
EINSTEIN Y LAS MATEMÁTICAS
Sobre Einstein hay muchos mitos, pero este es el más significativo: ¿quién no oyó que Einstein, cuando era joven, era muy malo en matemáticas? Bueno, lamento derrumbar las ilusiones de quienes -como yo- tienen esperanza de, por el único mérito de ser idiotas, convertirse en súbitamente en genios: él era muy bueno en matemáticas, era el mejor; a los doce años sabía más que sus profesores y hasta daba algunas de sus clases, y antes de los quince tenía un posgrado en cálculo diferencial e integral. De hecho, era tan bueno que tuvo que estudiar fuera de la escuela porque sus padres creían que ésta limitaba su potencial.

EINSTEIN Y SU ESPOSA
Por otro lado, se dice que su esposa, Mileva Marić, era el verdadero genio, que la Teoría de la Relatividad y el resto de los trabajos eran de su autoría; hasta se dice que Einstein la esclavizaba para tales fines. Si bien es cierto que Mileva poseía una mente prodigiosa y tenía el mejor físico de su época (¡cuack!), no es cierto que su esposo le robara el trabajo, como uno se puede imaginar. Ellos, en cambio, solían trabajar juntos, y Einstein agradecía en público y con profunda admiración cada aporte que Mileva hacía a sus ecuaciones.Este es uno de los casos que mejor demuestra el dicho que detrás de todo gran hombre hay una gran espaldamujer. Si Albert era un cerebro, Mileva era, por lo menos, una vesícula: se la pasaba haciendo cálculos.

EINSTEIN Y LA BOMBA ATOMICA
También suele culparse a Einstein por la invención y el uso de la bomba de hidrógeno, cuando en realidad fue el primero en advertir a los gobiernos del peligro de esa tecnología creada por Enrico Fermi, enviando cuatro cartas al presidente Roosevelt. Sabiendo que era inevitable el uso de esta tecnología, y temiendo que cayera en manos nazis, la idea de Einstein era participar de alguna manera en su producción para, llegado el momento, poder impedir su uso, confiando en que podría convencer al gobierno norteamericano de que era suficiente con poseer la bomba. Por supuesto, falló en esto último y la bomba se utilizó...
Un año después del ataque nuclear a Hiroshima, Einstein fue nombrado Presidente del Comité de Emergencia de Científicos Atómicos, cuya actividad, obviamente, era la de intentar impedir el uso de armas de destrucción masiva. Se mantuvo en ese cargo hasta su muerte (1955), donde tuvo la oportunidad de desarrollar su maravillosa filosofía pacifista, de la cual hablaré en otro momento (baste decir que la física era sólo uno de los muchos aspectos de la genialidad de Einstein).

EINSTEIN Y DIOS
Tras observar que no había cubos gigantes chocando contra los astros, Einstein llegó a la conclusión de que "Dios no juega a los dados", y por eso se cree que era ateo. Los ateos activistas citan habitualmente esta frase, pero sucede que cuando un ateo piensa en Dios, visualiza un montón de viejitas arrodilladas en una iglesia, y eso no es más que una muestra de su completo desconocimiento del tema (porque Dios es muy poco parecido a una vieja doblada, según Einstein). No creer en Dios no es lo mismo que no tener la capacidad de comprenderlo. Dios es un concepto muy complejo, tanto que parece imposible ponerlo en palabras y, a pesar de ello, Einstein lo intentó porque tenía certeza de su existencia... pero no la de un dios caricaturizado, sino la de uno representado por el orden del universo al cual él mismo dedicó su vida.

EINSTEIN Y SU CHOFER
Finalmente, hay una hermosa leyenda urbana acerca de Einstein:
Esto supuestamente sucedió en los años 20, en la época en que Einstein aún no era muy conocido y recién andaba divulgando los principios de su Teoría de la Relatividad en pequeñas charlas y conferencias. En aquellos momentos, el científico viajaba en auto, pero como no le gustaba conducir, tenía un chofer que lo acompañaba en cada disertación. Cierta noche, Einstein confesó en el coche que estaba cansado de repetir siempre el mismo discurso, y el chofer sugirió que podrían intercambiar lugares, ya que había oído tantas veces el discurso que lo sabía de memoria y, después de todo, nadie conocía la cara del verdadero científico. Einstein accedió e inmediatamente intercambiaron sus atuendos. Una vez en la universidad de Bayern, donde sería la conferencia, tal como lo había asegurado, el chofer se las arregló para dar la charla sin mayores inconvenientes... al menos hasta el final, cuando uno de los académicos presentes hizo una pregunta imprevista que el impostor no supo contestar. Entonces, bajo una súbita iluminación que sólo los choferes de Einstein poseen, le dijo a su interlocutor: "La pregunta es tan sencilla que voy a dejar que la responda mi chofer"...

