
Amanecemos con una nueva huelga educativa, que paralizará las universidades con unos objetivos de los más variados: protestar por los recortes en Educación, pedir una nueva ley educativa que tenga en cuenta a todos los sectores sociales, exigir que se aclare la situación de todos los cursos y el calendario de aplicación de la futura ley (sea esta la que sea)… Deseos para todos los gustos, como no podría ser de otra manera.
Un problema de las huelgas y manifestaciones educativas es que parten de un supuesto que, especialmente en el terreno universitario, no tiene demasiado sentido, y es que el sistema se rompe si el estudiante no va a la Universidad. Una vez ya se ha pagado la matrícula, la “productividad” que el Estado podía desear de nosotros ya ha sido cubierta. No es como una huelga de estibadores, que puede paralizar la actividad portuaria y conducir a enormes pérdidas si se prolonga en el tiempo. La huelga estudiantil no tiene esa capacidad puesto que, al final, el problema de que la materia no avance no la tiene ni el profesor ni el gobierno, sino más bien el alumno, el único interesado, técnicamente hablando, en que su proceso de aprendizaje continúe.