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Accidente radiactivo de Goiania - Brasil

Ciencia Educacion2/13/2013
Accidente radiactivo de Goainia - Brasil 1987



Leide das Neves Ferreira es, probablemente, la única niña de la historia que se ha merendado un bocadillo de Cesio 137. Fascinada por el polvo azul luminiscente, untó además todo su cuerpo con el elemento radiactivo en presencia de su madre y poco después de que su padre comprase el polvo mágico a unos conocidos chatarreros. Leide y familiares descansan hoy en ataúdes de plomo tras morir y desencadenar un caos monumental en la ciudad brasileña de Goiania. La revista Time calificó el incidente nuclear como uno de los peores de la historia.


Accidente radiactivo de Goiania - Brasil

Leide das Neves Ferreira al lado de una de las máquinas como la desguazada



El 13 de septiembre de 1987, Roberto dos Santos Alves y Wagner Mota Pereira, dos chatarreros a tiempo parcial de la ciudad brasileña, entraron en el edificio abandonado del Instituto de Radioterapia de Goiania, buscando morralla y metal para vender a buen precio. Con una de sus viejas carretillas consiguieron recopilar más de 600 kg de plomo y acero; fundamentalmente extraídos de una de las máquinas de teleterapia de la clínica, que también se llevaron. Sin saberlo estaban desmembrando un peligroso equipo radiológico cargado de cloruro de cesio.


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Mano de uno de los chatarreros afectados con un de las irradiaciones de la cápsula



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Un dispositivo de radioterapia con forma de rueda con un colimador para aunar la radiación en un pequeño rayo. La fuente de cloruro de cesio radiactivo es el cuadrado azul y los rayos gamma están representados como el haz que emerge de la ventana de iridio, coloreada de fucsia.




Los chatarreros empujaron la pesada carretilla hasta la casa de Santos Alves, y así poder desmenuzar con tiempo su botín. Nada hacía presagiar a los incautos que esos 600 metros de recorrido iban a ser levantados —literalmente— por decenas de excavadoras unas semanas más tarde, para filtrar y limpiar hasta el último gramo de tierra contaminada.

Una vez allí y a golpe de martillo, fragmentaron todo el equipamiento para poder clasificar el material. Un pequeño cilindro —del tamaño de un dedal— se desprendió de la máquina. Era la cápsula del componente radiactivo. Un robusto tubo de plomo y acero que contenía la fuente. Ésta giraba libremente dentro del dedal y sólo irradiaba y emitía luz cuando coincidía con una pequeña ventana de iridio del cerramiento exterior. Un pequeño farol ‘eterno’ a modo de juguete divertido y peligroso.


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Zona Cero y procesos de descontaminación



Ambos intentaron abrir el cilindro para sacar lo que creían eran unos gramos de pólvora antes de desistir y vendérselo a su compañero y tío de la niña. Esto les salvó la vida. Devair Alves Ferreira consiguió romper la cobertura de la cápsula para sacar el polvo azul. Tenía una idea en la cabeza. Intentar fabricar el anillo más fascinante y mágico que nunca habría visto su mujer. Convocó a todo el vecindario para jugar y tocar la piedra y los polvos fluorescentes que de ella se desprendían. El padre de Leide se tatuó una cruz en el abdomen con la piedra. Otros se maquillaron la cara con pinturas luminosas ‘de guerra’ o esparcieron el polvo por los corrales para el jolgorio animal. Su sobrina jugó con los polvos mientras merendaba su bocadillo, aquella fatídica noche…

Dos días después comenzaron los problemas. Los dos chatarreros empezaron a vomitar cruelmente entre estertores febriles, achacando los síntomas a una mala digestión. Acabaron en el hospital en la sección de enfermedades tropicales. Pronto se dieron cuenta en el barrio que algo no funcionaba. Más de 600 personas estuvieron en contacto directo con el cesio antes de que la tía de Leide barruntara una relación directa entre la piedra mágica y los cuerpos hinchados y literalmente llenos de quemaduras de sus amigos y familiares.


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Imagen del cementerio nuclear de Goiania con los contenedores de material contaminado



Dentro de la funesta cadena de determinaciones erróneas, la señora Gabriela Maria Ferreira decidió llevar la piedra para que la examinara la máxima autoridad sanitaria de su barrio: el veterinario. Ante las sospechas, éste decidió aconsejar que se trasladara con la piedrecita y sus polvitos al hospital de la ciudad. Gabriela metió el cesio en una bolsita de plástico y cogió un abarrotado autobús de línea hasta el hospital municipal. Todo este operativo sería más tarde imitado y ensayado por las autoridades en el estadio olímpico de la Goianía para intentar establecer un protocolo de aislamiento de los contaminados y estudiar el recorrido de la sustancia en su fatal viaje. Allí acudieron cientos de personas para ducharse y descontaminarse.

Al llegar al hospital, la señora Gabriela soltó encima de la mesa del doctor Paulo Roberto Monteiro el Cesio 137. Paulo sospechó su procedencia y lo llevó inmediatamente metido en un saco a una zona sin gente, dejándolo todo en una silla en el centro del patio trasero. Una vez identificado se evacuó el hospital y se procedió a su retirada. Para ello una grúa descolgó una tubería gigante sobre la silla y los restos radiactivos. Luego se derramó una tonelada de hormigón sobre el conjunto para poder extraerlo completo y de una sola pieza. Gabriela falleció en ese mismo hospital el 23 de octubre.



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Restos del Cesio 137 y la cápsula de iridio sobre la silla del Hospital Municipal



Inicialmente murieron cuatro personas por síndrome de radiación aguda, y otras cuatro en los siguientes cuatro años. 5000 personas vivían en el área de riesgo, pero el operativo estableció que sólo 600 fueron víctimas de una radiación excesiva; por encima de los 0,3 Sv. Sin embargo, el llamado ‘estrés crónico’ afecta a toda la ciudad desde entonces, impregnada del miedo y la ignorancia a las consecuencias de aquella maldita radiación. Hasta ese fatídico día, nadie sabía lo que significaba la palabra radiactividad en aquel pequeño barrio de Goiania. El miedo trajo la falsa crisis; el comercio descendió un 60% en la ciudad. Nadie quería salir a comprar ropas ni alimentos por temor a contaminarse. En el entierro de las víctimas, los ataúdes de plomo fueron apedreados por la multitud, en protesta por la cercanía del sepelio a sus viviendas. Varias manzanas de la ciudad fueron literalmente demolidas y convertidas en escombros, que todavía permanecen amontonados en un depósito a ‘cielo abierto’ y a 18 kilómetros de la ciudad. Una fundación con el nombre de Leide recuerda y vela todavía por los derechos de los más afectados.

El accidente destapó el caos y descontrol en la delegación que vigila las dosis radiactivas de los componentes radiológicos. Como prueba, más del 40% de las consultas de control anuales a clínicas y centros quedaban sin contestar. La comisión de energía nuclear brasileña (CNEN) no recibió ninguna notificación tampoco del cambio de propietario o demolición de las máquinas de aquella clínica, según la licencia concedida en 1971. El cesio llevaba 3 años abandonado allí hasta su robo. Por lo tanto, se estableció que la responsabilidad en los homicidios por negligencia recaía sobre los tres médicos que gestionaban las máquinas. Pero como el accidente ocurrió antes de la promulgación de la Constitución Federal del 88, los médicos no pudieron ser declarados responsables al no ser los compradores ‘reales’ del equipamiento. Hoy viven ejerciendo la misma actividad cerca de los afectados por el ‘estrés crónico’ derivado del incidente.



Fallecimientos
- Leide das Neves Ferreira, 6 años (6 Gy, 600 REM), era la hija de Ivo Ferreira. Inicialmente, cuando un equipo de salvamento procedió a su tratamiento, fue aislada en una habitación especial porque el personal del hospital tenía miedo de entrar en contacto con ella. Entre los síntomas se registraron hinchazón, caída del pelo, hemorragias internas y daños en pulmones y riñones. Murió el 23 de octubre de 1987 y fue enterrada en un ataúd de plomo, sepultado por cemento.

- Gabriela Maria Ferreira, 38 años (5,7 Gy, 550 REM), esposa del chatarrero Devair Ferreira cayó enferma tres días después de entrar en contacto con la sustancia. Su estado empeoró y registró hemorragias internas, especialmente en las extremidades, ojos y tracto digestivo, así como caída del cabello. Murió el 23 de octubre de 1987.

- Israel Baptista dos Santos, 22 años (4,5 Gy, 450 REM) era un empleado de tecnicor, que trabajó con la fuente radiactiva para extraer el plomo. Desarrolló serias complicaciones respiratorias y linfáticas. Fue ingresado el 21 de octubre de 1987 y murió seis días después.

- Admilson Alves de Souza, 18 años (5,3 Gy, 500 REM) también era una empleada de tecnicor, y también trabajó con la fuente radiactiva. Sufrió daños pulmonares y hemorragias internas, y falleció el 18 de octubre de 1987.


Supervivientes
Devair Alves Ferreira, 36 años, (7,0 Gy, 700 REM), sobrevivió. Recibió más dosis que ningún otro individuo, pero en un mayor lapso.

Wagner Mota Pereira, 19 años, fue al hospital unos once días después de la irradiación y estuvo ingresado unos cuatro días. Fue tratado por daños en la piel.

Maria Gabriela Abreu, 57 años, (4,3 Gy, 430 REM) era la madre de Gabriela Maria Ferreira. Estuvo expuesta al material, el cual portó, consciente o inconsicentemente, a su casa. Ingirió unos 10 MBq (270 Ci), resultando gravemente herida, aunque acabó sobreviviendo.

Geraldo Guilherme da Silva, 21 años, (3,0 Gy, 300 REM) era el empleado que acompañó a Gabriela en el autobús con la fuente.
Ernesto Fabiano (4.5 Gy, 450 REM) era el amigo de Devair que abrió la protección a martillazos. Se llevó algunos fragmentos de la fuente a su casa, y tuvo que ser hospitalizado por envenenamiento por radiación.

Edson Fabiano, 42 años, (5,3 Gy, 530 REM) era el hermano de Ernesto. Fue hospitalizado por envenenamiento por radiación.

Roberto dos Santos Alves, 22 años, (6,0 Gy, 600 REM), un mes después de la exposición perdió su brazo derecho.

Ivo Alves Ferreira, 40 años, era el padre de Leide das Neves Ferreira.

Kardec Sebastião dos Santos, 30 años, transportó algunas de las piezas al desgüace de Devair.
Muchas otras personas sobrevivieron a pesar de haber recibido altas dosis de radiación, posiblemente porque la dosis fue recibida de forma muy fraccionada, lo que pudo ayudar a que el cuerpo activara mecanismos de prevención de daños por radiación.




Gy(Grey)
mide la dosis absorbida de radiaciones ionizantes por un determinado material. Un gray es equivalente a la absorción de un joule de energia ionizante por un kilogramo de material irradiado.
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