InicioArteCuentos cortos propios
Dado que critico más de lo que aporto, decidí subir algunos cuentos para que puedan vengarse de todos mis comentarios. Espero que lo disfruten.

Carnaval


Aparecí ahí, en medio del carnaval. No sabía cómo pero no importaba, no me interesaba el pasado. Apretado en el tumulto, veía pasar los colores y las formas, sentía aromas y sabores, música a lo lejos, pero principalmente el ruido. Las calles estaban inundadas de máscaras, trajes, vestidos. La gente chocaba contra la frialdad del cemento, como olas de todos los tonos que rompían en las veredas.

Amarillos, rojos, azules, verdes, naranjas y violetas, estaban por todas partes, en la ropa, en las luces, sobre el piso y las paredes. Miraba el cielo y me daba cuenta que era de noche, pero acá abajo, entre el calor y el festejo era de día.

Vi miles de situaciones, de historias y anécdotas. Parejas que salían a festejar, desconocidos que se encontraban juntos por azar, grupos de hombres reunidos para tomar, grupos de muchachas que se separaban para buscar. Vi escenas de pasión desenfrenada, de celo enceguecedor, de amistades desencontradas. Vi besos, abrazos, atropellos, injurias, golpes e insultos.

Pero así de repentino como llegué, la gente desapareció. No quedó absolutamente nadie en la calle. Un viento frío me golpeó la espalda y me generó un escalofrío. Observé bajo la palidez de la luna a un hombre arrastrándose hacia un umbral, tapándose con retazos que quedaron de la fiesta. Me fui caminando a mi casa, la ciudad se había quitado la máscara.





Parque Avellaneda


Esa noche volvía a mi casa a eso de las 4 de la mañana, después de una salida bastante intensa, cuando al cruzar por el parque, pensé que mis cansados ojos pretendían engañarme. Un hombre viejo, de barba larga y canosa, estaba sentado sobre un banco verde bajo la luz del farol. La cabeza gacha tapada por un gorro metálico y su cuerpo envuelto en bronce oxidado. Del banco, atada con un fuerte nudo, una soga que conducía a las riendas de un caballo flaco y viejo, tirado en el suelo cuidando otros elementos del mismo metal.

Me quedé mirándole un rato, asombrando por una visión tan extraña y peculiar. Masculló algunos sonidos hasta abrir los ojos y finalmente despertarse. Miró a su alrededor con desconfianza, parecía hallarse desorientado. Tardo en darse cuenta de mi presencia. Ambos estábamos igual de atónitos y pasmados, nos revisábamos de arriba a abajo sin entender lo que veíamos. Llegamos a cruzar nuestras miradas, la suya me atraía de manera extraña, una pasión salía de aquellos ojos, tapada por un velo de tristeza. Fue una de las razones por las que esa noche me quedé con él.

El habló primero, en una entonación rara y con palabras bastante extravagantes, que hacían que a veces me perdieran del hilo de la conversación. Lo tomé con cierta naturalidad, ya que esto es común en los locos de la calle.
Contaba historias estrafalarias pero de una magnitud que cada una de ellas me atrapaba más y más, sabiendo igualmente que todo eso eran puras patrañas y delirios de su mente. Escuchaba cada relato que se sucedía con uno que me cautivaba aún mas. Yo era un simple observador, un testigo externo que se fascinaba con sus hazañas.

Estuvimos un par de horas hablando, mas bien, yo solamente oyendo. Al terminar, intrigado, se me ocurrió preguntarle que haría ahora, en este preciso instante. No se si se lo tomó a mal. Suspiró, se levantó y tomando a su compañero animal desapareció en la oscuridad de la noche.

Primero pensé que fue la extrañeza con la que me quedé, luego el fervor en sus relatos, pero por último realicé que lo que mas me intrigó de esta historia fue él mismo, un loco que, como dicen algunos que saben, “luchó contra los molinos de viento”.





Testamento


En un viejo pueblo del sur, un señor se anotó en una caminata solitaria en la montaña. Alto y de cara impávida, vestido formalmente con un perfecto traje negro y una corbata a juego, escribió su nombre sobre el papel del registro y se largó hacia el camino.

Al anochecer, el hombre no había vuelto. Preocupados, los guardaparques decidieron buscarlo en la oscuridad del monte. Tras largas horas de trabajo, finalmente hallaron su cuerpo, rígido y sereno, dentro de las frías nieblas de la cumbre.

Se armó un gran revuelo, ya que nadie sabía quién era ni a qué había venido. Unos días más tarde del hecho, se presentaron las autoridades de la ciudad investigando la repentina desaparición del difunto. Al parecer, era un escritor de gran renombre que se había escapado de su hogar.

La policía identificó al cadáver y en su rutinaria búsqueda de evidencias encontraron en el registro de visitantes una página suelta, escrita a mano, en la que se leía:

“NADIE RECONOCE A LOS ESCRITORES HASTA QUE MUEREN”






Una Luna


Ya tenía todo listo para la noche perfecta. Su traje negro recién llegado de la tintorería, su corbata roja con rombos simétricos, zapatos bien lustrados, peinado y perfume, arreglado para salir a cenar a la playa. A través del espejo, pudo verla a ella preparándose al mismo tiempo. Era mucho menor que él, cabello rubio por la cintura, piel blanca reluciente, de figura fina y esbelta, y con un vestido que la transformaba en la mujer de sus sueños.

Por momentos le hacía recordar a su anterior pareja “¡Qué diría si estuviera aquí!” Se habían casado hace veinticinco años, pero la relación no prosperó demasiado, a pesar de haber intentado formar una familia. Pensar que la mujer que ahora lo acompañaba debería de ser un bebé en ese momento.

-¿Tenemos mesa reservada? – le hizo volver a la realidad su esposa actual.

Fueron a un restaurant lujoso cercano al hotel, las luces de las estrellas hacían de la cena una comida apasionante. Brindaron con un Cabernet, chocando las copas por encima del candelabro. La calidad de los platos lo decepcionó un poco, haciéndole rememorar cuando en una situación similar su ex se había quejado del sabor fuerte del foie gras. Pero el Extra Brut fue lo suficientemente bueno como para no dejarse llevar por nimiedades.

De allí, se dirigieron a la sala de cine a ver una película romántica sin sobresaltos, de esas que parecen haber sido vista antes. En ella se representaba el encuentro de una pareja separada largos años por la guerra. Aunque no lograron entender el desarrollo, la música, el idioma y las imágenes los cautivaron. Pasaron la función imitando las escenas de la pantalla y se largaron antes de que terminase el film.
Inspirados por lo que habían visto, volvieron al hotel. Se bañaron para limpiarse luego de tanta caminata y lo hicieron en la cama de dos plazas, hace décadas que no la pasaba tan bien. Se acostaron juntos mirando el reflejo de la luna en el agua y se durmieron ante el arrullo que iba y venía del mar.

Pero a mitad de la noche él se despertó, con una inquietud que lo impacientaba. Fue hasta el baño para verse la cara y despabilarse un poco. No sabía si estaba entre sueños o en la realidad, como atravesando un recuerdo. Pensó en dónde estaría ahora su mujer y su hija, que destino se les habría presentado, a qué se estarían dedicando, ¿estarían solas todavía?

Una idea rara se le cruzó por la cabeza, primero se río, pero luego se desesperó. La gravedad había roto la fantasía. Hurgó la cartera de ella y encontró sus documentos, allí se explicitaba bien claro su nombre completo y su fecha de nacimiento. Hizo números y se dio cuenta de su error, quiso despertarla para revertir lo que había hecho, pero ya era demasiado tarde. Según sus cálculos, ella tendría que estar ahora embarazada.




Espero que lo hayan encontrado entretenido. Haganme el favor de comentar con críticas, preguntas, dudas, puteadas, o lo que se les cruce por la cabeza.
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