Durante el reinado del rey Luis XIV, apodado el “Rey Sol”, hubo un periodo de grandeza en Francia. La moda venía dictada por los designios de la nobleza local de París, reservada en exclusiva a los grande nobles que podían costearse esos caprichos. Durante esa época, el monarca comenzó a usar unas elaboradas pelucas con el fin de disimular una incipiente calvicie. Esta extravagante costumbre fue rápidamente emulada por todos los miembros de las demás casas reales.
Como si de un líquido que gotea, poco a poco esta moda fue poblando las más ilustres cabezas de todos los nobles de postín. Todo noble que se preciara tenía que llevar una peluca y un aspecto “envejecido” que escondiese su verdadero aspecto. Normalmente estas pelucas eran empolvadas junto con su propio rostro, exagerando la ya suficientemente pálida cara de la nobleza. Este rasgo era fruto de la falta de sol de que disfrutaban los más adinerados ¿Pero qué escondía también su uso?
De la noche a la mañana todo el mundo usaba peluca. Pero el mantenimiento de la misma no era una tarea fácil. Aunque los nobles no requerían estar presentes para peinarla, lavarla y cuidarla, sí que precisaban de alguien que lo hiciera con el suficiente cuidado como para no estropearles ese bien tan caro como preciado. Surge así la figura del peluquero, un oficio de primera clase que requería unos conocimientos sobre el cabello muy avanzado.
Gracias a barberos venidos a más, esta profesión trajo una serie de beneficios para sus clientes. Podían ahorrar el tiempo que antes dedicaban a acicalarse las melenas, ocultar problemas capilares y, sobre todo, evitar el problema de los piojos. Éste último era algo bastante útil ya que, al no existir ningún producto para el lavado capilar, se mantenía un pelo normalmente bastante graso y sucio que favorecía la proliferación de estos parásitos. Pero otro secreto también era ocultado gracias a su uso.
En la época del Rey Sol las mujeres solían usar recogidos mucho más discretos y pequeños que los hombres. Los estilos masculinos eran muy abultados y con muchos rizos, pero fue mucho más tarde cuando las mujeres comenzaron a emular a los hombres llevando pelucas. Esta moda fue impuesta por María Antonieta, mujer de Luis XVI. Gracias a ella pudimos ver de nuevo a los peluqueros frotarse las manos, pues todas las mujeres de alta alcurnia también la emularon a lo largo de Europa.
Durante estas épocas, la alta nobleza de la corte solían tener unos valores un poco libertinos y esto favoreció la proliferación de diversas enfermedades venéreas. La falta de aseo y la despreocupada salud que solían llevar, ligado a los excesos en la alimentación provocaba la proliferación de los males asociados a dichas enfermedades. Posiblemente por ello Luis XIV contrajo dicha enfermedad y manifestó sus síntomas perdiendo el cabello.
Una de estas enfermedades era la conocida como sífilis, que ganó bastante popularidad durante la época. Esta enfermedad, durante la primera fase de incubación, provocaba unas llagas similares a heridas abiertas que permitían la propagación de la misma a otras personas mediante relaciones íntimas. Se provocó una fuerte crecimiento de casos. La segunda fase era algo más visible, pues iba acompañada de varios síntomas externos.
A parte de las características manchas que aparecían en el pecho, la cara y la espalda, se comenzaba a perder peso y pelo. Este hecho pudo ser el desencadenante de que Luis XVI impusiese el uso de las pelucas para poder disimular esta fase. El acompañamiento de dolores de cabeza y articulares era fácilmente disimulable, pero los cambios estéticos de sobra conocidos no podían ser de conocimiento popular. El rey, al igual que la mujer del césar, debe no sólo debe ser decente sino parecerlo.
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Este no era el único motivo al parecer. Los nobles debían reunirse, con cierta asiduidad, para tratar sobre diversos temas en prolongadas reuniones. Estas podían durar días enteros, motivo por lo cual un pelo natural comenzaría a sudar y a tornarse sucio. Finalmente mostraría un aspecto desaliñado poco adecuado para un noble. Esto reforzó el uso de una peluca que nunca se cambiaría. También aparecieron algunas costumbres que propiciaron el buen uso de la peluca, como la idea de raparse la cabeza para evitar el contagio de los posibles piojos.
Los nobles finalmente consiguieron tapar lo que en la actualidad se soluciona con una buena ducha y un buen lavado de pelo. Sin duda ahora podremos ver a estos hombres nobles de una forma un poco diferente: gente poco aseada y promiscua que trataba de mostrarse como enviados de Dios para gobernar con decencia. Finalmente sólo era cosa de cara a la galería.