalada. Aún sangra la poesía universal por esta herida.
Aquí está el Romancero Gitano dedicado por otro poeta asesinado. Federico escribió delante de mí esa magnánima dedicatoria y Paul Éluard, que también se ha ido, también en la primera página de su libro me dejó su firma.
Me parecían eternos. Me parecen eternos. Pero ya se fueron.
Una noche en París me festejaban mis amigos. Llegó el gran poeta de Francia al festejo trayéndome un puñado de tesoros. Era una edición clandestina de Víctor Hugo, perseguido en su tiempo por un pequeño tirano. Me trajo otra cosa, tal vez lo más preciado de todo lo que tengo. Son las dos cartas en las que Isabelle Rimbaud, desde el hospital de Marsella, cuenta a su madre la agonía de su hermano.
Son el testimonio más desgarrador que se conoce. Me decía Paul al regalarme estas cartas: "Fíjate cómo se interrumpe al final, llega a decir: 'Lo que Arthur quiere'... y el fragmento que sigue no se ha encontrado nunca. Y eso fue Rimbaud. Nadie sabrá jamás lo que quería".
Aquí están las dos cartas.
Aquí está también mi primerGarcilaso que compré en cinco pesetas con una emoción que recuerdo aún. Es del año 1549. Aquí está la magnífica edición de Góngora del editor flamenco Foppens, impresa en el siglo XVII cuando los libros de los poetas tenían una inigualada majestad. Aunque costaba sólo cien pesetas en la Librería de García Rico, en Madrid, yo conseguí pagarlo por mensualidades. Pagaba diez pesetas mensuales. Aún recuerdo la cara de asombro de García Rico, aquel prodigioso librero que parecía un gañán de Castilla, cuando le pedí que me lo vendiera a plazos.
También dos de mis poetas favoritos del Siglo de Oro quedan aquí en sus ediciones originales. Son El desengaño de amor en rimas, de Pedro Soto de Rojas y las nocturnas poesías de Francisco de Latorre:
...Claras lumbres del cielo, y ojos claros
del espantoso rostro de la noche,
corona clara y clara Casiopea,
Andrómeda y Perseo...
Tantos libros! Tantas cosas! El tiempo aquí seguirá vivo. Recuerdo cuando, en París, vivíamos junto al Sena con Rafael Alberti. Sosteníamos con Rafael que nuestra época es la del realismo, la de los poetas gordos.
—Basta de poetas flacos! —me decía Rafael, con su alegre voz de Cádiz—. Ya bastantes flacos tuvieron para el Romanticismo!
Rafael Alberti
Queríamos ser gordos como Balzac y no flacos como Bécquer. En los bajos de nuestra casa había una librería y allí, pe¬gados a la vitrina, estaban todas las obras de Víctor Hugo. Al salir nos deteníamos en la ventana y nos medíamos:
—Hasta dónde mides de ancho?
—Hasta Los trabajadores del mar. Y tú?
—Yo sólo hasta Notre Dame de París.
También se preguntarán alguna vez por qué hay tantos libros sobre animales y las plantas. La contestación está en mi poesía.
Pero, además, estos libros zoológicos y botánicos me apasionaron siempre. Continuaban mi infancia. Me traían el mundo infinito, el laberinto inacabable de la naturaleza. Estos libros de exploración terrestre han sido mis favoritos y rara vez me duermo sin mirar las efigies de pájaros adorables o insectos deslumbrantes y complicados como relojes.
En fin, es poco lo que doy, lo que devuelvo, lo que pongo en las manos del Rector y a través de él en el patrimonio de la patria. Son, en último término, fragmentos íntimos y universales del conocimiento atrapados en el viaje del mundo. Aquí están. No pertenezco a esas familias que predicaron el orgullo de casta por los cuatro costados y luego venden su pasado en un remate.
El esplendor de estos libros, la flora oceánica de estas caracolas, cuanto conseguí a lo largo de la vida, a pesar de la pobreza y en el ejercicio constante del trabajo, lo entrego a la Universidad, es decir, lo doy a todos.
Una palabra más.
Mi generación fue antilibresca y antiliteraria por reacción contra la exquisitez decadente del momento. Éramos enemigos jurados del vampirismo, de la nocturnidad, del alcaloide espiritual. Fuimos hijos naturales de la vida.
Sin embargo, la unidad del conocimiento continúa la naturaleza, la inteligencia revela las relaciones más remotas o más simples entre las cosas, y entonces unidad y relación, naturaleza y hombre se traducen en libros.
Yo no soy un pensador, y estos libros reunidos son más reverenciales que investigadores. Aquí está reunida la belleza que me deslumbre y el trabajo subterráneo de la conciencia que me condujo a la razón, pero también he amado estos libros como objetos preciosos, espuma sagrada del tiempo en su camino, frutos esenciales del hombre. Pertenecen desde ahora a innumerables ojos nuevos.
Así cumplen su destino de dar y recibir la luz.
(Leído en el acto inaugural de la "Fundación Pablo Neruda para el estudio de la poesía", el 20 de junio de 1954)
www.fundacionneruda.org/
¡Ojalá os haya gustado!!