DAR


No había nada que la hiciera más feliz que dar. A veces no entendía como una palabra tan corta, apenas un sonido, tenía tanto significado. Su madre desde pequeña le decía:”Para recibir primero hay que dar”. Pero a ella no le importaba recibir nada, su felicidad radicaba íntegramente en dar y eso abarcaba desde tender una mano en la calle a quien necesitara, escuchar a quien se sintiera desoído o dar una palabra, un respiro al desesperado. Todo servía para que su corazón detonara de felicidad al sentirse útil. Esa tarde de primavera, llegaba del colegio, era su ultimo año en el bachiller y aun no tenia muy en claro su vocación. Su padre, siempre que podía, hablaba de la ilusión de ver a su hija recibida en la carrera de medicina. Pero Beatriz sentía que si bien esa carrera le brindaría la posibilidad de ayudar, no era lo que necesitaba, lo que le pedían sus entrañas. Su mama ya estaba satisfecha con su inminente titulo secundario y en el fondo deseaba que su hija, encontrara un hombre que le diera las comodidades necesarias, para que su princesa, viviera una vida cómoda y abocada a la crianza de sus nietos. Ya eran suficientes estudios, la vida era mucho más que estudiar y prepararse para un trabajo. Una mujer se debe a otros asuntos, muchísimos más importantes a su criterio, como la formación y dedicación de una familia.

Beatriz a veces se sentía entre la espada y la pared. Quería cumplir con los deseos de su padre y darle a su madre la alegría de una familia conformada con amor. Se olvidaba de ella misma con tal de dar, en este caso, el gusto a sus padres. A pocas cuadras de llegar a su casa divisa a los lejos un gran tumulto. Pensó que a lo mejor se había producido un robo, pero a medida que se acercaba podía ver con más claridad y advirtió la presencia de una ambulancia. Sera un accidente pensó. Acelero sus pasos y efectivamente, una mujer había sido atropellada por una moto. En ese momento la estaban subiendo a la ambulancia cuando entre las cabezas pudo asomarse y se encontró con los ojos de la mujer herida. Le llamo la atención que en su rostro solo había tranquilidad, no mostraba aquella señora desesperación ni dolor. Incluso pudo notar una vaga sonrisa. La señora se encontraba sola en el momento del incidente y Beatriz, tuvo la necesidad imperiosa de acercarse y preguntarle a la médica si podía acompañar a la mujer. La doctora le pregunto si era familiar y Beatriz le contesto, Si... es mi tía.

Subió y se sentó junto a la mujer que seguía con su rostro sereno, le sonrió y le pregunto si sentía algún dolor, la señora solo movió su cabeza dando a entender que no, siempre con una sonrisa dócil. Sus manos cruzadas, de un aspecto suave, asomaban de entre una vieja frazada y ahí pudo ver, entre sus dedos, enredado, un rosario. De inmediato Beatriz percibió un olor dulce, jamás había sentido un aroma parecido. Miro a su alrededor y nada le hacia entender de donde venia ese perfume. Fue en ese momento cuando la dama la busco con su mirada y un escalofrío recorrió el cuerpo de Beatriz. Llevada por un pulcro impulso, destapo a la mujer, apartando la manta que la cubría y dejando de manifiesto un gran crucifijo y una túnica azul. Se trataba de una mujer religiosa y sus hábitos, señal de pobreza, de pureza y consagración total a Dios. Una Monja, el principal ejemplo de la palabra “Dar”. No tenia dudas que, su Dios, había sido quien planeo esta imprevista cita entre Beatriz y la Hermana. La primera llamada, el primer paso hacia su verdadera vocación. Por fin había encontrado la verdadera esencia de la palabra “Dar”

Silvana
15/04/2011
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