En el año 1965, el Dr. James Lovelock fue contratado por la NASA para diseñar pruebas químicas que permitieran detectar vida en Marte y otros planetas. En el curso de esta investigación, se hizo imprescindible encontrar criterios que permitieran identificar cualquier tipo de vida, más allá de la que conocemos en nuestro planeta Tierra.
Lovelock elaboró así una posible definición: se podría considerar “vivo” a cualquier sistema que genere y mantenga sub-sistemas internos que le ayuden a ordenarse y mantener constantes sus condiciones internas (capacidad de homeóstasis). Una de las conclusiones de esta definición es que los seres vivos pueden mantenerse en un estado constante, llamado estado estacionario, que es distinto del equilibrio.
En investigaciones posteriores, Lovelock observó que ciertas variables fisicoquímicas de nuestro planeta (la salinidad de los mares, la composición y temperatura atmosférica, etc.) mantienen valores constantes (estacionarios) que no son los de equilibrio. Lovelock sugirió entonces, que las interacciones de los seres vivos entre sí y con su entorno eran las responsables del mantenimiento de dichos estados estacionarios, llegando a la conclusión de que el planeta Tierra cumplía las condiciones para ser considerado un ser vivo.
El nombre de Gaia se lo sugirió a Lovelock el escritor William Golding, y hace referencia a la diosa griega de la Tierra (análoga a la Pacha Mama latinoamericana).
Según la Hipótesis de Gaia, las condiciones actualmente reinantes en el planeta no son el mero resultado de reacciones físico-químicas sino que son mantenidas así por el conjunto de seres vivos del planeta (la biósfera) y la interacción con su entorno. Todo animal vegetal y mineral de nuestro planeta participan de una conciencia única, formando una super-estructura que trabaja conjuntamente para el bien común.
Para entender esta teoría podemos pensar en nuestro propio cuerpo humano, donde billones de células y microorganismos (varios cientos de especies de bacterias, hongos, protozoos, etc.) luchan por su propia supervivencia y a la vez trabajan por un objetivo común: nuestra vida.
Este enfoque, que podría parecer más espiritual que científico, tiene aplicaciones prácticas evidentes, pues justifica no sólo la apreciación, sino la necesidad de la diversidad para mantener el estado estacionario global. Al fin y al cabo cada especie cumple sus funciones particulares dentro de la extraordinaria sinfonía global de nuestra hermosa Tierra.
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