

De los alemanes existen muchos estereotipos. Pero aparte de la supuesta obsesión germana por la salchicha y la cerveza, hay rasgos de los alemanes que muchos todavía no conocen...

Agua sin gas no es agua
Si usted pide "agua" en un restaurante alemán, lo más probable es que reciba agua con gas. A los alemanes les encanta su agua efervescente y la mezclan con todo: con el jugo de manzana, con la cerveza, con el vino; las opciones son casi infinitas. En muchos hogares se puede tomar el agua directamente del grifo, pero eso es lo último que un anfitrión le ofrecería a quien pida un vaso de agua...

¡Silencio, hoy es domingo!
En Alemania , el domingo no es el mejor día para pasar la aspiradora o armar un estante. Ese es un día de descanso y quien ose alterar la tranquilidad de sus vecinos tendrá que hacer frente a airadas quejas... y, en el caso de reincidentes, hasta con la policía...

¡Cierra esa ventana!
Aún en verano, cuando el calor agobia y el viento no sopla, los alemanes suelen mantener sus puertas y ventanas cerradas. Y en el automóvil, ni se diga. La creencia de que una corriente de aire puede entumecer el cuello o causar la gripe está muy generalizada en territorio germano. Y los médicos no ven como su deber erradicar esa convicción...

La penúltima superstición de los alemanes
Felicitar a un alemán por su cumpleaños antes de tiempo lo pone de mal humor, cuando no rabioso. El afectuoso gesto es percibido en Alemania como un conjuro de mala suerte. Lo que los alemanes sí suelen hacer es reunirse con sus entrañables en la víspera de un cumpleaños para felicitar al agasajado o la agasajada en cuanto llegue la medianoche.

Cocina a la alemana
Al buscar vivienda en Alemania , muchos extranjeros se sorprenden cuando se percatan de que pocos apartamentos incluyen una cocina empotrada. Cuando los alemanes se mudan, lo único que dejan son las tuberías para las conexiones de agua. Todo lo demás –el horno, el refrigerador, los estantes y hasta el lavaplatos– se lo llevan a su nuevo hogar.

Compras contrarreloj
Cada quien tiene su propio ritmo para hacer las compras. Pero, al llegar a la caja, es la empleada del supermercado quien dicta la rapidez con que los clientes deben meter los productos en las bolsas, pagar la cuenta y despejar el área –que no es muy grande– para que el próximo cliente pueda hacer lo mismo... ¡a toda velocidad! Tárdese un poco más de la cuenta y será objeto de miradas impacientes.

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