No es interesante saber si hace frío afuera... a lo lejos, diría que está bastante helado. Al frente venden casatas, pero mi guatita... ¡auch, cuánto dolrría aquello! Mi vida depende de eso.
- !Marco, hijo! ¡Marco, ven pa' acá!.
Me toma segundos preciosos pensar. Mejor voy.
- Toma, ve y cómprame un helado. Hace tiempo no como. Que sea de un sólo sabor, ¿te acordarás? !Ahh, mírame cuando te hablo mierda!.
Casi me atropelló una camioneta, pero alcancé a cruzar. Los precios eran demasiado pequeños. Una amable viejita me dijo que, al menos, llevar un cono costaba entre mil y mil doscientos.
-¡Y el helado, donde está!
-Hace mucho frío, no cree...
-Te robaste mi plata...
Todavía estaba la señora.
-¿No tiene frío?
-¡Qué le pasó en su carita, mi niño!
-No se preocupe, va a pasar...
Nunca le tomé importancia a los relojes ni a los días ni a los números del calendario. Me repugnan porque se me hace tan complicado sacar cuentas. Ya olvidé cuantas veces me curaron los cortes en los brazos, los chicotazos en la espalda y mis ojos morados, casi negros o sin color. Me duele. Sí, jamás podré reconocer que las luces se apagan. ¡No quiero morir!.
-¡Tan destapado mijo, abríguese!.
La abuelita me cubrió con su manta. Hacía juego con los tajos en mi pómulo derecho. Me ardía, en serio me ardía. Me ardía mucho más que ese dolor que sentía al llamar a mis amigos para pedirles un poco de povidona. ¡De veras! Qué mal me hace sentir ese olor. Es una distancia tan inalcanzable... ojalá el cielo pudiera elegir las estrellas que duermen junto a él. Me haría muy feliz.
- !Marco, hijo! ¡Marco, ven pa' acá!.
Me toma segundos preciosos pensar. Mejor voy.
- Toma, ve y cómprame un helado. Hace tiempo no como. Que sea de un sólo sabor, ¿te acordarás? !Ahh, mírame cuando te hablo mierda!.
Casi me atropelló una camioneta, pero alcancé a cruzar. Los precios eran demasiado pequeños. Una amable viejita me dijo que, al menos, llevar un cono costaba entre mil y mil doscientos.
-¡Y el helado, donde está!
-Hace mucho frío, no cree...
-Te robaste mi plata...
Todavía estaba la señora.
-¿No tiene frío?
-¡Qué le pasó en su carita, mi niño!
-No se preocupe, va a pasar...
Nunca le tomé importancia a los relojes ni a los días ni a los números del calendario. Me repugnan porque se me hace tan complicado sacar cuentas. Ya olvidé cuantas veces me curaron los cortes en los brazos, los chicotazos en la espalda y mis ojos morados, casi negros o sin color. Me duele. Sí, jamás podré reconocer que las luces se apagan. ¡No quiero morir!.
-¡Tan destapado mijo, abríguese!.
La abuelita me cubrió con su manta. Hacía juego con los tajos en mi pómulo derecho. Me ardía, en serio me ardía. Me ardía mucho más que ese dolor que sentía al llamar a mis amigos para pedirles un poco de povidona. ¡De veras! Qué mal me hace sentir ese olor. Es una distancia tan inalcanzable... ojalá el cielo pudiera elegir las estrellas que duermen junto a él. Me haría muy feliz.