Celos
Por Martín P. Cáceres
¿Quién era aquel hombre que
emocionadamente besaba la lápida
de la tumba de Alice?
¿Qué era lo que leía cada tarde
delante de su sepulcro?
No podía explicárselo, pero su
corazón se estremecía en un
profundo sentimiento de odio,
de sospecha...
emocionadamente besaba la lápida
de la tumba de Alice?
¿Qué era lo que leía cada tarde
delante de su sepulcro?
No podía explicárselo, pero su
corazón se estremecía en un
profundo sentimiento de odio,
de sospecha...
El cielo había amenazado lluvia durante toda la tarde, y hacia el final del sepelio comenzaron a caer las primeras gotas.
Los asistentes se apresuraron a dar el pésame al inconsolable marido de la extinta y se dirigieron lentamente hacia la salida del cementerio. Una vez a salvo de las posibles miradas del esposo, apremiaron el paso y emprendieron una carrerita hasta sus carruajes, satisfechos, como todos los que forman parte de un duelo, de no ser todavía ellos los protagonistas del fúnebre homenaje.
Jacques permaneció solo ante la tumba deseando que su mente se ocupara en pensamientos solemnes propios de la ocasión, pero la fatiga de los últimos días y el dolor por haber perdido a la compañera de su vida le había sumido en tal estado de abotargamiento que su cerebro se hallaba como hueco, vacío, tan inerte que ni siquiera era capaz de emitir las órdenes precisas para que sus piernas se movieran trasladándole bajo la marquesina donde se hubiera resguardado de la lluvia.
Cuando finalmente pudo reaccionar, volvió la cabeza y vio junto a sí al último de los acompañantes: un militar que vestía el uniforme de húsar, cuyo rostro no le era familiar. En el momento en que iba a darle las gracias por haber asistido a la inhumación, el militar se caló el morrión, y sin decirle nada dio media vuelta y se encaminó hacia la salida.
De vuelta a casa, entró en el dormitorio impregnado todavía del olor de la muerte, y abriendo una ventana a fin de permitir la entrada de aire fresco, se sentó a los pies de la cama y consideró cuán injusto y falto de tacto había sido con Alice en muchas ocasiones. Era tan grande el amor que sintió por su esposa, que a veces llegaba a atormentarla con terribles escenas de celos que ella soportaba estoicamente.
Incluso hasta dos meses antes de su muerte le había echado en cara ciertas salidas, a su entender intempestivas, acusándola impenitentemente de cosas que ahora le hacían estremecerse.
¿Cómo le hubiera explicado que sus sospechas y recelos eran más que nada una manifestación del gran cariño que le profesaba? ¿De qué forma le hubiera hecho comprender que aquellas preguntas tan intencionadas, aquellas indagaciones casi ofensivas, formaban parte de su amor por ella?
Se había confesado multitud de veces ante su esposa del pecado de celos, especialmente cuando, tras una escena, ella le proporcionaba pruebas irrefutables de su inocencia, pero a los pocos días volvía a interrogarla severamente hasta que de nuevo obtenía la seguridad de su honradez.
Aun cuando en algunas ocasiones sus recriminaciones, sin otra base que imaginarios indicios, pudieron parecer excesivas, eran para Jacques una necesidad vital, una continua afirmación de que su amor por ella seguía vivo. Después, cuando tras innumerables protestas de inocencia terminaba creyéndola, procuraba reparar aquellas injusticias con una memorable e intensa noche de amor. Y a tal punto llegó aquella obsesión, que no se sentía con ánimos para las lides amorosas sin haberse excitado previamente con una discusión. Luego, las lágrimas y las protestas de Alice le enternecían de tal modo que sentía renacer su amor cien veces por la inocente criatura y terminaba deseándola con todas las fuerzas de su ser.
Pero lo que más se recriminaba, era el hecho de haber faltado a su solemne promesa que hiciera a su esposa cuando ya le quedaban pocas horas de vida.
Sintiendo que se moría, Alice le rogó que abriera el armario y le fue dando las indicaciones precisas para encontrar algo que había permanecido, durante quién sabe cuánto tiempo, en las profundidades del guardarropa. Al cabo de un momento, las manos de Jacques tropezaron con una cajita de madera hermosamente labrada que entregó a su esposa, la cual, después de agradecerle el favor, le rogó que la dejara sola unos instantes.
Al entrar de nuevo a la habitación advirtió que Alice había llorado. En sus manos sostenía aún la caja de madera y, haciendo un gran esfuerzo, sacó de su pecho una llavecita pendiente de su cuello por una cadena, la introdujo en la diminuta cerradura y, no sin dificultad, la hizo girar clausurando la caja.
"Estos son los únicos recuerdos que me quedan de mi madre - le había dicho -. Un daguerrotipo de cuando ella era joven y algunos anillos sin valor material. Sé que me muero, Jacques - continuó la desdichada - y te ruego que cuando eso suceda entierres conmigo estos recuerdos. Introdúcelos en el ataúd antes de que lo cierren y deja que estas prendas tan queridas me acompañen por toda la eternidad. Considera esta petición - había añadido fatigosamente -, como mi última voluntad".
Situando la caja en un lugar visible a fin de no descuidar tan piadosa petición, Jacques había tenido presente la demanda de su esposa durante la celebración del velatorio, pero en los últimos momentos, cuando rezando solo ante el cadáver tuvo ocasión de introducir la caja en el ataúd, experimentó un ataque de celos póstumo, e intrigado por el contenido del estuche, estuvo tentado de arrancar la llavecita del cuello del cadáver y abrirlo. No obstante, la solemnidad de aquellos momentos y el amor que había profesado a Alice le impidieron el cumplimiento de semejante acción.
A punto estaba ya de depositar el cofre a los pies de la muerta, cuando se abrieron las puertas del dormitorio y entraron los empleados de la funeraria.
Aun cuando aquello no hubiera parecido nada antinatural, sino un acto piadoso como otros muchos que tienen lugar en semejantes circunstancias, Jacques se retrajo. Algo, no supo qué, quizás una sombra de aquellos pretéritos recelos, lo obligó a levantarse y a mantener la cajita en sus manos mientras compungido concedía el permiso a los fúnebres operarios para sellar el ataúd.
Después entró el sacerdote con los demás asistentes al duelo y depositó la caja en el armario sin haber cumplido la recomendación que Alice había conceptuado como su última voluntad.
Ahora, arrepentido de lo que había terminado por considerar horrenda villanía, la sostenía en sus manos cavilando acerca del destino que podría darle, ya que no había ni que pensar en abrir de nuevo la sepultura a fin de ejecutar el postrer deseo de su difunta esposa.
Se le ocurrió que lo más adecuado sería incinerar el estuche. De aquel modo, aunque simbólicamente, el destino de la caja sería el mismo que el de su antigua poseedora. O quizá conviniera arrojarla al mar, pero descartó aquella hipótesis pensando en que flotaría. Finalmente la guardó en el armario hasta que decidiera qué destino darle.
Al día siguiente fue al cementerio a visitar la tumba de Alice y oró unos minutos ante ella excusándose por el incumplimiento de su promesa. Se sentó en el extremo de una losa y permaneció allí hasta tarde desolado por la definitiva ausencia de su amada.
Cuando ya se dirigía hacia el exterior de la Sacramental, observó que, por otra de las avenidas laterales, caminaba el militar a quien había visto en el entierro, , y a juzgar por su trayectoria parecí encaminarse hacia la tumba de Alice.
Cambió de dirección y. procurando que el militar no le viera, le siguió a distancia intrigado por aquella visita. Podía tratarse de algún familiar de su esposa, aunque no era probable, porque lo hubiera mencionado alguna vez en sus conversaciones.
El húsar se detuvo en efecto ante la tumba y pareció dedicar unos minutos a la oración. Después se sentó en el mismo sitio en lo que había hecho Jacques y extrayendo un papel de su bolsillo, se consagró en la lectura. Al rato se levantó, acarició la lápida con sus manos y depositó un beso en el frío mármol. Acto seguido se alejó de la tumba por el mismo camino que había tomado Jacques, el cual, retirándose hacia una de las veredas laterales, vio pasar al húsar que no reparó en su presencia.
Aquella extraña visita le desasosegó de tal modo que hizo desfilar por su imaginación el rostro de todos sus conocidos y el de los de su difunda esposa, pero ninguno correspondía al de aquel hombre.
Al día siguiente acudió al cementerio a la misma hora, pero en lugar de ir directamente a la tumba, se situó a unos cien metros en línea recta, y fingiendo rezar ante otra sepultura, espió constantemente la de Alice por si se presentaba el misterioso visitante.
Transcurrió media hora y nadie aparecía, pero Jacques continuó en su observatorio hasta muy poco antes de la puesta del sol, y cuando algún empleado hizo sonar una campanilla advirtiendo a los piadosos visitantes de la hora del cierre del recinto, se acercó hasta la tumba de su esposa y pudo comprobar que en la repisa destinada al efecto había un ramo de flores frescas. Sin duda la espera había sido inútil, porque el portador de flores se había anticipado.
En días sucesivos pasó la tarde entera en el cementerio, pero el húsar no apareció, y Jacques se preguntó si su ausencia sería definitiva o se los deberes de su actual situación le impedían la visita a la tumba.
Mientras tanto, un secreto deseo se iba apoderando de él.
Cada día contemplaba la cajita que debía haber enterrado con su esposa; la mantenía entre sus manos y trataba de adivinar si su contenido se correspondería con lo que Alice había mencionado antes de morir.
No se atrevía a abrirla por un sentimiento de respeto hacia la muerta, a pesar de que hubiera bastado un pequeño cortaplumas para forzar la cerradura, pero a veces la agitaba distraídamente para escuchar la clase de sonido que producían los objetos encerrados en su interior.
Durante los días siguientes no pudo ir al cementerio debido a la presentación de varias personas a cumplimentarle. Entre los visitantes se encontraba una antigua criada que les había dejado pocos meses antes para casarse, y que lloró amargamente ante la cama de la difunta a la que había profesado un afecto sin límites.
La dolorosa escena protagonizada porla sirvienta le impresionó de tal modo que, aunque la doméstica no le había sido demasiado simpática mientras sirvió en la casa, advirtió que su dolor era sincero, y lo agradeció de corazón haciéndole, cuando ya se iba, donación de una pulsera que había pertenecido a Alice, lo que la muchacha agradeció con lágrimas en sus ojos.
En la siguiente visita al cementerio volvió a aparecer el húsar que, como en un rito, oraba brevemente; se sentaba en una losa; dedicaba unos momentos a la lectura de los papeles que traía en el bolsillo y, a continuación, acariciaba la lápida depositando en ella un beso.
Ante aquella asiduidad y aquellas inexplicables demostraciones de afecto, Jacques advirtió que se iba despertando de nuevo en su interior el demonio de los celos. Su mente comenzaba a urdir insensatas elucubraciones atando dudosos cabos para llegar a conclusiones inseguras, pero no por ello - se decía -, inverosímiles.
¿Quién era aquel hombre que de manera tan sentida depositaba ósculos sobre la lápida de Alice? ¿Qué era lo que leía cada tarde delante de su tumba? ¿Por qué aquellas continuadas visitas propias tan sólo de un marido o familiar muy allegado?
Existía la posibilidad de abordar al desconocido y preguntarle que derecho le asistía para dedicar su tiempo a tan piadoso cumplimiento, pero puesto que el húsar evitaba, al parecer, coincidir con Jacques ante la tumba, era obvio que sabía quién era éste. Y cualquier intento de clarificar la situación podría dar como resultado que el militar desapareciera o decidiera realizar sus visitas a otra hora en que él no pudiera observarle.
Por otra parte, cada día le acuciaba más la curiosidad por contemplar el contenido de la pequeña caja de madera, y buscaba mil excusas y razones lo suficientemente poderosas para permitirle abrir el estuche, si considerarse violador de sepulturas.
La siguiente visita al cementerio le proporcionó con creces el pretexto que deseaba.
Como habitualmente, se situó a varios metros en línea recta a la tumba, entre unos arbustos, y esperó. Al cabo de un cuarto de hora apareció el húsar que se dedicó al rito habitual, finalizado el cual, besó la lápida. Después miró hacia el lugar en que se encontraba el viudo, perfectamente oculto entre la vegetación, y depositó un segundo beso sobre el mármol.
Jacques sintió hervir la sangre en sus venas, y presa de uno de aquellos accesos de celos que le acometían en vida de Alice, salió de su escondite y se fue acercando a la tumba. El húsar no reparó en él hasta que se encontró a su lado, y entonces se le quedó mirando fijamente con una sonrisa estúpida en sus labios, como un niño que es sorprendido en una acción indigna.
Dió unos pasos con la intención de marcharse, pero Jacques le detuvo.
- ¿La conocía? - preguntó el viudo con un temblor de rabia en la voz. El otro no dijo nada y siguió sonriendo, lo que acrecentó la ira de Jacques -. ¿La conocía? - repitió asiéndole una manga.
El soldado permaneció mudo e intentó desasirse, pero Jacques le sujetó por la guerrera al tiempo que, fuera de sí, volvía a repetir varias veces la pregunta. Por fin el militar dio un brusco tirón y, ajustándose el uniforme, se alejó apresuradamente.
Permaneció unas segundos inmóvil ardiendo en su propia rabia y luego se dispuso a seguirle, pero se detuvo al reparar en que a sus pies había un papel doblado que sin duda pertenecía al misterioso húsar. Se agachó para recogerlo y fue desdoblándolo con mano temblorosa, cierto de que allí iba a encontrar la respuesta que el militar no había querido darle.
Recorrió con sus ojos los apretados renglones, y a cada frase que leían aumentaban su desesperación y su furor. Por fin estrujó la carta; se acercó a la tumba de Alice y, murmurando unas palabras soeces, escupió varias veces sobre la lápida de mármol.
Inmediatamente salió en persecución del militar, pero un gran número de acompañantes a un entierro se interpuso en su camino, y cuando quiso llegar a la puerta principal el húsar había desaparecido.
"Queridísimo Charles: No sé cómo soporto sus continuos ataques de celos. Sólo lo mucho que te amo me da fuerzas para sobrellevar este castigo que me ha enviado Dios. Afortunadamente para mí, la práctica en declararme inocente, como así era, en todas las ocasionesanteriores en que su desconfiado temperamento me acusaba de infidelidad, me sirve ahora para ocultar mi amor por tí y hacer continuas protestas de inoccencia con la habilidad de una actriz consumada. Es triste que tengamos que vivir de este modo, pero no veo otra salida. Te quiero con todas las fuerzas de mi ser. Debes saber que eres lo único que me interesa..." El resto de la misiva tomaba un carácter íntimo que, con palabras y frases tan ardientes como nunca sospechó que pudiera emplear, Alice manifestaba su apasionado amor por aquel hombre.
Abriendo bruscamente el armario, buscó la caja de madera y, sin molestarse en descerrajarla, la arrojó contra el suelo con una fuerza tal que las bisagras se desencajaron y la tapadera se separó del resto del estuche.
Tomó un envoltorio hecho con papel de seda, y desatando la cinta azul que lo ceñía, creyó morir de rabia y desesperación al contemplar el contenido de aquel paquetito. Ante su vista aparecieron varias cartas, un anillo de oro y dos fotografías. En la primera de ellas se veía el rostro sonriend e del húsar, y en la segunda podía contemplarse a Alice que, pasando su brazo por la cintura del húsar, miraba retadoramente al objetivo de la cámara con una expresión en la que se mezclaba la risa irónica, el despecho y el amor por aquel hombre.
Desesperado y furibundo, presa de un violentísimo ataque de celos, tomó una gran tijera del cajón de la cómoda y hundió su punta repetidas veces en los ojos del húsar. A continuación hizo lo mismo con la imagen de Alice. Después tomó una de las cartas, que era una burda declaración de amor propia de una persona de escasa cultura, y la leyó de cabo a rabo varias veces.
Rompió luego la misiva en mil pedazos, y abriendo la ventana los arrojó al exterior, pero, iba ya a cerrar los batientes, cuando comprobó estupefacto que la persona que cruzaba el jardín en aquel momento y se dirigía hacia la puerta era el húsar.
El sonido del timbre lo sacó de su repentina parálisis, y acumulando en sí toda la ira y desesperación provocada por el reciente descubrimiento, se encaminó hacia la puerta y la abrió violentamente. En el umbral apareció el militar que, exhibiendo la misma sonrisa estúpida de la fotografía, dio un paso hacia el interior al tiempo que decía: "Vengo a confesarle..."
La frase quedó inconclusa en sus labios y sus ojos se abrieron desmesuradamente cuando la afilada hoja de la tijera penetró en su pecho.
El húsar se derrumbó herido de muerte sobre el suelo del vestíbulo, y la mano de Jacques, empuñando aquella feroz arma, se abatió repetidas veces sobre el infortunado, provocándole numerosos y profundos cortes. Inmediatamente después, remedando lo que había hecho con la fotografía, hundió las aceradas puntas de la tijera en ambos ojos y removió con furia, hasta que el rostro del cadáver se hizo irreconocible.
Con gran sangre fría, y recobrando la calma tras el reciente paroxismo, arrastró el cuerpo hasta el cuarto de baño depositándolo en la bañera. A continuación pasó una fregona por el piso borrando así cualquier rastro delator del crimen.
Se lavó las manos cuidadosamente, y tomando asiento en la butaca más confortable del salón, situó una botella de coñac a su alcance y encendió un habano.
Lejos de sentir la más mínima preocupación por el crimen cometido y por la forma en que se desharía del cadáver, una gran calma descendió sobre su espíritu, y se sintió en paz consigo mismo, tras muchos años de zozobra e inseguridad, al saber por fin confirmadas sus sospechas, y su honor vengado en tan breve lapso de tiempo.
Si algo lamentaba era haber descubierto la infidelidad de Alice después de su fallecimiento, porque su satisfacción hubiera sido completa de haberle podido arrebatar la vida también a su mujer.
Qué actriz había perdido el mundo. ¿Quién otro que no fuera él no se habría enternecido ante las continuas protestas de inocencia y las fingidas lágrimas de cocodrilo de la infiel? Incluso las fundadas sospechas que se veía obligado a poner continuamente de manifiesto ante Alice habían perdido a veces su contundencia por obra de simulados llantos y ficticios sollozos. ¡Qué pérfidos sentimientos había sabido ocultar aquel maravilloso rostro! ¡Cuántos engaños y traiciones habían sido desmentidos por aquellos ojos color de miel! ¡Qué gran número de dudas y recelos disipados con una palabra salida de sus labios!
El timbre de la puerta le hizo volver a la realidad. Dudó unos segundos, pero después se decidió por abrir. Para evitar cualquier paso en falso debería actuar con toda normalidad y no modificar ni por un momento sus hábitos de vida.
Quien llamaba era un muchacho que le entregó una carta firmada por Jeannine, la antigua criada que les había dejado para casarse unas semanas atrás.
Jeannine decía en la carta tener que verle con urgencia, y le citaba en un parque próximo, lo que alivió a Jacques, que no se encontraba en disposición de recibir visitas en casa. La doméstica le rogaba que se apresurara a bajar y que, sobre todo, evitara encontrarse con un militar, o no le abriera la puerta si éste se presentaba en su domicilio. Ante tal advertencia, Jacques estuvo a punto de perder la calma.
"Debo decirle ante todo - comenzó la criada cuando estuvieron frente a frente en el parque - que no estoy aquí por mi voluntad. Si de mí hubiera dependido, las cosas habrían seguido su curso hasta el final, y usted hubiera ignorado lo que me veo obligada a relatarle ahora para evitar complicaciones a la persona que amo".
"Usted sabe bien lo que yo quería a la difunta señora y lo que sufrí (aunque no tanto como ella) ante las injustas acusaciones que continuamente tenía que soportar a causa de los celos. Casi estoy en disposición de asegurar que sus infundadas sospechas aceleraron una muerte que, sin este acicate, quién sabe lo que hubiera podido dilatarse. Pero su alma, señor, era de piedra, y en vida de la señora fue usted la encarnación de los celos, tan injustificados - eso puedo jurárselo - como que es verdad que ahora nos alumbra el sol".
"No hubo - créame, porque yo fui tanto o más confidente de su esposa que usted -, ningún otro hombre en la vida de la señora. Jamás puso sus ojos en nadie, a pesar que no le faltaron pretendientes que se ofrecieron generosamente a rescatarla de aquel infierno de celos en que usted la había sumido. Pero las continuas manifestaciones de inocencia no sirvieron de nada ante su pertinaz obsesión. La muy inocente le quería; le amó tanto durante el tiempo que duró su matrimonio que, solamente al final, sabiéndose ya condenada a muerte por la enfermedad que la llevó a la tumba, decidió planear un terrible venganza contra aquel que tan injustamente había correspondido a su amor. Venganza que yo aprobé desde el lugar que me correspondía ocupar, y en la que colaboré gustosa".
"Como le he relatado, señor, ni siquiera en el ocaso de sus días hubo otro hombre en su vida, y el húsar al que usted ha visto ante su tumba en numerosas ocasiones no ha sido sino un forzado instrumento, no voluntario como yo, de la venganza planeada por la hoy difunda señora, hastiada finalmente de soportar sus infundados celos".
"Como le voy diciendo, ese militar, que cuando comenzó a fraguarse el plan que en seguida le revelaré, era sólo mi novio, se convirtió hace unas semanas en mi marido, y exclusivamente bajo el influjo del amor que nos profesamos accedió a interpretar el papel de amante póstumo de la señora".
"Suponiendo con gran fundamento que usted no se resistiría a conservar y a abrir la caja de madera que ella le entregó, la señora y yo planeamos una historia que habría de atormentarle a usted durante el resto de sus días. Yo rogué a mi novio que accediera a colaborar con nosotras, y una vez que asintió, nada más sencillo que escribir unas cuantas cartas de amor y tomar algunas fotos de los dos en actitud comprometedora. Las continuadas visitas a la tumba después del fallecimiento de la señora terminarían por hacer surgir en usted la sospecha de que había sido engañado casi a título póstumo, lo que no dejaría de torturarle, dado su natural celoso, hasta la misma muerte y quién sabe si más allá".
"Pero he aquí que las vacilaciones de mi esposo han desembocado una negativa rotunda a continuar el juego. Es muy probable que la actitud violenta de usted en el cementerio le haya hecho desistir de continuar interpretando su papel de amante, juzgando erróneamente que se trata de un castigo desproporcionado, idea de la que yo no participo. El caso es que, hace poco más de una hora me anunció su irrevocable decisión de venir a visitarle a fin de hacerle sabedor de la verdad y dar por terminado este asunto".
"La única razón, por tanto, que me ha movido a tomarle la delantera, estriba en impedir un enfrentamiento entre usted y mi marido, que a no dudarlo hubiera sido violento".
"Como al fin y al cabo yo he sido la partícipe más directa, puesto que él, según he dicho, accedió sólo a regañadientes, no deseo que las iras de usted caigan sino sobre mi persona, lamentando, no obstante, haberme visto obligada a semejante confesión y a suspender la farsa. Si ha de haber un intento de venganza por su parte recaiga ésta exclusivamente sobre mí".
"Venganza - finalizó la doméstica -, que preveo imposible, por cuanto que nadie, salvo nosotros tres, es sabedor de lo ocurrido. Y en cuanto a una hipotética denuncia de los hechos, no creo que este tipo de delitos, si a caso pudieran tales acciones recibir semejante nombre, puedan ser castigados por la justicia de los hombres. En todo caso - he de confesárselo - todavía conservo una llave de la casa, y apenas le vi salir hace un momento, penetré en su domicilio y me apoderé de las fotografías, las cartas, y cuantas pruebas pudiera esgrimir en contra nuestra".
Una gran carcajada de Jacques fue el colofón a las palabras de la antigua criada, la cual, no sabiendo cómo interpretar el gesto, permaneció confusa unos instantes, y al cabo de un momento le hizo entrega de la llave citada.
"Comprendo - dijo ella finalmente -, que no estoy a disposición de pedirle favores, pero si acaso accediera a escucharme, le ruego que, por lo que más quiera, no reciba a mi marido ni le deje explicarle lo que ya sabe sobre mi relato. Nada ganaría usted con ello, puesto que ya conoce toda la verdad del asunto".
Otra estertórea carcajada acogió a la súplica de la doméstica, pero esta vez la risa fue cediendo paulatinamente para dar paso al llanto. Los ojos de Jacques se inundaron de lágrimas y, sin decir palabra, dio media vuelta y se encaminó hacia su casa.
Si acaso fuera cierto que los celos con que atormentó a Alice no tenían base alguna - reflexionó - ¿Podría considerarse que ella había sido un ángel de bondad?
¿Puede una persona, aun martirizada por injustas sospechas, concebir semejante venganza si no es que en algún rincón de su alma anida un germen de crueldad?
¿Hubiera sido preferible no conocer el verdadero trasfondo de la historia y seguir atormentado hasta la muerte, o, por el contrario, era más tranquilizador saberse respetado en su honor aun a costa de haberse convertido en un criminal?
¿Acaso - pensaba - cuando apareciera el cuerpo del húsar, su esposa no se apresuraría a denunciar ante la justicia al presunto asesino esgrimiendo como móvil del crimen las fotografías y las cartas?
No era muy consolador suponer que le sería rebajada la pena si la ceguera pasional es considerada como un atenuante. Por tanto, ante la imposibilidad de destruir el cadáver, consideró que no le quedaba mucho tiempo antes de que la antigua doméstica comenzara a sospechar que algo extraño le había ocurrido a su esposo.
Cerca de la medianoche, y cuando se encontraba considerando el camino a seguir, sonó el timbre de la puerta. Era la criada, que inquieta por la tardanza de su marido, se había acercado para preguntar si acaso se encontraba allí.
Jacques permaneció unos segundos en suspenso, e impulsado por algo semejante a la insensatez o quién sabe si a la clarividencia salvadora, respondió afirmativamente y rogó a la muchacha que entrase en la casa.
Ambos se observaron interrogantes. Jacques quiso si había traído las fotografías, y ella respondió que así era en efecto, mientras buscaba con la vista a su esposo.
- ¿Dónde está? - preguntó Jeannine. El, incapaz de pronunciar palabra, señaló en dirección al pasillo, y con un gesto la invitó a que le siguiera.
Cuando la antigua sirvienta penetraba en el cuarto de baño a instancias del que fue su señor, éste, abalanzándose sobre ella, tapó con una mano su boca mientras con la otra, en la que esgrimía un descomunal cuchillo de cocina, asestó repetidas puñaladas sobre el cuerpo de la mujer, sus ojos se abrieron desmesuradamente al sentir el frío acero traspasar sus entrañas.
Abandonando el segundo cadáver sobre el suelo de baldosines, se dirigió de nuevo al salón y bebió un largo trago de coñac para tranquilizarse. A continuación situó el cuerpo de la esposa dentro de la bañera y reunió así de nuevo al matrimonio hasta encontrar la fórmula que le permitiera deshacerse de los cadáveres con impunidad.
Al cabo de un momento recordó que no había reparado en las cartas y en las fotografías. Buscó en el bolso de Jeannine, pero no encontró nada, y se vio obligado a registrar los bolsillos del cadáver, aunque inútilmente.
Regresando al salón, volcó el contenido del bolso y volvió a examinarlo con detalle para obtener idéntico resultado.
Iba a sumirse en la mayor de las desesperaciones, cuando de nuevo el timbre de la puerta interrumpió el hilo de sus pensamientos sin darle tiempo a lamentar lo comprometido de su situación.
Una voz de mujer que no pudo identificar a través de la mirilla preguntó por Jeannine, la criada.
- Tengo que hablar con ella - precisó, y como Jacques se viera impedido momentáneamente del uso de la voz, continuó diciendo -: Si acaso no pudiera verla, me ha encargado que le diga a usted que tengo ciertas cosas en depósito, las cuales deberé entregar mañana a la policía si Jeannine o su marido no vienen por ellas.
Realizando un considerable esfuerzo, Jacques pudo finalmente hablar, y modulando la voz con tonos más afectuosos, dijo al tiempo que invitaba a entrar a la casa a la inoportuna visitante:
- Jeannine y su esposo están aquí, conmigo. No tiene por qué preocuparse. - Y añadió con un gesto y una sonrisa amables -: Espere en la salita, por favor... En seguida estamos con usted.
La amiga de Jeannine obedeció encantada por los amables y para ella subyugantes ademanes de Jacques y tomó asiento en un sofá de la pequeña sala de estar.
Jacques, ya más relajado, se dirigió a la cocina y, sumergiendo el cuchillo en el agua, lo limpió concienzudamente y lo enjugó con no menos cuidado. Luego se encaminó a la salita de estar rogando a Dios que la amiga de Jeannine no tuviera otra amiga...
Cuento íntegramente tipeado por mí (no esta subido a internet), extraído de Biblioteca Universal de Misterio y Terror 21