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Fábrica de dinosaurios

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Mientras los paleontólogos argentinos siguen asombrando al mundo con cada hueso que hallan, en el país se arman costosas réplicas de fósiles para los mayores museos.



Uno puede ir caminando y tropezarse, sin más, con la costilla de un dinosaurio? ¿De uno que vivió hace 90 ó 95 millones de años? Puede. Porque los dinosaurios acostumbran a asomarse por el piso; tan a la vista quedan que de verlos así, dan ganas... de hacer algo. Una buena primera medida: guardar el secreto. Hasta que quien corresponda empiece a cavar alrededor de la costilla, y vea si se suma una costilla más, o una vértebra o un fémur. Y siga cavando, y envuelva lo hallado con una carcaza de yeso, y, por fin –pueden pasar meses hasta ese por fin– lo transporte hacia el verdadero resguardo del laboratorio.

Nada fácil: un dinosaurio podía pesar un kilo, pero también 80 toneladas, como diez elefantes. Suerte que en zona petrolera sobran los caños abandonados por el campo. Lo bien que vienen para fabricar trineos para cargar dinosaurios. Así que en un trineo para gigantes, en la caja de una camioneta o en una carretilla –hay cargas de todos los tamaños–, da comienzo un largo camino hacia la revelación científica y la anhelada publicación. Pero, claro, los dinosaurios tienen público. Mucho. Y no existiendo los ejemplares vivos (digámoslo en general, ya que los paleontólogos aseguran que los pájaros son sus descendientes directos), estas bestias son para nosotros aquello que vemos expuesto como esqueletos replicados. O esas inspiradas reconstrucciones en vida, ya con carne y pelaje de artificio. Arte, al cabo; paleoartistas se llaman quienes los vuelven al mundo en las fábricas de dinosaurios.

Con técnicas y recursos de lo más variado. Verán: dos fondos botellas de plástico ocupan a modo de ojos las órbitas de la colosal cabeza de Giganotosaurus que gobierna el tinglado/museo de un sitio cuyos habitantes fijos no vacilan en llamar El Gran Hermano del desierto. O la base lunar, asumiendo la impresión que se llevó un colega gringo que estuvo de visita. Con mayor lógica debió haberse fantaseado con una base marciana, constituyendo su entorno un paisaje rojo: rojo corriente cuando la luz del mediodía modera la coloración de las bardas; rojo prendido fuego bajo el sol de la tarde. El centro paleontológico del lago Los Barreales, que depende de la Universidad del Comahue y es la base del llamado Proyecto Dino, se despliega al borde de un pozo. Existe por ese pozo. Porque en el pozo aparecieron sorpresas para el mundo. ¿Habrá otras?

Para saberlo, Jorge Calvo, el jefe, maniobra dentro del pozo. Algo permanente en él. Los Barreales es el único sitio del país en el que se extraen restos de dinosaurios todos los días. ¿Será posible tanta fecundidad? Vemos a Calvo y a sus colaboradores en el pozo, cada cual con su martillo, golpeando contra una punta de hierro, arrancando tierra en placas. De pronto, Juan Porfiri –paleontólogo como el jefe– sostiene algo entre el índice y el pulgar. ¿Terópodo o saurópodo?, se interesa el jefe, asomándose apenas por encima de la línea de la vista.

"Terópodo", canta Porfiri. Los dientes de terópodos siempre son como ése, triangulares, con una fila de dientitos en el filo. Los de los saurópodos tienen forma de lápiz con punta de cincel. A cada bestia su dentadura: un saurópodo es –fue– un dinosaurio herbívoro; un terópodo –en general–, un carnívoro. Argentina, y Neuquén, donde estamos, atesoran ambos récords mundiales de tamaño. Desde 1993, cuando se dio a conocer el Argentinosaurus, el más gigantesco de los dinosaurios conocidos. Y desde 1995, cuando el mundo supo del hallazgo del Giganotosaurus, demonio engullidor de carne con cráneo de 1,80 metro de largo, que hizo abdicar al gran rey del norte del mundo, el Tiranosaurus Rex. Fueron los dos hallazgos estelares en los años del boom público de los dinos argentinos, al calor de la moda mundial gracias al éxito de Jurassic Park.Un pico que no ocurrió de milagro.

Fue el punto de llegada del intenso trabajo que por décadas venían realizando figuras como Osvaldo Reig y José Bonaparte, referentes y formadores de toda un generación de estudiosos buscadinosaurios. Fue, también, un punto de partida. "En estos últimos diez años hubo un efecto multiplicador de paleontólogos y descubrimientos de restos y sitios que abrieron las puertas a nuevos temas. Y creció la cantidad y calidad de los técnicos, que tienen el conocimiento crucial, manejan la logística y son nuestra mano derecha", resume Fernando Novas, doctor en Ciencias Naturales, en la paz de su oficina del Museo Argentino de Ciencias Naturales, en Parque Centenario.

El futuro parece promisorio. Cerca, en su laboratorio de la Fundación de Historia Natural Félix de Azara, el paleontólogo Sebastián Apesteguía sostiene: "Me calienta el corazoncito que se encuentre algo acá. Países como Estados Unidos o Canadá invierten mucho dinero, pero acá lo bueno es que hay tanto para investigar que cada cosa que aparece es nueva. El desafío es interpretar correctamente".Los Barreales tiene sus estrellas. El enorme Futalongko –36 metros de largo–, a cobijo en el galpón/ museo: es el dinosaurio gigante "más completo del mundo, con un 70 por ciento del esqueleto", según Calvo.

Pero el tesoro principal de la casa es algo más chico: una mano casi completa del terrorífico Megaraptor, armada de garras como puñales de 35 centímetros. "Megaraptor 0-2.400", humoriza el cartel junto al acceso que lleva a la ruta que nos separa 90 kilómetros de Neuquén capital. Con el Mega al lado de la mesa, en la sala de estar de la base, el equipo cenará esta noche. "Los trabajos de campo y la vida en el campamento no pueden separarse", define el jefe. El mismo que ayer desenterró una vértebra, o guió a un visitante –diez mil por año–, esta noche prepara la ensalada o lava los platos. Noche de despedida: el Mega acompañará por última vez a los comensales. Está a punto de ser desarmado para partir hacia Israel, donde se incorporará a una expoición que saldrá a despertar gritos de asombro por medio mundo


UN TESORO ESCONDIDO

Si es verde, es artificial. El río más cercano está a 60 kilómetros. "Plaza Huincul en dos datos", por Liliana Rikemberg, directora del museo municipal Carmen Funes. Aparte del petróleo, Plaza Huincul –su museo– sólo produce dinosaurios. Y los vende al mundo. "Lo principal no es la comercialización, pero las réplicas son una fuente de ingresos importante", reconoce la directora. El museo depende del municipio y los visitantes –cuarenta mil al año– pagan su entrada. Pero cómo ayuda la fábrica de dinosaurios. En una vitrina están los huesos verdaderos: el diez por ciento del animal. Es el calco del Argentinosaurus el que fuerza la gran altura del techo de la sala. Un Argentinosaurus –40 metros de largo, 10 de alto– es mucho. ¿Y cinco? Cinco réplicas del más grande del mundo se construyeron en Huincul desde 2000. Sin tanto desperdicio de tiempo: para hacer uno se tarda nueve meses, con el trabajo mancomunado de diez personas. Taller con trabajadores de mameluco, fotos de chicas en poses, esa impronta muchacheril; que se fabriquen delicadas piezas de dinosaurios no altera los tópicos.



Fabricar un carnívoro de 8 metros como el Megaraptor cuesta unos 20.000 dólares, mano de obra incluida. Se puede vender al doble. "Las réplicas son un buen negocio, pero tampoco millonario –apunta el paleontólogo Apesteguía–. Lleva mucho tiempo moldear huesos, montarlos y encontrar el comprador. Hay muchos ceros en la venta, pero también en la producción." El cincuenta por ciento se va en el caucho siliconado para los moldes. El insumo cuesta entre 100 y 140 pesos el kilo. Cada vértebra de un dino grande puede llevar 30 litros. "El costo se amortiza porque un molde sirve para 7 u 8 calcos", explica Adrián Garrido, paleoartista de Huincul. Pero se suman gastos del poliuretano para los huesos faltantes y la resina y la fibra de vidrio para las copias de los restos que sí fueron hallados. La cotización de un Argentino saurus supera los 50.000 dólares. Hizo falta dos camiones para cargar una réplica que viajó a los Estados Unidos. Los modelos van con instrucciones para armar.

Otras veces los técnicos viajan para el montaje. Hay un Argentinosaurus de Huincul en el museo de Fernbank, en Atlanta, y uno más en Alemania. No es el único producto de exportación: están preparando un Patagonikus, un Aucasaurus y cinco réplicas más chicas para Japón. Si cifras tan interesantes se pagan por una réplica, ¿cuánto podría valer un original? Para tener una idea, un museo de Chicago pagó ocho millones de dólares por el fósil de un Tiranosaurus Rex. Pero en la Argentina los huesos son propiedad del Estado y el tráfico está prohibido. Hubo una legislación suave hasta 2003, cuando la nueva Ley de Protección del Patrimonio Arqueológico y Paleontológico fijó penas de hasta tres años de prisión. "Fue bueno porque antes no existían penas severas. Pero la nueva ley deja interrogantes al permitir algunas colecciones privadas 'con aviso al Estado'", advierte Apesteguía.
Su grupo excava en La Buitrera, en Río Negro. En ese lugar encontró el Buitreraptor, eslabón entre los dinosaurios y las aves actuales. El yacimiento, muy amplio, se protege con el secreto. El robo de fósiles es una amenaza y sólo el grupo sabe dónde queda. ¿Se deben exponer los fósiles, como en Los Barreales, donde se permite un contacto directo? Hay quienes sostienen que todos deben guardarse. Otros consideran que basta con preservar el holotipo –el primer fósil hallado y estudiado de una especie– y el resto se puede mostrar. A falta de acuerdo, buenas son las réplicas. "Protegen al original y la venta puede favorecer un buen proyecto de investigación", pondera Fernando Novas, del museo de Ciencias Naturales porteño.


ULTIMAS NOTICIAS DE PANGEA

"Los dinosaurios fueron un éxito", concluye Novas. Su origen tuvo lugar cuando la Tierra estaba unida en un único continente, Pangea. En el Jurásico, el supercontinente ya se había dividido en dos –Laurasia y Gondwana– y seguían ahí. El mundo estaba casi como hoy en el Cre - tácico, el período de los gigantes neuquinos. Epoca de maravillas como el Unenlagia, un carnívoro descubierto por Novas que tenía alas y metió a la Argentina en la discusión sobre el origen de las aves. En el país también se conocieron los antepasados de los dinosaurios (en La Rioja) y los dinosaurios primitivos (en yacimientos de San Juan). Jorge Calvo no duda: "La Argentina y Estados Unidos son los dos países más interesantes en el mundo para la paleontología". Para su colega Apesteguía, al país le falta su lagerstatten, un yacimiento excepcional –existen en Alemania y en China– donde se preservan restos de piel o músculos.

Claro: con los huesos se puede saber el tamaño y tener una idea de la longevidad, calculada en unos 30 años para los dinosaurios grandes. Pero no alcanzan para saldar otras discusiones: si tenían la sangre fría o caliente, o saber de qué color eran. ¿Pudo haber un dinosaurio azul? Por el momento, queda a criterio de los paleoartistas. ¿Y qué prefieren encontrar los que buscan dinosaurios? ¿Uno nuevo? ¿Uno raro? ¿Uno completo? Hace poco, en Los Barreales quedó expuesta una gran costilla. Tal vez sea otro Futalongko. ¿Tiene sentido extraer restos de un dinosaurio enorme que ya se conoce? "Si es nuevo, mejor", dice Novas. Pero la figurita repetida puede estar más completa y agregar información.


HUELLAS DEL PASADO

¿Puede uno ir caminando y meter el pie dentro de una huella que un dinosaurio imprimió en el suelo hace cien millones de años? Puede, pero no debe. Mejor para todos es ver las impresionantes pisadas desde la pasarela junto al lago de El Chocón. Cuando el lago crece las tapa, pero el agua igual las deja ver. El Chocón tiene, además, un interesante museo construido para albergar al Giganoto, hallado por actual director, Rubén Carolini. Se conserva el 80 por ciento del esqueleto.

La fábrica de dinosaurios –el taller de paleontología– lleva construidas ocho réplicas para los Estados Unidos y Europa. Ahora, los técnicos Christian Colombo y Javier Ochoa limpian un ejemplar que trajeron de la última campaña. Es de la familia Abelisauridea y sigue acurrucado en su medio bochón de yeso. Este huevo de transporte pesó ocho mil kilos. Lo izaron con dos grúas. Todas las huellas se ven de arriba. Menos algunas viejas pisadas de dinosaurios que se ven de abajo. Christian y Javier saben adónde hay una de ésas. Un cañadón seco: del techo de una saliente cuelga una huella. Perfecta. No es un hueco en el piso, sino un relieve: una huella vista desde abajo. ¿Puede ser posible?


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