El lugar de la violencia simbólica en la teoría de Pierre Bourdieu

La sociología de Pierre Bourdieu se acerca al mundo de lo social para inquirirlo
acerca de los mecanismos que aseguran la reproducción de lo que él llama el
espacio social y el espacio simbólico. Es por ello que considera que la tarea
fundamental de la sociología es construir estos espacios para definir los
principios de determinación objetiva fundamentales así como los signos de
distinción específicos. Reconstruir lo que él llama los rasgos permanentes que
constituyen las diferencias significativas, es lo que lo lleva a tomar cada objeto
de estudio, aparentemente no relevante, como un obstáculo que cubre, tras su
aparente insignificancia, las claves invaluables de la reproducción de lo social .
Una de esas claves se encuentra en lo simbólico. Desdeñado por la
tradición crítica occidental, lo simbólico retoma en la teoría de Bourdieu el lugar
central que el racionalismo le había arrebatado torpemente. En tiempos de
grandes confusiones y sobre todo, de profundas y prolongadas decepciones
que arrastran sólo al nihilismo más absurdo, la reconstrucción de lo simbólico
dentro de un corpus teórico, es más una obligación que un ensayo filosófico.
Sin dejar a un lado la preocupación crítica, lo simbólico es aceptado, antes que
como una actividad liberadora o catártica del ser social , como una
determinación más. Es más ese es precisamente el lugar en donde se esconde
la dominación y con ello la reproducción social . En las sociedades del
capitalismo occidental, la dominación no tendría un éxito tan atroz si no
existiera esa característica intrínseca en el ser social , lo simbólico. Es en ese
lugar donde se gestan las peores formas de violencia, es allí donde cada uno
es reducido en sus capacidades humanas, es en lo simbólico donde es posible
anular a la inteligencia más viva.
Es también por ese gran poder que la trasformación de un orden social
determinado, está subordinado a lo simbólico. Quién aspire a la conservación o
la trasformación, si no quiere seguir arando entre las piedras, no tiene más
opción que comprender los mecanismos básicos de las relaciones simbólicas,
sus posibilidades y sus límites. Sólo así será posible salir de la
autocomplacencia y de las salidas fáciles e ingenuas. Así lo reconoce Pierre
Bourdieu quien nunca estuvo lejos de la sociología del poder. Aún en sus
aparentemente más alejados estudios de la cultura, se encuentra inserto de
lleno en el cuestionamiento de la legitimidad de cualquier poder. Así como toma
a la cultura como una capitulo primordial para la construcción crítica, retoma al
consumo y lo coloca en su lugar, de autónomo, sacándolo del mecanicismo
productivista. El consumo, tan ninguneado por los jueces del marxismo
mecanicista, es un espacio decisivo para la construcción de las clases y la
organización de sus diferencias. Cabe señalar que la sociología de Bourdieu no
reniega de los análisis de clase, al contrario, sólo que los redimensiona, para
colocar el aspecto simbólico del consumo en una de las propiedades creadoras
de diferencias de clase, en paralelo a la producción y a la propiedad.
Las prácticas de consumo, al igual que las prácticas simbólicas, son más
que rasgos complementarios o consecuencias secundarias de la ubicación en
el proceso de producción. Esas prácticas funcionan como principios de
selección o de exclusión reales, que el sujeto contemporáneo vive, sufre, más
que en ninguna otra etapa histórica. No porque la exclusión sea particularidad
de esta etapa del capitalismo, sino porque el discurso desde el poder, lo invita
constantemente a ocupar los lugares que de hecho le son vedados. Lo que no
quiere decir que los dominantes sean quienes producen o dirigen las formas
inmanentes de los campos, pero si que ellos son quienes expresan dichas
formas. En el reconocimiento del carácter superior del habitus dominante que
se impone a todos los participantes, a todos los agentes, se forma el resultado
inmediato, a saber, que toda la estructura de dominación tienda naturalmente a
la reproducción.
Siendo el habitus el producto de condicionamientos sociales que hace
corresponder un conjunto sistemático de bienes y de propiedades, unidos entre
ello en una afinidad de estilo, ofrece una noción que une a la vez las prácticas y
los bienes de un sujeto, singular aunque perteneciente a una clase (Bourdieu,
1989). Es decir, el habitus es un conjunto unitario de elección de personas, de
bienes y de prácticas, que continuamente excluye y obviamente acepta. Sólo
que esta elección no depende solamente del habitus, ya que no es definido de
una vez y para siempre, ésta unidad no se construye en automático, es
producto del reconocimiento constante de los dominantes. Aunque por otra
parte también tiene la capacidad de producir prácticas y obras, y es en la
relación de esas dos características donde se construye el mundo social
representado, el espacio de los estilos de vida. Así cuando el habitus es puesto
en acción, se vuelve una diferencia simbólica y constituye, como diría Bourdieu,
un verdadero lenguaje.
La violencia simbólica, como todo lo simbólico en el ser, se encuentra en
todos lados de lo social . Tanto los excluidos totales como los que desean
competir por los bienes de determinado campo, están obligados a reconocer
que los medios con los que los dominantes ya cuentan son los aceptados. Ya
que un campo sólo puede funcionar si encuentra individuos socialmente
predispuestos a comportarse como agentes responsables, es decir que luchen
por ganar y por conseguir los beneficios que este les propone. Cuando existen
sujetos predispuestos, por causas innumerables, la reproducción y la
dominación están siempre aseguradas. Es así como se reproducen lo social y
por lo que, fuera de posiciones ideológicas, es tan compleja la trasformación
social . Sobre todo si la propuesta renovadora, casi escatológica, ubica su
epistemología tan lejos de los problemas simbólicos.
El poder otorgado a los dominantes es la base de la violencia simbólica,
que lleva a los propios dominados a ejercer sobre sí mismos las relaciones de
dominación, y lo que asegura su existencia es que las ignoran como tales. Por
lo que el trabajo de la sociología, si acaso comparte algo de la propuesta de
Bourdieu, es esencialmente ese desvelamiento. Pero sólo a condición de
construir una sociología bien armada del conocimiento de las estructuras y de
los mecanismos que escapan a las miradas de propios y extraños, para hacer,
como nos dice Bourdieu, un comparativismo de lo esencial.
La tarea del sociólogo, una preocupación constante de Pierre Bourdieu,
es establecer la lógica específica de las luchas de posición y de verdad, así
como establecer a través de un análisis el estado de la relación de fuerzas y de
los mecanismos de transformación en los diferentes campos. Es, en otras
palabras, el trabajo de hacer una historia de las luchas simbólicas, esas que
tienen como resultado, realizadas en su objeto, nuestro presente (Bourdieu,
1982). Sólo él conocimiento puede ejercer un efecto liberador sobre nuestro
presente, y si es acertado siempre afectará, lo queramos o no, a los
fundamentos de la violencia simbólica.

La sociología de Pierre Bourdieu se acerca al mundo de lo social para inquirirlo
acerca de los mecanismos que aseguran la reproducción de lo que él llama el
espacio social y el espacio simbólico. Es por ello que considera que la tarea
fundamental de la sociología es construir estos espacios para definir los
principios de determinación objetiva fundamentales así como los signos de
distinción específicos. Reconstruir lo que él llama los rasgos permanentes que
constituyen las diferencias significativas, es lo que lo lleva a tomar cada objeto
de estudio, aparentemente no relevante, como un obstáculo que cubre, tras su
aparente insignificancia, las claves invaluables de la reproducción de lo social .
Una de esas claves se encuentra en lo simbólico. Desdeñado por la
tradición crítica occidental, lo simbólico retoma en la teoría de Bourdieu el lugar
central que el racionalismo le había arrebatado torpemente. En tiempos de
grandes confusiones y sobre todo, de profundas y prolongadas decepciones
que arrastran sólo al nihilismo más absurdo, la reconstrucción de lo simbólico
dentro de un corpus teórico, es más una obligación que un ensayo filosófico.
Sin dejar a un lado la preocupación crítica, lo simbólico es aceptado, antes que
como una actividad liberadora o catártica del ser social , como una
determinación más. Es más ese es precisamente el lugar en donde se esconde
la dominación y con ello la reproducción social . En las sociedades del
capitalismo occidental, la dominación no tendría un éxito tan atroz si no
existiera esa característica intrínseca en el ser social , lo simbólico. Es en ese
lugar donde se gestan las peores formas de violencia, es allí donde cada uno
es reducido en sus capacidades humanas, es en lo simbólico donde es posible
anular a la inteligencia más viva.
Es también por ese gran poder que la trasformación de un orden social
determinado, está subordinado a lo simbólico. Quién aspire a la conservación o
la trasformación, si no quiere seguir arando entre las piedras, no tiene más
opción que comprender los mecanismos básicos de las relaciones simbólicas,
sus posibilidades y sus límites. Sólo así será posible salir de la
autocomplacencia y de las salidas fáciles e ingenuas. Así lo reconoce Pierre
Bourdieu quien nunca estuvo lejos de la sociología del poder. Aún en sus
aparentemente más alejados estudios de la cultura, se encuentra inserto de
lleno en el cuestionamiento de la legitimidad de cualquier poder. Así como toma
a la cultura como una capitulo primordial para la construcción crítica, retoma al
consumo y lo coloca en su lugar, de autónomo, sacándolo del mecanicismo
productivista. El consumo, tan ninguneado por los jueces del marxismo
mecanicista, es un espacio decisivo para la construcción de las clases y la
organización de sus diferencias. Cabe señalar que la sociología de Bourdieu no
reniega de los análisis de clase, al contrario, sólo que los redimensiona, para
colocar el aspecto simbólico del consumo en una de las propiedades creadoras
de diferencias de clase, en paralelo a la producción y a la propiedad.
Las prácticas de consumo, al igual que las prácticas simbólicas, son más
que rasgos complementarios o consecuencias secundarias de la ubicación en
el proceso de producción. Esas prácticas funcionan como principios de
selección o de exclusión reales, que el sujeto contemporáneo vive, sufre, más
que en ninguna otra etapa histórica. No porque la exclusión sea particularidad
de esta etapa del capitalismo, sino porque el discurso desde el poder, lo invita
constantemente a ocupar los lugares que de hecho le son vedados. Lo que no
quiere decir que los dominantes sean quienes producen o dirigen las formas
inmanentes de los campos, pero si que ellos son quienes expresan dichas
formas. En el reconocimiento del carácter superior del habitus dominante que
se impone a todos los participantes, a todos los agentes, se forma el resultado
inmediato, a saber, que toda la estructura de dominación tienda naturalmente a
la reproducción.
Siendo el habitus el producto de condicionamientos sociales que hace
corresponder un conjunto sistemático de bienes y de propiedades, unidos entre
ello en una afinidad de estilo, ofrece una noción que une a la vez las prácticas y
los bienes de un sujeto, singular aunque perteneciente a una clase (Bourdieu,
1989). Es decir, el habitus es un conjunto unitario de elección de personas, de
bienes y de prácticas, que continuamente excluye y obviamente acepta. Sólo
que esta elección no depende solamente del habitus, ya que no es definido de
una vez y para siempre, ésta unidad no se construye en automático, es
producto del reconocimiento constante de los dominantes. Aunque por otra
parte también tiene la capacidad de producir prácticas y obras, y es en la
relación de esas dos características donde se construye el mundo social
representado, el espacio de los estilos de vida. Así cuando el habitus es puesto
en acción, se vuelve una diferencia simbólica y constituye, como diría Bourdieu,
un verdadero lenguaje.
La violencia simbólica, como todo lo simbólico en el ser, se encuentra en
todos lados de lo social . Tanto los excluidos totales como los que desean
competir por los bienes de determinado campo, están obligados a reconocer
que los medios con los que los dominantes ya cuentan son los aceptados. Ya
que un campo sólo puede funcionar si encuentra individuos socialmente
predispuestos a comportarse como agentes responsables, es decir que luchen
por ganar y por conseguir los beneficios que este les propone. Cuando existen
sujetos predispuestos, por causas innumerables, la reproducción y la
dominación están siempre aseguradas. Es así como se reproducen lo social y
por lo que, fuera de posiciones ideológicas, es tan compleja la trasformación
social . Sobre todo si la propuesta renovadora, casi escatológica, ubica su
epistemología tan lejos de los problemas simbólicos.
El poder otorgado a los dominantes es la base de la violencia simbólica,
que lleva a los propios dominados a ejercer sobre sí mismos las relaciones de
dominación, y lo que asegura su existencia es que las ignoran como tales. Por
lo que el trabajo de la sociología, si acaso comparte algo de la propuesta de
Bourdieu, es esencialmente ese desvelamiento. Pero sólo a condición de
construir una sociología bien armada del conocimiento de las estructuras y de
los mecanismos que escapan a las miradas de propios y extraños, para hacer,
como nos dice Bourdieu, un comparativismo de lo esencial.
La tarea del sociólogo, una preocupación constante de Pierre Bourdieu,
es establecer la lógica específica de las luchas de posición y de verdad, así
como establecer a través de un análisis el estado de la relación de fuerzas y de
los mecanismos de transformación en los diferentes campos. Es, en otras
palabras, el trabajo de hacer una historia de las luchas simbólicas, esas que
tienen como resultado, realizadas en su objeto, nuestro presente (Bourdieu,
1982). Sólo él conocimiento puede ejercer un efecto liberador sobre nuestro
presente, y si es acertado siempre afectará, lo queramos o no, a los
fundamentos de la violencia simbólica.