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Entra y te cuento un cuento.

Arte5/8/2011
Esto es un cuento corto que escribí hace como 2 años, así que lo comparto con ustedes.


La risa eternizada

Sonó el despertador, de inmediato atestó un certero golpe al aparato plástico que venden en
las calles, hay que hacer el menor ruido posible para no despertar a Bozo, pensó de inmediato.
Acto seguido se puso en píe, buscó durante un breve tiempo el par faltante de sus chancletas
amarillas, sin embargo, al observar el reloj de nuevo prefirió entrar al baño descalzo, a pesar
de sentir un profundo, casi enfermizo miedo a caer en la ducha. El agua helada cae sobre su
cabeza, lentamente se desliza por su cuerpo, está algo más fría al recorrer la cintura, hasta
llegar a un tibio moderado en sus pantorrillas, Salió rápido; procedió a afeitarse su escasa, casi
imperceptible barba. Se observó profundamente ante un espejo sucio. Se veía a sí mismo
como una persona muy triste y muy alegre al mismo tiempo, alguien que no tuvo suerte, que
tomó malas decisiones, un venado entre muchos lobos. Miró su rostro, repasó una vez más la
forma de su boca, hizo una imagen mental que parecía tatuada sobre la piel; era la cara
perfecta para mostrar hoy.
Tomó primero la pintura roja, casi todos aplican primero la base, pero ese no era su caso;
delineo perfectamente sus labios de manera artística, sin movimientos bruscos. Con solo
untarse dos veces las yemas de sus dedos su rostro estaba perfectamente cubierto por esa
sustancia grasosa de buen olor y tan blanca como su propia alma, se delineo los ojos, para
finalizar su ritual matutino; la coronación de su acto más grande, el momento cumbre de su
ceremonia personal, cerró sus ojos, tomó una esfera de caucho que yacía en una especie de
“altar” al lado derecho del lavamanos, aunque solo era una caja metálica que un viejo amigo
suyo le había regalado en su cumpleaños número 32, apretando aun más fuerte los parpados
introdujo su nariz en la bola, abrió muy lentamente sus ojos, en el espejo se iba reflejando
cada vez con mayor claridad el resultado de su rito, su maquillaje quedo perfecto, tal y como lo
visualizó, su nariz redonda y roja refleja su fuerza interior, aquélla que no ha mermado desde
que nació, a pesar que ya tiene 60 años.
Buscó varias veces su peluca naranja, no estaba donde la dejó anoche, un ruido atrae su
atención hacia la cama, entonces observó que su perro, no había dejado la obsesión de copular
con la pelirroja, apodo que le puso desde el día en que la vio por primera vez en el mostrador.
No Bozo No! Gritó con voz fulminante y golpeó al perro con violencia, tomó su peluca y se
vistió para la ocasión, se disponía a salir de la modesta, por no decir paupérrima pieza de
inquilinato céntrico cuando observó al perro y no pudo evitar hacer lo justo, pedirle perdón a
Bozo, consentirlo un rato y darle un poco de carne sobrante de su comida, después de esto
salió con afán a la avenida principal.
En el bus pensó en muchas cosas, era un largo camino hacia la casa de algún niño engreído que
cumplía 8 años, entonces se dio cuenta que la gente que lo acompañaba en el viaje lo miraba
de forma extraña, ¿será que me ven con cara de payaso? pensó, tratando de contarse a sí
mismo un chiste que por su gracia mitigara un poco el dolor que tenia por haber maltratado al
perro, Bozo era como el hijo que nunca tuvo, lo había acompañado por más de 10 años
sufriendo con él años malos, y años peores, ojalá Bozo pudiera seguir el legado que empezaría
y terminaría con él mismo, la forma de vida que adopto desde niño, y que lo hace
inmensamente feliz.
Llegó al lugar donde fueron requeridos sus servicios de animador y comediante. ¿Don Álvaro?
Preguntó una empleada del servicio. Sí mucho gusto respondió, llegó un poco tarde pero no
importa, ya reúno a todos los niños en la sala, veo que vino ya disfrazado, dijo la muchacha,
esta expresión molestó un poco al payaso ya que no consideraba su atuendo como un disfraz,
sin embrago siguió hasta la cocina saludando a todo el que veía, esperó poco más de 10
minutos. Entre gritos y más gritos entró un niño a la cocina, tal vez por un vaso de gaseosa, al
verlo, Álvaro vio el terror reflejado en sus ojos, un llanto agudo sacudió sus oídos de forma
instantánea y el infante corrió a los brazos de su madre, entonces el payaso sintió que todos
los años que vivió haciendo esto con amor no habían valido sino el llanto propio reflejado en
las lagrimas del niño, sin embargo, era tal su convicción, tal su cariño por lo que hacía, que hizo
la de payaso y dejo ver una hermosa sonrisa que a pesar de no ser perfecta, era tan natural
como agua de manantial, con este simple hecho acallo el sollozo de aquel chiquillo y se llenó
de valor y convicción para salir a dar el mejor espectáculo de su vida, y lo hizo.
Fue el único show para niños en donde no había recibido insultos mal pronunciados de los
pequeños, el único en que no vio a ningún niño que no sacara una sonrisa por lo menos, el
cumpleañero estaba feliz con las bombas con forma de jirafa que el viejo Alphert como le
decían en la empresa de animadores había fabricado mágicamente partiendo de una lombriz
morada y larga, hasta llegar a esta pieza maestra de arte de feria. Se disponía el payaso a
finalizar su acto perfecto cuando de repente un dolor agudo se apodero de su pecho. Su vida
pasó ante sus ojos lo que demoró en caer su cuerpo para estrellarse violentamente contra el
suelo. Álvaro no veía nada claramente, solo manchones y sombras oscuras, pensó entonces en
sacar y ver por última vez el único objeto de valor que tenia, desembolsillo una pequeña foto
de Bozo cuando era un pequeño cachorro, se lamentó una vez más de no haber tenido un hijo,
un heredero para su arte, para su forma de ser, para todo lo que él o ella quisieran ser, un
susurro casi inaudible brotó de sus colorados labios: ¡terminó la función!
Entonces quedó inconsciente, en un sueño eterno, sin embargo su rostro reflejaba una sonrisa
amplia, que solo tiene una persona que ha vivido de la alegría toda su vida.
Hay quienes dicen que la magia no existe, yo creo que sí, porque después del lamentable
hecho. José el pequeño cumpleañero, vio en la muerte de aquel payaso viejo, más que el
acallar de su gracia, la risa eternizada, comprendió un noble gesto de heroísmo y se dio cuenta
de que hay que afrontar la vida siempre con una sonrisa, solo él aplaudió el gran acto del
payaso. Aquel niño fue el único que entendió el por qué de 60 años de sonrisas. El mismo
pequeño que hizo berrinche hasta que consiguió que sus padres adoptaran al perro de la
fotografía.
José se dijo a sí mismo: ¡cuando grande quiero ser un gran payaso!
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