Bueno, gente de Taringa, este es el primer post que hago. Mi idea es que conozcan algunos de los cuentos escritos por mí y recibir su opinión. Me gustaria pubilicarlos algun dia y por eso es que nesecito la opinion de gente que comparte mis gustos por el terror, tanto en la literatura como en el cine. Si les gusta, voy a postear otros. Gracias!!!
Todavía recuerdo el terror que se manifestó aquella noche. Esas cosas que resultan imposibles de comprender para las personas comunes, como yo ó como todas las que me rodean. Pero luego de lo sucedido por aquellos días ya nada volvió a ser como era antes. Miro con recelo hasta a mis seres queridos porque, uno nunca sabe, pueden llegar a ser parte de las cosas que solo las pesadillas pueden concebir. Ahora me siento desfallecer cuando veo en la pantalla de la televisión algún documental relacionado con lúgubres y tristes historias sobre los campos de exterminio de los nazis. Ó los relatos sombríos y llenos de espanto de los sobrevivientes de esos horribles lugares...
Pero nada me causa tanto pavor como algo tan simple que algunas cenizas levantadas por el viento de algún fuego mal apagado...
La historia comienza desde que tengo memoria. Por aquellos días yo era un niño, uno de los tantos que jugábamos siempre en la cuadra de mi casa, en un barrio de casas bajas, de esos en donde siempre circulan las más disparatadas historias entre los clásicos viejos que se reúnen en el barcito de la esquina para dar rienda suelta a su vicio favorito. La mayoría de los habitantes de mi cuadra era gente de avanzada edad, la cual vivía en el barrio desde hacía muchos años. Algunos eran muy amables; mientras que a otros ni siquiera se les podía dirigir una mirada. Dentro de los más cordiales se encontraba una señora a la que solo conocía por el nombre de “doña Marta”. Era una persona de mediana edad por ese entonces, cuando yo era pequeño. Vivía sola, aunque alguna vez había escuchado que no siempre lo había hecho sin la compañía de alguien. Creo que nunca tuvo hijos, al menos yo no los conocía.
Algo que me llamaba poderosamente la atención por esos días eran las extrañas y repulsivas muecas que doña Marta manifestaba todas las tardes cuando se sentaba en la puerta de su casa, durante esos atardeceres de verano, cuando el sol se pone tarde y los niños juegan alocados por la calle. Esos movimientos espasmódicos en su rostro lograban que más de una vez me levantara terriblemente asustado en plena noche, soñando con los desorbitados ojos y esa sonrisa demente que mostraba la vieja, cuando pasábamos a su lado durante nuestros juegos. Mi madre me había comentado una vez, luego de que le preguntara el por qué de la actitud que mostraba doña Marta, que la señora no estaba muy cuerda desde el día en que su marido se marchó y jamás regresó. Pero la explicación de mi madre no había bastado para calmar el miedo que me provocaba esa señora, cuando exhibía esa loca sonrisa que parecía haber obtenido luego de visitar los terrores enloquecedores de algún infierno imaginario. Aunque luego, al pasar algunos años, me enteré que sí había visitado un infierno. Y no imaginario. El infierno había estado aquí, en nuestra Tierra. Mi madre lo ignoraba; para ella y para varios de los vecinos, la locura de doña Marta era debido a la repentina desaparición de su esposo.
Con el tiempo, no solo las grotescas contorsiones escapaban del rostro de la vieja: con el correr de los días, Marta empezó a emitir algunas frases sin sentido, palabras que solo son comprensibles si se tenía en cuenta el pobre estado mental. Recuerdo cuando gritó por primera vez una tarde, cuando yo volvía del colegio: “¡Juéguenle! ¡Juéguenle a este numero!”, mientras se señalaba el brazo derecho. Como era un chico, no entendía a lo que se refería y fue por esos gritos que mi madre se enteró que la vieja había estado en un campo de concentración allá en Europa, durante la Segunda Guerra Mundial. Porque el numero que Marta se señalaba era ese que los nazis le tatuaban cuando ingresaban al campo. Este recuerdo me había causado un cierto escalofrío cuando mi madre me lo contó...
“¡Juéguenle! ¡A este número! No van a perder... ¡Es el número de la suerte!”
Todas las tardes se repetía la misma escena: doña Marta, con los ojos más desorbitados que nunca, gritaba esas tristes frases. Día tras día. Al principio no molestaba a nadie con sus demencias, pero luego las cosas comenzaron a volverse un tanto incomodas, para luego convertirse en algo insoportable. Con el correr del tiempo, una nueva frase, repetida con una locura desenfrenada, escapaba de la boca de la vieja. Ahora gritaba cosas sin sentido, anormalidades que asustaban aun más que las muecas horribles que lograban que no pegase un ojo durante noches interminables.
“¡El 24 de noviembre...!” gritaba a cualquiera que pasara frente a su casa. “¡El 24 de noviembre vendrá! ¡Me va a llevar... por que lo tengo merecido!”
Y así todos los días del año. “¡El 24 de noviembre! ¡Y lo merezco, porque no he sido buena esposa!”
¡Cuánto terror provocó durante mi niñez la locura de esa mujer, cuando explotaba en frases tan descabelladas, escupidas desde esos arrugados labios...! ¿Qué pasaría por la mente de la vieja para devenir en esas frases de locura? Algunos años después la respuesta a mi pregunta llegó de la forma más horrorosa...
Los años pasaban; los 24 de noviembre se sucedían uno tras otro, y nada pasaba. Pero... ¿qué esperábamos que pasara si doña Marta estaba loca? ¿Acaso creíamos que algo pasaría? ¡Por Dios, era una vieja demente!
Y ella continuaba con su ritual diario. Sus muecas de pesadilla acompañaban a sus ya cotidianas frases incoherentes. Pero de todas formas, con los años transcurridos, la mayoría de los vecinos nos habíamos acostumbrado a sus gritos.
Hasta que comenzaron las cenizas...
Fue una tarde cuando yo regresaba del colegio secundario. Recuerdo que ese día hacia mucho calor; el cielo estaba encapotado y el aire traía esa pesadez que antecede a las tormentas. Estaba cerca e mi casa, cuando noté el humo saliendo de la chimenea de la casa de doña Marta. “¿Y ahora que está haciendo?”, pensé. El calor era insoportable, y al parecer, la vieja había encendido el hogar. Algunos de los vecinos miraban extrañados el humo que se elevaba hacia el cielo cubierto de nubes cargadas con lluvia. Algunos negaban con la cabeza, cansados de las locuras de la vieja. No le di importancia al asunto y coloqué mi llave en la cerradura. En ese momento lo noté. Algo flotaba en el aire, como un polvillo. Miré hacia lo alto y comprendí, inquietado, que se trataba de cenizas. Era un polvo gris que se precipitaba hacia el suelo, proveniente de la chimenea de doña Marta. Sacudí la cabeza, pensando en que locura se encontraba ensimismada la vieja. Entonces pude percibir el olor que acompañaba a esa fantasmal lluvia: un olor asqueroso, como de pelos y piel quemada. Un escalofrió recorrió mi espalda, mientras que las cenizas caían sobre mi cabeza. ¿Qué locura inenarrable transitaba por la alborotada mente de Marta? ¿Qué recuerdos de pesadillas vividas hacía tantos años atrás volvían como fantasmas del pasado para invadir el perturbado cuerpo de esa mujer? Rápidamente entré a mi casa; cerré de un golpe la puerta y me encerré en mi habitación. La ventana del cuarto me ofrecía una amplia visión de la chimenea escupiendo esa nauseabunda sustancia, por lo que corrí las cortinas, temblando de miedo ante aquella escena. Me quedé en silencio e inmóvil durante unos minutos, con ese olor aun dando vueltas en mi nariz y en mi boca. Sacudí mi cabello, haciendo que las cenizas que se habían depositado en mí cayeran al piso, dibujando fantasmales e imaginarias formas. Me acerqué hacia la ventana; como no pudiendo resistir a esa visión de terror, corrí un poco las cortinas, y me senté a contemplar por un largo rato esa horrible y escalofriante escena.
Las cenizas y el olor resultaron ser de gatos callejeros. La misma Marta lo confesó tiempo después, cuando nuevas humaredas escaparon de su chimenea. Algunos vecinos, cansados de su locura, la increparon una tarde, cuando el olor era realmente insoportable. Marta, amable e ingenuamente, los invitó a entrar a su casa. Mi padre fue uno de ellos. Recuerdo el horror dibujado en su rostro cuando regresó y nos contó acerca de la imborrable imagen que quedó grabada para siempre en su cabeza. Dijo que había una informe masa de pelos amontonada dentro del hogar, el cual ardía furiosamente junto a esa maraña que alguna vez fueron gatos... La vieja no quiso dar explicaciones del por qué de semejante acción. Pero debido al estado mental de ésta, comprendieron que seria inútil obtener una respuesta. De todas formas, las humaredas cesaron por algún tiempo. Pero no así las frases de enloquecedora persistencia. Y continuaron con más furia que antes...
“¡El 24 de noviembre! ¡Ya está por llegar! Y me llevará con él. Porque lo merezco”, continuaba vociferando, día tras día.
Y así transcurrieron los años, con Marta cada día más loca. Hasta que llegó la noche del horror, mejor dicho, del comienzo del verdadero horror, el que me acompaña hasta estos días... Fue hace un par de meses. Esa tarde, mientras regresaba del trabajo, envuelto en un calor insoportable y bajo un cielo cubierto, como acostumbra en esa época del año, la vieja Marta salió a mi encuentro. Recuerdo su cara... ¡Por Dios, si cuando era niño esas demoníacas muecas me resultaban desagradables, en ese instante sentí un apabullante y repulsivo terror hacia esos ojos que reflejaban imágenes del infierno en todo su esplendor! Marta corrió hacia el medio de la calle, arrodillándose sobre el asfalto. Comenzó a gesticular grotescamente, al tiempo que comenzaba con sus acostumbradas frases.
“¡El 24 noviembre! ¡Tengo recibir el castigo!”
Pero unas palabras nunca antes mencionadas salieron de su boca:
“¡Tenían que pasar treinta años! ¡El tiempo de pagar ha llegado! ¡Treinta años después!”
En ese momento no pude explicarme el por qué, pero ante esas frases que habían dejado de impresionarme hacía ya bastante tiempo, sentí como un nuevo terror nacía dentro de mí. Me quedé parado un instante, frente a la pobre y demente Marta, la cual lanzaba aullidos de pánico hacia al cielo. Se le notaba peor que nunca, terriblemente asustada. Me miró fijamente, con una expresión en su rostro que no era como la de antes: las muecas se habían ido, dando paso a una mirada de súplica ante un horror que parecía llegar hacia ella. Luego corrió hacia el interior de su casa, gritando desgarradoramente. Y ahí permanecí, inmóvil, frente a la puerta de doña Marta. Era la tarde del 24 de noviembre. Habían pasado muchos años desde que sus espantosos gestos me asustaban cuando yo era un niño. Regresé a mi hogar, pensando en la desconcertante locura de la vieja. Recuerdo haber comido poco y acostarme temprano. El cielo continuaba encapotado, dando muestras de una inminente tormenta.
Y la tormenta llegó, aunque de otra manera, sin lluvias, pero con un aguacero de hechos monstruosos que nunca se borrarán de mi cabeza.
Cerca de medianoche empezaron los gritos. Atronadores y lastimosos, con una intensidad estridente. Gritos y ruidos indescriptibles se mezclaban a un ritmo creciente. Provenían de la casa de doña Marta, sin duda. Entonces mi padre, quien se había levantado de la cama debido a los persistentes golpes y alaridos, decidió llamar a la policía, para que de una vez por todas hicieran algo con la locura insoportable de la pobre vieja. A través del teléfono, el departamento nos informó que llegarían al lugar de inmediato, cosas que no sucedió, ya que los gritos y ruidos de cosas rotas continuaron durante varios minutos interminables. A Marta le estaba dando un fuerte ataque, según lo que podíamos deducir por los golpes que llegaban hacia nosotros.
Aullidos de dolor se acercaban a mis oídos presas de un miedo que trato de olvidar, aunque nunca lo logro. El ruido de vasos, platos, muebles que se rompían sin cesar, destruía mis nervios. Hasta que de la casa llegó un largo grito, que se cortó de una manera extrañamente repentina. Permanecimos en silencio por unos minutos, aguardando a que los sonidos volvieran a resonar en la noche, pero no fue así. El grito abruptamente silenciado fue lo último que escuchamos en esa noche pavorosa. Ahora reinaba un silencio sepulcral en la casa de doña Marta.
Y la policía aun no llegaba.
Los largos minutos continuaron sin el menor sonido. Mi padre y mi madre se miraron mutuamente, como presintiendo que algo grave había sucedido en la casa de la vecina. Yo también tuve ese horrible presentimiento. Corrí desenfrenadamente hacia mi cuarto; abrí de un golpe las cortinas, y tuve que contener un grito que quiso escapar de mi boca. Porque mis espantados ojos vieron como de la chimenea de doña Marta escapaban bocanadas de un humo negro, acompañadas por una lluvia de cenizas que sembraban el patio trasero de mi casa.
Cenizas... Otra vez...
Sin pensarlo dos veces, me precipité hacia la puerta de calle, acompañado por mi padre. ¡Algo había ocurrido en la casa! Horrores sin nombre deambulaban por mi mente, invitándome a no penetrar en hechos oscuros que la mayoría de las personas no esta preparada para afrontar... Cosas que no pueden ser nombradas. Cosas que no merecen llevar un adjetivo que se adecue a las normas cotidianas...
Pero de todas formas ya me encontraba en la vereda. Pude ver que no era el único: una decena de vecinos se hallaba contemplando el espectáculo nauseabundo que escapaba de la chimenea. Todas las mujeres cuchicheaban entre ellas, compitiendo para ver cual tenia la razón sobre lo que estaba ocurriendo. Junto a mi padre nos acercamos a la puerta de la casa de doña Marta. Sin perder tiempo golpeé suavemente, sin obtener respuesta alguna. No lograba escuchar ningún ruido preveniente del interior, lo cual provocaba en mí una sensación de incertidumbre y pavor que iba en constante aumento. Entonces vimos el humo que escapaba por debajo de la puerta. Y notamos el olor: fuerte, penetrante, vomitivo, de carne que se quemaba…
“Los gatos nuevamente”, recuerdo que dijimos casi al unísono con mi padre. Era lo que esperábamos encontrar: otra vez los gatos quemándose en la chimenea de doña Marta. Pero algo dentro de mí gritaba que había algo más, algo que estaba esperando para golpearme con toda su imposible manifestación de espantos inhumanos...
Tiré la puerta abajo; entré corriendo, y fui recibido por una densa humareda, la cual portaba un olor que quedará pegado en mis fosas nasales por el resto de mis días. Dentro de la casa reinaba el caos: los muebles revueltos; mesas volcadas, rodeadas por incontables fragmentos de vajilla rota. Los vidrios de un hermoso modular estaban hechos astillas. Cortinas arrancadas colgaban de sus soportes por deshilachados pedazos de tela. Todo lo que podía romperse estaba desparramado por el piso. Seguí de largo por el living, mirando fijamente hacia el chisporroteante hogar, el cual estaba parcialmente oculto por un gran sofá corrido de su lugar. Esa casa se había convertido en un pedazo de infierno; un infierno creado por la perturbada mente de una mujer cuya cordura se había marchado hacía ya mucho tiempo. Y yo estaba, en ese momento, dentro de aquel infierno, el cual me abofeteó con garras punzantes cuando corrí el sofá que me impedía ver el hogar...
Intento olvidar todos esos enloquecedores minutos... ¡Por Dios, que se vayan de mi cabeza! No recuerdo lo que es dormir durante toda una noche... Prefiero mil veces las muecas horribles de aquella vieja, cuando era un niño, a como la vi por última vez... ¡Ese olor! El humo... el olor a carne quemada...
Cuando corrí el sofá me encontré con el cuerpo muerto de doña Marta. Tenía más de la mitad de su cuerpo dentro del hogar encendido; sus pies apenas sobresalían, descansando lánguidamente sobre la alfombra empapada con sangre... Su sangre. La parte superior era ya una masa irreconocible de carne quemada, la cual se elevaba en forma de humo y cenizas, que escapaban por el agujero de la chimenea, como espectros que abandonaban el cuerpo sin vida de una pobre mujer, victima de sus recuerdos de pesadilla. Así debió de ser: recordando constantemente los días bajo los nazis, en campos de prisioneros, conviviendo diariamente con la muerte. Eso fue lo que pensé en ese momento, al ver lo que mis ojos enfocaron cuando volteé la vista, intentando alejarme de esa aterradora escena. Antes de arrojarse al fuego, doña Marta había dibujado, con su propia sangre, una cruda imagen de lo que había transitado durante toda su vida por su carcomido cerebro: en la pared opuesta al hogar, trazada con sangrientas líneas rojas, una svástica se mostraba desafiante y burlona frente al cuerpo sin vida de doña Marta.
La vieja de mirada enloquecida se había quitado la vida de la forma más escalofriante posible.
Tal vez todo habría terminado en ese momento, cuando descubrí el cuerpo parcialmente quemado y sin vida de doña Marta. Tal vez todo habría terminado con esa imagen de pesadilla grabada en mi cerebro. Y quizás con el tiempo se borraría... Pero siempre el destino nos tiene preparado cosas aun más aterradoras y jamás imaginadas.
Fue alrededor del tercer día luego del suicidio de la vieja. Estaba regresando del trabajo cerca del ocaso cuando sentí que alguien me llamaba. No mencionaban mi nombre, solo era un chistido detrás de mí. Me volteé y me encontré con la encorvada figura de una persona que conocía: en el marco de la puerta del barcito de la esquina estaba parado un hombre de avanzada edad. Lo reconocí enseguida, aun cuando jamás había cruzado palabra con él. Se llamaba Abraham. Era un viejo muy cascarrabias al que temía, al igual que mis amigos, desde la época de mi infancia. Casi nunca hablaba con los vecinos, limitándose a pasar la mayor parte de sus días en aquel bar de decadente apariencia.
El viejito levantó una mano, invitándome a que me acercara. Un tanto extrañado me acerqué.
-Tengo que hablar contigo, muchacho –me dijo, amablemente. No se por qué no me rehusé a su invitación, tal vez por curiosidad, o un presentimiento silencioso que me inducía a escucharlo, como si necesitara hacerlo...
Nos sentamos en una mesita destartalada en el fondo. El viejo pidió un vaso de vino tinto, invitándome a que yo pidiera otro, recibiendo un no como respuesta.
-Tal vez lo necesites... –advirtió, arqueando una arrugada ceja. No le di importancia a esas palabras. En segundos ya tenía su vaso sobre la mesa. Por unos minutos reinó entre ambos un incomodo silencio. Un colectivo pasaba ruidosamente por el frente del bar. Desde ese lugar podía divisar mi casa. Y a unos metros de la puerta de entrada, la lúgubre y ahora silenciosa casa de doña Marta.
-Me urge hacerte un pregunta, muchacho –dijo, mientras sorbía un poco de ese vino barato. Me sentía un tanto extraño hablando con ese hombre, casi desconocido para mí.
-¿Qué quiere saber? –pregunté, un tanto reacio a estar en compañía suya.
-¿Qué viste exactamente cuando entraste a la casa de Marta? Porque sé que tu fuiste el primero que entró, antes que llegara la policía...
Permanecí en silencio, mientras un escalofrió recorría mi espalda. ¿Por qué ese viejo quería saber tal cosa? Estuve a punto de marcharme, cuando un extraño sentimiento me hizo renunciar a esa idea. ¿Ese hombre sabía algo que yo no había percibido?
-Dímelo, por favor –dijo el viejo, casi implorando. Su rostro había tomado un nuevo rasgo, angustiante, temeroso –. Dime que es lo que viste cuando entraste...
Me encogí de hombros. ¿Qué es lo que quería saber? ¿Qué doña Marta estaba parcialmente quemada? ¡Eso ya lo sabía todo el barrio!
-Se suicidó. Se arrojó al fuego de la chimenea –dije, mientras el horror de aquella noche revivía en mi interior.
Abraham sacudió la cabeza, nerviosamente.
-Nadie se suicida arrojándose a un hogar encendido.
Acá debo admitir que a mi también me parecía una forma muy extraña de matarse, pero Marta estaba muy demente.
-Quizás antes de introducir su cuerpo en la chimenea se haya cortado las muñecas. O el cuello. Había mucha sangre en la alfombra.
El viejo cerró sus ojos, apretándolos fuertemente. Luego bebió otro sorbo de vino.
-¿Eso fue lo único que has visto? –preguntó persistente – ¿No había nada extraño que te haya llamado la atención? ¡Necesito que me lo digas por favor!
¿Algo extraño? ¿Acaso había algo más extraño que ver a una mujer metida de cabeza en un hogar encendido, quemándose en medio de un olor insoportable, el cual aun perdura en mi nariz? No entendía a donde quería llegar el viejo. Solo había visto el desorden en el interior. Y la sangre en la alfombra y en la pared.
En la pared...
¿Acaso se refería a esa figura? ¿Sabía el viejo Abraham de la svástica dibujada en la pared de la casa? A mi no me pareció algo más extraño que el hecho del suicidio de la vieja, ya que la pobre desdichada tuvo que convivir con esos recuerdos durante toda su vida.
-Antes de morir, Marta había dibujado una cruz svástica en una de las paredes de su casa –informé. Los ojos azules de Abraham se abrieron de manera exagerada al oír esas palabras. Apartó la vista de mis ojos, al tiempo que dejaba caer el vaso de vino sobre la mesa, haciendo que varias gotitas salpicaran el viejo mantel cuadriculado.
Me sobresalté al ver la reacción del viejo. Intenté calmarlo un poco tomándolo del brazo derecho, cuando vi algo que me dejó con la boca abierta…
-¡Usted también! –exclamé alterado – ¡Usted también estuvo en un campo de concentración! ¡Igual que Marta!
Cuando tomé del brazo al viejo Abraham, comprobé, perturbado, que mostraba unos números tatuados, casi ilegibles, como los que exhibía Marta durante sus demostraciones de locura.
El viejo intentó serenarse, mientras alcanzaba con su mano el vaso de vino. Dio un largo sorbo, sosteniéndolo con una mano temblorosa. El viejo estaba terriblemente asustado ahora.
-Así es, muchacho –afirmó, con un tono lúgubre, como si recordar esos días le causara un fuerte dolor –. Así es. Estuve en uno de esos terribles lugares. Estuve en Dachau. En ese lugar de pesadilla conocí por primera vez a Marta, cuando ella no tenía ni veinte años.
Marta había estado prisionera junto a Abraham, cuando eran jóvenes. Por un instante se me cruzó por mi mente una idea extraña. ¿Podía ser Abraham el esposo desconocido de Marta? Me estremecí.
-Sé lo que estas pensando, muchacho –dijo, mientras alzaba la vista al techo lleno de telarañas del barcito –. Pero te equivocas. Y aquí es donde empieza la mas terrorífico de esta historia de la cual tú has sido participe involuntario –anunció, mientras se llevaba una mano hacia sus ojos.
-¿Usted conoció al esposo de Marta? –pregunté.
Abraham me clavó su mirada.
-¿Qué si lo conocí? ¡Por el amor de Dios, vaya que sí lo conocí! –ahora se llevó ambas manos a la cabeza, tomándosela con las dos, en un gesto de terrible angustia – ¡Por Dios Santo! ¡Esos ojos! ¡Esos ojos que no puedo quitar de mi mente!
El sol se estaba ocultando. La fachada de la casa de Marta parecía cubrirse de espectros nocturnos, los cuales esperaban el momento oportuno para envolverme con sus alas negras y mostrarme una realidad aun más espantosa de la que yo había imaginado.
-¿Quién era el esposo? –pregunté.
Abraham estaba completamente fuera de sí.
-¡El demonio en persona! ¡La maldad en estado puro! ¿Cómo pudo Marta enamorarse de alguien como ese hombre? Seguro que fuerzas desconocidas ejercían alguna influencia sobre la pobre... ¡Es la única respuesta que logro encontrar para semejante unión!
Me acerqué hacia el viejo, tomándolo con ambas manos de los hombros.
-¿Quién era?
Abraham se tranquilizó un poco.
-Se llamaba Klauss Grappow. Recordaré ese nombre hasta el día en que me muera. Era un demonio con cuerpo de hombre. ¿Cómo pudo Marta?... ¡Dios! ¡Ese hombre era un oficial nazi! ¡Marta se había enamorado de un maldito oficial nazi!
Se me heló la sangre al oír esas inesperadas palabras. Un oficial nazi. Campos de concentración... Yo vi las Cenizas... La svástica... Me sentía petrificado. Cosas sin sentido revoloteaban dentro de mi cabeza, pero, viéndolas con otros ojos, iban encajando como piezas de un rompecabezas macabro.
-Cuando terminó la Guerra, el maldito se la llevó. Pude localizarlos a ambos; el demonio Klauss intentaría escapar hacia estos lados, por lo que también yo lo haría. Y aquí estoy. Y la pobre Marta convivió durante muchos años con ese maldito. Yo sabía quien era él. Y pude denunciarlo, pero nunca lo hice.
-¿Por qué no lo hizo? ¡Era un criminal de guerra!
Abraham me dirigió una mirada compasiva.
-Muchacho. Siento vergüenza de decir que jamás tuve el valor de hacerlo... Sabía que debía hacerlo, pero no podía.
-¿Cómo que no podía? –pregunté, perplejo – ¡Solo bastaba con...
-¡Tú no has visto sus ojos! ¡Tú no los has visto brillar como esferas de fuego durante la noche! ¡Tu no has visto el terror que emanaba de ese hombre escapado del infierno! No puedes decirme por qué no lo hice... Pero... ¿Por qué te digo esto? ¿Por qué me esfuerzo en contarte sobre el miedo que sentía al ver a ese hombre, si tu puedes sentirlo también? ¡Ja! ¿Sabes lo que le pasó al fin a ese maldito? Seguro que has escuchado los chismes sobre la repentina desaparición del marido de Marta. Pues bien, el nunca desapareció: la verdad es que se lo llevaron. ¡El demonio tuvo por fin su merecido! El influjo que ejercía sobre la pobre mujer terminó una noche. Marta juntó coraje y lo denunció. Las autoridades internacionales vinieron en su búsqueda una noche. La operación fue ultra secreta. Jamás se supo lo que había pasado con el diabólico Klauss Grappow. Al menos los medios de prensa nunca lo supieron. Pero todos sabemos lo rápidos que eran los ajusticiamientos israelíes contra los criminales de guerra nazis. El maldito fue juzgado y ejecutado en Israel.
El marido de doña Marta era un nazi. Y estaba muerto. Se lo habían llevado a escondidas del país. Se lo llevaron una noche. Y podía presentir cual había sido el día exacto de su captura.
-Lo atraparon un 24 de noviembre, ¿no es así? –pregunté. Las frases de la vieja iban cobrando sentido. Sus alocadas palabras tenían un fundamento al fin y al cabo. Un monstruoso fundamento.
-Exacto. Fue el 24 de noviembre de 1975. Lo recuerdo perfectamente porque yo vi el momento de su captura. Lo vi desde la ventana de mi cuarto. Recuerdo... ¡Los ojos! ¡Esos ojos que juraban venganza! ¡Que Dios tenga piedad sobre mí y logre quitar de mi cabeza esos ojos de furia vengativa! Quiero creer en el suicidio de Marta, muchacho, pero no puedo. Porque, sabes, esos hombres, los malditos nazis, estaban realmente locos. Sus locuras iban mucho más allá de lo que nosotros imaginamos o nos muestran por la televisión. Ya no era un simple odio hacia los que consideraban inferiores. ¡Yo los he visto y escuchado bajo la luz de la luna en el campo de concentración! ¡Las cosas que practicaban, bajo el murmullo insoportable de canciones indescifrables! Y a quienes se las cantaban... ¡Por Dios Todopoderoso, vi los altares ocultos bajo tierra, donde se reunían algunas noches de luna llena!
Guardó silencio, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas y terror ante las cosas que desfilaban por su mente. Yo estaba indescriptiblemente asustado. ¿Debía creer las palabras de aquel hombre? ¿Estaba él en sus cabales, ó, como doña Marta, había sucumbido a sus recuerdos pavorosos? Ahora yo solo quería marcharme de ese lugar y encerrarme en mi casa, intentando poner en orden mis pensamientos.
-Pero de todas formas, muchacho –dijo, mostrándose nuevamente casi tan tranquilo como cuando nos sentamos en la mesa – no estas obligado a creerme. Puedes hacer lo que quieras. Puedes creer en el suicidio. Pero déjame decirte algo: si quieres tener una idea más amplia sobre lo que sucedió con Marta, dejo en tus manos este diario. Hay una pequeña nota marcada.
Alzó del suelo un ejemplar de un diario. Lo dejó sobre la mesa. Bebió lo poco que quedaba en el vaso y se marchó. Permanecí en el barcito por unos largos minutos, temeroso de alargar el brazo para tomar el diario. Muy lentamente lo alcancé. Tenía la fecha del día actual. ¿Qué cosa podía contener que lograra apabullarme aun más de lo que estaba?
¡Cuanto me arrepiento ahora de haber abierto esas páginas! Ahora sé que no podré quitar jamás de mi cabeza la locura que, a escondidas de la mayoría de los hombres de la tierra, anda reptando y escabulléndose como un fantasma proveniente de un lugar que ni siquiera imaginamos...
Era un recuadro muy pequeño, al pie de una pagina de noticias internacionales. Decía lo siguiente:
“PROFANAN EN ALEMANIA TUMBA DE NAZI.
La tumba de un oficial nazi de la Segunda Guerra Mundial, quien fue capturado por agentes israelíes en un país que nunca se dio a conocer, fue profanada durante la madrugada del 24 de noviembre pasado, en el cementerio de un pequeño pueblo alemán, donde había sido llevado el cuerpo luego de la ejecución por parte de los israelíes, en 1975. La policía local sospecha fuertemente de un grupo de fanáticos neonazis, quienes últimamente mostraron una extraña fijación con huesos de ex oficiales del partido nazi enterrados en diferentes cementerios del país.
El hecho fue descubierto por uno de los trabajadores del lugar, quien enseguida dio aviso a las autoridades, cuando llegó a la tumba de Klauss Grappow (tal es el nombre del ex oficial nazi), encontrando la lápida desecha, la tierra removida y el ataúd completamente destruido.
La pista más fuerte continua siendo la del grupo neonazi, aunque otras fuentes la desvirtúan, ya que afirman que en el lugar –lleno de barro debido a una tormenta reciente –no se encontraron huellas de ningún tipo: solo la tumba abierta y ni un rastro del cuerpo.
Las autoridades continuaran con la investigación”
LA NOCHE DE LAS CENIZAS
Todavía recuerdo el terror que se manifestó aquella noche. Esas cosas que resultan imposibles de comprender para las personas comunes, como yo ó como todas las que me rodean. Pero luego de lo sucedido por aquellos días ya nada volvió a ser como era antes. Miro con recelo hasta a mis seres queridos porque, uno nunca sabe, pueden llegar a ser parte de las cosas que solo las pesadillas pueden concebir. Ahora me siento desfallecer cuando veo en la pantalla de la televisión algún documental relacionado con lúgubres y tristes historias sobre los campos de exterminio de los nazis. Ó los relatos sombríos y llenos de espanto de los sobrevivientes de esos horribles lugares...
Pero nada me causa tanto pavor como algo tan simple que algunas cenizas levantadas por el viento de algún fuego mal apagado...
La historia comienza desde que tengo memoria. Por aquellos días yo era un niño, uno de los tantos que jugábamos siempre en la cuadra de mi casa, en un barrio de casas bajas, de esos en donde siempre circulan las más disparatadas historias entre los clásicos viejos que se reúnen en el barcito de la esquina para dar rienda suelta a su vicio favorito. La mayoría de los habitantes de mi cuadra era gente de avanzada edad, la cual vivía en el barrio desde hacía muchos años. Algunos eran muy amables; mientras que a otros ni siquiera se les podía dirigir una mirada. Dentro de los más cordiales se encontraba una señora a la que solo conocía por el nombre de “doña Marta”. Era una persona de mediana edad por ese entonces, cuando yo era pequeño. Vivía sola, aunque alguna vez había escuchado que no siempre lo había hecho sin la compañía de alguien. Creo que nunca tuvo hijos, al menos yo no los conocía.
Algo que me llamaba poderosamente la atención por esos días eran las extrañas y repulsivas muecas que doña Marta manifestaba todas las tardes cuando se sentaba en la puerta de su casa, durante esos atardeceres de verano, cuando el sol se pone tarde y los niños juegan alocados por la calle. Esos movimientos espasmódicos en su rostro lograban que más de una vez me levantara terriblemente asustado en plena noche, soñando con los desorbitados ojos y esa sonrisa demente que mostraba la vieja, cuando pasábamos a su lado durante nuestros juegos. Mi madre me había comentado una vez, luego de que le preguntara el por qué de la actitud que mostraba doña Marta, que la señora no estaba muy cuerda desde el día en que su marido se marchó y jamás regresó. Pero la explicación de mi madre no había bastado para calmar el miedo que me provocaba esa señora, cuando exhibía esa loca sonrisa que parecía haber obtenido luego de visitar los terrores enloquecedores de algún infierno imaginario. Aunque luego, al pasar algunos años, me enteré que sí había visitado un infierno. Y no imaginario. El infierno había estado aquí, en nuestra Tierra. Mi madre lo ignoraba; para ella y para varios de los vecinos, la locura de doña Marta era debido a la repentina desaparición de su esposo.
Con el tiempo, no solo las grotescas contorsiones escapaban del rostro de la vieja: con el correr de los días, Marta empezó a emitir algunas frases sin sentido, palabras que solo son comprensibles si se tenía en cuenta el pobre estado mental. Recuerdo cuando gritó por primera vez una tarde, cuando yo volvía del colegio: “¡Juéguenle! ¡Juéguenle a este numero!”, mientras se señalaba el brazo derecho. Como era un chico, no entendía a lo que se refería y fue por esos gritos que mi madre se enteró que la vieja había estado en un campo de concentración allá en Europa, durante la Segunda Guerra Mundial. Porque el numero que Marta se señalaba era ese que los nazis le tatuaban cuando ingresaban al campo. Este recuerdo me había causado un cierto escalofrío cuando mi madre me lo contó...
“¡Juéguenle! ¡A este número! No van a perder... ¡Es el número de la suerte!”
Todas las tardes se repetía la misma escena: doña Marta, con los ojos más desorbitados que nunca, gritaba esas tristes frases. Día tras día. Al principio no molestaba a nadie con sus demencias, pero luego las cosas comenzaron a volverse un tanto incomodas, para luego convertirse en algo insoportable. Con el correr del tiempo, una nueva frase, repetida con una locura desenfrenada, escapaba de la boca de la vieja. Ahora gritaba cosas sin sentido, anormalidades que asustaban aun más que las muecas horribles que lograban que no pegase un ojo durante noches interminables.
“¡El 24 de noviembre...!” gritaba a cualquiera que pasara frente a su casa. “¡El 24 de noviembre vendrá! ¡Me va a llevar... por que lo tengo merecido!”
Y así todos los días del año. “¡El 24 de noviembre! ¡Y lo merezco, porque no he sido buena esposa!”
¡Cuánto terror provocó durante mi niñez la locura de esa mujer, cuando explotaba en frases tan descabelladas, escupidas desde esos arrugados labios...! ¿Qué pasaría por la mente de la vieja para devenir en esas frases de locura? Algunos años después la respuesta a mi pregunta llegó de la forma más horrorosa...
Los años pasaban; los 24 de noviembre se sucedían uno tras otro, y nada pasaba. Pero... ¿qué esperábamos que pasara si doña Marta estaba loca? ¿Acaso creíamos que algo pasaría? ¡Por Dios, era una vieja demente!
Y ella continuaba con su ritual diario. Sus muecas de pesadilla acompañaban a sus ya cotidianas frases incoherentes. Pero de todas formas, con los años transcurridos, la mayoría de los vecinos nos habíamos acostumbrado a sus gritos.
Hasta que comenzaron las cenizas...
Fue una tarde cuando yo regresaba del colegio secundario. Recuerdo que ese día hacia mucho calor; el cielo estaba encapotado y el aire traía esa pesadez que antecede a las tormentas. Estaba cerca e mi casa, cuando noté el humo saliendo de la chimenea de la casa de doña Marta. “¿Y ahora que está haciendo?”, pensé. El calor era insoportable, y al parecer, la vieja había encendido el hogar. Algunos de los vecinos miraban extrañados el humo que se elevaba hacia el cielo cubierto de nubes cargadas con lluvia. Algunos negaban con la cabeza, cansados de las locuras de la vieja. No le di importancia al asunto y coloqué mi llave en la cerradura. En ese momento lo noté. Algo flotaba en el aire, como un polvillo. Miré hacia lo alto y comprendí, inquietado, que se trataba de cenizas. Era un polvo gris que se precipitaba hacia el suelo, proveniente de la chimenea de doña Marta. Sacudí la cabeza, pensando en que locura se encontraba ensimismada la vieja. Entonces pude percibir el olor que acompañaba a esa fantasmal lluvia: un olor asqueroso, como de pelos y piel quemada. Un escalofrió recorrió mi espalda, mientras que las cenizas caían sobre mi cabeza. ¿Qué locura inenarrable transitaba por la alborotada mente de Marta? ¿Qué recuerdos de pesadillas vividas hacía tantos años atrás volvían como fantasmas del pasado para invadir el perturbado cuerpo de esa mujer? Rápidamente entré a mi casa; cerré de un golpe la puerta y me encerré en mi habitación. La ventana del cuarto me ofrecía una amplia visión de la chimenea escupiendo esa nauseabunda sustancia, por lo que corrí las cortinas, temblando de miedo ante aquella escena. Me quedé en silencio e inmóvil durante unos minutos, con ese olor aun dando vueltas en mi nariz y en mi boca. Sacudí mi cabello, haciendo que las cenizas que se habían depositado en mí cayeran al piso, dibujando fantasmales e imaginarias formas. Me acerqué hacia la ventana; como no pudiendo resistir a esa visión de terror, corrí un poco las cortinas, y me senté a contemplar por un largo rato esa horrible y escalofriante escena.
Las cenizas y el olor resultaron ser de gatos callejeros. La misma Marta lo confesó tiempo después, cuando nuevas humaredas escaparon de su chimenea. Algunos vecinos, cansados de su locura, la increparon una tarde, cuando el olor era realmente insoportable. Marta, amable e ingenuamente, los invitó a entrar a su casa. Mi padre fue uno de ellos. Recuerdo el horror dibujado en su rostro cuando regresó y nos contó acerca de la imborrable imagen que quedó grabada para siempre en su cabeza. Dijo que había una informe masa de pelos amontonada dentro del hogar, el cual ardía furiosamente junto a esa maraña que alguna vez fueron gatos... La vieja no quiso dar explicaciones del por qué de semejante acción. Pero debido al estado mental de ésta, comprendieron que seria inútil obtener una respuesta. De todas formas, las humaredas cesaron por algún tiempo. Pero no así las frases de enloquecedora persistencia. Y continuaron con más furia que antes...
“¡El 24 de noviembre! ¡Ya está por llegar! Y me llevará con él. Porque lo merezco”, continuaba vociferando, día tras día.
Y así transcurrieron los años, con Marta cada día más loca. Hasta que llegó la noche del horror, mejor dicho, del comienzo del verdadero horror, el que me acompaña hasta estos días... Fue hace un par de meses. Esa tarde, mientras regresaba del trabajo, envuelto en un calor insoportable y bajo un cielo cubierto, como acostumbra en esa época del año, la vieja Marta salió a mi encuentro. Recuerdo su cara... ¡Por Dios, si cuando era niño esas demoníacas muecas me resultaban desagradables, en ese instante sentí un apabullante y repulsivo terror hacia esos ojos que reflejaban imágenes del infierno en todo su esplendor! Marta corrió hacia el medio de la calle, arrodillándose sobre el asfalto. Comenzó a gesticular grotescamente, al tiempo que comenzaba con sus acostumbradas frases.
“¡El 24 noviembre! ¡Tengo recibir el castigo!”
Pero unas palabras nunca antes mencionadas salieron de su boca:
“¡Tenían que pasar treinta años! ¡El tiempo de pagar ha llegado! ¡Treinta años después!”
En ese momento no pude explicarme el por qué, pero ante esas frases que habían dejado de impresionarme hacía ya bastante tiempo, sentí como un nuevo terror nacía dentro de mí. Me quedé parado un instante, frente a la pobre y demente Marta, la cual lanzaba aullidos de pánico hacia al cielo. Se le notaba peor que nunca, terriblemente asustada. Me miró fijamente, con una expresión en su rostro que no era como la de antes: las muecas se habían ido, dando paso a una mirada de súplica ante un horror que parecía llegar hacia ella. Luego corrió hacia el interior de su casa, gritando desgarradoramente. Y ahí permanecí, inmóvil, frente a la puerta de doña Marta. Era la tarde del 24 de noviembre. Habían pasado muchos años desde que sus espantosos gestos me asustaban cuando yo era un niño. Regresé a mi hogar, pensando en la desconcertante locura de la vieja. Recuerdo haber comido poco y acostarme temprano. El cielo continuaba encapotado, dando muestras de una inminente tormenta.
Y la tormenta llegó, aunque de otra manera, sin lluvias, pero con un aguacero de hechos monstruosos que nunca se borrarán de mi cabeza.
Cerca de medianoche empezaron los gritos. Atronadores y lastimosos, con una intensidad estridente. Gritos y ruidos indescriptibles se mezclaban a un ritmo creciente. Provenían de la casa de doña Marta, sin duda. Entonces mi padre, quien se había levantado de la cama debido a los persistentes golpes y alaridos, decidió llamar a la policía, para que de una vez por todas hicieran algo con la locura insoportable de la pobre vieja. A través del teléfono, el departamento nos informó que llegarían al lugar de inmediato, cosas que no sucedió, ya que los gritos y ruidos de cosas rotas continuaron durante varios minutos interminables. A Marta le estaba dando un fuerte ataque, según lo que podíamos deducir por los golpes que llegaban hacia nosotros.
Aullidos de dolor se acercaban a mis oídos presas de un miedo que trato de olvidar, aunque nunca lo logro. El ruido de vasos, platos, muebles que se rompían sin cesar, destruía mis nervios. Hasta que de la casa llegó un largo grito, que se cortó de una manera extrañamente repentina. Permanecimos en silencio por unos minutos, aguardando a que los sonidos volvieran a resonar en la noche, pero no fue así. El grito abruptamente silenciado fue lo último que escuchamos en esa noche pavorosa. Ahora reinaba un silencio sepulcral en la casa de doña Marta.
Y la policía aun no llegaba.
Los largos minutos continuaron sin el menor sonido. Mi padre y mi madre se miraron mutuamente, como presintiendo que algo grave había sucedido en la casa de la vecina. Yo también tuve ese horrible presentimiento. Corrí desenfrenadamente hacia mi cuarto; abrí de un golpe las cortinas, y tuve que contener un grito que quiso escapar de mi boca. Porque mis espantados ojos vieron como de la chimenea de doña Marta escapaban bocanadas de un humo negro, acompañadas por una lluvia de cenizas que sembraban el patio trasero de mi casa.
Cenizas... Otra vez...
Sin pensarlo dos veces, me precipité hacia la puerta de calle, acompañado por mi padre. ¡Algo había ocurrido en la casa! Horrores sin nombre deambulaban por mi mente, invitándome a no penetrar en hechos oscuros que la mayoría de las personas no esta preparada para afrontar... Cosas que no pueden ser nombradas. Cosas que no merecen llevar un adjetivo que se adecue a las normas cotidianas...
Pero de todas formas ya me encontraba en la vereda. Pude ver que no era el único: una decena de vecinos se hallaba contemplando el espectáculo nauseabundo que escapaba de la chimenea. Todas las mujeres cuchicheaban entre ellas, compitiendo para ver cual tenia la razón sobre lo que estaba ocurriendo. Junto a mi padre nos acercamos a la puerta de la casa de doña Marta. Sin perder tiempo golpeé suavemente, sin obtener respuesta alguna. No lograba escuchar ningún ruido preveniente del interior, lo cual provocaba en mí una sensación de incertidumbre y pavor que iba en constante aumento. Entonces vimos el humo que escapaba por debajo de la puerta. Y notamos el olor: fuerte, penetrante, vomitivo, de carne que se quemaba…
“Los gatos nuevamente”, recuerdo que dijimos casi al unísono con mi padre. Era lo que esperábamos encontrar: otra vez los gatos quemándose en la chimenea de doña Marta. Pero algo dentro de mí gritaba que había algo más, algo que estaba esperando para golpearme con toda su imposible manifestación de espantos inhumanos...
Tiré la puerta abajo; entré corriendo, y fui recibido por una densa humareda, la cual portaba un olor que quedará pegado en mis fosas nasales por el resto de mis días. Dentro de la casa reinaba el caos: los muebles revueltos; mesas volcadas, rodeadas por incontables fragmentos de vajilla rota. Los vidrios de un hermoso modular estaban hechos astillas. Cortinas arrancadas colgaban de sus soportes por deshilachados pedazos de tela. Todo lo que podía romperse estaba desparramado por el piso. Seguí de largo por el living, mirando fijamente hacia el chisporroteante hogar, el cual estaba parcialmente oculto por un gran sofá corrido de su lugar. Esa casa se había convertido en un pedazo de infierno; un infierno creado por la perturbada mente de una mujer cuya cordura se había marchado hacía ya mucho tiempo. Y yo estaba, en ese momento, dentro de aquel infierno, el cual me abofeteó con garras punzantes cuando corrí el sofá que me impedía ver el hogar...
Intento olvidar todos esos enloquecedores minutos... ¡Por Dios, que se vayan de mi cabeza! No recuerdo lo que es dormir durante toda una noche... Prefiero mil veces las muecas horribles de aquella vieja, cuando era un niño, a como la vi por última vez... ¡Ese olor! El humo... el olor a carne quemada...
Cuando corrí el sofá me encontré con el cuerpo muerto de doña Marta. Tenía más de la mitad de su cuerpo dentro del hogar encendido; sus pies apenas sobresalían, descansando lánguidamente sobre la alfombra empapada con sangre... Su sangre. La parte superior era ya una masa irreconocible de carne quemada, la cual se elevaba en forma de humo y cenizas, que escapaban por el agujero de la chimenea, como espectros que abandonaban el cuerpo sin vida de una pobre mujer, victima de sus recuerdos de pesadilla. Así debió de ser: recordando constantemente los días bajo los nazis, en campos de prisioneros, conviviendo diariamente con la muerte. Eso fue lo que pensé en ese momento, al ver lo que mis ojos enfocaron cuando volteé la vista, intentando alejarme de esa aterradora escena. Antes de arrojarse al fuego, doña Marta había dibujado, con su propia sangre, una cruda imagen de lo que había transitado durante toda su vida por su carcomido cerebro: en la pared opuesta al hogar, trazada con sangrientas líneas rojas, una svástica se mostraba desafiante y burlona frente al cuerpo sin vida de doña Marta.
La vieja de mirada enloquecida se había quitado la vida de la forma más escalofriante posible.
***
Tal vez todo habría terminado en ese momento, cuando descubrí el cuerpo parcialmente quemado y sin vida de doña Marta. Tal vez todo habría terminado con esa imagen de pesadilla grabada en mi cerebro. Y quizás con el tiempo se borraría... Pero siempre el destino nos tiene preparado cosas aun más aterradoras y jamás imaginadas.
Fue alrededor del tercer día luego del suicidio de la vieja. Estaba regresando del trabajo cerca del ocaso cuando sentí que alguien me llamaba. No mencionaban mi nombre, solo era un chistido detrás de mí. Me volteé y me encontré con la encorvada figura de una persona que conocía: en el marco de la puerta del barcito de la esquina estaba parado un hombre de avanzada edad. Lo reconocí enseguida, aun cuando jamás había cruzado palabra con él. Se llamaba Abraham. Era un viejo muy cascarrabias al que temía, al igual que mis amigos, desde la época de mi infancia. Casi nunca hablaba con los vecinos, limitándose a pasar la mayor parte de sus días en aquel bar de decadente apariencia.
El viejito levantó una mano, invitándome a que me acercara. Un tanto extrañado me acerqué.
-Tengo que hablar contigo, muchacho –me dijo, amablemente. No se por qué no me rehusé a su invitación, tal vez por curiosidad, o un presentimiento silencioso que me inducía a escucharlo, como si necesitara hacerlo...
Nos sentamos en una mesita destartalada en el fondo. El viejo pidió un vaso de vino tinto, invitándome a que yo pidiera otro, recibiendo un no como respuesta.
-Tal vez lo necesites... –advirtió, arqueando una arrugada ceja. No le di importancia a esas palabras. En segundos ya tenía su vaso sobre la mesa. Por unos minutos reinó entre ambos un incomodo silencio. Un colectivo pasaba ruidosamente por el frente del bar. Desde ese lugar podía divisar mi casa. Y a unos metros de la puerta de entrada, la lúgubre y ahora silenciosa casa de doña Marta.
-Me urge hacerte un pregunta, muchacho –dijo, mientras sorbía un poco de ese vino barato. Me sentía un tanto extraño hablando con ese hombre, casi desconocido para mí.
-¿Qué quiere saber? –pregunté, un tanto reacio a estar en compañía suya.
-¿Qué viste exactamente cuando entraste a la casa de Marta? Porque sé que tu fuiste el primero que entró, antes que llegara la policía...
Permanecí en silencio, mientras un escalofrió recorría mi espalda. ¿Por qué ese viejo quería saber tal cosa? Estuve a punto de marcharme, cuando un extraño sentimiento me hizo renunciar a esa idea. ¿Ese hombre sabía algo que yo no había percibido?
-Dímelo, por favor –dijo el viejo, casi implorando. Su rostro había tomado un nuevo rasgo, angustiante, temeroso –. Dime que es lo que viste cuando entraste...
Me encogí de hombros. ¿Qué es lo que quería saber? ¿Qué doña Marta estaba parcialmente quemada? ¡Eso ya lo sabía todo el barrio!
-Se suicidó. Se arrojó al fuego de la chimenea –dije, mientras el horror de aquella noche revivía en mi interior.
Abraham sacudió la cabeza, nerviosamente.
-Nadie se suicida arrojándose a un hogar encendido.
Acá debo admitir que a mi también me parecía una forma muy extraña de matarse, pero Marta estaba muy demente.
-Quizás antes de introducir su cuerpo en la chimenea se haya cortado las muñecas. O el cuello. Había mucha sangre en la alfombra.
El viejo cerró sus ojos, apretándolos fuertemente. Luego bebió otro sorbo de vino.
-¿Eso fue lo único que has visto? –preguntó persistente – ¿No había nada extraño que te haya llamado la atención? ¡Necesito que me lo digas por favor!
¿Algo extraño? ¿Acaso había algo más extraño que ver a una mujer metida de cabeza en un hogar encendido, quemándose en medio de un olor insoportable, el cual aun perdura en mi nariz? No entendía a donde quería llegar el viejo. Solo había visto el desorden en el interior. Y la sangre en la alfombra y en la pared.
En la pared...
¿Acaso se refería a esa figura? ¿Sabía el viejo Abraham de la svástica dibujada en la pared de la casa? A mi no me pareció algo más extraño que el hecho del suicidio de la vieja, ya que la pobre desdichada tuvo que convivir con esos recuerdos durante toda su vida.
-Antes de morir, Marta había dibujado una cruz svástica en una de las paredes de su casa –informé. Los ojos azules de Abraham se abrieron de manera exagerada al oír esas palabras. Apartó la vista de mis ojos, al tiempo que dejaba caer el vaso de vino sobre la mesa, haciendo que varias gotitas salpicaran el viejo mantel cuadriculado.
Me sobresalté al ver la reacción del viejo. Intenté calmarlo un poco tomándolo del brazo derecho, cuando vi algo que me dejó con la boca abierta…
-¡Usted también! –exclamé alterado – ¡Usted también estuvo en un campo de concentración! ¡Igual que Marta!
Cuando tomé del brazo al viejo Abraham, comprobé, perturbado, que mostraba unos números tatuados, casi ilegibles, como los que exhibía Marta durante sus demostraciones de locura.
El viejo intentó serenarse, mientras alcanzaba con su mano el vaso de vino. Dio un largo sorbo, sosteniéndolo con una mano temblorosa. El viejo estaba terriblemente asustado ahora.
-Así es, muchacho –afirmó, con un tono lúgubre, como si recordar esos días le causara un fuerte dolor –. Así es. Estuve en uno de esos terribles lugares. Estuve en Dachau. En ese lugar de pesadilla conocí por primera vez a Marta, cuando ella no tenía ni veinte años.
Marta había estado prisionera junto a Abraham, cuando eran jóvenes. Por un instante se me cruzó por mi mente una idea extraña. ¿Podía ser Abraham el esposo desconocido de Marta? Me estremecí.
-Sé lo que estas pensando, muchacho –dijo, mientras alzaba la vista al techo lleno de telarañas del barcito –. Pero te equivocas. Y aquí es donde empieza la mas terrorífico de esta historia de la cual tú has sido participe involuntario –anunció, mientras se llevaba una mano hacia sus ojos.
-¿Usted conoció al esposo de Marta? –pregunté.
Abraham me clavó su mirada.
-¿Qué si lo conocí? ¡Por el amor de Dios, vaya que sí lo conocí! –ahora se llevó ambas manos a la cabeza, tomándosela con las dos, en un gesto de terrible angustia – ¡Por Dios Santo! ¡Esos ojos! ¡Esos ojos que no puedo quitar de mi mente!
El sol se estaba ocultando. La fachada de la casa de Marta parecía cubrirse de espectros nocturnos, los cuales esperaban el momento oportuno para envolverme con sus alas negras y mostrarme una realidad aun más espantosa de la que yo había imaginado.
-¿Quién era el esposo? –pregunté.
Abraham estaba completamente fuera de sí.
-¡El demonio en persona! ¡La maldad en estado puro! ¿Cómo pudo Marta enamorarse de alguien como ese hombre? Seguro que fuerzas desconocidas ejercían alguna influencia sobre la pobre... ¡Es la única respuesta que logro encontrar para semejante unión!
Me acerqué hacia el viejo, tomándolo con ambas manos de los hombros.
-¿Quién era?
Abraham se tranquilizó un poco.
-Se llamaba Klauss Grappow. Recordaré ese nombre hasta el día en que me muera. Era un demonio con cuerpo de hombre. ¿Cómo pudo Marta?... ¡Dios! ¡Ese hombre era un oficial nazi! ¡Marta se había enamorado de un maldito oficial nazi!
Se me heló la sangre al oír esas inesperadas palabras. Un oficial nazi. Campos de concentración... Yo vi las Cenizas... La svástica... Me sentía petrificado. Cosas sin sentido revoloteaban dentro de mi cabeza, pero, viéndolas con otros ojos, iban encajando como piezas de un rompecabezas macabro.
-Cuando terminó la Guerra, el maldito se la llevó. Pude localizarlos a ambos; el demonio Klauss intentaría escapar hacia estos lados, por lo que también yo lo haría. Y aquí estoy. Y la pobre Marta convivió durante muchos años con ese maldito. Yo sabía quien era él. Y pude denunciarlo, pero nunca lo hice.
-¿Por qué no lo hizo? ¡Era un criminal de guerra!
Abraham me dirigió una mirada compasiva.
-Muchacho. Siento vergüenza de decir que jamás tuve el valor de hacerlo... Sabía que debía hacerlo, pero no podía.
-¿Cómo que no podía? –pregunté, perplejo – ¡Solo bastaba con...
-¡Tú no has visto sus ojos! ¡Tú no los has visto brillar como esferas de fuego durante la noche! ¡Tu no has visto el terror que emanaba de ese hombre escapado del infierno! No puedes decirme por qué no lo hice... Pero... ¿Por qué te digo esto? ¿Por qué me esfuerzo en contarte sobre el miedo que sentía al ver a ese hombre, si tu puedes sentirlo también? ¡Ja! ¿Sabes lo que le pasó al fin a ese maldito? Seguro que has escuchado los chismes sobre la repentina desaparición del marido de Marta. Pues bien, el nunca desapareció: la verdad es que se lo llevaron. ¡El demonio tuvo por fin su merecido! El influjo que ejercía sobre la pobre mujer terminó una noche. Marta juntó coraje y lo denunció. Las autoridades internacionales vinieron en su búsqueda una noche. La operación fue ultra secreta. Jamás se supo lo que había pasado con el diabólico Klauss Grappow. Al menos los medios de prensa nunca lo supieron. Pero todos sabemos lo rápidos que eran los ajusticiamientos israelíes contra los criminales de guerra nazis. El maldito fue juzgado y ejecutado en Israel.
El marido de doña Marta era un nazi. Y estaba muerto. Se lo habían llevado a escondidas del país. Se lo llevaron una noche. Y podía presentir cual había sido el día exacto de su captura.
-Lo atraparon un 24 de noviembre, ¿no es así? –pregunté. Las frases de la vieja iban cobrando sentido. Sus alocadas palabras tenían un fundamento al fin y al cabo. Un monstruoso fundamento.
-Exacto. Fue el 24 de noviembre de 1975. Lo recuerdo perfectamente porque yo vi el momento de su captura. Lo vi desde la ventana de mi cuarto. Recuerdo... ¡Los ojos! ¡Esos ojos que juraban venganza! ¡Que Dios tenga piedad sobre mí y logre quitar de mi cabeza esos ojos de furia vengativa! Quiero creer en el suicidio de Marta, muchacho, pero no puedo. Porque, sabes, esos hombres, los malditos nazis, estaban realmente locos. Sus locuras iban mucho más allá de lo que nosotros imaginamos o nos muestran por la televisión. Ya no era un simple odio hacia los que consideraban inferiores. ¡Yo los he visto y escuchado bajo la luz de la luna en el campo de concentración! ¡Las cosas que practicaban, bajo el murmullo insoportable de canciones indescifrables! Y a quienes se las cantaban... ¡Por Dios Todopoderoso, vi los altares ocultos bajo tierra, donde se reunían algunas noches de luna llena!
Guardó silencio, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas y terror ante las cosas que desfilaban por su mente. Yo estaba indescriptiblemente asustado. ¿Debía creer las palabras de aquel hombre? ¿Estaba él en sus cabales, ó, como doña Marta, había sucumbido a sus recuerdos pavorosos? Ahora yo solo quería marcharme de ese lugar y encerrarme en mi casa, intentando poner en orden mis pensamientos.
-Pero de todas formas, muchacho –dijo, mostrándose nuevamente casi tan tranquilo como cuando nos sentamos en la mesa – no estas obligado a creerme. Puedes hacer lo que quieras. Puedes creer en el suicidio. Pero déjame decirte algo: si quieres tener una idea más amplia sobre lo que sucedió con Marta, dejo en tus manos este diario. Hay una pequeña nota marcada.
Alzó del suelo un ejemplar de un diario. Lo dejó sobre la mesa. Bebió lo poco que quedaba en el vaso y se marchó. Permanecí en el barcito por unos largos minutos, temeroso de alargar el brazo para tomar el diario. Muy lentamente lo alcancé. Tenía la fecha del día actual. ¿Qué cosa podía contener que lograra apabullarme aun más de lo que estaba?
¡Cuanto me arrepiento ahora de haber abierto esas páginas! Ahora sé que no podré quitar jamás de mi cabeza la locura que, a escondidas de la mayoría de los hombres de la tierra, anda reptando y escabulléndose como un fantasma proveniente de un lugar que ni siquiera imaginamos...
Era un recuadro muy pequeño, al pie de una pagina de noticias internacionales. Decía lo siguiente:
“PROFANAN EN ALEMANIA TUMBA DE NAZI.
La tumba de un oficial nazi de la Segunda Guerra Mundial, quien fue capturado por agentes israelíes en un país que nunca se dio a conocer, fue profanada durante la madrugada del 24 de noviembre pasado, en el cementerio de un pequeño pueblo alemán, donde había sido llevado el cuerpo luego de la ejecución por parte de los israelíes, en 1975. La policía local sospecha fuertemente de un grupo de fanáticos neonazis, quienes últimamente mostraron una extraña fijación con huesos de ex oficiales del partido nazi enterrados en diferentes cementerios del país.
El hecho fue descubierto por uno de los trabajadores del lugar, quien enseguida dio aviso a las autoridades, cuando llegó a la tumba de Klauss Grappow (tal es el nombre del ex oficial nazi), encontrando la lápida desecha, la tierra removida y el ataúd completamente destruido.
La pista más fuerte continua siendo la del grupo neonazi, aunque otras fuentes la desvirtúan, ya que afirman que en el lugar –lleno de barro debido a una tormenta reciente –no se encontraron huellas de ningún tipo: solo la tumba abierta y ni un rastro del cuerpo.
Las autoridades continuaran con la investigación”