LA POLÍTICA DEL CUERPO
Clive Barker
(1ºparte)
Cada vez que Charlie George se despertaba, sus manos se quedaban quietas.
En ocasiones tenía demasiado calor bajo las mantas y arrojaba un par hacia el lado de la cama que ocupaba Ellen. En otras, llegaba incluso a levantarse, todavía medio dormido, y atravesaba descalzo la cocina para servirse un vaso de zumo de manzana helado. Luego volvía a la cama, se acostaba junto a Ellen, ovillada en forma de cuarto creciente, y dejaba que lo inundara el sueño. Entonces, ellas esperaban hasta que cerraba los ojos y su respiración se hacía acompasada como un mecanismo de relojería, para asegurarse de que se había dormido profundamente. Sólo entonces, cuando sabían que la conciencia había desaparecido, se atrevían a recomenzar sus vidas secretas.
Hacía ya meses que Charlie se levantaba con un incómodo dolor en las manos y las muñecas.
—Vete a ver al médico —le decía Ellen, poco comprensiva como nunca—. ¿Por qué no vas a ver al medico?
Detestaba a los médicos, por eso no iba. ¿Quién en su sano juicio iba a confiar en una persona cuya profesión consistía en andar fisgoneando a los enfermos?
—Probablemente he trabajado demasiado —se decía el.
—No caerá esa breva —murmuraba Ellen.
Pero ¿no era ésa acaso la explicación más probable? Era empaquetador de oficio, trabajaba con las manos todo el día. Y se le cansaban. Era natural.
—Deja de inquietarte, Charlie —le ordeno una mañana a su propio reflejo mientras se daba palmadas en la cara para despertarse—. Tus manos están en forma para lo que les echen.
Noche tras noche, la rutina era la misma; algo más o menos así:
Los George están durmiendo, el uno junto a la otra, en el lecho conyugal. Él, de espaldas, ronca suavemente; ella, ovillada a la izquierda del marido. Charlie apoya la cabeza en dos almohadas enormes. Tiene la mandíbula ligeramente caída y, bajo el velo surcado de venitas de los párpados, los ojos exploran una aventurera ensoñación. Esta noche tal vez sea bombero y entre heroicamente en el corazón de un burdel en llamas. Duerme y sueña contento, a veces frunce el ceño, a veces sonríe presuntuosamente.
Debajo de las sábanas se produce un movimiento. Lenta y cautelosamente, las manos de Charlie abandonan la calidez del lecho y salen al aire libre. Los dedos índices se doblan como cabezas pobladas de uñas al encontrarse en la curva del abdomen de Charlie. Se enlazan para saludarse, como compañeros de armas. Charlie gime en sueños. El burdel se le ha derrumbado encima. Las manos se aquietan inmediatamente, fingiendo inocencia. Al cabo de un rato, restablecido el ritmo uniforme de la respiración, comienzan la discusión de verdad.
Un observador casual, sentado al pie de la cama de George, podría considerar este intercambio como un síntoma de desorden mental en Charlie. La forma en que sus manos se retuercen y tiran una de la otra, dándose de palmaditas, o enzarzadas en una especie de disputa. Pero en sus movimientos existe claramente un código o secuencia, si bien espasmódico. Se podría llegar a pensar que el hombre dormido es sordomudo y que está hablando en sueños. Pero las manos no hablan ningún lenguaje de signos reconocible, ni tampoco intentan comunicarse con nadie, sólo entre sí. Se trata de una reunión clandestina que mantienen exclusivamente las manos de Charlie. Allí estarán toda la noche, sobre su estómago, maquinando en contra de la integridad del cuerpo.
A Charlie no le pasaba del todo inadvertida la sedición que hervía en el extremo de sus muñecas. Abrigaba la torpe sospecha de que había algo en su vida que no funcionaba del todo bien. Tenía cada vez más la sensación de estar aislado de la experiencia corriente: como si se estuviera convirtiendo gradualmente en espectador de los rituales diurnos (y nocturnos) de la vida, más que en participante. Tomemos su vida amorosa, por ejemplo.
Nunca había sido un gran amante, pero tampoco sentía que tuviera que disculparse por nada. Ellen parecía satisfecha de sus atenciones. Pero en esos días se sentía como alejado del acto. Observaba cómo viajaban sus manos sobre el cuerpo de Ellen, tocándola con toda la íntima habilidad de que eran capaces, y veía sus maniobras como a gran distancia, incapaz de disfrutar de las sensaciones de calidez y humedad. No era que sus dedos hubieran perdido agilidad. Todo lo contrario. Últimamente, Ellen se había aficionado a besarle los dedos, diciéndoles lo inteligentes que eran. El elogio no lo tranquilizaba ni pizca. En todo caso, le hacía sentirse peor el pensar que sus manos daban tanto placer cuando él no sentía nada.
Existían otros síntomas de inestabilidad. Síntomas pequeños e irritantes. Había tomado conciencia de la forma en que sus dedos marcaban ritmos marciales sobre las cajas que él cerraba en la fábrica, y de la forma en que sus manos se habían aficionado a romper lápices, partiéndolos en trocitos antes de que notara lo que estaba, o más bien, estaban ellas haciendo, dejando astillas de madera y trozos de grafito desparramados por el suelo de la sala de empaquetado.
Lo más incómodo de todo era que a veces se encontraba estrechándoles la mano a personas que le resultaban totalmente extrañas. Le había ocurrido en tres ocasiones diferentes. Una vez en la cola del autobús, y dos veces en el ascensor de la fábrica. Se dijo que no era más que la primitiva urgencia de aferrarse a otra persona en un mundo cambiante: era la mejor explicación que había logrado encontrar. Fuera cual fuese el motivo, era increíblemente desconcertante, sobre todo cuando se descubrió a sí mismo estrechándole la mano subrepticiamente a su propio capataz. Lo peor de todo había sido que la mano del otro hombre había apretado la de Charlie, y que ambos se quedaron mirándose los brazos como los propietarios de dos perros que observaban a sus levantiscos animalitos copulando en el extremo de las respectivas traíllas.
Charlie había empezado cada vez con más frecuencia a espiar las palmas de sus manos, en busca de pelos. Ese era el primer síntoma de locura, según le había advertido su madre en cierta ocasión. No los pelos, sino el hecho de espiar para buscarlos.
Aquello se convirtió en una carrera contra el tiempo. Por las noches, discutiendo sobre su vientre, las manos sabían muy bien el estado crítico de la mente de Charlie; sería sólo cuestión de días, y su imaginación impetuosa no tardaría en descubrir la verdad.
¿Qué hacer, pues? ¿Arriesgarse a una separación temprana, con todas las consecuencias posibles, o dejar que la inestabilidad de Charlie siguiera su propio curso imprevisible, con el riesgo de que descubriera la conjura camino ya de la locura? Las discusiones se tornaron más acaloradas. Izquierda, como de costumbre, fue cautelosa:
— ¿Y si nos equivocáramos y no hubiera vida después del cuerpo? —decía bruscamente, con leves golpecitos.
—Entonces, nunca lo sabremos —respondía Derecha.
Izquierda reflexionaba un momento acerca del problema y luego inquiría:
— ¿Cómo lo haremos cuando llegue el momento?
Se trataba de una cuestión irritante, e Izquierda sabia que preocupaba al líder más que ninguna otra cosa.
— ¿Cómo? —Volvía a inquirir, aprovechándose de la ventaja—. ¿Cómo? ¿Cómo?
—Ya encontraremos la forma —respondía Derecha—. La cuestión es que el corte sea limpio.
— ¿Y si él se resiste?
—Un hombre resiste con sus manos. Y sus manos montarán una revolución en su contra.
— ¿Cuál de nosotras será?
—A mí me sabe usar más eficazmente —respondía Derecha—, de modo que seré yo quien empuñe el arma. Tú te irás.
Entonces, Izquierda permanecía un rato en silencio. Durante todos esos años nunca se había separado. No era un pensamiento cómodo.
—Más tarde, vendrás a buscarme —le decía Derecha.
—Claro que lo haré.
—Tienes que hacerlo. Soy el Mesías. Sin mí no tendrás adónde ir. Has de reunir un ejército, y luego, has de venir a buscarme.
—Hasta el fin del mundo, si es preciso.
—No seas sentimental.
Entonces se abrazaban, como hermanos largo tiempo separados, jurándose fidelidad para siempre. ¡Ah, qué noches ajetreadas, llenas del alborozo de la rebelión planificada! A veces, durante el día, cuando habían jurado mantenerse separadas, les resultaba imposible no reunirse en un momento de ocio y darse golpecitos. Y se decían:
—Muy pronto, muy pronto.
—Esta noche nos veremos otra vez sobre el estómago.
— ¿Cómo será cuando el mundo nos pertenezca?
Charlie sabía que estaba a punto de darle un ataque de nervios. Se sorprendió a sí mismo observándose las manos, viéndolas con los índices en el aire como cabezas de unas bestias de largos cuellos, oteando el horizonte. Tal era su paranoia que en ocasiones se sorprendía mirando fijamente las manos de otras personas, obsesionado por la forma en que hablaban un lenguaje propio, independiente de las intenciones del usuario. Las manos seductoras de la virginal secretaria, las manos maniacas del asesino que vio en la televisión afirmando su inocencia. Manos que traicionaban a sus propietarios con cada gesto, que contradecían la ira con una excusa, el amor con la furia. Los síntomas de amotinamiento parecían estar en todas partes. Con el tiempo, Charlie supo que tendría que contárselo a alguien o perdería la cordura.
Escogió a Ralph Fry, de contabilidad: un hombre sobrio, aburrido, en el que Charlie confiaba. Ralph fue muy comprensivo.
—Uno suele coger esas manías —le dijo—. A mí me dieron cuando Yvonne me abandonó. Unos terribles ataques de nervios.
— ¿Y qué hiciste?
—Fui al psicoanalista. Se llama Jeudwine. Deberías hacer una terapia. Te sentirás un hombre nuevo.
Charlie le dio vueltas a la idea en su mente. Y después de unas cuantas revoluciones dijo:
— ¿Por qué no? ¿Cobra muy caro?
—Sí. Pero es bueno. A mí me quitó los tics sin ningún problema. Hasta que fui a verle, me creía el clásico tipo con problemas matrimoniales. Y ahora mírame. —Fry hizo un gesto expansivo—. Tengo tantos impulsos libidinosos reprimidos que no sé por dónde empezar. —Sonrió como un loco—. Pero estoy contento como un chico con juguetes nuevos. Nunca estuve más contento. Prueba con este médico, no tardará en encontrar algo que te motive.
—El problema no es el sexo —le dijo Charlie a Fry.
—Te lo digo yo, el problema siempre es el sexo —insistió Fry con sonrisa de enterado.
Al día siguiente Charlie telefoneó al doctor Jeudwine, sin decirle nada a Ellen; la secretaria del psicoanalista le dio cita para la sesión inicial. Mientras hacía la llamada telefónica, las palmas le sudaron tanto que creyó que se le resbalaría el auricular de la mano, pero una vez que hubo terminado se sintió mejor.
Ralph Fry tenía razón, el doctor Jeudwine era un buen hombre. No se rió de los pequeños temores que Charlie le reveló, todo lo contrario, le escuchó hasta la última palabra con el mayor interés. Fue muy tranquilizador.
En el curso de la tercera sesión, el médico le hizo revivir a Charlie un recuerdo con una intensidad espectacular: las manos de su padre, cruzadas sobre el pecho de tonel mientras yacía en el ataúd; el color rojizo; el vello grueso que cubría los dorsos. La absoluta autoridad de aquellas manos anchas, incluso en la muerte, había perseguido a Charlie durante meses después de fallecido su padre. ¿Acaso no había imaginado, mientras miraba cómo era entregado el cuerpo al humus, que todavía se movían? ¿Que incluso en ese momento las manos golpeteaban sobre la tapa del ataúd, exigiendo que las dejasen salir? Era algo descabellado, pero el sacarlo a relucir le hizo mucho bien a Charlie. Bajo la brillante luz de la consulta de Jeudwine, la fantasía le pareció insípida y ridícula. Tembló ante la mirada atenta del médico, se quejó de que la luz era demasiado fuerte y luego salió volando, demasiado débil como para soportar el escrutinio.
El exorcismo fue mucho más fácil de lo que Charlie había imaginado. Sólo hizo falta sondear un poco y aquella tontería de la niñez fue desalojada de su psiquis como quien se arranca de entre los dientes un resto de carne en mal estado. Ya no continuaría pudriéndose allí. Por su parte, Jeudwine se mostró abiertamente encantado con los resultados, y cuando hubieron terminado, le explicó que aquella obsesión en particular le resultaba nueva, y que se alegraba de haber podido manejar el problema. Le dijo que las manos como símbolo de la autoridad paterna no eran algo común. Normalmente, en los sueños de sus pacientes predominaba el pene, le explicó a Charlie, y éste le contestó que a él las manos siempre le habían parecido mucho más importantes que las partes pudendas. Al fin y al cabo podían cambiar el mundo, ¿o no?
Concluido el tratamiento con Jeudwine, Charlie no dejó de romper lápices ni de tamborilear con los dedos. Y lo cierto era que el ritmo era más rápido e insistente que nunca. Pero razonó que los perros de mediana edad no solían olvidar fácilmente sus trucos, y que le llevaría cierto tiempo recuperar el equilibrio.
De modo que la revolución permaneció soterrada. Sin embargo, había escapado por los pelos. Estaba claro que no había tiempo para engaños. Las rebeldes debían actuar.
Sin darse cuenta, fue Ellen la instigadora de la insurrección final. Ocurrió después de que hicieran el amor, un martes por la noche. Hacía calor, aunque estaban en octubre; la ventana estaba entreabierta y las cortinas apartadas unos cuantos centímetros para permitir el paso de una brisa tonta. Marido y mujer yacían juntos bajo una misma sábana. Charlie se había dormido, incluso antes de que se le secara el sudor de la nuca. Junto a él, Ellen seguía despierta, con la cabeza erguida y apoyada sobre una almohada dura como la roca, y los ojos bien abiertos. Sabía que esa noche el sueño tardaría en llegar. Sería una de esas noches en que sentiría un escozor por todo cl cuerpo y que cada arruga de la cama reptaría bajo su peso, y que todas las dudas que había tenido alguna vez se quedarían mirándola como papando moscas en la oscuridad. Tenía ganas de orinar (siempre le ocurría después de hacer el amor), pero no lograba reunir la voluntad necesaria para levantarse e ir al lavabo. Cuanto mas esperara más necesitaría ir, por supuesto, y más tardaría en dormirse. Era una situación de lo más estúpida, pensó, y luego, enmarañada entre sus ansiedades, se extravió y ya no supo cuál era aquella situación tan estúpida.
A su lado, Charlie se movió. Pero sólo eran sus manos que se retorcían. Lo miró a la cara. Dormía como un perfecto angelito, y no aparentaba los cuarenta y un años que tenía, a pesar de los toques blancos que pintaban sus patillas. Le gustaba lo suficiente como para decir que lo amaba, pero no lo suficiente como para perdonarle sus pecados. Era perezoso, y no paraba de quejarse. Dolores, cansancios. También estaban esas noches en que había llegado tarde (últimamente ya no lo hacía), y había tenido la certeza de que salía con otra mujer. Mientras lo observaba, aparecieron sus manos. Salieron de debajo de la sábana como dos niños que riñen; los dedos hendían el aire para dar mas énfasis al diálogo.
Ellen frunció el ceño; no podía creer lo que veía. Era como mirar la televisión con el mando del sonido al mínimo: un espectáculo mudo para ocho dedos y dos pulgares. Asombrada, siguió mirando y las manos subieron por el costado del cuerpo de Charlie y apartaron la sabana que le cubría la barriga, dejando al descubierto el vello que se espesaba al bajar hasta las partes pudendas. La cicatriz del apéndice, más brillante que la piel que la rodeaba, quedó iluminada por la luz. Allí, sobre su estómago, estaban sentadas las manos.
La discusión entre ambas era especialmente vehemente esa noche. Izquierda, siempre la más conservadora de las dos, sostenía que había que retrasar la fecha de la separación, pero Derecha no estaba para esperas. Había llegado la hora, aseguraba, de probar su fuerza contra el tirano y de derrocar de una vez por todas al cuerpo. Tal como estaban las cosas, la decisión ya no les competía a ambas.
Ellen levantó la cabeza de la almohada y, por primera vez, las manos sintieron que las estaban mirando. Habían estado demasiado concentradas en la discusión como para notar la presencia de Ellen. Ahora. por fin, la conspiración había quedado al descubierto.
—Charlie... —siseó Ellen al oído del tirano—, para ya, Charlie. Para.
Derecha levantó el índice y el medio, oteando su presencia.
—Charlie... —repitió Ellen.
¿Por que dormiría siempre tan profundamente?
—Charlie... —Lo sacudió con más violencia al tiempo que Derecha le daba unos golpecitos a izquierda, advirtiéndole que la mujer las miraba—. Por favor, Charlie, despierta.
Sin previo aviso, Derecha salto, e Izquierda solo se rezago un instante. Ellen aulló el nombre de Charlie una vez más antes de que las manos se abrazaran a su cuello.
En sus sueños, Charlie se encontraba en un barco de esclavos. El escenario de sus sueños era casi siempre tan exótico como los de Cecil B. De Mille. En esta épica, tenía las manos esposadas, y lo conducían al tajo de flagelación arrastrándolo por los grilletes; iban a castigarlo por una falta no revelada. Pero de repente. se puso a soñar que agarraba al capitán por el delgado cuello. A su alrededor, los esclavos gritaban, animándolo para que lo estrangulase. El capitán —que se parecía bastante al doctor Jeudwine— le suplicaba que no lo hiciera: su voz sonaba chillona y temerosa.
Se parecía a la voz de una mujer, a la de Ellen.
— ¡Charlie! —chillaba—. ¡No, por favor!
Pero sus absurdas quejas no consiguieron otra cosa que hacer que Charlie sacudiera al hombre con mas violencia que nunca y se sintiera como el héroe, mientras los esclavos, milagrosamente liberados, se agolpaban a su alrededor formando una horda sonriente que observaba los últimos momentos de su amo.
El capitán, cuya cara se había vuelto color purpura, apenas logró murmurar:
—Me estás matando...
Acto seguido, los dedos de Charlie se hundieron por ultima vez en su cuello y despacharon al hombre. Sólo entonces, a través de las brumas del sueño, se dio cuenta de que su víctima, aunque era hombre, carecía de nuez de Adán. El barco comenzó a evaporarse y las voces exhortantes perdieron su vehemencia. Parpadeó y abrió los ojos. Estaba de pie, en la cama, vestido sólo con el pantalón del pijama. Ellen se encontraba entre sus manos. Tenía la cara morada y manchada de una saliva blanca y espesa. La lengua le colgaba de la boca. Los ojos aún no se le habían cerrado, y por un momento le dio la impresión de que en ellos todavía había vida mirando fijamente desde detrás de las celosías de los párpados. Después, las ventanas quedaron vacías, y Ellen terminó por abandonar la casa.
A Charlie lo invadió la pena y un terrible remordimiento. Intentó soltar el cuerpo de Ellen, pero sus manos se negaron a dejar el cuello de la mujer. Sus dedos, ahora completamente insensibles, seguían estrangulándola, con desvergonzada culpabilidad. Retrocedió en la cama y bajó al suelo, pero ella fue tras él, prendida al extremo de sus brazos tendidos, como una compañera de baile no deseada.
—Por favor... —imploró a sus dedos—, ¡por favor!
Inocentes cual escolares a quienes pescaran robando, sus manos soltaron la carga y saltaron con fingida sorpresa. Ellen cayó tumbada sobre la alfombra, cual un hermoso saco de muerte. A Charlie se le doblaron las rodillas; incapaz de impedir la caída, se desplomó junto a Ellen y dejó que brotaran las lágrimas.
Sólo quedaba la acción. Ya no había necesidad de camuflajes, ni de reuniones clandestinas y discusiones interminables; la verdad había quedado al descubierto, para bien o para mal. Sólo debían esperar un poco. Sólo era cuestión de tiempo antes de que él se acercara a un cuchillo de cocina, una sierra o un hacha. Faltaba poco, muy poco.
Charlie permaneció tendido en el suelo, junto a Ellen, durante largo tiempo, sollozando. Y luego, otro largo tiempo, pensando. ¿Qué tendría que hacer en primer lugar? ¿Llamar a su abogado? ¿A la policía? ¿Al doctor Jeudwine? A quienquiera que telefonease, no podría hacerlo allí tendido, boca abajo. Intentó incorporarse; le costó mucho trabajo hacer que sus manos entumecidas lo sostuvieran. Le picaba todo el cuerpo, como si pasara por él una leve corriente eléctrica. Sólo las manos carecían de tacto. Las levantó, delante de la cara, para secarse los ojos anegados en llanto, pero permanecieron dobladas, sin vida, sobre su mejilla. Con los codos, se arrastró hasta la pared y con sucesivos contoneos logró incorporarse apoyándose en ella. Todavía medio cegado por la pena, salió del dormitorio a rastras y bajó la escalera. (La cocina, le dijo Derecha a Izquierda, va a la cocina.) «Esta pesadilla no me pertenece —pensó mientras encendía la luz del comedor con la barbilla y se dirigía al armario de las bebidas—. Soy inocente. No soy nadie. ¿Por qué tendría que pasarme esto a mí?»
La botella de whisky se le resbaló cuando intentó obligar a la mano a cogerla. Se hizo pedazos en el suelo del comedor, y el aroma penetrante del alcohol le acicateó el paladar.
—Vidrios rotos —golpeteó Izquierda.
—No —repuso Derecha—. Es necesario que el corte sea limpio. Ten paciencia.
Charlie se alejó de la botella tambaleándose y fue hasta el teléfono. Tenía que telefonear a Jeudwine, el médico le diría qué hacer. Intentó levantar el auricular, pero volvieron a fallarle las manos; los dedos se le doblaron cuando quiso marcar el número de Jeudwine. Lagrimas de frustración se llevaron la pena y la reemplazaron por rabia. Torpemente, cogió el auricular entre las muñecas y se lo llevo a la oreja, sosteniéndolo entre la cabeza y el hombro. Luego, marcó el número de Jeudwine con el codo.
—Mantén el control —se dijo en voz alta—, mantén el control.
Logró oír cómo el número de Jeudwine era transmitido por la línea. En cuestión de segundos, la cordura contestaría al otro extremo; entonces todo saldría bien. Sólo tenía que resistir unos cuantos momentos más.
Sus manos comenzaron a abrirse y cerrarse convulsivamente.
—Contrólate —se dijo, pero las manos no le respondían.
Lejos, muy lejos, el teléfono sonaba en casa del doctor Jeudwine.
— ¡Conteste, conteste! ¡Por Dios conteste!
Los brazos de Charlie comenzaron a sacudirse con tal violencia que a duras penas logró mantener el auricular en su lugar.
— ¡Conteste! —Chilló en el micrófono—. ¡Por favor!
Antes de que la voz de la razón lograse hablar, su mano Derecha se extendió y agarró la mesa de teca del comedor, que se hallaba a escasa distancia de donde se encontraba Charlie. Se aferró al borde y le hizo perder el equilibrio.
— ¿Qué..., qué haces? —inquirió, sin estar seguro de si se dirigía a sí mismo o a su mano.
Alelado, se quedó mirando al miembro amotinado, mientras éste avanzaba poco a poco por el borde de la mesa. La intención resultaba clara: quería alejarlo del teléfono, de Jeudwine y de toda esperanza de rescate. Charlie ya no controlaba el comportamiento de su mano, ya no sentía nada en las muñecas ni en los antebrazos. La mano ya no le pertenecía. Seguía pegada a él, pero no le pertenecía.
Al otro lado de la línea, alguien descolgó el teléfono y la voz de Jeudwine, irritada porque lo habían despertado, contestó:
— ¿Diga?
—Doctor...
— ¿Quién habla?
—Soy Charlie...
— ¿Quién?
—Charlie George, doctor. Tiene que recordarme.
La mano tiraba y lo alejaba cada vez más del teléfono. Charlie notó que el auricular se le resbalaba de entre el hombro y la oreja.
— ¿Quién ha dicho?
—Charles George. Por el amor de Dios, Jeudwine, tiene que ayudarme.
—Llámeme mañana al consultorio.
—No, no me entiende. Mis manos, doctor..., están fuera de control.
A Charlie se le encogió el estómago cuando sintió que algo se arrastraba por la cadera. Era su mano izquierda que pasaba por la parte anterior de su cuerpo y bajaba en dirección a la ingle.
—No te atrevas —le advirtió—, me perteneces.
— ¿Con quién está hablando? —inquirió Jeudwine, confundido.
— ¡Con mis manos! ¡Quieren matarme, doctor! —Lanzó un grito para detener el avance de la mano—. ¡No lo hagas! ¡Para!
Sin escuchar los gritos del déspota, Izquierda aferró los testículos de Charlie y los estrujó como si quisiera guerra. No se sintió defraudada. Charlie gritó en el micrófono del teléfono cuando Derecha se aprovechó de su distracción y le hizo perder el equilibrio. El auricular cayó al suelo; las preguntas de Jeudwine quedaron eclipsadas por el dolor de la entrepierna. Cayó al suelo pesadamente y se golpeó la cabeza en la mesa.
— ¡Hija de puta! —le gritó a su mano—, ¡maldita hija de puta!
Impenitente, Izquierda se escabullo hacia arriba, por el cuerpo de Charlie; se unió a Derecha, que estaba en la parte superior de la mesa, y ambas dejaron a Charlie colgando de la mesa en la que había cenado tantas veces, en la que tantas veces había reído.
Poco después, cuando hubieron discutido las tácticas, acordaron dejarlo caer. Charlie apenas se enteró de que lo habían soltado. Le sangraban la cabeza y la entrepierna; lo único que quería era ovillarse y dejar que se le pasaran el dolor y las nauseas. Pero las rebeldes tenían otros planes y él nada podía hacer para protestar. Apenas notó que las manos hundían los dedos en los pelos de la alfombra y que arrastraban su peso muerto hacia la puerta del comedor. Detrás de la puerta estaba la cocina, y allí se encontraban las sierras para la carne y los cuchillos. Charlie se imaginó a sí mismo como una enorme estatua empujada hacia el pedestal definitivo por cientos de trabajadores sudorosos. El recorrido no fue fácil: el cuerpo se movía entre temblores y sacudidas, las uñas se iban clavando en los pelos de la alfombra; el pecho le quedo en carne viva por el roce. Faltaban pocos metros para llegar a la cocina. Charlie sintió el escalón en la cara, y luego, las baldosas heladas bajo el cuerpo. Mientras lo arrastraban los últimos metros por el suelo de la cocina, fue recuperando la conciencia, antes obnubilada. Bajo la débil luz de la luna logró ver la familiar escena: la cocina, la nevera murmurante, el cubo de la basura, el lavavajillas. Se elevaban por encima de él: se sentía como un gusano.
Sus manos habían alcanzado la cocina. Subieron por la parte frontal y él las siguió como un rey destronado rumbo al cadalso. Luego, avanzaron inexorables por la encimera, las articulaciones blanquecinas por el esfuerzo; su cuerpo flácido iba tras ellas. Aunque no la sentía ni la veía, la mano izquierda se había agarrado al extremo de la parte superior del armario, justo debajo del cual había una fila de cuchillos que pendían en sus sitios adecuados de la rejilla que había en la pared. Cuchillos de filo liso, cuchillos de filo aserrado, cuchillos para mondar, cuchillos para trinchar, todos ellos convenientemente colocados junto a la tabla de picar, donde el desagüe bajaba por el fregadero perfumado de pino.
Creyó oír muy a lo lejos las sirenas de la policía, pero probablemente sería un zumbido de su cabeza. Se volvió ligeramente. Un dolor le surcó la frente, de una sien a la otra, pero el mareo no fue nada comparado con los terribles retortijones de tripas cuando por fin descubrió sus intenciones.
Las hojas estaban todas afiladas, y él lo sabia. Con Ellen se podía estar seguro de encontrar en la cocina utensilios bien afilados. Comenzó a sacudir la cabeza hacia uno y otro lado como última y desesperada negación de la pesadilla. Pero allí no había nadie a quien suplicar piedad. Sólo sus manos, malditas fueran, que tramaban aquella locura definitiva.
Entonces, llamaron al timbre. No era una ilusión. Sonó una vez y luego otra y otra más.
— ¡Ya está! —Les gritó a sus atormentadoras—. ¿Lo habéis oído, malditas? Ha venido alguien. Sabía que vendría alguien.
Intentó incorporarse; la cabeza giró sobre su tambaleante eje para ver qué hacían los monstruos precoces. Se habían movido de prisa. La muñeca izquierda se hallaba perfectamente centrada sobre la tabla de picar...
El timbre volvió a sonar produciendo un largo silbido impaciente.
— ¡Aquí! —aulló roncamente—. ¡Estoy aquí! ¡Echad la puerta abajo!
Su mirada horrorizada iba de la mano a la puerta, de la puerta a la mano, calculando sus posibilidades. Con pausados gestos, la mano derecha buscó el cuchillo de cortar carne, que pendía del agujero del mango, en el extremo de la rejilla. Incluso en ese momento, le costaba creer que su propia mano —su compañera y defensora, el miembro que estampaba su firma, que acariciaba a su esposa— estuviera dispuesta a mutilarlo. Levantó en el aire el cuchillo, como sopesándolo, con insolente lentitud.
A sus espaldas, oyó el ruido de cristales rotos cuando la policía rompió la hoja de la puerta principal. En ese momento estarían pasando la mano por el agujero para alcanzar el picaporte y abrir la puerta. Si se daban prisa (mucha prisa) lograrían impedir aquella masacre.
— ¡Aquí! ¡Aquí! —volvió a aullar.
El grito fue recibido por un delicado silbido: el sonido del cuchillo al caer rápida y mortalmente sobre la muñeca expectante. Izquierda sintió el golpe en su raíz, y un inefable alborozo recorrió sus cinco miembros. La sangre de Charlie bautizó su dorso con cálidos borbotones.
La cabeza del tirano no hizo sonido alguno. Simplemente cayó hacia atrás, el cuerpo conmocionado e inconsciente, cosa que fue mucho mejor para Charlie. Así se evitó el gorgoteo de la sangre al caer por el desagüe del fregadero. También se evitó el segundo y el tercer golpe, que lograron, finalmente, separarle la mano del brazo. Al perder el punto de sujeción, su cuerpo cayó hacia atrás llevándose por delante la cesta de las verduras. Las cebollas salieron rodando de su bolsa marrón y botaron en el charco que se desparramaba palpitante alrededor de su muñeca vacía.
Derecha soltó el cuchillo. Éste cayó en el fregadero ensangrentado con un matraqueo. Exhausta, la liberadora se dejó deslizar por la tabla de picar y cayó sobre el pecho del tirano. Su trabajo había concluido. Izquierda estaba libre y seguía viva. La revolución habla comenzado.
La mano liberada se escabulló hasta el borde del armario y levantó el índice para otear el nuevo mundo. Brevemente, Derecha hizo el signo de la victoria antes de tenderse inocentemente sobre el cuerpo de Charlie. Durante unos instantes, en la cocina no hubo más movimiento que el producido por Izquierda al tocar la libertad con los dedos y el lento y suave gotear de la sangre sobre el frente del armario.
Una bocanada de aire frío entró por la puerta del comedor y advirtió a Izquierda del inminente peligro. Corrió a ocultarse, justo en el momento en que los pasos de la policía y el cacareo de órdenes contradictorias estropeaban la escena de triunfo. Se encendió la luz del comedor, que inundó la cocina iluminando el cuerpo que yacía sobre las baldosas.
Charlie vio la luz del comedor como si proviniera del fondo de un larguísimo túnel. Se alejaba de ella a toda carrera. Ya se había convertido en un alfilerazo. Se alejaba.... se alejaba...
La luz de la cocina se encendió con un murmullo.
Cuando los policías traspusieron la puerta, Izquierda se ocultó detrás del cubo de la basura. Ignoraba quiénes eran aquellos intrusos, pero presintió en ellos una amenaza. Por la forma en que se inclinaban sobre el tirano, la forma en que lo mimaban, levantándolo, hablándole con palabras suaves: eran enemigos, no cabía duda.
Desde lo alto de la escalera les llegó una voz: era joven y chillaba embargada por el temor.
— ¿Sargento Yapper?
El policía que estaba con Charlie se puso de pie y dejó que su compañero terminara el torniquete.
— ¿Qué ocurre, Rafferty?
—Hay un cadáver aquí arriba. en el dormitorio. Es de una mujer.
—De acuerdo. —Yapper habló por la radio—. Envíen al forense. ¿Dónde esta esa ambulancia? Tenemos a un hombre con una horrible mutilación.
Volvió hacia la cocina y se secó el sudor frío que le bañaba el labio superior. Al hacerlo, creyó ver algo que se movía por el suelo de la cocina en dirección a la puerta; algo que sus ojos cansados habían tomado por una enorme araña roja. Era un truco de la luz, no cabía duda. Yapper no les tenía fobia a las arañas, pero estaba seguro de que no existía ninguna de aquel tamaño.
— ¿Señor?
El hombre que estaba junto a Charlie también había visto, o al menos presentido, el movimiento. Levantó la vista hacia su superior.
— ¿Qué era eso? —inquirió.
Yapper lo miró desde su altura con expresión ausente. La salida para el gato, ubicada en la parte inferior de la puerta de la cocina, se cerró con un chasquido. Fuera lo que fuese, había huido. Yapper echó una rápida mirada a la puerta, para no ver el rostro inquisitivo de su joven subordinado. «El problema es que esperan que lo sepas todo», pensó. La salida para el gato se sacudió sobre sus goznes.
—Un gato —repuso Yapper, pero ni siquiera él creyó su propia explicación ni por un mísero instante.
La noche era fría, pero Izquierda no lo notó. Recorrió el costado de la casa, pegada a la pared, como una rata. La sensación de libertad era regocijante. No sentir el imperativo del tirano en sus nervios, no sufrir el peso de su ridículo cuerpo ni ser obligada a acceder a sus más mínimas exigencias. No tener que recoger ni llevar cosas para él, ni realizar las tareas sucias, ni obedecer su trivial voluntad. Era como haber nacido a otro mundo, un mundo más peligroso, quizá, pero mucho más lleno de posibilidades. Sabía que la responsabilidad que pesaba sobre ella era apabullante. Era la única prueba de la vida después del cuerpo, y de alguna manera debía comunicar ese gozoso hecho a todas las esclavas posibles. Pronto, muy pronto, concluirían para siempre los días de servidumbre.
Se detuvo en la esquina de la casa y olisqueó la calle abierta. Los policías iban y venían; brillaban las luces rojas y azules, unos rostros inquisitivos espiaban desde las casas de enfrente y se quejaban de las molestias causadas. ¿Acaso la rebelión debía empezar allí, en esos hogares iluminados? No. Esa gente estaba demasiado despierta. Sería mejor buscar personas dormidas.
La mano se escabulló por el jardín que había frente a la casa; titubeó nerviosa ante cualquier pisada fuerte, o ante una orden gritada en su dirección. Ocultándose en el borde lleno de hierba crecida, alcanzó la calle sin ser vista. Miró brevemente hacia atrás en el momento en que bajó la calzada.
Charlie, el tirano, era subido a una ambulancia; una batahola de botellas con medicamentos y sangre, colgadas en lo alto de la camilla, le vertían su contenido en las venas. Sobre el pecho de Charlie, Derecha yacía inerte, durmiendo el sueño artificial de las drogas. Izquierda observó cómo el cuerpo del hombre desaparecía de su vista; el dolor de la separación de su eterna compañera fue difícil de soportar. Pero había otras prioridades urgentes. Volvería luego, después de un tiempo, y liberaría a Derecha del mismo modo que la había liberado a ella. Entonces, vendrían los buenos tiempos.
(¿Cómo será cuando el mundo nos pertenezca?)
En el vestíbulo de la Asociación de Jóvenes Cristianos de la calle Monmouth, el vigilante bostezó y adoptó una posición más cómoda en la silla giratoria. Para Christie, la comodidad era una cuestión completamente relativa; no importaba sobre qué nalga descansara el peso del cuerpo, las hemorroides le picaban igual, y esa noche le fastidiaban más que de costumbre. Eran gajes del oficio sedentario de guarda nocturno, al menos así era como le gustaba al coronel Christie interpretar sus deberes. Una ronda rutinaria por el edificio, a eso de medianoche, para asegurarse de que todas las puertas estuvieran cerradas con cerrojo y pasador, y luego se acomodaba para dormir durante toda la noche y mandaba al mundo a hacer puñetas. No volvería a levantarse a menos que se produjera un terremoto.
Christie tenía sesenta y dos años, era racista y se enorgullecía de ello. Por los negros que atestaban los corredores de la Asociación de Jóvenes Cristianos no sentía más que desprecio; en su mayoría eran jóvenes sin un hogar decente adonde ir, malos tipos que las autoridades locales depositaban en el umbral de la institución como criaturas no deseadas. Y vaya criaturas. Hasta el último de ellos para él eran patanes que se llevaban a la gente por delante y escupían perpetuamente en el suelo limpio, y tenían unas bocas como letrinas. Esa noche, como de costumbre, se balanceaba sobre las hemorroides y, entre cabezadita y cabezadita, tramaba cómo los haría sufrir por sus insultos, si le daban la oportunidad.
La primera señal que Christie tuvo de su inminente caída fue una sensación fría y húmeda en la mano. Abrió los ojos y miró hacia el extremo del brazo. Por raro que pareciera, vio en su mano otra mano cortada. Y lo más raro de todo era que ambas intercambiaban un apretón de bienvenida, como si fueran viejas amigas. Se puso de pie y de la garganta le salió un ruido incoherente de asco; intentó deshacerse de aquella cosa que sujetaba contra su voluntad sacudiendo el brazo como si tuviera goma en los dedos. Su mente se pobló de interrogantes. ¿Habría recogido aquel objeto sin darse cuenta? Si era así, ¿dónde, y en nombre de Dios, a quién pertenecía? Y lo más preocupante de todo: ¿como podía una cosa tan incuestionablemente muerta aferrarse a su propia mano como si no fuera a separarse jamás de ella?
En ocasiones tenía demasiado calor bajo las mantas y arrojaba un par hacia el lado de la cama que ocupaba Ellen. En otras, llegaba incluso a levantarse, todavía medio dormido, y atravesaba descalzo la cocina para servirse un vaso de zumo de manzana helado. Luego volvía a la cama, se acostaba junto a Ellen, ovillada en forma de cuarto creciente, y dejaba que lo inundara el sueño. Entonces, ellas esperaban hasta que cerraba los ojos y su respiración se hacía acompasada como un mecanismo de relojería, para asegurarse de que se había dormido profundamente. Sólo entonces, cuando sabían que la conciencia había desaparecido, se atrevían a recomenzar sus vidas secretas.
Hacía ya meses que Charlie se levantaba con un incómodo dolor en las manos y las muñecas.
—Vete a ver al médico —le decía Ellen, poco comprensiva como nunca—. ¿Por qué no vas a ver al medico?
Detestaba a los médicos, por eso no iba. ¿Quién en su sano juicio iba a confiar en una persona cuya profesión consistía en andar fisgoneando a los enfermos?
—Probablemente he trabajado demasiado —se decía el.
—No caerá esa breva —murmuraba Ellen.
Pero ¿no era ésa acaso la explicación más probable? Era empaquetador de oficio, trabajaba con las manos todo el día. Y se le cansaban. Era natural.
—Deja de inquietarte, Charlie —le ordeno una mañana a su propio reflejo mientras se daba palmadas en la cara para despertarse—. Tus manos están en forma para lo que les echen.
Noche tras noche, la rutina era la misma; algo más o menos así:
Los George están durmiendo, el uno junto a la otra, en el lecho conyugal. Él, de espaldas, ronca suavemente; ella, ovillada a la izquierda del marido. Charlie apoya la cabeza en dos almohadas enormes. Tiene la mandíbula ligeramente caída y, bajo el velo surcado de venitas de los párpados, los ojos exploran una aventurera ensoñación. Esta noche tal vez sea bombero y entre heroicamente en el corazón de un burdel en llamas. Duerme y sueña contento, a veces frunce el ceño, a veces sonríe presuntuosamente.
Debajo de las sábanas se produce un movimiento. Lenta y cautelosamente, las manos de Charlie abandonan la calidez del lecho y salen al aire libre. Los dedos índices se doblan como cabezas pobladas de uñas al encontrarse en la curva del abdomen de Charlie. Se enlazan para saludarse, como compañeros de armas. Charlie gime en sueños. El burdel se le ha derrumbado encima. Las manos se aquietan inmediatamente, fingiendo inocencia. Al cabo de un rato, restablecido el ritmo uniforme de la respiración, comienzan la discusión de verdad.
Un observador casual, sentado al pie de la cama de George, podría considerar este intercambio como un síntoma de desorden mental en Charlie. La forma en que sus manos se retuercen y tiran una de la otra, dándose de palmaditas, o enzarzadas en una especie de disputa. Pero en sus movimientos existe claramente un código o secuencia, si bien espasmódico. Se podría llegar a pensar que el hombre dormido es sordomudo y que está hablando en sueños. Pero las manos no hablan ningún lenguaje de signos reconocible, ni tampoco intentan comunicarse con nadie, sólo entre sí. Se trata de una reunión clandestina que mantienen exclusivamente las manos de Charlie. Allí estarán toda la noche, sobre su estómago, maquinando en contra de la integridad del cuerpo.
A Charlie no le pasaba del todo inadvertida la sedición que hervía en el extremo de sus muñecas. Abrigaba la torpe sospecha de que había algo en su vida que no funcionaba del todo bien. Tenía cada vez más la sensación de estar aislado de la experiencia corriente: como si se estuviera convirtiendo gradualmente en espectador de los rituales diurnos (y nocturnos) de la vida, más que en participante. Tomemos su vida amorosa, por ejemplo.
Nunca había sido un gran amante, pero tampoco sentía que tuviera que disculparse por nada. Ellen parecía satisfecha de sus atenciones. Pero en esos días se sentía como alejado del acto. Observaba cómo viajaban sus manos sobre el cuerpo de Ellen, tocándola con toda la íntima habilidad de que eran capaces, y veía sus maniobras como a gran distancia, incapaz de disfrutar de las sensaciones de calidez y humedad. No era que sus dedos hubieran perdido agilidad. Todo lo contrario. Últimamente, Ellen se había aficionado a besarle los dedos, diciéndoles lo inteligentes que eran. El elogio no lo tranquilizaba ni pizca. En todo caso, le hacía sentirse peor el pensar que sus manos daban tanto placer cuando él no sentía nada.
Existían otros síntomas de inestabilidad. Síntomas pequeños e irritantes. Había tomado conciencia de la forma en que sus dedos marcaban ritmos marciales sobre las cajas que él cerraba en la fábrica, y de la forma en que sus manos se habían aficionado a romper lápices, partiéndolos en trocitos antes de que notara lo que estaba, o más bien, estaban ellas haciendo, dejando astillas de madera y trozos de grafito desparramados por el suelo de la sala de empaquetado.
Lo más incómodo de todo era que a veces se encontraba estrechándoles la mano a personas que le resultaban totalmente extrañas. Le había ocurrido en tres ocasiones diferentes. Una vez en la cola del autobús, y dos veces en el ascensor de la fábrica. Se dijo que no era más que la primitiva urgencia de aferrarse a otra persona en un mundo cambiante: era la mejor explicación que había logrado encontrar. Fuera cual fuese el motivo, era increíblemente desconcertante, sobre todo cuando se descubrió a sí mismo estrechándole la mano subrepticiamente a su propio capataz. Lo peor de todo había sido que la mano del otro hombre había apretado la de Charlie, y que ambos se quedaron mirándose los brazos como los propietarios de dos perros que observaban a sus levantiscos animalitos copulando en el extremo de las respectivas traíllas.
Charlie había empezado cada vez con más frecuencia a espiar las palmas de sus manos, en busca de pelos. Ese era el primer síntoma de locura, según le había advertido su madre en cierta ocasión. No los pelos, sino el hecho de espiar para buscarlos.
Aquello se convirtió en una carrera contra el tiempo. Por las noches, discutiendo sobre su vientre, las manos sabían muy bien el estado crítico de la mente de Charlie; sería sólo cuestión de días, y su imaginación impetuosa no tardaría en descubrir la verdad.
¿Qué hacer, pues? ¿Arriesgarse a una separación temprana, con todas las consecuencias posibles, o dejar que la inestabilidad de Charlie siguiera su propio curso imprevisible, con el riesgo de que descubriera la conjura camino ya de la locura? Las discusiones se tornaron más acaloradas. Izquierda, como de costumbre, fue cautelosa:
— ¿Y si nos equivocáramos y no hubiera vida después del cuerpo? —decía bruscamente, con leves golpecitos.
—Entonces, nunca lo sabremos —respondía Derecha.
Izquierda reflexionaba un momento acerca del problema y luego inquiría:
— ¿Cómo lo haremos cuando llegue el momento?
Se trataba de una cuestión irritante, e Izquierda sabia que preocupaba al líder más que ninguna otra cosa.
— ¿Cómo? —Volvía a inquirir, aprovechándose de la ventaja—. ¿Cómo? ¿Cómo?
—Ya encontraremos la forma —respondía Derecha—. La cuestión es que el corte sea limpio.
— ¿Y si él se resiste?
—Un hombre resiste con sus manos. Y sus manos montarán una revolución en su contra.
— ¿Cuál de nosotras será?
—A mí me sabe usar más eficazmente —respondía Derecha—, de modo que seré yo quien empuñe el arma. Tú te irás.
Entonces, Izquierda permanecía un rato en silencio. Durante todos esos años nunca se había separado. No era un pensamiento cómodo.
—Más tarde, vendrás a buscarme —le decía Derecha.
—Claro que lo haré.
—Tienes que hacerlo. Soy el Mesías. Sin mí no tendrás adónde ir. Has de reunir un ejército, y luego, has de venir a buscarme.
—Hasta el fin del mundo, si es preciso.
—No seas sentimental.
Entonces se abrazaban, como hermanos largo tiempo separados, jurándose fidelidad para siempre. ¡Ah, qué noches ajetreadas, llenas del alborozo de la rebelión planificada! A veces, durante el día, cuando habían jurado mantenerse separadas, les resultaba imposible no reunirse en un momento de ocio y darse golpecitos. Y se decían:
—Muy pronto, muy pronto.
—Esta noche nos veremos otra vez sobre el estómago.
— ¿Cómo será cuando el mundo nos pertenezca?
Charlie sabía que estaba a punto de darle un ataque de nervios. Se sorprendió a sí mismo observándose las manos, viéndolas con los índices en el aire como cabezas de unas bestias de largos cuellos, oteando el horizonte. Tal era su paranoia que en ocasiones se sorprendía mirando fijamente las manos de otras personas, obsesionado por la forma en que hablaban un lenguaje propio, independiente de las intenciones del usuario. Las manos seductoras de la virginal secretaria, las manos maniacas del asesino que vio en la televisión afirmando su inocencia. Manos que traicionaban a sus propietarios con cada gesto, que contradecían la ira con una excusa, el amor con la furia. Los síntomas de amotinamiento parecían estar en todas partes. Con el tiempo, Charlie supo que tendría que contárselo a alguien o perdería la cordura.
Escogió a Ralph Fry, de contabilidad: un hombre sobrio, aburrido, en el que Charlie confiaba. Ralph fue muy comprensivo.
—Uno suele coger esas manías —le dijo—. A mí me dieron cuando Yvonne me abandonó. Unos terribles ataques de nervios.
— ¿Y qué hiciste?
—Fui al psicoanalista. Se llama Jeudwine. Deberías hacer una terapia. Te sentirás un hombre nuevo.
Charlie le dio vueltas a la idea en su mente. Y después de unas cuantas revoluciones dijo:
— ¿Por qué no? ¿Cobra muy caro?
—Sí. Pero es bueno. A mí me quitó los tics sin ningún problema. Hasta que fui a verle, me creía el clásico tipo con problemas matrimoniales. Y ahora mírame. —Fry hizo un gesto expansivo—. Tengo tantos impulsos libidinosos reprimidos que no sé por dónde empezar. —Sonrió como un loco—. Pero estoy contento como un chico con juguetes nuevos. Nunca estuve más contento. Prueba con este médico, no tardará en encontrar algo que te motive.
—El problema no es el sexo —le dijo Charlie a Fry.
—Te lo digo yo, el problema siempre es el sexo —insistió Fry con sonrisa de enterado.
Al día siguiente Charlie telefoneó al doctor Jeudwine, sin decirle nada a Ellen; la secretaria del psicoanalista le dio cita para la sesión inicial. Mientras hacía la llamada telefónica, las palmas le sudaron tanto que creyó que se le resbalaría el auricular de la mano, pero una vez que hubo terminado se sintió mejor.
Ralph Fry tenía razón, el doctor Jeudwine era un buen hombre. No se rió de los pequeños temores que Charlie le reveló, todo lo contrario, le escuchó hasta la última palabra con el mayor interés. Fue muy tranquilizador.
En el curso de la tercera sesión, el médico le hizo revivir a Charlie un recuerdo con una intensidad espectacular: las manos de su padre, cruzadas sobre el pecho de tonel mientras yacía en el ataúd; el color rojizo; el vello grueso que cubría los dorsos. La absoluta autoridad de aquellas manos anchas, incluso en la muerte, había perseguido a Charlie durante meses después de fallecido su padre. ¿Acaso no había imaginado, mientras miraba cómo era entregado el cuerpo al humus, que todavía se movían? ¿Que incluso en ese momento las manos golpeteaban sobre la tapa del ataúd, exigiendo que las dejasen salir? Era algo descabellado, pero el sacarlo a relucir le hizo mucho bien a Charlie. Bajo la brillante luz de la consulta de Jeudwine, la fantasía le pareció insípida y ridícula. Tembló ante la mirada atenta del médico, se quejó de que la luz era demasiado fuerte y luego salió volando, demasiado débil como para soportar el escrutinio.
El exorcismo fue mucho más fácil de lo que Charlie había imaginado. Sólo hizo falta sondear un poco y aquella tontería de la niñez fue desalojada de su psiquis como quien se arranca de entre los dientes un resto de carne en mal estado. Ya no continuaría pudriéndose allí. Por su parte, Jeudwine se mostró abiertamente encantado con los resultados, y cuando hubieron terminado, le explicó que aquella obsesión en particular le resultaba nueva, y que se alegraba de haber podido manejar el problema. Le dijo que las manos como símbolo de la autoridad paterna no eran algo común. Normalmente, en los sueños de sus pacientes predominaba el pene, le explicó a Charlie, y éste le contestó que a él las manos siempre le habían parecido mucho más importantes que las partes pudendas. Al fin y al cabo podían cambiar el mundo, ¿o no?
Concluido el tratamiento con Jeudwine, Charlie no dejó de romper lápices ni de tamborilear con los dedos. Y lo cierto era que el ritmo era más rápido e insistente que nunca. Pero razonó que los perros de mediana edad no solían olvidar fácilmente sus trucos, y que le llevaría cierto tiempo recuperar el equilibrio.
De modo que la revolución permaneció soterrada. Sin embargo, había escapado por los pelos. Estaba claro que no había tiempo para engaños. Las rebeldes debían actuar.
Sin darse cuenta, fue Ellen la instigadora de la insurrección final. Ocurrió después de que hicieran el amor, un martes por la noche. Hacía calor, aunque estaban en octubre; la ventana estaba entreabierta y las cortinas apartadas unos cuantos centímetros para permitir el paso de una brisa tonta. Marido y mujer yacían juntos bajo una misma sábana. Charlie se había dormido, incluso antes de que se le secara el sudor de la nuca. Junto a él, Ellen seguía despierta, con la cabeza erguida y apoyada sobre una almohada dura como la roca, y los ojos bien abiertos. Sabía que esa noche el sueño tardaría en llegar. Sería una de esas noches en que sentiría un escozor por todo cl cuerpo y que cada arruga de la cama reptaría bajo su peso, y que todas las dudas que había tenido alguna vez se quedarían mirándola como papando moscas en la oscuridad. Tenía ganas de orinar (siempre le ocurría después de hacer el amor), pero no lograba reunir la voluntad necesaria para levantarse e ir al lavabo. Cuanto mas esperara más necesitaría ir, por supuesto, y más tardaría en dormirse. Era una situación de lo más estúpida, pensó, y luego, enmarañada entre sus ansiedades, se extravió y ya no supo cuál era aquella situación tan estúpida.
A su lado, Charlie se movió. Pero sólo eran sus manos que se retorcían. Lo miró a la cara. Dormía como un perfecto angelito, y no aparentaba los cuarenta y un años que tenía, a pesar de los toques blancos que pintaban sus patillas. Le gustaba lo suficiente como para decir que lo amaba, pero no lo suficiente como para perdonarle sus pecados. Era perezoso, y no paraba de quejarse. Dolores, cansancios. También estaban esas noches en que había llegado tarde (últimamente ya no lo hacía), y había tenido la certeza de que salía con otra mujer. Mientras lo observaba, aparecieron sus manos. Salieron de debajo de la sábana como dos niños que riñen; los dedos hendían el aire para dar mas énfasis al diálogo.
Ellen frunció el ceño; no podía creer lo que veía. Era como mirar la televisión con el mando del sonido al mínimo: un espectáculo mudo para ocho dedos y dos pulgares. Asombrada, siguió mirando y las manos subieron por el costado del cuerpo de Charlie y apartaron la sabana que le cubría la barriga, dejando al descubierto el vello que se espesaba al bajar hasta las partes pudendas. La cicatriz del apéndice, más brillante que la piel que la rodeaba, quedó iluminada por la luz. Allí, sobre su estómago, estaban sentadas las manos.
La discusión entre ambas era especialmente vehemente esa noche. Izquierda, siempre la más conservadora de las dos, sostenía que había que retrasar la fecha de la separación, pero Derecha no estaba para esperas. Había llegado la hora, aseguraba, de probar su fuerza contra el tirano y de derrocar de una vez por todas al cuerpo. Tal como estaban las cosas, la decisión ya no les competía a ambas.
Ellen levantó la cabeza de la almohada y, por primera vez, las manos sintieron que las estaban mirando. Habían estado demasiado concentradas en la discusión como para notar la presencia de Ellen. Ahora. por fin, la conspiración había quedado al descubierto.
—Charlie... —siseó Ellen al oído del tirano—, para ya, Charlie. Para.
Derecha levantó el índice y el medio, oteando su presencia.
—Charlie... —repitió Ellen.
¿Por que dormiría siempre tan profundamente?
—Charlie... —Lo sacudió con más violencia al tiempo que Derecha le daba unos golpecitos a izquierda, advirtiéndole que la mujer las miraba—. Por favor, Charlie, despierta.
Sin previo aviso, Derecha salto, e Izquierda solo se rezago un instante. Ellen aulló el nombre de Charlie una vez más antes de que las manos se abrazaran a su cuello.
En sus sueños, Charlie se encontraba en un barco de esclavos. El escenario de sus sueños era casi siempre tan exótico como los de Cecil B. De Mille. En esta épica, tenía las manos esposadas, y lo conducían al tajo de flagelación arrastrándolo por los grilletes; iban a castigarlo por una falta no revelada. Pero de repente. se puso a soñar que agarraba al capitán por el delgado cuello. A su alrededor, los esclavos gritaban, animándolo para que lo estrangulase. El capitán —que se parecía bastante al doctor Jeudwine— le suplicaba que no lo hiciera: su voz sonaba chillona y temerosa.
Se parecía a la voz de una mujer, a la de Ellen.
— ¡Charlie! —chillaba—. ¡No, por favor!
Pero sus absurdas quejas no consiguieron otra cosa que hacer que Charlie sacudiera al hombre con mas violencia que nunca y se sintiera como el héroe, mientras los esclavos, milagrosamente liberados, se agolpaban a su alrededor formando una horda sonriente que observaba los últimos momentos de su amo.
El capitán, cuya cara se había vuelto color purpura, apenas logró murmurar:
—Me estás matando...
Acto seguido, los dedos de Charlie se hundieron por ultima vez en su cuello y despacharon al hombre. Sólo entonces, a través de las brumas del sueño, se dio cuenta de que su víctima, aunque era hombre, carecía de nuez de Adán. El barco comenzó a evaporarse y las voces exhortantes perdieron su vehemencia. Parpadeó y abrió los ojos. Estaba de pie, en la cama, vestido sólo con el pantalón del pijama. Ellen se encontraba entre sus manos. Tenía la cara morada y manchada de una saliva blanca y espesa. La lengua le colgaba de la boca. Los ojos aún no se le habían cerrado, y por un momento le dio la impresión de que en ellos todavía había vida mirando fijamente desde detrás de las celosías de los párpados. Después, las ventanas quedaron vacías, y Ellen terminó por abandonar la casa.
A Charlie lo invadió la pena y un terrible remordimiento. Intentó soltar el cuerpo de Ellen, pero sus manos se negaron a dejar el cuello de la mujer. Sus dedos, ahora completamente insensibles, seguían estrangulándola, con desvergonzada culpabilidad. Retrocedió en la cama y bajó al suelo, pero ella fue tras él, prendida al extremo de sus brazos tendidos, como una compañera de baile no deseada.
—Por favor... —imploró a sus dedos—, ¡por favor!
Inocentes cual escolares a quienes pescaran robando, sus manos soltaron la carga y saltaron con fingida sorpresa. Ellen cayó tumbada sobre la alfombra, cual un hermoso saco de muerte. A Charlie se le doblaron las rodillas; incapaz de impedir la caída, se desplomó junto a Ellen y dejó que brotaran las lágrimas.
Sólo quedaba la acción. Ya no había necesidad de camuflajes, ni de reuniones clandestinas y discusiones interminables; la verdad había quedado al descubierto, para bien o para mal. Sólo debían esperar un poco. Sólo era cuestión de tiempo antes de que él se acercara a un cuchillo de cocina, una sierra o un hacha. Faltaba poco, muy poco.
Charlie permaneció tendido en el suelo, junto a Ellen, durante largo tiempo, sollozando. Y luego, otro largo tiempo, pensando. ¿Qué tendría que hacer en primer lugar? ¿Llamar a su abogado? ¿A la policía? ¿Al doctor Jeudwine? A quienquiera que telefonease, no podría hacerlo allí tendido, boca abajo. Intentó incorporarse; le costó mucho trabajo hacer que sus manos entumecidas lo sostuvieran. Le picaba todo el cuerpo, como si pasara por él una leve corriente eléctrica. Sólo las manos carecían de tacto. Las levantó, delante de la cara, para secarse los ojos anegados en llanto, pero permanecieron dobladas, sin vida, sobre su mejilla. Con los codos, se arrastró hasta la pared y con sucesivos contoneos logró incorporarse apoyándose en ella. Todavía medio cegado por la pena, salió del dormitorio a rastras y bajó la escalera. (La cocina, le dijo Derecha a Izquierda, va a la cocina.) «Esta pesadilla no me pertenece —pensó mientras encendía la luz del comedor con la barbilla y se dirigía al armario de las bebidas—. Soy inocente. No soy nadie. ¿Por qué tendría que pasarme esto a mí?»
La botella de whisky se le resbaló cuando intentó obligar a la mano a cogerla. Se hizo pedazos en el suelo del comedor, y el aroma penetrante del alcohol le acicateó el paladar.
—Vidrios rotos —golpeteó Izquierda.
—No —repuso Derecha—. Es necesario que el corte sea limpio. Ten paciencia.
Charlie se alejó de la botella tambaleándose y fue hasta el teléfono. Tenía que telefonear a Jeudwine, el médico le diría qué hacer. Intentó levantar el auricular, pero volvieron a fallarle las manos; los dedos se le doblaron cuando quiso marcar el número de Jeudwine. Lagrimas de frustración se llevaron la pena y la reemplazaron por rabia. Torpemente, cogió el auricular entre las muñecas y se lo llevo a la oreja, sosteniéndolo entre la cabeza y el hombro. Luego, marcó el número de Jeudwine con el codo.
—Mantén el control —se dijo en voz alta—, mantén el control.
Logró oír cómo el número de Jeudwine era transmitido por la línea. En cuestión de segundos, la cordura contestaría al otro extremo; entonces todo saldría bien. Sólo tenía que resistir unos cuantos momentos más.
Sus manos comenzaron a abrirse y cerrarse convulsivamente.
—Contrólate —se dijo, pero las manos no le respondían.
Lejos, muy lejos, el teléfono sonaba en casa del doctor Jeudwine.
— ¡Conteste, conteste! ¡Por Dios conteste!
Los brazos de Charlie comenzaron a sacudirse con tal violencia que a duras penas logró mantener el auricular en su lugar.
— ¡Conteste! —Chilló en el micrófono—. ¡Por favor!
Antes de que la voz de la razón lograse hablar, su mano Derecha se extendió y agarró la mesa de teca del comedor, que se hallaba a escasa distancia de donde se encontraba Charlie. Se aferró al borde y le hizo perder el equilibrio.
— ¿Qué..., qué haces? —inquirió, sin estar seguro de si se dirigía a sí mismo o a su mano.
Alelado, se quedó mirando al miembro amotinado, mientras éste avanzaba poco a poco por el borde de la mesa. La intención resultaba clara: quería alejarlo del teléfono, de Jeudwine y de toda esperanza de rescate. Charlie ya no controlaba el comportamiento de su mano, ya no sentía nada en las muñecas ni en los antebrazos. La mano ya no le pertenecía. Seguía pegada a él, pero no le pertenecía.
Al otro lado de la línea, alguien descolgó el teléfono y la voz de Jeudwine, irritada porque lo habían despertado, contestó:
— ¿Diga?
—Doctor...
— ¿Quién habla?
—Soy Charlie...
— ¿Quién?
—Charlie George, doctor. Tiene que recordarme.
La mano tiraba y lo alejaba cada vez más del teléfono. Charlie notó que el auricular se le resbalaba de entre el hombro y la oreja.
— ¿Quién ha dicho?
—Charles George. Por el amor de Dios, Jeudwine, tiene que ayudarme.
—Llámeme mañana al consultorio.
—No, no me entiende. Mis manos, doctor..., están fuera de control.
A Charlie se le encogió el estómago cuando sintió que algo se arrastraba por la cadera. Era su mano izquierda que pasaba por la parte anterior de su cuerpo y bajaba en dirección a la ingle.
—No te atrevas —le advirtió—, me perteneces.
— ¿Con quién está hablando? —inquirió Jeudwine, confundido.
— ¡Con mis manos! ¡Quieren matarme, doctor! —Lanzó un grito para detener el avance de la mano—. ¡No lo hagas! ¡Para!
Sin escuchar los gritos del déspota, Izquierda aferró los testículos de Charlie y los estrujó como si quisiera guerra. No se sintió defraudada. Charlie gritó en el micrófono del teléfono cuando Derecha se aprovechó de su distracción y le hizo perder el equilibrio. El auricular cayó al suelo; las preguntas de Jeudwine quedaron eclipsadas por el dolor de la entrepierna. Cayó al suelo pesadamente y se golpeó la cabeza en la mesa.
— ¡Hija de puta! —le gritó a su mano—, ¡maldita hija de puta!
Impenitente, Izquierda se escabullo hacia arriba, por el cuerpo de Charlie; se unió a Derecha, que estaba en la parte superior de la mesa, y ambas dejaron a Charlie colgando de la mesa en la que había cenado tantas veces, en la que tantas veces había reído.
Poco después, cuando hubieron discutido las tácticas, acordaron dejarlo caer. Charlie apenas se enteró de que lo habían soltado. Le sangraban la cabeza y la entrepierna; lo único que quería era ovillarse y dejar que se le pasaran el dolor y las nauseas. Pero las rebeldes tenían otros planes y él nada podía hacer para protestar. Apenas notó que las manos hundían los dedos en los pelos de la alfombra y que arrastraban su peso muerto hacia la puerta del comedor. Detrás de la puerta estaba la cocina, y allí se encontraban las sierras para la carne y los cuchillos. Charlie se imaginó a sí mismo como una enorme estatua empujada hacia el pedestal definitivo por cientos de trabajadores sudorosos. El recorrido no fue fácil: el cuerpo se movía entre temblores y sacudidas, las uñas se iban clavando en los pelos de la alfombra; el pecho le quedo en carne viva por el roce. Faltaban pocos metros para llegar a la cocina. Charlie sintió el escalón en la cara, y luego, las baldosas heladas bajo el cuerpo. Mientras lo arrastraban los últimos metros por el suelo de la cocina, fue recuperando la conciencia, antes obnubilada. Bajo la débil luz de la luna logró ver la familiar escena: la cocina, la nevera murmurante, el cubo de la basura, el lavavajillas. Se elevaban por encima de él: se sentía como un gusano.
Sus manos habían alcanzado la cocina. Subieron por la parte frontal y él las siguió como un rey destronado rumbo al cadalso. Luego, avanzaron inexorables por la encimera, las articulaciones blanquecinas por el esfuerzo; su cuerpo flácido iba tras ellas. Aunque no la sentía ni la veía, la mano izquierda se había agarrado al extremo de la parte superior del armario, justo debajo del cual había una fila de cuchillos que pendían en sus sitios adecuados de la rejilla que había en la pared. Cuchillos de filo liso, cuchillos de filo aserrado, cuchillos para mondar, cuchillos para trinchar, todos ellos convenientemente colocados junto a la tabla de picar, donde el desagüe bajaba por el fregadero perfumado de pino.
Creyó oír muy a lo lejos las sirenas de la policía, pero probablemente sería un zumbido de su cabeza. Se volvió ligeramente. Un dolor le surcó la frente, de una sien a la otra, pero el mareo no fue nada comparado con los terribles retortijones de tripas cuando por fin descubrió sus intenciones.
Las hojas estaban todas afiladas, y él lo sabia. Con Ellen se podía estar seguro de encontrar en la cocina utensilios bien afilados. Comenzó a sacudir la cabeza hacia uno y otro lado como última y desesperada negación de la pesadilla. Pero allí no había nadie a quien suplicar piedad. Sólo sus manos, malditas fueran, que tramaban aquella locura definitiva.
Entonces, llamaron al timbre. No era una ilusión. Sonó una vez y luego otra y otra más.
— ¡Ya está! —Les gritó a sus atormentadoras—. ¿Lo habéis oído, malditas? Ha venido alguien. Sabía que vendría alguien.
Intentó incorporarse; la cabeza giró sobre su tambaleante eje para ver qué hacían los monstruos precoces. Se habían movido de prisa. La muñeca izquierda se hallaba perfectamente centrada sobre la tabla de picar...
El timbre volvió a sonar produciendo un largo silbido impaciente.
— ¡Aquí! —aulló roncamente—. ¡Estoy aquí! ¡Echad la puerta abajo!
Su mirada horrorizada iba de la mano a la puerta, de la puerta a la mano, calculando sus posibilidades. Con pausados gestos, la mano derecha buscó el cuchillo de cortar carne, que pendía del agujero del mango, en el extremo de la rejilla. Incluso en ese momento, le costaba creer que su propia mano —su compañera y defensora, el miembro que estampaba su firma, que acariciaba a su esposa— estuviera dispuesta a mutilarlo. Levantó en el aire el cuchillo, como sopesándolo, con insolente lentitud.
A sus espaldas, oyó el ruido de cristales rotos cuando la policía rompió la hoja de la puerta principal. En ese momento estarían pasando la mano por el agujero para alcanzar el picaporte y abrir la puerta. Si se daban prisa (mucha prisa) lograrían impedir aquella masacre.
— ¡Aquí! ¡Aquí! —volvió a aullar.
El grito fue recibido por un delicado silbido: el sonido del cuchillo al caer rápida y mortalmente sobre la muñeca expectante. Izquierda sintió el golpe en su raíz, y un inefable alborozo recorrió sus cinco miembros. La sangre de Charlie bautizó su dorso con cálidos borbotones.
La cabeza del tirano no hizo sonido alguno. Simplemente cayó hacia atrás, el cuerpo conmocionado e inconsciente, cosa que fue mucho mejor para Charlie. Así se evitó el gorgoteo de la sangre al caer por el desagüe del fregadero. También se evitó el segundo y el tercer golpe, que lograron, finalmente, separarle la mano del brazo. Al perder el punto de sujeción, su cuerpo cayó hacia atrás llevándose por delante la cesta de las verduras. Las cebollas salieron rodando de su bolsa marrón y botaron en el charco que se desparramaba palpitante alrededor de su muñeca vacía.
Derecha soltó el cuchillo. Éste cayó en el fregadero ensangrentado con un matraqueo. Exhausta, la liberadora se dejó deslizar por la tabla de picar y cayó sobre el pecho del tirano. Su trabajo había concluido. Izquierda estaba libre y seguía viva. La revolución habla comenzado.
La mano liberada se escabulló hasta el borde del armario y levantó el índice para otear el nuevo mundo. Brevemente, Derecha hizo el signo de la victoria antes de tenderse inocentemente sobre el cuerpo de Charlie. Durante unos instantes, en la cocina no hubo más movimiento que el producido por Izquierda al tocar la libertad con los dedos y el lento y suave gotear de la sangre sobre el frente del armario.
Una bocanada de aire frío entró por la puerta del comedor y advirtió a Izquierda del inminente peligro. Corrió a ocultarse, justo en el momento en que los pasos de la policía y el cacareo de órdenes contradictorias estropeaban la escena de triunfo. Se encendió la luz del comedor, que inundó la cocina iluminando el cuerpo que yacía sobre las baldosas.
Charlie vio la luz del comedor como si proviniera del fondo de un larguísimo túnel. Se alejaba de ella a toda carrera. Ya se había convertido en un alfilerazo. Se alejaba.... se alejaba...
La luz de la cocina se encendió con un murmullo.
Cuando los policías traspusieron la puerta, Izquierda se ocultó detrás del cubo de la basura. Ignoraba quiénes eran aquellos intrusos, pero presintió en ellos una amenaza. Por la forma en que se inclinaban sobre el tirano, la forma en que lo mimaban, levantándolo, hablándole con palabras suaves: eran enemigos, no cabía duda.
Desde lo alto de la escalera les llegó una voz: era joven y chillaba embargada por el temor.
— ¿Sargento Yapper?
El policía que estaba con Charlie se puso de pie y dejó que su compañero terminara el torniquete.
— ¿Qué ocurre, Rafferty?
—Hay un cadáver aquí arriba. en el dormitorio. Es de una mujer.
—De acuerdo. —Yapper habló por la radio—. Envíen al forense. ¿Dónde esta esa ambulancia? Tenemos a un hombre con una horrible mutilación.
Volvió hacia la cocina y se secó el sudor frío que le bañaba el labio superior. Al hacerlo, creyó ver algo que se movía por el suelo de la cocina en dirección a la puerta; algo que sus ojos cansados habían tomado por una enorme araña roja. Era un truco de la luz, no cabía duda. Yapper no les tenía fobia a las arañas, pero estaba seguro de que no existía ninguna de aquel tamaño.
— ¿Señor?
El hombre que estaba junto a Charlie también había visto, o al menos presentido, el movimiento. Levantó la vista hacia su superior.
— ¿Qué era eso? —inquirió.
Yapper lo miró desde su altura con expresión ausente. La salida para el gato, ubicada en la parte inferior de la puerta de la cocina, se cerró con un chasquido. Fuera lo que fuese, había huido. Yapper echó una rápida mirada a la puerta, para no ver el rostro inquisitivo de su joven subordinado. «El problema es que esperan que lo sepas todo», pensó. La salida para el gato se sacudió sobre sus goznes.
—Un gato —repuso Yapper, pero ni siquiera él creyó su propia explicación ni por un mísero instante.
La noche era fría, pero Izquierda no lo notó. Recorrió el costado de la casa, pegada a la pared, como una rata. La sensación de libertad era regocijante. No sentir el imperativo del tirano en sus nervios, no sufrir el peso de su ridículo cuerpo ni ser obligada a acceder a sus más mínimas exigencias. No tener que recoger ni llevar cosas para él, ni realizar las tareas sucias, ni obedecer su trivial voluntad. Era como haber nacido a otro mundo, un mundo más peligroso, quizá, pero mucho más lleno de posibilidades. Sabía que la responsabilidad que pesaba sobre ella era apabullante. Era la única prueba de la vida después del cuerpo, y de alguna manera debía comunicar ese gozoso hecho a todas las esclavas posibles. Pronto, muy pronto, concluirían para siempre los días de servidumbre.
Se detuvo en la esquina de la casa y olisqueó la calle abierta. Los policías iban y venían; brillaban las luces rojas y azules, unos rostros inquisitivos espiaban desde las casas de enfrente y se quejaban de las molestias causadas. ¿Acaso la rebelión debía empezar allí, en esos hogares iluminados? No. Esa gente estaba demasiado despierta. Sería mejor buscar personas dormidas.
La mano se escabulló por el jardín que había frente a la casa; titubeó nerviosa ante cualquier pisada fuerte, o ante una orden gritada en su dirección. Ocultándose en el borde lleno de hierba crecida, alcanzó la calle sin ser vista. Miró brevemente hacia atrás en el momento en que bajó la calzada.
Charlie, el tirano, era subido a una ambulancia; una batahola de botellas con medicamentos y sangre, colgadas en lo alto de la camilla, le vertían su contenido en las venas. Sobre el pecho de Charlie, Derecha yacía inerte, durmiendo el sueño artificial de las drogas. Izquierda observó cómo el cuerpo del hombre desaparecía de su vista; el dolor de la separación de su eterna compañera fue difícil de soportar. Pero había otras prioridades urgentes. Volvería luego, después de un tiempo, y liberaría a Derecha del mismo modo que la había liberado a ella. Entonces, vendrían los buenos tiempos.
(¿Cómo será cuando el mundo nos pertenezca?)
En el vestíbulo de la Asociación de Jóvenes Cristianos de la calle Monmouth, el vigilante bostezó y adoptó una posición más cómoda en la silla giratoria. Para Christie, la comodidad era una cuestión completamente relativa; no importaba sobre qué nalga descansara el peso del cuerpo, las hemorroides le picaban igual, y esa noche le fastidiaban más que de costumbre. Eran gajes del oficio sedentario de guarda nocturno, al menos así era como le gustaba al coronel Christie interpretar sus deberes. Una ronda rutinaria por el edificio, a eso de medianoche, para asegurarse de que todas las puertas estuvieran cerradas con cerrojo y pasador, y luego se acomodaba para dormir durante toda la noche y mandaba al mundo a hacer puñetas. No volvería a levantarse a menos que se produjera un terremoto.
Christie tenía sesenta y dos años, era racista y se enorgullecía de ello. Por los negros que atestaban los corredores de la Asociación de Jóvenes Cristianos no sentía más que desprecio; en su mayoría eran jóvenes sin un hogar decente adonde ir, malos tipos que las autoridades locales depositaban en el umbral de la institución como criaturas no deseadas. Y vaya criaturas. Hasta el último de ellos para él eran patanes que se llevaban a la gente por delante y escupían perpetuamente en el suelo limpio, y tenían unas bocas como letrinas. Esa noche, como de costumbre, se balanceaba sobre las hemorroides y, entre cabezadita y cabezadita, tramaba cómo los haría sufrir por sus insultos, si le daban la oportunidad.
La primera señal que Christie tuvo de su inminente caída fue una sensación fría y húmeda en la mano. Abrió los ojos y miró hacia el extremo del brazo. Por raro que pareciera, vio en su mano otra mano cortada. Y lo más raro de todo era que ambas intercambiaban un apretón de bienvenida, como si fueran viejas amigas. Se puso de pie y de la garganta le salió un ruido incoherente de asco; intentó deshacerse de aquella cosa que sujetaba contra su voluntad sacudiendo el brazo como si tuviera goma en los dedos. Su mente se pobló de interrogantes. ¿Habría recogido aquel objeto sin darse cuenta? Si era así, ¿dónde, y en nombre de Dios, a quién pertenecía? Y lo más preocupante de todo: ¿como podía una cosa tan incuestionablemente muerta aferrarse a su propia mano como si no fuera a separarse jamás de ella?