Para hablar, es decir, para comunicarse con palabras, es imprescindible tener un cerebro desarrollado y también los medios para poder hacerlo. El hombre, a diferencia del resto de los animales, puede articular sonidos a voluntad gracias a unas adaptaciones de la laringe y en las cuerdas vocales. Se calcula que esta habilidad ya la tenían nuestros antepasados hace 800.000 años, e incluso puede que mucho antes.
Esto no quiere decir que los animales no puedan comunicarse entre sí. Para ello utilizan otros lenguajes: los ladridos de los perros, el canto de los pájaros, los sonidos de los delfines, el ritual de aleteos y movimientos de las abejas, el cambio de color de los pulpos... De no existir estos lenguajes no podría explicarse su compleja vida social.
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