Edición Nro 151 - Enero de 2012
LOS PROBLEMAS DE EUROPA AFECTAN A AMéRICA LATINA
Por Carlos Winograd*
Al igual que el resto de los países de la región, Argentina no está a salvo de los efectos de la crisis que azota a Europa. Para prever sus implicancias y los escenarios posibles, es necesario entender las razones y fragilidades de esa formidable operación de ingeniería económica y política que es el euro.
En el actual contexto de significativa globalización de las relaciones comerciales y financieras, Argentina, y América Latina en general, no pueden desentenderse de los eventos europeos, de su profunda comprensión, de los conflictos de interés y los diversos escenarios posibles. Los efectos de lejanos tsunamis pueden ser más o menos fuertes, pero la noción por momentos atractiva del “desacople” de la región es extremadamente riesgosa para la política pública. Si bien esta crisis no se detonó en los mercados emergentes (1), la idea de no mancharse parece, cuanto menos, poco fundada.
En estos días vemos cómo la crisis financiera iniciada en el Hemisferio Norte en el 2008 se transforma en una crisis de las finanzas públicas, es decir una crisis de deuda soberana, como aquella que llevó a la década pérdida de América Latina en los años 80. Pero en el marco europeo debemos entender la fuerza y las fragilidades de esta fenomenal ingeniería institucional, política y económica que es el euro, la moneda común de 17 países y más de 300 millones de habitantes (2).
Las razones
¿Qué argumentos económicos sustentan la decisión de abandonar la soberanía monetaria y adherir a una moneda común? El abandono de una moneda nacional como el franco, la lira italiana, el dracma griego o la peseta española presenta costos y beneficios, que deben ser evaluados cuidadosamente antes de avanzar hacia una moneda común. El análisis económico se basa generalmente en dos corrientes de la literatura sobre la integración monetaria. La primera es la de las Áreas Monetarias Óptimas (AMO), que enfatiza las condiciones bajo las cuales es beneficioso para un país abandonar su política cambiaria (y monetaria) como instrumento de ajuste de la economía ante shocks externos. La segunda es la Teoría de las Ganancias de Credibilidad, la cual sostiene que podría ser beneficioso para un país “atar” su moneda (o asociarse) a la de un país de baja inflación, de manera de “absorber” su credibilidad. Ganar credibilidad y reducir la inflación (y las tasas de interés) fue un factor decisivo para el ingreso a la Unión Monetaria Europea (UME) de países como Italia, España, Grecia y Portugal.
Existen otros argumentos relevantes, que van de la interdependencia al contagio, no considerados en las teorías mencionadas. Uno de ellos concierne a los costos que los países interdependientes deben afrontar ante posibles perturbaciones macroeconómicas en países miembros (el criterio de los costos de interdependencia). Desde este punto de vista, una mayor integración comercial y financiera eleva el nivel de interdependencia entre las economías, reforzando la transmisión de shocks entre países. A su vez, si una mayor integración del comercio y los mercados financieros puede conducir a un mayor bienestar, un entorno macroeconómico más estable entre los socios también fortalecería los incentivos para una integración más profunda (3).
Otro elemento clave que no es considerado en las teorías mencionadas sobre los beneficios de una moneda común concierne a la volatilidad de los tipos de cambio. En un mundo de múltiples monedas soberanas (franco, lira, dracma, libra esterlina, etc), esta volatilidad puede tener un impacto negativo sobre un conjunto importante de variables macroeconómicas, como el comercio, la inversión y el crecimiento. Cambios abruptos en los tipos de cambio pueden producir un fuerte impacto negativo sobre determinados sectores de la economía y la sociedad, impulsando presiones proteccionistas o políticas distorsivas. Este fenómeno puede generar incentivos para participar de una unión monetaria.La devaluación de la moneda de un país miembro de un acuerdo comercial puede percibirse como un comportamiento oportunista, generando reacciones proteccionistas potencialmente negativas para el proceso de integración. Aun en el caso de sobreajustes transitorios del tipo de cambio real, las medidas proteccionistas pueden ser políticamente costosas de remover una vez instauradas y, por lo tanto, afectar severamente el proceso de integración. El caso del Mercosur muestra la relevancia de estas dinámicas de proteccionismo, represalias y permanentes renegociaciones que conspiran contra un proyecto de integración.
Además de las cuestiones macroeconómicas, las consideraciones de economía política son relevantes para el proceso de integración. Esto es particularmente importante en Europa. Durante siglos, el continente fue escenario de guerras frecuentes. Entre 1870 y 1945, Francia y Alemania se vieron envueltas en tres importantes conflictos militares, con cada vez más víctimas humanas y más destrucción material. Al final de la Segunda Guerra Mundial, los líderes del mundo occidental reconocieron que la única manera de asegurar la paz y el progreso económico era incrementar la interdependencia entre los países rivales. Esto explica que, incluso ante tensiones políticas y económicas durante los últimos cuarenta años, el proceso integrador europeo haya sido relativamente exitoso. Hoy enfrenta una encrucijada de gran magnitud.
Los problemas
Pero promover la integración a través de la cooperación no implica desconocer que las disparidades entre las
economías europeas son significativas, en términos de tamaño, ingreso per cápita (tanto entre países como dentro de cada uno), apertura del comercio, estructuras económicas, desarrollo institucional e indicadores sociales. Estas disparidades pueden tener un fuerte impacto negativo sobre las posibilidades de coordinación macroeconómica regional. Las tensiones producto de estas múltiples dimensiones de disparidad aparecerán tanto en casos en que la adversidad económica afecte a un país en particular, o bien cuando un shock negativo impacte en todo el bloque.
Una dimensión crucial de las disparidades europeas concierne a las diferencias de preferencias entre países, por ejemplo en cuanto a las tasas de inflación deseadas (la política monetaria o fiscal) o los niveles de desempleo tolerados. En tiempos de crisis, tanto en el pasado como en la actualidad, estas disparidades de preferencias han dado lugar a significativas tensiones. A su vez, la coordinación macroeconómica contribuye a promover una mayor convergencia (menor disparidad) en múltiples dimensiones. El caso de las economías en el pasado menos desarrolladas de Europa –como España, Portugal o Irlanda– refleja estas dinámicas.
Según la teoría de las AMO, el beneficio primordial de una moneda común provendría de la caída en los costos de transacción asociados a la existencia de múltiples monedas y su impacto sobre el comercio exterior de los países candidatos a la integración. Si el comercio intrarregional es elevado, la reducción de los costos de transacción puede ser significativa, así como también los incentivos para formar una unión monetaria.
Esta teoría también señala que los costos derivados de una moneda común están asociados al grado de simetría de los shocks sufridos por los países miembros: si los shocks afectan simultáneamente y con equivalente impacto a los países miembros de la unión monetaria, estos tenderán a mostrar reacciones similares –en el caso de disparidades poco en las preferencias de política pública, por ejemplo en la tasa de inflación (desempleo) deseada–. En tal caso, los incentivos para recurrir al tipo de cambio como mecanismo de ajuste serán más débiles, así como también los asociados a la coordinación.
Por supuesto, la asincronía de los shocks no sería un problema grave (dejando de lado las disparidades en las preferencias de política) si los salarios y los precios fueran flexibles, si existiera movilidad factorial (migración de factores hacia el país en que son mejor remunerados) o si las autoridades pudieran operar transferencias fiscales redistributivas entre naciones (haciendo viables políticas contracíclicas en forma de fondos compensatorios). Estos son los sustitutos económicos para el ajuste en ausencia de modificaciones en el tipo de cambio.
¿Europa satisface estas condiciones? La respuesta es rápida: no. No dispone de un presupuesto federal (europeo) significativo, y una parte importante del presupuesto disponible ha estado durante años focalizado en la cuestionable Política Agrícola Común. Razones objetivas (diferencias de lengua, reglamentaciones y hábitos) hacen que las migraciones entre países europeos sean limitadas. Por otra parte, los mercados de trabajo son poco flexibles, de tal forma que las condiciones arriba señaladas, que permiten sustituir la ausencia del tipo de cambio como instrumento de política económica, no están presentes en la Unión Europea. El motor de la integración europea es la voluntad política, pero las inconsistencias económicas revelan las fragilidades inherentes a este impresionante proyecto institucional.
El rol del BCE y las finanzas públicas europeas
La cuestión del presupuesto federal y el abandono de soberanía fiscal de los miembros de la eurozona es uno de los puntos de negociación esenciales en la actualidad. Alemania es el principal abogado de un mayor presupuesto federal (europeo), una mayor injerencia del centro (Bruselas) y un fuerte control entre países de las políticas fiscales nacionales. Otros países, en cambio, son resistentes a la injerencia externa, entre ellos una parte importante del espectro político de Francia, el otro líder de la Unión Europea (4). La disparidad de preferencias queda claramente en evidencia.
Otra dimensión de la disparidad de preferencias de primer orden concierne a los objetivos de la autoridad monetaria de la moneda común, es decir del Banco Central Europeo (BCE). El BCE no sólo está situado en Fráncfort, Alemania, sino que además su mandato refleja claramente las preferencias de este país: a diferencia de la Reserva Federal de Estados Unidos, el único objetivo establecido de la política monetaria del BCE es la estabilidad de precios. Es así que el euro hereda parte de la reputación del marco alemán (enfoque de la credibilidad) y muestra fortaleza en su paridad, a pesar de la actual crisis económica. Pero el BCE aparece imposibilitado de responder a los desafíos monetarios y financieros que amenazan a la Europa del euro.
Hace unas pocas semanas se han promovido cambios en las instituciones fiscales (la credibilidad no es obvia). Pero poco han obtenido los países defensores de una reforma del mandato y las prácticas del BCE, en la dirección de acercarse al modelo de la Reserva Federal de Estados Unidos. En particular, en el sentido de incluir un rol de prestamista de última instancia y de reformar el mandato del BCE. El trauma alemán de las hiperinflaciones de 1923, en la República de Weimar, y de la segunda posguerra, contagia a la institución monetaria europea.
Sin embargo, garantizar la prudencia en las finanzas públicas a través de objetivos fiscales rígidos implica perder la herramienta de políticas contracíclicas. Un objetivo de déficit presupuestario estructural (ajustado por el ciclo económico) puede ser un instrumento de política interesante para reconciliar la prudencia y la flexibilidad. El mecanismo contracíclico debería lanzarse en períodos de auge, cuando las autoridades políticas podrían tener incentivos contrapuestos, es decir al desear usufructuar los beneficios de la bonanza. En estos momentos, los políticos pueden resistirse a ahorrar para los años malos, en particular cuando arriesgan costos políticos presentes y transfieren beneficios futuros a la oposición.
América Latina
La idea de déficits estructurales es muy atractiva en la teoría, pero puede ser muy compleja en la práctica. En América Latina, el fondo anticíclico de Chile es un raro caso de ingeniería económica y política, casi escandinava (pensemos en Noruega y su riqueza de vikingo petrolero). No se ha reproducido en otros países de la región, inmersos en bonanzas de materias primas, frecuentemente volátiles. Y en futuros menos auspiciosos: Dios dirá, auguran los creyentes. En definitiva, Europa se encuentra firmemente encaminada a una situación de sobreendeudamiento público que llevará muchos años resolver. Sin entrar en detalles, un escenario a la japonesa, de prolongado estancamiento, no puede ser descartado: América Latina debe evaluar el impacto de esta probable situación.
1. A diferencia de tantas otras crisis, frecuentemente iniciadas en el mundo en desarrollo: tequila mexicana, tailandesa, rusa, brasileña y rioplatense (Argentina y Uruguay) en 2001-2002.
2. Incluye además cerca de 180 millones de no europeos.
3. Este argumento se remonta a las controversias sobre el régimen monetario internacional en los días del patrón oro, o cuando Keynes propuso los acuerdos de Bretton Woods después del colapso comercial y financiero internacional de los caóticos años 30. De ahí puede resultar un círculo virtuoso de cooperación, interdependencia creciente y beneficios debienestar.
4. El Reino Unido, que no es miembro del euro, en la tradición de Albión, difícilmente se aviene a esta discusión.
LOS PROBLEMAS DE EUROPA AFECTAN A AMéRICA LATINA
Los caminos del euro
Por Carlos Winograd*
Al igual que el resto de los países de la región, Argentina no está a salvo de los efectos de la crisis que azota a Europa. Para prever sus implicancias y los escenarios posibles, es necesario entender las razones y fragilidades de esa formidable operación de ingeniería económica y política que es el euro.
En el actual contexto de significativa globalización de las relaciones comerciales y financieras, Argentina, y América Latina en general, no pueden desentenderse de los eventos europeos, de su profunda comprensión, de los conflictos de interés y los diversos escenarios posibles. Los efectos de lejanos tsunamis pueden ser más o menos fuertes, pero la noción por momentos atractiva del “desacople” de la región es extremadamente riesgosa para la política pública. Si bien esta crisis no se detonó en los mercados emergentes (1), la idea de no mancharse parece, cuanto menos, poco fundada.
En estos días vemos cómo la crisis financiera iniciada en el Hemisferio Norte en el 2008 se transforma en una crisis de las finanzas públicas, es decir una crisis de deuda soberana, como aquella que llevó a la década pérdida de América Latina en los años 80. Pero en el marco europeo debemos entender la fuerza y las fragilidades de esta fenomenal ingeniería institucional, política y económica que es el euro, la moneda común de 17 países y más de 300 millones de habitantes (2).
Las razones
¿Qué argumentos económicos sustentan la decisión de abandonar la soberanía monetaria y adherir a una moneda común? El abandono de una moneda nacional como el franco, la lira italiana, el dracma griego o la peseta española presenta costos y beneficios, que deben ser evaluados cuidadosamente antes de avanzar hacia una moneda común. El análisis económico se basa generalmente en dos corrientes de la literatura sobre la integración monetaria. La primera es la de las Áreas Monetarias Óptimas (AMO), que enfatiza las condiciones bajo las cuales es beneficioso para un país abandonar su política cambiaria (y monetaria) como instrumento de ajuste de la economía ante shocks externos. La segunda es la Teoría de las Ganancias de Credibilidad, la cual sostiene que podría ser beneficioso para un país “atar” su moneda (o asociarse) a la de un país de baja inflación, de manera de “absorber” su credibilidad. Ganar credibilidad y reducir la inflación (y las tasas de interés) fue un factor decisivo para el ingreso a la Unión Monetaria Europea (UME) de países como Italia, España, Grecia y Portugal.
Existen otros argumentos relevantes, que van de la interdependencia al contagio, no considerados en las teorías mencionadas. Uno de ellos concierne a los costos que los países interdependientes deben afrontar ante posibles perturbaciones macroeconómicas en países miembros (el criterio de los costos de interdependencia). Desde este punto de vista, una mayor integración comercial y financiera eleva el nivel de interdependencia entre las economías, reforzando la transmisión de shocks entre países. A su vez, si una mayor integración del comercio y los mercados financieros puede conducir a un mayor bienestar, un entorno macroeconómico más estable entre los socios también fortalecería los incentivos para una integración más profunda (3).
Otro elemento clave que no es considerado en las teorías mencionadas sobre los beneficios de una moneda común concierne a la volatilidad de los tipos de cambio. En un mundo de múltiples monedas soberanas (franco, lira, dracma, libra esterlina, etc), esta volatilidad puede tener un impacto negativo sobre un conjunto importante de variables macroeconómicas, como el comercio, la inversión y el crecimiento. Cambios abruptos en los tipos de cambio pueden producir un fuerte impacto negativo sobre determinados sectores de la economía y la sociedad, impulsando presiones proteccionistas o políticas distorsivas. Este fenómeno puede generar incentivos para participar de una unión monetaria.La devaluación de la moneda de un país miembro de un acuerdo comercial puede percibirse como un comportamiento oportunista, generando reacciones proteccionistas potencialmente negativas para el proceso de integración. Aun en el caso de sobreajustes transitorios del tipo de cambio real, las medidas proteccionistas pueden ser políticamente costosas de remover una vez instauradas y, por lo tanto, afectar severamente el proceso de integración. El caso del Mercosur muestra la relevancia de estas dinámicas de proteccionismo, represalias y permanentes renegociaciones que conspiran contra un proyecto de integración.
Además de las cuestiones macroeconómicas, las consideraciones de economía política son relevantes para el proceso de integración. Esto es particularmente importante en Europa. Durante siglos, el continente fue escenario de guerras frecuentes. Entre 1870 y 1945, Francia y Alemania se vieron envueltas en tres importantes conflictos militares, con cada vez más víctimas humanas y más destrucción material. Al final de la Segunda Guerra Mundial, los líderes del mundo occidental reconocieron que la única manera de asegurar la paz y el progreso económico era incrementar la interdependencia entre los países rivales. Esto explica que, incluso ante tensiones políticas y económicas durante los últimos cuarenta años, el proceso integrador europeo haya sido relativamente exitoso. Hoy enfrenta una encrucijada de gran magnitud.
Los problemas
Pero promover la integración a través de la cooperación no implica desconocer que las disparidades entre las
economías europeas son significativas, en términos de tamaño, ingreso per cápita (tanto entre países como dentro de cada uno), apertura del comercio, estructuras económicas, desarrollo institucional e indicadores sociales. Estas disparidades pueden tener un fuerte impacto negativo sobre las posibilidades de coordinación macroeconómica regional. Las tensiones producto de estas múltiples dimensiones de disparidad aparecerán tanto en casos en que la adversidad económica afecte a un país en particular, o bien cuando un shock negativo impacte en todo el bloque.
Una dimensión crucial de las disparidades europeas concierne a las diferencias de preferencias entre países, por ejemplo en cuanto a las tasas de inflación deseadas (la política monetaria o fiscal) o los niveles de desempleo tolerados. En tiempos de crisis, tanto en el pasado como en la actualidad, estas disparidades de preferencias han dado lugar a significativas tensiones. A su vez, la coordinación macroeconómica contribuye a promover una mayor convergencia (menor disparidad) en múltiples dimensiones. El caso de las economías en el pasado menos desarrolladas de Europa –como España, Portugal o Irlanda– refleja estas dinámicas.
Según la teoría de las AMO, el beneficio primordial de una moneda común provendría de la caída en los costos de transacción asociados a la existencia de múltiples monedas y su impacto sobre el comercio exterior de los países candidatos a la integración. Si el comercio intrarregional es elevado, la reducción de los costos de transacción puede ser significativa, así como también los incentivos para formar una unión monetaria.
Esta teoría también señala que los costos derivados de una moneda común están asociados al grado de simetría de los shocks sufridos por los países miembros: si los shocks afectan simultáneamente y con equivalente impacto a los países miembros de la unión monetaria, estos tenderán a mostrar reacciones similares –en el caso de disparidades poco en las preferencias de política pública, por ejemplo en la tasa de inflación (desempleo) deseada–. En tal caso, los incentivos para recurrir al tipo de cambio como mecanismo de ajuste serán más débiles, así como también los asociados a la coordinación.
Por supuesto, la asincronía de los shocks no sería un problema grave (dejando de lado las disparidades en las preferencias de política) si los salarios y los precios fueran flexibles, si existiera movilidad factorial (migración de factores hacia el país en que son mejor remunerados) o si las autoridades pudieran operar transferencias fiscales redistributivas entre naciones (haciendo viables políticas contracíclicas en forma de fondos compensatorios). Estos son los sustitutos económicos para el ajuste en ausencia de modificaciones en el tipo de cambio.
¿Europa satisface estas condiciones? La respuesta es rápida: no. No dispone de un presupuesto federal (europeo) significativo, y una parte importante del presupuesto disponible ha estado durante años focalizado en la cuestionable Política Agrícola Común. Razones objetivas (diferencias de lengua, reglamentaciones y hábitos) hacen que las migraciones entre países europeos sean limitadas. Por otra parte, los mercados de trabajo son poco flexibles, de tal forma que las condiciones arriba señaladas, que permiten sustituir la ausencia del tipo de cambio como instrumento de política económica, no están presentes en la Unión Europea. El motor de la integración europea es la voluntad política, pero las inconsistencias económicas revelan las fragilidades inherentes a este impresionante proyecto institucional.
El rol del BCE y las finanzas públicas europeas
La cuestión del presupuesto federal y el abandono de soberanía fiscal de los miembros de la eurozona es uno de los puntos de negociación esenciales en la actualidad. Alemania es el principal abogado de un mayor presupuesto federal (europeo), una mayor injerencia del centro (Bruselas) y un fuerte control entre países de las políticas fiscales nacionales. Otros países, en cambio, son resistentes a la injerencia externa, entre ellos una parte importante del espectro político de Francia, el otro líder de la Unión Europea (4). La disparidad de preferencias queda claramente en evidencia.
Otra dimensión de la disparidad de preferencias de primer orden concierne a los objetivos de la autoridad monetaria de la moneda común, es decir del Banco Central Europeo (BCE). El BCE no sólo está situado en Fráncfort, Alemania, sino que además su mandato refleja claramente las preferencias de este país: a diferencia de la Reserva Federal de Estados Unidos, el único objetivo establecido de la política monetaria del BCE es la estabilidad de precios. Es así que el euro hereda parte de la reputación del marco alemán (enfoque de la credibilidad) y muestra fortaleza en su paridad, a pesar de la actual crisis económica. Pero el BCE aparece imposibilitado de responder a los desafíos monetarios y financieros que amenazan a la Europa del euro.
Hace unas pocas semanas se han promovido cambios en las instituciones fiscales (la credibilidad no es obvia). Pero poco han obtenido los países defensores de una reforma del mandato y las prácticas del BCE, en la dirección de acercarse al modelo de la Reserva Federal de Estados Unidos. En particular, en el sentido de incluir un rol de prestamista de última instancia y de reformar el mandato del BCE. El trauma alemán de las hiperinflaciones de 1923, en la República de Weimar, y de la segunda posguerra, contagia a la institución monetaria europea.
Sin embargo, garantizar la prudencia en las finanzas públicas a través de objetivos fiscales rígidos implica perder la herramienta de políticas contracíclicas. Un objetivo de déficit presupuestario estructural (ajustado por el ciclo económico) puede ser un instrumento de política interesante para reconciliar la prudencia y la flexibilidad. El mecanismo contracíclico debería lanzarse en períodos de auge, cuando las autoridades políticas podrían tener incentivos contrapuestos, es decir al desear usufructuar los beneficios de la bonanza. En estos momentos, los políticos pueden resistirse a ahorrar para los años malos, en particular cuando arriesgan costos políticos presentes y transfieren beneficios futuros a la oposición.
América Latina
La idea de déficits estructurales es muy atractiva en la teoría, pero puede ser muy compleja en la práctica. En América Latina, el fondo anticíclico de Chile es un raro caso de ingeniería económica y política, casi escandinava (pensemos en Noruega y su riqueza de vikingo petrolero). No se ha reproducido en otros países de la región, inmersos en bonanzas de materias primas, frecuentemente volátiles. Y en futuros menos auspiciosos: Dios dirá, auguran los creyentes. En definitiva, Europa se encuentra firmemente encaminada a una situación de sobreendeudamiento público que llevará muchos años resolver. Sin entrar en detalles, un escenario a la japonesa, de prolongado estancamiento, no puede ser descartado: América Latina debe evaluar el impacto de esta probable situación.
1. A diferencia de tantas otras crisis, frecuentemente iniciadas en el mundo en desarrollo: tequila mexicana, tailandesa, rusa, brasileña y rioplatense (Argentina y Uruguay) en 2001-2002.
2. Incluye además cerca de 180 millones de no europeos.
3. Este argumento se remonta a las controversias sobre el régimen monetario internacional en los días del patrón oro, o cuando Keynes propuso los acuerdos de Bretton Woods después del colapso comercial y financiero internacional de los caóticos años 30. De ahí puede resultar un círculo virtuoso de cooperación, interdependencia creciente y beneficios debienestar.
4. El Reino Unido, que no es miembro del euro, en la tradición de Albión, difícilmente se aviene a esta discusión.