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Pequeño extracto de caballo de troya 3

Info3/6/2012
Un investigador español, Juan José Benítez, es contactado por un individuo autodenominado "El Mayor", quien resulta ser un antiguo integrante de la USAF. Tras la muerte de tan misterioso personaje, Benítez es conducido a través de una serie de acertijos a un manuscrito, el cual resulta ser el testimonio de El Mayor como partícipe de un proyecto ultrasecreto denominado "Operación Caballo de Troya".
El proyecto consiste en la creación y puesta en marcha de una máquina del tiempo, destinada a viajar a alguno de los varios momentos considerados importantes en el pasado de la humanidad, entre ellos la época de la Pasión y muerte de Jesús de Nazaret. El manuscrito describe someramente los detalles técnicos involucrados en tal empresa, pero sobre todo las andanzas de uno de los viajeros del tiempo junto al Maestro de Galilea, quien es descrito como un individuo jovial y alegre, gustoso de ofrecer sus profundas enseñanzas espirituales a quien desee escucharlas. El Mayor, conocido como "Jasón" por los habitantes de la época, junto con su compañero, de nombre "Eliseo", van dejando atrás su inicial escepticismo, convirtiéndose poco a poco al mensaje de Jesús.

Pequeño extracto de caballo de troya 3

-¡Gracias por vuestros sacrificios!
Atónito, le miré de hito en hito. Sonrió con una leve sombra de amargura
y, comprendiendo mi perplejidad, añadió:
-Sabes bien a qué me refiero. Vuestra decisión de conocer la verdadera
historia del Hijo del Hombre no es fruto del azar. Éstos -y su mano izquier-
da señaló hacia las embarcaciones del yam-, mis pequeñuelos de hoy, ter-
minarán por alterar involuntariamente mi mensaje...
Estúpido de mí, en lugar de permitirle que ahondara en tales reflexiones,
me decidí a intervenir, interrumpiéndole:
-Maestro, yo soy un científico. ¿Cómo puedo comprender y transmitir tu
resurrección? Tú estabas muerto.-
Jesús cedió benévolo a mis requerimientos. Levantó el rostro hacia las es-
trellas y, a media voz, comentó rotundo:
-Hay realidades que difícilmente podrán ser probadas por la ciencia o por
las deducciones de la razón pura. Nadie puede concebir esas verdades
mientras permanezca en el reino de la experiencia humana. Cuando hayáis
acabado aquí abajo, cuando completéis vuestro recorrido de prueba en la
carne, cuando el polvo que forma el tabernáculo mortal sea devuelto a la
tierra de donde procede, entonces, sólo entonces, el Espíritu que os habita
retornará al Dios que os lo ha regalado y tu pregunta quedará plenamente
satisfecha.
-Entonces -insistí sin ocultar mi incredulidad-, ¿es cierto que la muerte es
sólo un paso.)
-Tan natural y obligado como la calma que sucede a la tempestad. -Pero
los hombres de ciencia no creen...
Esta vez fue Él quien se adelantó a mi exposición.
-La correa de hierro de la verdad, que vosotros calificáis de invariable, os
mantiene ciegos en un círculo vicioso. Técnicamente se puede tener razón
en los hechos y, sin embargo, estar eternamente equivocados en la Verdad.
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Y, dibujando una inmensa sonrisa, añadió:
-... Yo soy la Verdad. Me has tocado y ahora me ves y escuchas mis pala-
bras. ¿Por qué sigues dudando? El hecho de que no lo comprendas no signi-
fica que esa realidad superior sea una quimera o el fruto de unas mentes
visionarias. Cuando llegue tu hora, mis ángeles resucitadores te desperta-
rán en un mundo que ni siquiera puedes intuir
-Tus ángeles resucitadores?
El Maestro apuntó hacia las estrellas. Creí comprenderle.
-Tú, querido amigo -comentó sin dejar de observar el brillante firmamen-
to-, a tu manera, ya respondiste a esa cuestión: en mi reino hay muchas
moradas... Y una de ellas es paso obligado para los mortales que proceden
de los mundos evolucionarios del tiempo y del espacio.
-Y tú, ¿también has sido resucitado?
-No, hijo mío -su voz se llenó de ternura-. Acabo de decirte que yo soy la
Vida. Mis ángeles, no a petición mía, sólo han dispuesto de mi envoltura
carnal. Pero el poder de resucitar en el Espíritu es un don que sólo debo al
Padre. Algún día, cuando pases al otro lado, lo comprenderás.
-Disculpa mi torpeza.
El Maestro me envolvió en su cálida mirada, animándome a proseguir:
-Si no he entendido mal, ninguno de los seres humanos tiene el poder de
autorresucitarse...
-Así es. Sin embargo podéis disfrutar de la esperanza de que nadie, na-
die, puede perder ese derecho. Todos, como yo lo he hecho, despertaréis a
una vida que sólo es el principio de una larga carrera hacia el Paraíso. Una
continuada ascensión hacia el Padre Universal. Un «viaje»... sin retorno.
Las palabras de Jesús -rotundas- no dejaban el menor resquicio a la du-
da.
-¿Qué quieres decir con eso de que tus ángeles sólo han dispuesto de tu
envoltura carnal?
-Te lo he dicho, pero, en tu perplejidad, no escuchas mis palabras...
Lo reconozco. Su «presencia» me tenía trastornado. Mi limitada inteligen-
cia no hacía otra cosa que dar vueltas en torno a la realidad física de aquel
cuerpo, surgido de la «nada». Supongo que, en el fondo, era inevitable y
hasta lógico. No era tan sencillo sentarse junto a un « resucitado » y dialo-
gar como si tal cosa...
-¡Yo soy la Vida! En verdad te digo que ninguna de mis criaturas puede
devolverme lo que es mío y que sólo comparto con mi Padre. Mis discípulos,
y la mayoría de los hombres de los tiempos venideros, han asociado y aso-
ciarán la maravillosa realidad de la vuelta a la vida eterna y espiritual con la
mera desaparición de Mi Cuerpo terrestre Se equivocan. La desintegración
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de esa envoltura carnal ha sido un fenómeno posterior a mi verdadera resu-
rrección. Un fenómeno necesario, fruto del poder de mis ángeles.
Con el paso del tiempo -rememorando estas frases del Maestro- creo
haber llegado a intuir su significado. La desaparición del cadáver era del to-
do necesaria y conveniente. Por un lado, de no haber sido así, los judíos no
se habrían planteado siquiera la posibilidad de un Cristo resucitado. Y, como
dice Pablo, «nuestra fe sería vana». Por otro, los restos mortales del Hijo
del Hombre habrían terminado por convertirse en un motivo de lógica vene-
ración por parte de sus seguidores, con los riesgos de una casi idolatría, o
enfermiza adoración, totalmente contrarios al mensaje del rabí.
-¿Desintegración? Todo el mundo piensa que la desaparición del cuerpo
fue un milagro...
Durante unos instantes siguió con la mirada fija en la mágica danza de las
llamas. Pensé incluso que no me había oído.
-A ti sí puedo decírtelo -susurró al fin-. Los milagros, tal y como los con-
ciben muchos seres humanos, no existen. El poder de mi Padre es tan in-
menso que no necesita alterar el orden de lo creado. El verdadero milagro
es vuestra ciega creencia en los milagros.
-Sigo sin entender. Ese cadáver se esfumó ...
Jesús sonrió, llenándome de confianza.
-¿Es que tus ángeles conocen una técnica ... ?
-Tú lo has dicho, Pero, al igual que ocurre con vuestro código moral, el de
esas criaturas a mis órdenes tampoco debe ser violado. Sé que lo compren-
des. No es el lugar ni el momento para hacerlo.
-Disculpa mi curiosidad. ¿Tiene esa «técnica» algo que ver con la manipu-
lación del tiempo que nosotros mismos estamos utilizando?
La sonrisa se acentuó. Fue la mejor de las respuestas. Y con un cálido to-
no de reproche añadió:
-¿Cuándo comprenderéis que el tiempo es sólo la imagen en movimiento
de la eternidad? ¿Cuánto más necesitaréis para considerar que el espacio es
sólo la sombra fugitiva de las realidades del Paraíso? Os enorgullecéis de
vuestros hallazgos y pensáis que la Verdad absoluta está a vuestro alcance.
No comprendéis que sois como niños recién llegados a un orden inmensa-
mente viejo e inconcebiblemente sabio.
-Y tú, Maestro, ¿qué lugar ocupas en ese «orden»?
-Soy un Hijo Creador.
Negué con la cabeza, dándole a entender que no podía seguirle.
-No pretendas atrapar lo que todavía es invisible a tus ojos de mortal. Te
bastará la fe en la existencia del Padre. Muchas de mis criaturas, a pesar de
haber traspasado la barrera de la muerte, tampoco están preparadas para
enfrentarse, cara a cara, a la luz cegadora del Padre Universal.
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Un torrente de preguntas empezaba a encharcar mi corazón. ¿El Padre?
¿La muerte? ¿Aquellas otras criaturas?...
-iTodo parece tan sencillo!... Hablas de la muerte sin miedo... Sin embar-
go, nosotros...
-Vosotros os empeñáis en apagar la «luz» que late en cada uno de los co-
razones y que fue depositada ahí, precisamente para vencer el miedo. Si los
hombres escucharan su propia voz, nadie temería ese paso. ¿Por qué crees
que he vuelto?
No me dejó responder.
Es preciso que unos pocos me vean ahora para que otros muchos crean y
aprendan a mirar hacia sí mismos. La muerte, hijo mío, es sólo una puerta.
No temáis cruzarla.
-Algunos seres humanos -esbocé con dificultad- temen más la incógnita
del «después» de la muerte que al hecho físico de la misma...
-Ésos -se apresuró a intervenir-, en el escandaloso tronar de sus dudas,
silencian la íntima y sabia «voz» de sus conciencias. Dejad que sea ella
quien os guíe. Todo, en la creación de mi Padre, está meticulosa y miseri-
cordiosamente dispuesto para vuestro bien. Nadie muere. Nada muere. To-
do es un continuo progreso hacia el Paraíso. Y ni siquiera ése es el fin...
-Pero las religiones y algunas Iglesias predican la salvación y la condena-
ción...
Fue la única vez que su rostro se endureció.
-No midas a nuestro Padre Universal con la vara de los hombres. Ni con-
fundas la religión de la autoridad con la del espíritu. Algún día, todos los
mortales comprenderán que sólo la carrera de la experiencia y de la bús-
queda personal es digna de la «chispa» divina que os alimenta a cada uno
de vosotros. Hasta que las razas no evolucionen, el mundo asistirá a esas
ceremonias religiosas, infantiles y supersticiosas, tan características de los
pueblos primitivos. Hasta que la Humanidad no alcance un nivel superior,
reconociendo así las realidades de la experiencia espiritual, muchos hom-
bres y mujeres preferirán las religiones autoritarias, que sólo exigen el
asentimiento intelectual. Estas religiones de la mente, apoyadas en la auto-
ridad de las tradiciones religiosas, ofrecen un cómodo cobijo a las almas
confusas o asaltadas por las dudas- y la incertidumbre. El precio a pagar
por esa falsa y siempre provisional seguridad es el fiel y pasivo asentimien-
to intelectual a «sus» verdades. Durante muchas generaciones, la Tierra
acogerá a mortales tímidos, temerosos y vacilantes que preferirán este tipo
de «pacto». Y yo te digo que, al unir sus destinos al de las religiones de la
autoridad, pondrán en peligro la sagrada soberanía de sus personalidades,
renunciando al derecho a participar en la más apasionante y vivificante de
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todas las experiencias humanas: la búsqueda personal de la Verdad y todo
lo que ello significa...
-¿Y qué representa esa «búsqueda personal»?
Aquel increíble Hombre abrió sus brazos y, mostrándome las luces del la-
go, la infinita belleza del firmamento y el crepitar del fuego, sentenció vi-
brante:
-¿Y tú, embarcado en esta apasionante aventura, me lo preguntas? ¿Qué
me dices de la alegría y de las emociones que conllevan vuestros descubri-
mientos? ¿No ha merecido la pena?
Guardé silencio. Una vez más estaba en lo cierto.
-Los descubrimientos intelectuales, amigo mío, constituyen siempre una
«aventura» y un riesgo. Pero sólo los audaces, los que obedecen a su pro-
pio «yo», están capacitados para enfrentarse a ello. Sólo ésos, los auténti-
cos «buscadores» de la Verdad, saben explorar con resolución y sin miedo
las realidades de la experiencia religiosa personal. ¡Tú mismo y tu hermano
estáis experimentando la suprema satisfacción del triunfo de la fe sobre las
dudas intelectuales!
Ahora, con el beneficio del tiempo y de la perspectiva, aquella extrañeza
mía me parece ridícula. Aferrado aún al duro lastre de lo material, la directa
alusión a Eliseo -y a la familiar fórmula con que vengo definiéndolo: mi
hermano- me dejó perplejo. El «poder» de aquel Ser, sencillamente, era
absoluto.
-Y estas victorias, único objetivo de la existencia humana, sólo conducen
a un fin: la búsqueda personal de Dios. En verdad, en verdad te digo que
todo hombre que se empeñe en esa suprema aventura encontrará a mi Pa-
dre, incluso en el desaliento de las dudas. La religión del espíritu significa
lucha, conflicto, esfuerzo, amor, fidelidad y progreso. La dogmática, por el
contrario, sólo exige de sus fieles una parte ínfima de ese esfuerzo. No olvi-
des, Jasón, que la tradición es un sendero fácil y un refugio seguro para las
almas tibias y temerosas, incapaces de afrontar las duras luchas del espíritu
y de la incertidumbre. Los hombres de fe viajan siempre por los difíciles
océanos, a la búsqueda de nuevos horizontes. Los surrusos se limitan a
costear o fondean sus inquietudes al abrigo de puertos limitados, impropios
de «navíos» que han sido hechos para audaces y lejanas singladuras.
-Esas palabras -repliqué sin poder contenerme-, en «mi tiempo», te lleva-
rían de nuevo a la muerte...,
-No olvides que mi paso por el mundo será motivo de división y enfren-
tamiento...
De nuevo le interrumpí:
-Dime: ¿qué debe hacer un hombre que desea encontrar la Verdad?
-Tú tampoco has comprendido mi mensaje?
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Una ola de vergüenza me hizo bajar los ojos. Pero aquel Hombre, al pun-
to, pasando su brazo izquierdo sobre mis hombros, me obligó a sostener su
mirada. El contacto de aquella mano, aferrada con firmeza a mi hombro,
fue como una sacudida eléctrica.
-Confiar en nuestro Padre. Sólo eso. Cada amanecer, cada momento de
tu vida, ponte en sus manos. Lucha por la fraternidad entre los humanos.
Lucha por la tolerancia y por la justicia. Lucha por los débiles. Él se encar-
gará del resto.
-¡El Padre! -exclamé contagiado de su entusiasmo-. ¡Debe de ser un gran
tipo!
Mi prosaica definición hizo reír al Hombre. Sus reacciones, como iría veri-
ficando, eran tan «humanas» y naturales como las de cualquier mortal. ¡Era
para volverse loco! Y tomando un puñado de arena extendió su mano, mos-
trándome el negro granulado.
-¡Es tan inmenso -replicó lenta y pausadamente que mide los mares en el
hueco de su mano y los universos en la distancia de un palmo! Es Él quien
está sentado en la órbita de la Tierra. El quien extiende los cielos como un
manto y los ordena para que sean habitados. Pero no te confundas: Dios es
un mero símbolo verbal, que designa todas las personalidades de la dei-
dad...
Jesús tomó mi mano derecha y, trasvasando la arena a mi palma, insistió
en algo que ya había comentado:
-Nunca olvides que una parte de ese Dios, de nuestro Padre, entró en ti
hace muchos años.
-¿Cuándo?
-Digamos, para simplificar, que en el momento en que tomaste tu prime-
ra decisión moral.
-Entonces, ¿yo soy Dios?
-Tú lo has dicho. Y a partir de hoy, búscate en lo más íntimo de tu alma.
La curiosidad me consumía. Y dejándome llevar del más infantil de los
impulsos, le solté a bocajarro:
-¿Cómo te llamas?
El Resucitado no eludió la cuestión. Él sabía que no estaba refiriéndome 9
su nombre en la Tierra. Me observó con picardía y, dirigiendo su dedo índice
izquierdo hacia las estrellas, exclamó:
-En mi reino, mis criaturas me conocen por Micael.
-¿Y por qué no adoptaste ese mismo nombre en la Tierra?
El Maestro parecía disfrutar con aquellas pueriles preguntas. Sonrió de
nuevo y la blanca y perfecta dentadura se iluminó con el resplandor de las
llamas.
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-Al principio, por expreso deseo mío, ni yo mismo fui consciente de quién
era aquel joven de Nazaret. Así lo exigía mi experiencia entre los humanos
evolucionarios del tiempo y del espacio. Sólo unos pocos, muy allegados a
Micael, supieron de este secreto y lo guardaron celosamente.
No salía de mi asombro. ¡Dios santo! ignoraba sobre aquel Hombre!...
Mi nombre en la Tierra tenía que ser otro. ¿Satisfecho?
-Entonces tú, durante tu infancia y juventud, nunca supiste...
Negó con la cabeza.
-¿Y cuándo ... ?
-Eso, querido Jasón -replicó divertido-, es algo que deberéis descubrir por
vosotros mismos.... en su momento.
Ahora lo sé. Entonces no lo intuí siquiera. Jesús de Nazaret se refería a
nuestra tercera y fascinante «aventura» en la que, en efecto, tendríamos la
formidable oportunidad de conocer los «detalles» de tan decisivo «cambio»
en la personalidad del Hijo del Hombre.
-¿Por qué hablas de «mi experiencia entre los humanos»?
-¿Y qué otra cosa puedo decir?
Insistí perplejo.
-¿Experiencia? ¿Sólo eso?
-Según tú -preguntó a su vez-, ¿cómo debería calificarla?
-De derroche -me vacié sin darle tiempo a replicar un derroche, si me lo
permites, innecesario y, a juzgar por los resultados próximos y «futuros»,
catastrófico.
-El Soberano Creador de este universo -intervino, olvidando por un mo-
mento su acogedora sonrisa-.también hace la voluntad del Padre. Una vez
satisfecha mi sed de conocimiento de los humanos, pude abandonar el
mundo y recibir del Padre Universal el definitivo reconocimiento de mi sobe-
ranía. Pero, como te digo, no era ésa la voluntad del Padre.
Estas palabras me resultaron confusas. Enigmáticas. ¿Desde cuándo un
Creador necesita convivir con sus criaturas? ¿Qué podía aprender en un
mundo como éste? ¿A qué tipo de «experiencia» se refería? ¿Qué era aque-
llo del «definitivo reconocimiento de su soberanía»?
-¿Quieres decir -le interrogué sin saber por dónde empezar- que el Padre
ha podido desear para ti una muerte tan cruel y sanguinaria?
Se puso en pie. Tras los cerros de Kursi e Hipos empezaba a clarear. Las
antorchas seguían oscilando en el lago.
¡Era tanto lo que Arrojó un haz de leña a la hoguera y, con un leve gesto
de su cabeza, me invitó a caminar con él. Tomó la dirección de la desembo-
cadura del Jordán y, despacio, nos alejamos del pequeño Juan Marcos. Du-
rante algunos metros no dijo nada. Llegué a pensar que había olvidado mi
pregunta. De pronto, con especial énfasis, habló así:
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-Antes de mi encarnación en la Tierra, los hombres podían creer en un
Dios colérico, sediento de justicia. Su ignorancia era perdonable. Ahora les
he revelado a un Padre misericordioso que sólo conoce la palabra amor.
¿Crees entonces que un Padre puede desear esa muerte a su hijo? Su vo-
luntad era que permaneciera en vuestro mundo hasta el final y que apurase
la copa que todos los mortales, por su naturaleza, han bebido y beberán. Si
he compartido la muerte ha sido para demostraros que la fe en Dios nunca
es estéril. Sé que, a pesar de mis palabras, muchos deformarán el sentido
de mi muerte en la cruz. Yo no he venido al mundo para saldar una supues-
ta vieja cuenta de los hombres para con Dios...
Me detuve. Y Jesús, adivinando mi sorpresa, añadió:
-Sé lo que estás pensando. Te equivocas y se equivocan quienes así lo
creen. El Padre celestial no puede concebir jamás la grave injusticia de con-
denar a una alma por los errores de sus antepasados.
-Entonces, esas ideas de los cristianos sobre la redención por la cruz...
El Maestro posó sus manos sobre mis hombros, transmitiéndome su com-
prensión.
-La tendencia al vicio puede ser hereditaria. El pecado, en cambio, no se
transmite de padres a hijos. El pecado es un acto consciente y deliberado
de rebeldía contra la voluntad de nuestro Padre Universal y contra las leyes
de¡ Hijo. Toda idea de rescate o expiación, por tanto, es incompatible- con
el concepto de Dios. El amor infinito de nuestro Padre ocupa el primer pues-
to dentro de la naturaleza divina. En verdad te digo, Jasón, que el sentido
de salvación por el sacrificio está arraigado en el egoísmo. Yo he predicado
que la vida de servicio es el concepto más elevado de la fraternidad entre
los creyentes. Y te diré más: la salvación es creer en la paternidad de Dios.
La mayor preocupación de los fieles del reino no debería ser su deseo egoís-
ta de salvación personal. Sólo la necesidad de amar a sus semejantes por
encima de sí mismos. Los auténticos creyentes no se preocupan del posible
y futuro castigo a sus errores. Se interesan tan sólo por el restablecimiento
del contacto con Dios. Ciertamente, un padre puede castigar a sus hijos,
pero lo hace por amor y con un fin y un sentido puramente disciplinarios.
-Luego, hay un castigo futuro...
-No como tú lo imaginas. Nuestro Padre es amor. Y el amor es contagioso
y eternamente creador. ¿Crees que no existen otros medios mejores que el
castigo para corregir los errores de las limitadas criaturas mortales? Antes
de que yo viniera a este mundo (incluso aunque no lo hubiera hecho), todos
los mortales del reino disponían ya de la salvación. Nuestro Padre, te lo re-
pito, no es un monarca ofendido, severo e implacable, cuyo principal placer
consiste en detectar y perseguir a las criaturas que obran en la oscuridad o
en el pecado. La sola idea de un rescate o expiación colocaría a la salvación
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en un plano de irrealidad. Este concepto es puramente filosófico. La salva-
ción humana es innegable y basada en dos únicos principios: Dios es nues-
tro Padre y, consecuentemente, todos los hombres son hermanos.
Me costaba aceptar tan hermosa utopía. Y sin disimular mi escepticismo
le pregunté:
-¿Cuándo ocurrirá eso? ¿Cuándo desaparecerán la maldad y la injusticia?
-Sólo hay un camino: el amor. El amor disuelve el Pecado y las debilida-
des. ¡Ama a tus semejantes, Jasón! ¡Ámalos en la penuria y en la riqueza!
¡Ámalos aun cuando creas que están equivocados! ¡Ámalos, sencillamente!
Supongo que perdí la noción del tiempo. Escucharle era mucho más que
aprender: era vivir, sentir y palpar una nueva realidad. Una realidad que yo
ignoraba
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