El embrión humano, ¿posee branquias?
Desde hace tiempo, los científicos saben que la historia evolutiva de una especie está escrita en su embrión. Dicho de una manera técnica es algo así como que “la ontogenia es una recapitulación de la filogenia”.
Por ejemplo, los vertebrados, desde los peces hasta las ranas y el hombre, se desarrollan de manera bastante parecida durante las etapas más tempranas, pero las similitudes van desdibujándose e incluso desapareciendo a medida que crece el embrión.
Ahora bien, las coincidencias embrionarias persisten más tiempo entre los organismos que están emparentados, como el hombre y el chimpancé, que entre aquellos relacionados más lejanamente, como el hombre y el cocodrilo. De este modo, el científico es capaz de adivinar el parentesco evolutivo que existe entre distintas especies.
El hecho de que los humanos y los cocodrilos compartamos patrones de desarrollo embrionario se explica porque fueron heredados de un ancestro común.
Así, por ejemplo, los embriones de los vertebrados terrestres, incluidos nosotros, muestran aperturas branquiales, a pesar de que nunca llegan a respirar por branquias. Su presencia en los embriones de todos los vertebrados es el testimonio de que éstos comparten un antecesor que sí necesita estas estructuras. Nos referimos a los peces.
Arco branquial
Se conoce como arcos branquiales o arcos faríngeos a las estructuras, preponderantemente mesodérmicas, a modo de hendiduras, situadas a ambos lados de la faringe, que se originan durante el desarrollo embrionario de los animales del filo Cordados. Pueden permanecer en el individuo adulto, como en el caso de las lampreas, o sólo ser plenamente funcionales en estado embrionario, como en el caso humano; sin embargo, en éste último existen reminiscencias, como la trompa de Eustaquio y otras partes del oído, que conforman el canal auditivo.
Se sitúan ventrolateralmente al animal. Su número, habitualmente de siete pares, y su disposición claramente seriada permiten una nomenclatura que los denomina, de la parte más cefálica a la más caudal, según los números romanos: I, II, III, etc.
El primer arco faríngeo, o I, es el primero en aparecer: se separa el estomodeo del pericardio. Los seis pares de arcos siguientes se originan posteriormente, debido al crecimiento diferencial de la faringe.
GRACIAS POR PASAR!!!
Desde hace tiempo, los científicos saben que la historia evolutiva de una especie está escrita en su embrión. Dicho de una manera técnica es algo así como que “la ontogenia es una recapitulación de la filogenia”.
Por ejemplo, los vertebrados, desde los peces hasta las ranas y el hombre, se desarrollan de manera bastante parecida durante las etapas más tempranas, pero las similitudes van desdibujándose e incluso desapareciendo a medida que crece el embrión.
Ahora bien, las coincidencias embrionarias persisten más tiempo entre los organismos que están emparentados, como el hombre y el chimpancé, que entre aquellos relacionados más lejanamente, como el hombre y el cocodrilo. De este modo, el científico es capaz de adivinar el parentesco evolutivo que existe entre distintas especies.
El hecho de que los humanos y los cocodrilos compartamos patrones de desarrollo embrionario se explica porque fueron heredados de un ancestro común.
Así, por ejemplo, los embriones de los vertebrados terrestres, incluidos nosotros, muestran aperturas branquiales, a pesar de que nunca llegan a respirar por branquias. Su presencia en los embriones de todos los vertebrados es el testimonio de que éstos comparten un antecesor que sí necesita estas estructuras. Nos referimos a los peces.
Arco branquial
Se conoce como arcos branquiales o arcos faríngeos a las estructuras, preponderantemente mesodérmicas, a modo de hendiduras, situadas a ambos lados de la faringe, que se originan durante el desarrollo embrionario de los animales del filo Cordados. Pueden permanecer en el individuo adulto, como en el caso de las lampreas, o sólo ser plenamente funcionales en estado embrionario, como en el caso humano; sin embargo, en éste último existen reminiscencias, como la trompa de Eustaquio y otras partes del oído, que conforman el canal auditivo.
Se sitúan ventrolateralmente al animal. Su número, habitualmente de siete pares, y su disposición claramente seriada permiten una nomenclatura que los denomina, de la parte más cefálica a la más caudal, según los números romanos: I, II, III, etc.
El primer arco faríngeo, o I, es el primero en aparecer: se separa el estomodeo del pericardio. Los seis pares de arcos siguientes se originan posteriormente, debido al crecimiento diferencial de la faringe.
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