EL PRINCIPE OLVIDADO
Spurgeon ha sido olvidado. Se habla mucho de él incluso se le cita algunas veces en los
púlpitos, pero poco se conocen las doctrinas que predicó y que constituyeron la clave y
fundamento del ministerio del gran predicador inglés. Que no se le conozca bien en España y
países de habla hispana no es extraño, pues lo que de él se ha publicado en castellano es muy
limitado. Por otra parte, las referencias que de Spurgeon nos han llegado oralmente, a menudo
han sufrido deformaciones, como las sufre toda tradición. Incluso en Inglaterra se ha olvidado al
verdadero Spurgeon, y hoy en día se publican respetuosas, aunque caricaturescas, biografías, y se
editan mutilados algunos de sus sermones. El presente libro demostrará al lector que, en realidad,
no se conoce al famoso predicador bautista.
El contenido de esta obra se publicó originalmente en dos partes, las mismas en que se
divide el libro, en THE BANNER OF TRUTH; la primera de ellas en el número 25 (marzo de 1962) y la segunda en el extraordinario de febrero de 1963 (números 28 y 29). Su autor, Iain
Murray, es pastor de la bien conocida Grove Chapel de Londres, y fundador y director de THE
BANNER OF TRUTH TRUST, hoy en día una de las más importantes editoriales evangélicas.
En la primera parte hallará el lector una reseña biográfica, centrada especialmente en el año
1856, año clave para comprender el ministerio de Spurgeon, y en la que se podrá apreciar su
carácter, obra y circunstancias históricas de su vida.
En la segunda se encuentra una cuidada síntesis, abundantemente documentada, de sus
convicciones doctrinales, convicciones que no respondían a tina fría aprehensión de las doctrinas
de la Biblia, sino que, como dice al autor, "habían sido grabadas con fuego en él por el Espíritu
Santo, irradiadas a su alrededor por su amor a su Redentor, y conservadas en toda su lozanía
durante su ministerio por la continua comunión con Dios. Spurgeon sentía poca simpatía por los
que sostenían un sistema ortodoxo desprovisto de la unción viva del Espíritu".
Al final del libro se incluyen dos apéndices. En el primero se compara uno de los
sermones de Spurgeon de los varios que se han publicado recientemente por una editorial
inglesa, con el que fue publicado originalmente por el mismo Spurgeon. En el segundo se
responde a la pregunta: ¿Pueden fusionarse los sistemas Arminiano y calvinista?
Quiera el Señor que la lectura de este libro ayude al lector a consagrarse, como Spurgeon,
a la defensa de la pureza del Evangelio. En estos tiempos de confusión en los que el diablo
introduce ideas contrarias a la Revelación de Dios en tantas mentes evangélicas, estos tiempos en
los que muchos cristianos viven con temor a definirse por causa de su confusión acerca de la
ortodoxia evangélica, es necesario tener ideas y conducta claras. Nada puede unirnos sino la
Verdad.
"Y al que puede confirmaros según mi Evangelio y ¡a predicación de Jesucristo, según la
revelación del misterio que se ha mantenido oculto desde tiempos eternos, pero que ha sido
manifestado ahora, y que por las Escrituras de los profetas, según el mandamiento del Dios
eterno, se ha dado a conocer a todas las gentes para que obedezcan a la fe, al único y sabio Dios,
sea gloria mediante Jesucristo para siempre. Amén."
JORGE PERERA
Marzo, 1964.
***
LA PERSONA DE SPURGEON
Es imposible llegar a calcular la importancia del significado de la vida de C. H. Spurgeon
sin conocer algo de la situación religiosa del país en el momento en que comenzó su ministerio, a
mediados del pasado siglo. El cristianismo protestante era más o menos la religión nacional, se
observaba rigurosamente el domingo, se respetaban las Escrituras y, aparte de los miles no
alcanzados en algunas de las grandes ciudades, era costumbre general asistir a la iglesia. Todas
estas cosas se aceptaban de modo tan general, y estaban evidentemente tan arraigadas, que los
cambios espirituales que desde entonces ha presenciado la nación eran tan remotos para aquellos
victorianos como los automóviles y los aviones. Sin embargo, no es preciso observar por mucho
tiempo el cristianismo que prevalecía en los años 1850 a 1860, para notar algunas señales
difícilmente identificables con lo que hallamos en el Nuevo Testamento: era demasiado elegante,
demasiado respetable, demasiado amigo del mundo. Era como si textos tales cual «el mundo entero está bajo el maligno" ya no fueran correctos. La Iglesia no carecía de riqueza, ni de
hombres, ni de dignidad; pero sufría una triste escasez de unción y poder. Había una tendencia
general a olvidar la diferencia entre la erudición humana y la verdad revelada por el Espíritu de
Dios. No escaseaban la elocuencia y la cultura en los púlpitos, pero había una notable ausencia
del tipo de predicación que quebranta los corazones de los hombres. Quizá la peor señal de todas
era el hecho de que pocos tenían conciencia de estas cosas. La iglesia, externamente, era lo
suficientemente próspera para contentarse con seguir la rutina de años anteriores. Un escritor
contemporáneo, lamentando este apático formalismo, observaba: "El predicador habla durante el
tiempo acostumbrado; la congregación se sienta, y escucha quizá con bastante paciencia; se canta
el acostumbrado número de estrofas, y la actividad del día ha terminado; generalmente, no suele
ocurrir nada más. Nadie negará que esta es, ni más ni menos, la descripción del actual estado de
cosas en la mayoría de nuestras iglesias. Si el predicador deja caer el pañuelo sobre el salterio, o
da un golpe algo más fuerte que de costumbre con su eclesiástico puño, se notará, se recordará, y
se comentará, mientras se demuestra un olvido absoluto del tema y naturaleza de lo que se ha
tratado". Pronto atacarla Spurgeon este tradicionalismo muerto con palabras más directas:
"Creéis que porque algo es antiguo, ha de ser venerable. Amáis las antigüedades. Quisierais que
la carretera no fuese arreglada, por el solo hecho de que vuestro abuelo pasó en su carro por los
surcos que allí se ven.«Que no lo toquen», decís: «que siga siendo un surco profundo». ¿Acaso
vuestro abuelo no pasó por él estando aún enfangado? ¿Por qué no habéis de hacer lo mismo? Si
era bueno para él, es bueno para vosotros. Siempre os habéis sentado cómodamente en la capilla.
Nunca visteis un avivamiento, ni queréis verlo”.
Los sectores evangélicos de la Iglesia no habían escapado de las tendencias
predominantes de la época. Se admiraba el recuerdo de Whitefield y Wesley, pero no se les
seguía. El filo de la Verdad evangélica había perdido gradualmente su corte. Aquellas recias
doctrinas metodistas que habían sacudido al país un siglo antes no habían sido abandonadas - y
unos pocos las predicaban todavía con fervor -, pero la opinión general era que la época
victoriana necesitaba una presentación más refinada del Evangelio. Con semejantes puntos de
vista, era inevitable que la enérgica y definida Teología Reformada de la Inglaterra de los siglos
XVI y XVII estuviera completamente desechada. El historiador de la Reforma Merle d'Aubigné,
de Ginebra, que visitó este país en 1845, dice que se vio obligado a preguntarse si el puritanismo
"existe todavía en Inglaterra. Quizá habrá caído bajo la influencia de los acontecimientos
nacionales, y la mofa de los novelistas. Acaso, en fin, será necesario volver al Siglo XVII para
encontrarlo”. No obstante, es cierto que algunos de los líderes evangélicos del país,
especialmente los menos jóvenes, estaban hondamente preocupados por la situación espiritual de
las iglesias; John Angell James, por ejemplo, que había pastoreado la famosa Iglesia
Congregacional de Carr's Lane, en Birmingham, desde 1805, escribía en 1851: "El estado de la
religión en nuestro país es bajo. No creo que haya predicado jamás con menos resultado para
salvación que ahora; y, lo mismo ocurre a la mayoría. Es una aflicción general."
Si estas cosas eran ciertas en cuanto al país en general, lo eran especialmente en Londres,
y la Capilla Bautista de New Park Street, situada en un sector «de penumbra y suciedad" junto a
la orilla meridional del Támesis en Southwark, no era una excepción. La congregación tenía una
admirable historia que se remontaba al siglo XVII, pero por aquel entonces se encontraba como
las barcazas abandonadas en el cercano fango durante la marca baja. Durante años había estado
en decadencia, y el edificio, grande y ornamentado, construido para una congregación de mil
personas, estaba vacío en sus tres cuartas partes durante los cultos. esta fue la escena que acogió
al joven de diecinueve anos que vino de Essex para predicar por primera vez en el púlpito de New Park Street la fría y triste mañana del 18 de diciembre de 1853. Fue la primera vez que la
voz de Spurgeon se oía en Londres, pero casi inmediatamente fue llamado a iniciar un pastorado
que había de continuar durante treinta y ocho años hasta su muerte, el 31 de enero de 1892.
***
EL OLVIDADO SPURGEON
No son pocos los grandes predicadores del Evangelio que han sido olvidados por la
posteridad por haber escrito poco, y por no haber tenido biógrafos que recogieran su obra. En un
sentido, el recuerdo de C. H. Spurgeon ha sufrido precisamente por razones opuestas. Lo que
llegó a predicar, escribir y publicar fue colosal: más de sesenta volúmenes del New Park Street y
Metropolitan Tabernacle Pulpit (cada volumen con un promedio de setecientas páginas de letra
pequeña), veintiocho volúmenes de The Sword and Trowe1 (revista mensual) y más de un
centenar de otros libros de diversos tamaños. La información biográfica que existe acerca de él
es de una escala similar. Decir que se han impreso más de veinte volúmenes seria probablemente
inexacto e inferior a la realidad; las mejores obras, por si solas (la Autobiografía publicada por la
señora Spurgeon, y la Vida y Obra por G. H. Pike), forman diez volúmenes. También se halla
importante información, de naturaleza autobiográfica, en sus sermones y revistas, información
que aún no ha sido completamente usada por ningún biógrafo. Evidentemente, poco tendría de
ordinaria la biografía que retratara apropiadamente semejante vida dentro de los limites de un
solo volumen, y aunque varios escritores lo han intentado, ninguno lo ha logrado realmente. Hay
el peligro, pues, de que los biógrafos populares de Spurgeon, por insuficiencia puedan, de hecho,
aunque desde luego sin querer, engañar a sus lectores. Los falsos conceptos que hoy día existen
acerca de Spurgeon se deben ciertamente en parte a sus biógrafos. Pero hay algo peor debido a
que es menos reconocido, y es que Spurgeon ha sufrido también a manos de algunos de sus
editores. Es necesario decir, Por ejemplo, que nadie puede juzgar apropiadamente su ministerio
leyendo la actual Edición Kelvedon de sus sermones. Esta edición se compone de material que es
tan sólo un fragmento seleccionado de Spurgeon, y está abreviado de manera que el lector
ordinario jamás imaginaria. Así pues, conviene darse cuenta de que es posible estar familiarizado
con gran cantidad de anécdotas populares acerca de Spurgeon, y aun con selecciones de sus
propias palabras, y al mismo tiempo estar muy lejos de poseer una valoración exacta de la
importancia de su vida y mensaje.
Si hubiera que dar un bosquejo de la vida de Spurgeon, se parecería más o menos a uno
de sus propios sermones: una introducción y tres divisiones. La introducción sería el Spurgeon
de la infancia y la adolescencia, mientras era moldeado y preparado en la campiña de Esex y
Cambridgeshire. Luego el primer periodo, Spurgeon en New Park Street, época de
despertamiento y conmoción, de oposición amarga que trataba de escarnecerle. El segundo
período seria el de Spurgeon en la época central de su vida, después que se hubo instalado en el
Tabernáculo Metropolitano y que la tormenta se hubo apaciguado gradualmente hasta
convertirse en largos años de tranquilo progreso y bendición. Su posición estaba reconocida, y se
convirtió en el admirado y popular líder evangélico de Londres. El último punto seria el período
de aproximadamente cinco años antes de su muerte a los cincuenta y siete años. En estos años
finales, la paz terminó súbitamente. Una vez más, Spurgeon se opuso a la mayoría evangélica que le rodeaba, y se convirtió en el centro de la controversia que fue llamada «Down Grade»
(Decadencia) -controversia que había de tener graves repercusiones en esta nación -. Aunque
todavía se le respetaba, ya no se le seguía de modo tan general. Era casi como si la rueda de su
ministerio hubiera trazado un circulo completo y volviera a los años primeros en que había
experimentado la censura, el sufrimiento y la soledad de dar fiel testimonio de las verdades que
la Iglesia profesante no deseaba. Las palabras que había pronunciado al principio fueron ciertas
al final: "En el camino que lleva hasta el cielo, nos daremos cuenta de que no se llega allí sino
«por un pelo». No llegaremos al cielo viento en popa y a toda vela, como las aves marinas con
sus hermosas y blancas alas, sino que muchas veces navegaremos con las velas hechas jirones,
los mástiles crujiendo, y las bombas de agua achicando día y noche. Llegaremos a la ciudad a la
hora de cerrarse las puertas, pero no antes".
Sin duda es significativo que el Spurgeon mejor recordado hoy sea el de la época media,
el predicador popular, el hombre cuyos sermones se imprimían en Veintitrés idiomas y de los
cuales se habían publicado cien millones de ejemplares a finales del siglo XIX. El Spurgeon de
New Park Street, el hombre cuyo mensaje fue tan mal recibido que el único lugar de Cambridge
donde se vendían sus libros era la tienda de ultramarinos, y que podía hablar de si mismo
diciendo que se le tenía "por la escoria de la creación; apenas hay un ministro que nos mire o
hable favorablemente de nosotros", este Spurgeon ha sido casi olvidado. Asimismo el Spurgeon
de la controversia "Down Grade" -el profeta que advertía a sus compañeros evangélicos:
"Estamos descendiendo a velocidades propias de los dementes", y que decía: "Es mera parlería el
decir: "Somos evangélicos; todos somos evangélicos y al mismo tiempo negarse a decir lo que
significa evangélico"- este Spurgeon es hoy día poco conocido. Sin embargo, creemos que es
precisamente la carga de los primeros y los últimos años de Spurgeon la que más de cerca nos
concierne a nosotros en la época actual, pues el énfasis de sus enseñanzas en dichos periodos
vierte mucha luz sobre la situación de los evangélicos, hoy día. En las páginas siguientes no
vamos a tratar de detallar el bosquejo de su vida, sino más bien de concentrarnos principalmente
en un año de su ministerio, el año 1856, cuando él contaba veintidós. Este año fue para Spurgeon
lo que el año 1739 fue para George Whitefield, y así como uno no puede entender la vida de
Whitefield sin conocer lo que ocurrió cuando tenía veinticuatro años, así el estudio de Spurgeon
a la edad de veintidós nos ofrece, por así decirlo, la clave para entender el curso futuro de su
vida, y nos da también una visión en primer plano de lo que un contemporáneo llamaba la etapa
más romántica aun en la maravillosa vida de Spurgeon”.
EL AÑO 1856
Grandes eran los cambios que habla presenciado la capilla de New Park Street desde los
primeros días de 1854. Ya en otoño de aquel año, quinientas personas era la asistencia normal a
la reunión de oración de cada semana. La iglesia se llenaba aun después de ser ampliada, y era
insuficiente para el número de oyentes. Pronto se hizo evidente que en Londres ocurría algo que
no habla ocurrido desde los tiempos de Whitefield y Wesley. Un ministro de Escocia que visitó
New Park Street a principios de 1856, ha hecho la siguiente descripción de la asistencia al culto
de la noche. Llegó, dice, con dos acompañantes, alrededor de las seis, y el culto empezaba a las
seis y media: «Con gran desaliento hallamos una muchedumbre esperando ya a la puerta. Sólo
los que tenían entrada podían pasar; no teniéndola nosotros, casi desesperábamos de tener
acceso. No obstante, uno de mis acompañantes se acercó a un policía y le dijo que era un
ministro procedente de Escocia y tenla grandes deseos de entrar. Al oír esto, el agente dijo muy
cortésmente que nos permitiría entrar en la iglesia, pero no nos prometía asientos. Era todo lo que deseábamos. Uno de nosotros (una señora) fue obsequiado con un asiento; mi otro
acompañante y yo nos consideramos felices de que nos permitieran sentarnos en una ventana,
con una densa multitud en el pasillo a nuestros pies. Pregunté a un hombre que estaba cerca de
mi si venia habitualmente; me dijo que si. «¿Por qué, pues, no toma usted asiento?> le pregunté.
«¡Asiento!» replicó; «Esto no se puede conseguir por más que se quiera. Tengo una entrada para
poder entrar y estar en pie». Se me dijo que la iglesia tenia asientos para mil quinientas personas;
pero entre las aulas y los pasillos, que estaban congestionados, sin duda había más de tres mil".
No parecía haber limite para el número de oyentes que anhelaban oír el mensaje de
Spurgeon. El Exeter Hall, en el Strand, con una capacidad aproximada de cuatro mil personas,
solía usarse frecuentemente el domingo por la noche en vez de la capilla, hasta que por fin los
administradores del Exeter Hall se quejaron de que no podían alquilar indefinidamente el local a
los miembros de una sola denominación. Fue esto lo que condujo, en octubre de 1856, al uso de
la Sala de Conciertos de Surrey Gardens, vasto edificio que acababa de ser erigido para los
conciertos de un popular músico, M. Jullien, y capaz para una multitud de seis a diez mil
personas, El hecho de que las multitudes estén dispuestas a escuchar el Evangelio no es en si una
prueba de verdadero avivamiento, pero hay buenas razones para creer que, en esta época,
centenares de personas estaban entrando realmente en el Reino de Dios. En 1857 decía
Spurgeon: "En un año he tenido la dicha de ver personalmente a más de mil convertidos". La
convicción de Spurgeon era que su iglesia se encontraba en medio de un gran despertamiento
espiritual; de hecho usaba este solemne argumento para con aquellos que aún dormían: "La
incredulidad hace que en tiempos de avivamiento y de derramamiento de la gracia de Dios, estéis
aquí sentados sin sentir ningún, ninguna llamamiento, sin ser salvos". "Creo" decía en otra
ocasión, "que muchos de los antiguos puritanos saltarían de sus tumbas si supieran lo que esta
ocurriendo ahora".
Pero seria un grave malentendido imaginar que aquellos días no eran sino pura dicha para
Spurgeon, pues en la misma época se encontraba en medio de una de las más crueles
persecuciones que un ministro del Evangelio haya jamás sufrido por si solo en este país. En el
dormitorio de su hogar, en el número 217 de New Kent Road, la señora Spurgeon habla colgado
aquel texto que dice: "Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y
digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo. Gozaos y, alegraos, porque vuestro galardón
es grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros"
(Mateo 5:11-12). Estas palabras describen más o menos la experiencia diaria de Spurgeon a la
edad de veintidós años. Su nombre era satirizado en la prensa y "pateado ppi- la calle como una
pelota de fútbol". Los periódicos no podían ignorarle, pues su ministerio era ya tema de
conversación en toda Inglaterra, pero tampoco podían encomiarle, pues atacaba la religión
respetable que ellos apoyaban. The Illustrated Times escribía el once de octubre de 1856: "La
popularidad del señor Spurgeon no tiene precedentes; puede afirmarse que no se ha conocido
ante desde los días de Whitefield. La capilla de Park Street no tiene capacidad ni para la mitad de
las personas descosas de oírle, y aun Exeter Hall es insuficiente. Ciertamente, amigos se
proponen alquilar la Sala de Conciertos de Surrey Gardens, y creen firmemente que se llenará.
Su popularidad no se limita a Londres; recientemente hemos visto con nuestros propios ojos, en
un día laborable, en una remota comarca agrícola, largas filas de personas que convergían hacia
un punto, y al preguntar a una de ellas dónde iban, se nos respondió: «Vamos a oír al señor
Spurgeon»." El periódico proseguía diciendo que cabría predecir que era sólo cuestión de tiempo
antes que la corriente de la popularidad "diese media vuelta y le abandonase". En muchos lugares del país, la prensa local se unía al clamor de alarma. La siguiente cita,
sacada de un periódico de Sheffield, es típica del punto de vista que generalmente prevalecía:
"En los momentos actuales, el gran le6n, la estrella, el meteoro, o llámeselo como se quiera, de
los bautistas, es el reverendo señor Spurgeon, ministro de la capilla de Park Street en Southwark.
Ha hecho verdadero furor en el mundo religioso. Cada domingo, las multitudes asaltan Exeter
Hall como si fueran a un gran espectáculo dramático. El enorme local se llena a rebosar de un
público emocionado, cuya buena fortuna en conseguir entrada suele ser envidiada por los
centenares que se quedan fuera asediando las puertas cerradas... El señor Spurgeon se predica a
sí mismo. No es otra cosa que un actor, y no hace otra cosa sino exhibir aquella incomparable
desfachatez que le caracteriza en grado sumo, entregándose a burdas familiaridades con las cosas
santas, declamando en estilo delirante y coloquial, contoneándose arriba y abajo en la plataforma
como si estuviera en el Teatro de Surrey, y jactándose de su propia intimidad con los cielos con
una frecuencia que da náuseas. Se diría que el cerebro de este pobre joven ha sido trastornado
por la notoriedad que ha adquirido, y por el incienso que se ofrece en su santuario.
Reconozcamos en favor de ellos, que las grandes luminarias de su denominación no apoyan ni
alientan al señor Spurgeon. Es un fenómeno maravilloso, pero de corta duración, un cometa que
ha aparecido súbitamente en el firmamento religioso. Ascendió como un cohete, y antes de poco
descenderá como la caña".
Los periódicos no lograron silenciar a Spurgeon, pero el objetivo casi lo consiguió otro
método mas diabólico la noche del domingo 19 de octubre de 1856. Por primera vez la
congregación de New Park Street se reunía en la Sala de Conciertos de Surrey Gardens, y el
vasto edificio, con sus tres galerías, estaba lleno a rebosar. Cuando el culto ya habla empezado y
Spurgeon estaba orando, se oyó en diversos puntos el grito de "¡Fuego!". En medio de la
confusión y el pánico que inmediatamente se produjo, se oyeron los gritos de: "¡Se hunden las
galerías!" "¡Se está cayendo el techo!" A continuación se produjo una estampida en la que
murieron siete personas, y veintiocho fueron llevadas al hospital, gravemente contusionadas y
heridas. Los instigadores de esta falsa alarma -pues no era otra cosa - no fueron jamás hallados,
pero las terribles consecuencias de la misma quedaron marcadas vívidamente en la mente de
Spurgeon toda su vida, y la conmoción que sufrió fue tal que durante un tiempo se dudó si jamás
volverla a predicar.
Después del desastre de la Sala de Conciertos de Surrey, los ataques de la prensa contra
Spurgeon arreciaron hasta el máximo. The Saturday Review escribía el 25 de octubre: "Creemos
que las actividades del señor Spurgeon no merecen en lo más mínimo la aprobación de sus
correligionarios. Apenas hay un ministro no conformista de cierta categoría que esté asociado
con él. No observamos, en ninguno de sus proyectos u operaciones de edificación, que los
nombres de ninguno de los líderes del llamado mundo religioso figuren como fiadores... Existe la
opinión general de que sus anormales procedimientos no benefician a la religión.. El alquilar
lugares de esparcimiento público para la predicación del domingo es una lamentable novedad.
Da la impresión de que la religión se encuentre faltada de recursos. Después de todo, el señor
Spurgeon no hace otra cosa sino representar el papel de Jullien dominical. Se nos habla del
espíritu profano que debe haber habido en el fondo de la mente clerical cuando la Iglesia
representaba Autos Sacramentales y toleraba la Fiesta de los Asnos; pero estas cosas antiguas
reaparecen cuando los predicadores populares alquilan salas de conciertos, y predican la
redención limitada en salas saturadas de olor a tabaco, y donde resuenan las castas melodías del
Bobbing Around y los valses de La Traviata." "El asunto de Surrey Gardens ha sido un gran golpe efectista. El deplorable accidente en
que siete personas perdieron la vida, y docenas quedaron lisiadas, mutiladas o gravemente
heridas, el señor Spurgeon lo considera tan sólo como una nueva intervención de la Providencia
en su favor. "Confío en que este acontecimiento nos enseñará la necesidad de " …ser ¿sobrios,
racionales y decentes?… No; "tener un edificio propio". Sí, predicar hasta que otra multitud
llegue al frenesí del terror, -matar y aplastar una o dos docenas más -, y entonces las
especulaciones habrían tenido éxito".
***
LOS DONES DE SPURGEON
Dejando ahora lo que el mundo pensaba de Spurgeon en 1856, consideremos algunas de
las razones que habían hecho de é1 el instrumento de este gran despertamiento. En primer lugar,
Spurgeon poseía destacadas capacidades naturales que fueron todas consagradas a la causa de la
proclamación de la Palabra. Su poder intuitivo y descriptivo le permitía presentar verdades
familiares con un vigor que sobrecogía. Tómese la declaración en que exhorta a los creyentes a
despertar a la urgencia de dar a conocer el Evangelio: "Cristiano, recuerda que el tiempo pasa
mientras tu duermes. Si pudieras parar el tiempo, podrías permitirte algún ocio; si pudieses,
como vulgarmente se dice, «agarrar el toro por los cuernos», podrías hacer una pequeña pausa;
pero no debes descansar, pues las terribles ruedas del carro del tiempo van impulsadas a tan
tremenda velocidad que los ejes están al rojo vivo y no hay pausa en esta carrera. Marchan, y
pronto ha pasado un siglo como si fuera una velada en la noche." Este lenguaje contrastaba
especialmente con el apático estilo de predicación del periodo medio de la era victoriana. A ojos
del mundo religioso era una desfachatez que un joven advenedizo popularizase un nuevo estilo
de predicación. Pero de hecho, eso es lo que Spurgeon hizo, y, al hacerlo, demostró que poseía
una confianza en si mismo y una originalidad nada comunes. Desdeñaba presentar el Evangelio
de modo solemne y poco personal, y hablaba a sus oyentes como si les tuviera de la mano y
estuviese hablando con ellos en la calle.
Spurgeon tomaba verdades y temas «trillados" que hablan llegado a considerarse como
poco interesantes y pesados, y los presentaba en un lenguaje tan claro Y convincente que los
oyentes difícilmente podían impedir que la predicación les captara Y les conmoviera
profundamente. Vea la riqueza del lenguaje de la doctrina y de la ilustración, por ejemplo, en la
siguiente cita sobre la perpetuidad de la Iglesia: "¡Reflexiona primero en el hecho de que existe
una Iglesia. qué maravilloso es esto! Es quizá el mayor milagro de todos los siglos que Dios
tenga una Iglesia en el mundo"... ¡Siempre una Iglesia! Cuando toda la fuerza de los
emperadores paganos se precipitó como una avalancha atronadora sobre ella, se sacudió de
encima la tremenda carga como un hombre se sacude los copos de nieve del abrigo, y siguió
viviendo sana y salva. Cuando la Roma papal descargó su malicia aún más furiosa e
ingeniosamente; cuando perseguían cruelmente a los santos en medio de los Alpes, o los
acosaban en la tierra baja; cuando los albigenses y los valdenses vertían su sangre en los ríos, y
teñían de púrpura la nieve, la Iglesia seguía viviendo, y nunca estuvo en mejor salud que cuando
estuvo sumergida en su propia sangre. Cuando después de una reforma parcial en nuestro país,
los que pretendían tener religión determinaron que los auténticamente espirituales habían de ser arrojados del mismo, la Iglesia de Dios no durmió ni suspendió su carrera de vida o servicio. Que
el pacto firmado con sangre dé testimonio del vigor de los santos perseguidos. Oíd sus salmos en
medio de las colinas de Escocia, y su oración en las cámaras secretas de Inglaterra. Oíd la voz de
Cargil y Cameron tronando sobre los montes contra un falso rey y un pueblo apóstata; oíd el
testimonio de Bunyan y sus compañeros, que preferían pudrirse en las mazmorras a doblar la
rodilla a Baal. Preguntadme: ¿Dónde está la Iglesia? y podré hallarla en cualquier periodo y en
todo momento, desde el día en que por primera vez, en el Aposento Alto, el Espíritu Santo
descendió, hasta ahora. Nuestra sucesión apostólica se presenta en línea ininterrumpida; no a
través de la Iglesia de Roma; no en las manos supersticiosas de los papas hechos por el
sacerdocio, o de los obispos creados por los reyes (¡cuán disfrazada mentira la sucesión
apostólica de los que tan orgullosamente se jactan de ella!) sino a través de la sangre de hombres
buenos y genuinos, que nunca abandonaron el testimonio de Jesús; a través de los lomos de
pastores auténticos, evangelistas laboriosos, mártires fieles, y hombres de Dios honorables,
vamos descubriendo nuestro árbol genealógico hasta llegar a los pescadores de Galilea, y nos
gloriamos en que, por la gracia de Dios, perpetuamos aquella Iglesia verdadera y fiel del Dios
vivo, en quien Cristo habitó y habitará hasta el hundimiento del mundo.
La maravilla más sorprendente es que permanezca en la perfección. Ni uno solo de los
elegidos de Dios ha vuelto atrás; ni uno solo de los comprados con la sangre ha negado la fe. Ni
una sola alma de las que fueron llamadas eficazmente puede ser obligada a negar a Cristo,
aunque su carne le sea arrancada de los huesos con tenazas calientes, o que su cuerpo
atormentado sea echado a las fauces de las fieras. Todo lo que el enemigo ha hecho contra la
Iglesia ha sido inútil. La roca antigua ha sido asaltada una y otra vez por las olas tempestuosas,
sumergida mil veces en los torrentes y las inundaciones, pero aun sus aristas permanecen
inalteradas e inalterables. Podemos decir del Tabernáculo del Señor, que ni una de sus barras ha
sido quitada, y ni una de sus lazadas ha sido rota. La casa del Señor, desde el fundamento hasta
el pináculo, sigue perfecta: <Descendió la lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y golpearon
Contra aquella casa; y, no cayó>, no, ni una piedra cayó, porque estaba fundada sobre la roca."
No cabe duda de que una de las principales razones de la influencia de Spurgeon fue que
poseía capacidades que le permitían romper los moldes de su época, y también la confianza para
resistir la tormenta que sus acciones despertaban. "A menudo -declaraba en un sermón sobre la
oración -, debido a que no he orado en forma convencional, se ha dicho: «¡Ese hombre no tiene
reverencia!» Señor mío, usted no es juez de mi reverencia. Hermanos, me gustaría quemar las
antiguas oraciones que hemos usado en estos últimos cincuenta años: aquello del «aceite que va
de vaso en vaso»; aquel texto mal citado y manoseado: «Donde dos o tres se reúnen, estarás en
medio de ellos para bendecirlos»; y todas aquellas citas -que hemos estado fabricando,
desplazando y copiando de unos a otros. Ojalá llegáramos a hablar a Dios desde nuestros propios
corazones". Era igualmente inflexible cuando contestaba a los críticos de su predicación: "No
soy demasiado meticuloso en cuanto a mi manera de predicar. No he buscado la estimación del
hombre; no he pedido a nadie que se someta a mi ministerio; predico lo que deseo, cuando lo
deseo, y como lo deseo."
Probablemente sólo ha habido en la historia de la iglesia de Inglaterra dos evangelistas
con los cuales Spurgeon se pueda comparar debidamente. En varios de sus dones naturales se
parece a Hugh Latimer y George Whitefield; pero en uno de esos superaba en gran manera a
estos dos predecesores. Tenía un poder mental que le permitía asimilar, digerir y luego
popularizar prácticamente todo lo que leía. A esto hemos de añadir el hecho de que la formación
de Spurgeon habla sido tal, que cuando llego a Londres habla leído una cantidad enorme de libros para un hombre de su edad. Estaba empapado en lo que él mismo llamaba la edad de oro
de la teología inglesa, el periodo puritano, y sobre todo había sido un asiduo lector de la Biblia
desde la edad de seis años. Lo que Spurgeon escribió de Bunyan se puede aplicar igualmente a
él: "Leed cualquier cosa de su pluma, y comprobaréis que es casi como leer la Biblia misma.
Había estudiado nuestra Versión Autorizada, que en mi opinión nunca será superada hasta que
Cristo venga; la había leído hasta que todo su ser estuvo saturado de la Escritura. Pinchadle
donde queráis, y descubriréis que su sangre es «biblina», la mismísima esencia de la Biblia, que
mana de él. No puede hablar sin citar un texto, pues su alma está llena de la Palabra de Dios" .
***
EL PODER DE SPURGEON
Sería injusto ignorar los dones naturales de Spurgeon y lo profundo de sus estudios, pero
sería aún mayor injusticia imaginar que estas cosas explican el carácter de su ministerio en la
primera fase del mismo. Decir tal cosa estaría en contradicción con todo lo que él enseñaba.
Spurgeon vino a Londres consciente de que Dios habla estado ocultando Su rostro de Su pueblo.
Su conocimiento de la Biblia y de la historia eclesiástica le convencieron de que, en comparación
con lo que la Iglesia tenía motivos para esperar, el Espíritu de Dios estaba ausente en gran
medida, y si Dios continuaba retirando Su rostro, declaró a la congregación, nada podría hacerse
para extender Su Reino. No son vuestros conocimientos, ni vuestro talento, ni vuestro celo, los
que pueden llevar a cabo la obra de Dios. "No obstante, hermanos, esto puede hacerse:
Clamaremos al Señor hasta que Él nos muestre de nuevo su rostro." «Todo lo que necesitarnos es
el Espíritu de Dios. Amados amigos cristianos, id a vuestro hogar y orad pidiéndolo; no reposéis
hasta que Dios se revele a Si mismo; no os entretengáis, no os contentéis con seguir con vuestro
perpetuo trote lento como habéis hecho; no os contentéis con la mera rutina de las cosas
habituales. ¡Despierta, Sión; despierta, despierta, despierta!"
Antes de que pasaran muchos meses era manifiesto que la congregación de New Park
Street estaba despertando, y a medida que el afán en la oración se convirtió en característica de la
iglesia, cierta carga común se esparció del pastor a la congregación. «El Señor envíe bendición.
Es preciso que la envíe, pues, si no lo hace, nuestros corazones estallarán." ¡Qué cambio en las
reuniones de oración! Ahora, en vez de las antiguas y apáticas oraciones, <cada uno parecía un
cruzado sitiando a la nueva Jerusalén; cada uno parecía estar determinado a asaltar la Ciudad
Celestial con el poder de la intercesión; y pronto la bendición se derramó sobre nosotros en tal
abundancia que no teníamos espacio donde recibirla".
Hasta el final de su vida Spurgeon se refirió al avivamiento de New Park Street como una
de las evidencias seguras de que Dios contesta la oración, y solía recordar a su congregación
aquellos primeros días: "¡Qué reuniones de oración hemos tenido! ¿Olvidaremos jamás Park
Street; aquellas reuniones de oración en que me sentía obligado a dejaros partir sin una palabra
de mis labios, porque el Espíritu de Dios estaba, presente de modo tan manifiesto que teníamos
que doblegarnos hasta el polvo? ... "¡Y qué manera de escuchar había en Park Street, donde
apenas teníamos el aire suficiente para respirar! El Espíritu Santo descendía como lluvia que
satura el suelo hasta que los terrones están a punto para ser rotos; y no pasaba mucho tiempo sin
que a derecha e izquierda oyéramos el clamor de "¿Qué debemos hacer para ser salvos?»."Algunas de las admoniciones mis solemnes que Spurgeon jamás dirigiera a su
congregación fueron acerca del peligro de que cesaran de depender de Dios en oración. «¡Que
Dios me ayude si dejáis de orar por mi! Avisadme en aquel día, y tendré que cesar de predicar.
Avisadme cuando os propongáis cesar en vuestras oraciones, y clamaré: «Dios mío, dame la
tumba en este día, y que yo duerma en el polvo».". Estas palabras no eran elocuencia de
predicador; antes expresaban los sentimientos más profundos de su corazón. Creía que sin el
Espíritu de Dios nada podía hacerse. Cuando su congregación cesara de sentir su "dependencia
entera y absoluta en la presencia de Dios", estaba seguro de que "antes de poco tiempo vendrían
a ser objeto de desprecio y comentario velado, o quizás un mero leño, sobre el agua".
En todo su ministerio esta preocupación de Spurgeon tuvo un lugar especial en su
corazón. "Si hubiera de escoger una sola oración antes de morir, seria ésta: «Señor, envía a tu
Iglesia hombres llenos del Espíritu Santo y de fuego.» Haya tales hombres en cualquier
denominación, y su progreso será irresistible; privadles de tales hombres, enviadles caballeros de
cátedra, de gran refinamiento y profunda erudición, pero poco fuego y gracia, perros callados
que no saben ladrar, e inevitablemente la denominación decaerá’.
Así, pues, la verdadera explicación del ministerio de Spurgeon ha de hallarse en la
Persona y Poder del Espíritu Santo. El mismo se daba cuenta de esto de manera muy profunda.
No era la admiración del hombre lo que deseaba, sino que tenía celo en que los hombres
reverenciaran y temieran a Dios. Un predicador, dice, "debiera saber que posee realmente el
Espíritu de Dios, y que cuando habla opera en él una influencia que le capacita para hablar según
los deseos de Dios; o de lo contrario, debe abandonar el púlpito sin demora; no tiene derecho a
estar allí. No ha sido llamado a predicar la verdad de Dios”.
La presencia del Espíritu Santo se manifestó en el ministerio de Spurgeon en dos facetas
prominentes. En primer lugar, en el espíritu de su predicación. Como el apóstol Pablo, predicaba
"con debilidad, y mucho temor y temblor" (I Corintios 2:3). «Temblamos", dice, "por el temor de
creer mal; y temblamos más aún -si compartís mi experiencia - por el temor de confundir e
interpretar mal la Palabra. Creo que Martín Lutero se habría enfrentado sin temor con el mismo
espíritu del infierno, pero tenemos su propia confesión de que las rodillas le temblaban cuando se
levantaba a predicar. Temblaba por el temor de no ser fiel a la Palabra de Dios. Predicar toda la
verdad es una carga tremenda. Nosotros, los que somos embajadores de Dios, no podemos jugar,
sino que hemos de temblar ante la Palabra de Dios". Cuando el Espíritu Santo toma a un hombre,
le da algo de aquella misma solicitud por las almas de los hombres y las mujeres que se vela en
el ministerio terrenal de Cristo. Jesús nunca predicó un sermón sin solicitud", decía Spurgeon, y
procuraba ser hecho semejante a su Señor. Siguiendo este supremo ejemplo, era a veces llevado
a cumbres de gozo. Predicando en Juan 17:24, exclamó: «He tenido un pensamiento, pero no
puedo expresarlo. Podría fácilmente entrar en el cielo, -eso es lo que siento en este momento";
pero fue llevado también a aquellas profundidades semejantes al Getsemaní, en donde uno es
consciente de la terrible realidad del juicio divino contra el pecado humano. "Nuestro corazón
está a punto de romperse", decía, «cuando pensamos cómo las multitudes rechazan el
Evangelio", y era en ese espíritu que siempre procuraba hablar. "Puedo decir en este momento»,
exclamó en el transcurso de un sermón, «que siento realmente un anhelo indescriptible por la
conversi6n de mis oyentes. Tendría por gran privilegio poder dormir el sueño de la muerte esta
mañana, si esa muerte pudiese redimir vuestras almas del infierno".
Para Spurgeon el púlpito era el lugar más solemne del mundo y nada podía estar más
alejado de la verdad que el sugerir que hacia de él un lugar de entretenimiento. William
Grimshaw amonestó en una ocasión a George Whitefield, cuando este último predicaba en Haworth, y, aquellas palabras parecían resonar en los oídos de Spurgeon: "Hermano Whitefield,
no los adule, me temo que la mitad de ellos van al infierno con los ojos abiertos".
Todo ministro puede entender lo que John Wesley quería decir cuando exclamó: "Si
hubiera de predicar un año entero en un solo lugar, conseguiría dormirme yo y dormir a la mayor
parte de mi congregación", y había momentos en que Spurgeon deseaba que se aligerara la carga
de predicar año tras año a miles de oyentes. "Hay momentos innumerables en que he deseado
llegar a ser pastor de una pequeña iglesia campestre, con dos o trescientos oyentes, pues podría
velar por aquellas almas con solicitud ininterrumpida". Pero sabía que no había de ser, y oraba a
Dios pidiendo que le fuera sellada la boca en eternal silencio antes que permitirle llegar a ser
descuidado o a sentirse satisfecho mientras las almas se condenaban: "Sería mejor que nunca
hubiese nacido si predicara a estas gentes sin solicitud, o retuviera alguna parte de la verdad de
mi Maestro. Es mejor haber sido diablo que predicador de los que juegan con la Palabra de Dios,
obrando así la ruina de las almas de los hombres... La cúspide de mi ambición será ser limpio de
la sangre de todos. Si, como George Fox, pudiera decir al morir: «Soy limpio, soy limpio», eso
sería casi todo el cielo que podría desear".
Sin embargo, describir el espíritu en que Spurgeon predicaba no es presentar la prueba
definitiva para nuestra creencia de que el Espíritu Santo estaba presente en abundancia en su
ministerio. El contenido de su mensaje era más importante para él que su manera de predicar, y
éste es el segundo punto que ahora hemos de considerar. Las citas anteriormente dadas son, no
sólo incompletas, sino que por si mismas podrían aun ser causa de engaño. El solemne sentido de
la responsabilidad no era el móvil impulsor de su predicación; estaba constreñido por algo
superior al llamamiento del deber; amaba proclamar «la gloria de Dios en la faz de Jesucristo".
Cristo era el «tema glorioso, intensamente absorbente" del ministerio de Spurgeon, y ese Nombre
convertía sus fatigas en el púlpito en un "baño en la aguas del Paraíso". Es bien conocida la
historia de cómo un obrero desapercibido fue despertado espiritualmente por un texto que
Spurgeon pronunció en el vacío Palacio de Cristal, cuando estaba probando la acústica como
preparación de un culto; pero el versículo que Spurgeon pronunció no es parte incidental del
cuadro. Cuando, según creía, no había congregación ni oyentes, las palabras que más sentía y
naturalmente vinieron a sus labios, fueron: "He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del
mundo." ¿Es, pues, sorprendente que repasando los títulos de sus sermones en 1856 y 1857
encontremos este nombre constantemente repetido: "Cristo en los Negocios de Su Padre";
«Cristo, Poder y Sabiduría de Dios"; "Cristo Levantado"; «La Condescendencia de Cristo";
«Cristo Nuestra Pascua"; "Cristo Ensalzado"; "El Ensalzamiento de Cristo"; "Cristo en el Pacto"
Examinemos por un momento uno de tales sermones, titulado "El Nombre Eterno", y predicado a
principios de 1855, cuando tenía veinte años. En el curso de ese sermón describe lo que sería del
mundo si el nombre de Jesús pudiera ser eliminado del mismo, e incapaz de refrenar sus propios
sentimientos exclamó: "Sin mi Señor, no tendría el menor deseo de estar aquí; y si el Evangelio
no fuera cierto, bendeciría a Dios por aniquilarme en este mismo instante, pues no desearía vivir
si vosotros pudierais destruir el nombre de Jesús". Muchos años después, la señora Spurgeon
recordaba este mismo sermón, y describía del modo siguiente su final, cuando la voz de
Spurgeon casi se estaba extinguiendo a causa del agotamiento físico:
«Recuerdo, con extraña vividez después de tanto tiempo, la noche del domingo en que
predicó del texto: «Será su Nombre para siempre». Era un tema en el que se gozaba
extremadamente; su principal deleite era ensalzar a su glorioso Salvador, y en aquel discurso
parecía estar vertiendo su mismísima alma y vida en homenaje y adoración ante su
misericordioso Rey. ¡Y yo creí de veras que habría muerto allí, frente a todas aquellas gentes! Al final del sermón, hizo un poderoso esfuerzo para recuperar la voz; pero la pronunciación casi le
fallaba, y sólo pudo oírse con acento entrecortado la patética peroración: «¡Perezca mi nombre,
pero sea para siempre el Nombre de Cristo! ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Coronadle Señor de todos!
No me oiréis decir nada más. Éstas son mis últimas palabras en Exeter Hall por esta vez. ¡Jesús!
¡Jesús! ¡Jesús! ¡Coronadle Señor de todos!» y entonces se desplomó, casi desmayado, en la silla
que había tras él".
¿Existe mayor evidencia que ésta de la presencia del Espíritu Santo en el ministerio de un
hombre? Si la hay, quizá sea aquella conciencia, desconocida de todos excepto del predicador, de
la propia presencia de Cristo acompañándole mientras habla: "Apenas es posible que un hombre,
más acá de la tumba, pueda estar más cerca del cielo que cuando goza de esto" escribe Spurgeon,
y había ocasiones en que podía testificar: «He discernido la presencia especial de mi Señor
acompañándome, por medio de una experiencia tan segura como aquella por la cual sé que vivo.
Jesús me ha sido tan real, acompañándome en este púlpito, como si yo le hubiera contemplado
con mis ojos."
No podemos abandonar el tema del ministerio de Spurgeon sin dar un ejemplo de cómo
predicaba a Cristo para toda clase de oyentes, y a Cristo como necesidad única de todos los
corazones: "Recuerda, pecador, que no es el hecho de que tú tengas a Cristo el que te salva: es
Cristo; no es tu gozo en Cristo el que te salva: es Cristo; ni siquiera es la fe en Cristo, aunque sea
el instrumento: es la sangre y los méritos de Cristo; por lo tanto, no mires a tu fe, sino a Cristo,
autor y consumador de tu fe; y si haces esto, ni diez mil diablos podrán derribarte. Hay una cosa
que todos nosotros confiamos demasiado en nuestra predicación, aunque creemos hacerlo del
todo sin intención, a saber, la gran verdad de que no es la oración, no es la fe, no son nuestros
actos, no son nuestros sentimientos aquello en que hemos de descansar, sino en Cristo, y en
Cristo solo. Somos propensos a pensar que no estarnos en un estado apropiado, que no sentimos
con suficiente -Intensidad, en vez de recordar que lo que importa no es uno mismo, sino Cristo.
Permíteme que te lo suplique: mira sólo a Cristo; nunca esperes ser liberado por el yo, por los
ministros o por cualquier medio, sea de la clase que sea, aparte de Cristo; no le pierdas de vista;
que su muerte, sus agonías, sus quejidos, sus sufrimientos, sus méritos, sus glorias, su intercesión
estén frescos en tu mente; cuando despiertes por la mañana, búscale; cuando te acuestes por la
noche, búscale".
Este era el espíritu y el mensaje de C. H. Spurgeon a la edad de veintidós años, y cuando
nos disponemos a dejar este aspecto de su ministerio, ¿quién no cree que hoy necesitamos
conocer de nuevo el significado de ser constreñidos por el amor de Cristo? Una conocida estro fa
expresaba la oración de Spurgeon; hagamos nuestras sus palabras:
Muy mísero Señor sería,
Sí no tuviera amor por Ti;
¡Poder morir antes quisiera,
Que ver mi amor
no puesto en Ti.
Hasta aquí hemos procurado recuperar la imagen de Spurgeon tal como era en los días de
su ministerio en New Park Street. El retrato que nos ha quedado no es el de un jovial fenómeno
del púlpito sobre el cual los hombres derrochaban alabanzas, sino muy al contrario, un joven
cuya llegada en medio de la vida religiosa, tan sedante y soñolienta, de Londres, fue casi tan mal
recibida como los cañones rusos que por entonces tronaban en la lejana Crimea. Estos hechos
nos producen cierto sobresalto, pues más o menos hemos estado acostumbrados a mirar a Spurgeon como un benigno abuelo del evangelicismo moderno. Cuando el avivamiento de 1855
y años siguientes sacudió a Southwark de su modorra espiritual, el nombre del pastor de New
Park Street era símbolo de reproche, y, los golpes le llovían desde todas direcciones, desde
entonces el nombre ha sido convertido en símbolo de la respetabilidad evangélica, y tendemos a
consolarnos, en medio del predominante abandono de los principios evangélicos, con el
pensamiento de que el mundo religioso recuerda aún un poco a un hombre de nuestra misma
posición, cuya influencia no hace muchos años abarcó el globo entero. Sin embargo, cuando
recordamos el verdadero carácter de su ministerio, nuestro consuelo se evapora pronto, pues nos
enfrentamos con la pregunta, no de cuánto admiramos a Spurgeon, sino de qué es lo que un
hombre como éste pensaría de nosotros.
Hay, buenas razones para suponer que con frecuencia hemos recordado lo que no
debíamos acerca de Spurgeon. Le recordamos como personalidad; le hemos olvidado como
reformador enviado por Dios. Todos conocen cómo reía, pero ¿quién recuerda cómo lloraba?
Recordamos que era un gran bautista, somos ignorantes de cómo acusó a los bautistas, y a otros
no-conformistas por igual, de traicionar a Cristo. Su éxito como evangelista suele ser evocado; se
olvida la teología que lo sustentaba. Conocemos anécdotas que muestran sus muchas
capacidades, pero ¡cuán poco sabemos de la medida del Espíritu Santo de que estaba dotado!
Recordamos a Spurgeon como hombre entre los hombres, pero hemos olvidado en gran parte que
estaba en las manos de Dios. Cuando nos acercamos al verdadero Spurgeon, olvidamos nuestros
homenajes y somos redargüidos.
***
Su frase
"Entre Dos Males no elijas ninguno"

Spurgeon ha sido olvidado. Se habla mucho de él incluso se le cita algunas veces en los
púlpitos, pero poco se conocen las doctrinas que predicó y que constituyeron la clave y
fundamento del ministerio del gran predicador inglés. Que no se le conozca bien en España y
países de habla hispana no es extraño, pues lo que de él se ha publicado en castellano es muy
limitado. Por otra parte, las referencias que de Spurgeon nos han llegado oralmente, a menudo
han sufrido deformaciones, como las sufre toda tradición. Incluso en Inglaterra se ha olvidado al
verdadero Spurgeon, y hoy en día se publican respetuosas, aunque caricaturescas, biografías, y se
editan mutilados algunos de sus sermones. El presente libro demostrará al lector que, en realidad,
no se conoce al famoso predicador bautista.
El contenido de esta obra se publicó originalmente en dos partes, las mismas en que se
divide el libro, en THE BANNER OF TRUTH; la primera de ellas en el número 25 (marzo de 1962) y la segunda en el extraordinario de febrero de 1963 (números 28 y 29). Su autor, Iain
Murray, es pastor de la bien conocida Grove Chapel de Londres, y fundador y director de THE
BANNER OF TRUTH TRUST, hoy en día una de las más importantes editoriales evangélicas.
En la primera parte hallará el lector una reseña biográfica, centrada especialmente en el año
1856, año clave para comprender el ministerio de Spurgeon, y en la que se podrá apreciar su
carácter, obra y circunstancias históricas de su vida.
En la segunda se encuentra una cuidada síntesis, abundantemente documentada, de sus
convicciones doctrinales, convicciones que no respondían a tina fría aprehensión de las doctrinas
de la Biblia, sino que, como dice al autor, "habían sido grabadas con fuego en él por el Espíritu
Santo, irradiadas a su alrededor por su amor a su Redentor, y conservadas en toda su lozanía
durante su ministerio por la continua comunión con Dios. Spurgeon sentía poca simpatía por los
que sostenían un sistema ortodoxo desprovisto de la unción viva del Espíritu".
Al final del libro se incluyen dos apéndices. En el primero se compara uno de los
sermones de Spurgeon de los varios que se han publicado recientemente por una editorial
inglesa, con el que fue publicado originalmente por el mismo Spurgeon. En el segundo se
responde a la pregunta: ¿Pueden fusionarse los sistemas Arminiano y calvinista?
Quiera el Señor que la lectura de este libro ayude al lector a consagrarse, como Spurgeon,
a la defensa de la pureza del Evangelio. En estos tiempos de confusión en los que el diablo
introduce ideas contrarias a la Revelación de Dios en tantas mentes evangélicas, estos tiempos en
los que muchos cristianos viven con temor a definirse por causa de su confusión acerca de la
ortodoxia evangélica, es necesario tener ideas y conducta claras. Nada puede unirnos sino la
Verdad.
"Y al que puede confirmaros según mi Evangelio y ¡a predicación de Jesucristo, según la
revelación del misterio que se ha mantenido oculto desde tiempos eternos, pero que ha sido
manifestado ahora, y que por las Escrituras de los profetas, según el mandamiento del Dios
eterno, se ha dado a conocer a todas las gentes para que obedezcan a la fe, al único y sabio Dios,
sea gloria mediante Jesucristo para siempre. Amén."
JORGE PERERA
Marzo, 1964.
***
LA PERSONA DE SPURGEON
Es imposible llegar a calcular la importancia del significado de la vida de C. H. Spurgeon
sin conocer algo de la situación religiosa del país en el momento en que comenzó su ministerio, a
mediados del pasado siglo. El cristianismo protestante era más o menos la religión nacional, se
observaba rigurosamente el domingo, se respetaban las Escrituras y, aparte de los miles no
alcanzados en algunas de las grandes ciudades, era costumbre general asistir a la iglesia. Todas
estas cosas se aceptaban de modo tan general, y estaban evidentemente tan arraigadas, que los
cambios espirituales que desde entonces ha presenciado la nación eran tan remotos para aquellos
victorianos como los automóviles y los aviones. Sin embargo, no es preciso observar por mucho
tiempo el cristianismo que prevalecía en los años 1850 a 1860, para notar algunas señales
difícilmente identificables con lo que hallamos en el Nuevo Testamento: era demasiado elegante,
demasiado respetable, demasiado amigo del mundo. Era como si textos tales cual «el mundo entero está bajo el maligno" ya no fueran correctos. La Iglesia no carecía de riqueza, ni de
hombres, ni de dignidad; pero sufría una triste escasez de unción y poder. Había una tendencia
general a olvidar la diferencia entre la erudición humana y la verdad revelada por el Espíritu de
Dios. No escaseaban la elocuencia y la cultura en los púlpitos, pero había una notable ausencia
del tipo de predicación que quebranta los corazones de los hombres. Quizá la peor señal de todas
era el hecho de que pocos tenían conciencia de estas cosas. La iglesia, externamente, era lo
suficientemente próspera para contentarse con seguir la rutina de años anteriores. Un escritor
contemporáneo, lamentando este apático formalismo, observaba: "El predicador habla durante el
tiempo acostumbrado; la congregación se sienta, y escucha quizá con bastante paciencia; se canta
el acostumbrado número de estrofas, y la actividad del día ha terminado; generalmente, no suele
ocurrir nada más. Nadie negará que esta es, ni más ni menos, la descripción del actual estado de
cosas en la mayoría de nuestras iglesias. Si el predicador deja caer el pañuelo sobre el salterio, o
da un golpe algo más fuerte que de costumbre con su eclesiástico puño, se notará, se recordará, y
se comentará, mientras se demuestra un olvido absoluto del tema y naturaleza de lo que se ha
tratado". Pronto atacarla Spurgeon este tradicionalismo muerto con palabras más directas:
"Creéis que porque algo es antiguo, ha de ser venerable. Amáis las antigüedades. Quisierais que
la carretera no fuese arreglada, por el solo hecho de que vuestro abuelo pasó en su carro por los
surcos que allí se ven.«Que no lo toquen», decís: «que siga siendo un surco profundo». ¿Acaso
vuestro abuelo no pasó por él estando aún enfangado? ¿Por qué no habéis de hacer lo mismo? Si
era bueno para él, es bueno para vosotros. Siempre os habéis sentado cómodamente en la capilla.
Nunca visteis un avivamiento, ni queréis verlo”.
Los sectores evangélicos de la Iglesia no habían escapado de las tendencias
predominantes de la época. Se admiraba el recuerdo de Whitefield y Wesley, pero no se les
seguía. El filo de la Verdad evangélica había perdido gradualmente su corte. Aquellas recias
doctrinas metodistas que habían sacudido al país un siglo antes no habían sido abandonadas - y
unos pocos las predicaban todavía con fervor -, pero la opinión general era que la época
victoriana necesitaba una presentación más refinada del Evangelio. Con semejantes puntos de
vista, era inevitable que la enérgica y definida Teología Reformada de la Inglaterra de los siglos
XVI y XVII estuviera completamente desechada. El historiador de la Reforma Merle d'Aubigné,
de Ginebra, que visitó este país en 1845, dice que se vio obligado a preguntarse si el puritanismo
"existe todavía en Inglaterra. Quizá habrá caído bajo la influencia de los acontecimientos
nacionales, y la mofa de los novelistas. Acaso, en fin, será necesario volver al Siglo XVII para
encontrarlo”. No obstante, es cierto que algunos de los líderes evangélicos del país,
especialmente los menos jóvenes, estaban hondamente preocupados por la situación espiritual de
las iglesias; John Angell James, por ejemplo, que había pastoreado la famosa Iglesia
Congregacional de Carr's Lane, en Birmingham, desde 1805, escribía en 1851: "El estado de la
religión en nuestro país es bajo. No creo que haya predicado jamás con menos resultado para
salvación que ahora; y, lo mismo ocurre a la mayoría. Es una aflicción general."
Si estas cosas eran ciertas en cuanto al país en general, lo eran especialmente en Londres,
y la Capilla Bautista de New Park Street, situada en un sector «de penumbra y suciedad" junto a
la orilla meridional del Támesis en Southwark, no era una excepción. La congregación tenía una
admirable historia que se remontaba al siglo XVII, pero por aquel entonces se encontraba como
las barcazas abandonadas en el cercano fango durante la marca baja. Durante años había estado
en decadencia, y el edificio, grande y ornamentado, construido para una congregación de mil
personas, estaba vacío en sus tres cuartas partes durante los cultos. esta fue la escena que acogió
al joven de diecinueve anos que vino de Essex para predicar por primera vez en el púlpito de New Park Street la fría y triste mañana del 18 de diciembre de 1853. Fue la primera vez que la
voz de Spurgeon se oía en Londres, pero casi inmediatamente fue llamado a iniciar un pastorado
que había de continuar durante treinta y ocho años hasta su muerte, el 31 de enero de 1892.
***
EL OLVIDADO SPURGEON
No son pocos los grandes predicadores del Evangelio que han sido olvidados por la
posteridad por haber escrito poco, y por no haber tenido biógrafos que recogieran su obra. En un
sentido, el recuerdo de C. H. Spurgeon ha sufrido precisamente por razones opuestas. Lo que
llegó a predicar, escribir y publicar fue colosal: más de sesenta volúmenes del New Park Street y
Metropolitan Tabernacle Pulpit (cada volumen con un promedio de setecientas páginas de letra
pequeña), veintiocho volúmenes de The Sword and Trowe1 (revista mensual) y más de un
centenar de otros libros de diversos tamaños. La información biográfica que existe acerca de él
es de una escala similar. Decir que se han impreso más de veinte volúmenes seria probablemente
inexacto e inferior a la realidad; las mejores obras, por si solas (la Autobiografía publicada por la
señora Spurgeon, y la Vida y Obra por G. H. Pike), forman diez volúmenes. También se halla
importante información, de naturaleza autobiográfica, en sus sermones y revistas, información
que aún no ha sido completamente usada por ningún biógrafo. Evidentemente, poco tendría de
ordinaria la biografía que retratara apropiadamente semejante vida dentro de los limites de un
solo volumen, y aunque varios escritores lo han intentado, ninguno lo ha logrado realmente. Hay
el peligro, pues, de que los biógrafos populares de Spurgeon, por insuficiencia puedan, de hecho,
aunque desde luego sin querer, engañar a sus lectores. Los falsos conceptos que hoy día existen
acerca de Spurgeon se deben ciertamente en parte a sus biógrafos. Pero hay algo peor debido a
que es menos reconocido, y es que Spurgeon ha sufrido también a manos de algunos de sus
editores. Es necesario decir, Por ejemplo, que nadie puede juzgar apropiadamente su ministerio
leyendo la actual Edición Kelvedon de sus sermones. Esta edición se compone de material que es
tan sólo un fragmento seleccionado de Spurgeon, y está abreviado de manera que el lector
ordinario jamás imaginaria. Así pues, conviene darse cuenta de que es posible estar familiarizado
con gran cantidad de anécdotas populares acerca de Spurgeon, y aun con selecciones de sus
propias palabras, y al mismo tiempo estar muy lejos de poseer una valoración exacta de la
importancia de su vida y mensaje.
Si hubiera que dar un bosquejo de la vida de Spurgeon, se parecería más o menos a uno
de sus propios sermones: una introducción y tres divisiones. La introducción sería el Spurgeon
de la infancia y la adolescencia, mientras era moldeado y preparado en la campiña de Esex y
Cambridgeshire. Luego el primer periodo, Spurgeon en New Park Street, época de
despertamiento y conmoción, de oposición amarga que trataba de escarnecerle. El segundo
período seria el de Spurgeon en la época central de su vida, después que se hubo instalado en el
Tabernáculo Metropolitano y que la tormenta se hubo apaciguado gradualmente hasta
convertirse en largos años de tranquilo progreso y bendición. Su posición estaba reconocida, y se
convirtió en el admirado y popular líder evangélico de Londres. El último punto seria el período
de aproximadamente cinco años antes de su muerte a los cincuenta y siete años. En estos años
finales, la paz terminó súbitamente. Una vez más, Spurgeon se opuso a la mayoría evangélica que le rodeaba, y se convirtió en el centro de la controversia que fue llamada «Down Grade»
(Decadencia) -controversia que había de tener graves repercusiones en esta nación -. Aunque
todavía se le respetaba, ya no se le seguía de modo tan general. Era casi como si la rueda de su
ministerio hubiera trazado un circulo completo y volviera a los años primeros en que había
experimentado la censura, el sufrimiento y la soledad de dar fiel testimonio de las verdades que
la Iglesia profesante no deseaba. Las palabras que había pronunciado al principio fueron ciertas
al final: "En el camino que lleva hasta el cielo, nos daremos cuenta de que no se llega allí sino
«por un pelo». No llegaremos al cielo viento en popa y a toda vela, como las aves marinas con
sus hermosas y blancas alas, sino que muchas veces navegaremos con las velas hechas jirones,
los mástiles crujiendo, y las bombas de agua achicando día y noche. Llegaremos a la ciudad a la
hora de cerrarse las puertas, pero no antes".
Sin duda es significativo que el Spurgeon mejor recordado hoy sea el de la época media,
el predicador popular, el hombre cuyos sermones se imprimían en Veintitrés idiomas y de los
cuales se habían publicado cien millones de ejemplares a finales del siglo XIX. El Spurgeon de
New Park Street, el hombre cuyo mensaje fue tan mal recibido que el único lugar de Cambridge
donde se vendían sus libros era la tienda de ultramarinos, y que podía hablar de si mismo
diciendo que se le tenía "por la escoria de la creación; apenas hay un ministro que nos mire o
hable favorablemente de nosotros", este Spurgeon ha sido casi olvidado. Asimismo el Spurgeon
de la controversia "Down Grade" -el profeta que advertía a sus compañeros evangélicos:
"Estamos descendiendo a velocidades propias de los dementes", y que decía: "Es mera parlería el
decir: "Somos evangélicos; todos somos evangélicos y al mismo tiempo negarse a decir lo que
significa evangélico"- este Spurgeon es hoy día poco conocido. Sin embargo, creemos que es
precisamente la carga de los primeros y los últimos años de Spurgeon la que más de cerca nos
concierne a nosotros en la época actual, pues el énfasis de sus enseñanzas en dichos periodos
vierte mucha luz sobre la situación de los evangélicos, hoy día. En las páginas siguientes no
vamos a tratar de detallar el bosquejo de su vida, sino más bien de concentrarnos principalmente
en un año de su ministerio, el año 1856, cuando él contaba veintidós. Este año fue para Spurgeon
lo que el año 1739 fue para George Whitefield, y así como uno no puede entender la vida de
Whitefield sin conocer lo que ocurrió cuando tenía veinticuatro años, así el estudio de Spurgeon
a la edad de veintidós nos ofrece, por así decirlo, la clave para entender el curso futuro de su
vida, y nos da también una visión en primer plano de lo que un contemporáneo llamaba la etapa
más romántica aun en la maravillosa vida de Spurgeon”.
EL AÑO 1856
Grandes eran los cambios que habla presenciado la capilla de New Park Street desde los
primeros días de 1854. Ya en otoño de aquel año, quinientas personas era la asistencia normal a
la reunión de oración de cada semana. La iglesia se llenaba aun después de ser ampliada, y era
insuficiente para el número de oyentes. Pronto se hizo evidente que en Londres ocurría algo que
no habla ocurrido desde los tiempos de Whitefield y Wesley. Un ministro de Escocia que visitó
New Park Street a principios de 1856, ha hecho la siguiente descripción de la asistencia al culto
de la noche. Llegó, dice, con dos acompañantes, alrededor de las seis, y el culto empezaba a las
seis y media: «Con gran desaliento hallamos una muchedumbre esperando ya a la puerta. Sólo
los que tenían entrada podían pasar; no teniéndola nosotros, casi desesperábamos de tener
acceso. No obstante, uno de mis acompañantes se acercó a un policía y le dijo que era un
ministro procedente de Escocia y tenla grandes deseos de entrar. Al oír esto, el agente dijo muy
cortésmente que nos permitiría entrar en la iglesia, pero no nos prometía asientos. Era todo lo que deseábamos. Uno de nosotros (una señora) fue obsequiado con un asiento; mi otro
acompañante y yo nos consideramos felices de que nos permitieran sentarnos en una ventana,
con una densa multitud en el pasillo a nuestros pies. Pregunté a un hombre que estaba cerca de
mi si venia habitualmente; me dijo que si. «¿Por qué, pues, no toma usted asiento?> le pregunté.
«¡Asiento!» replicó; «Esto no se puede conseguir por más que se quiera. Tengo una entrada para
poder entrar y estar en pie». Se me dijo que la iglesia tenia asientos para mil quinientas personas;
pero entre las aulas y los pasillos, que estaban congestionados, sin duda había más de tres mil".
No parecía haber limite para el número de oyentes que anhelaban oír el mensaje de
Spurgeon. El Exeter Hall, en el Strand, con una capacidad aproximada de cuatro mil personas,
solía usarse frecuentemente el domingo por la noche en vez de la capilla, hasta que por fin los
administradores del Exeter Hall se quejaron de que no podían alquilar indefinidamente el local a
los miembros de una sola denominación. Fue esto lo que condujo, en octubre de 1856, al uso de
la Sala de Conciertos de Surrey Gardens, vasto edificio que acababa de ser erigido para los
conciertos de un popular músico, M. Jullien, y capaz para una multitud de seis a diez mil
personas, El hecho de que las multitudes estén dispuestas a escuchar el Evangelio no es en si una
prueba de verdadero avivamiento, pero hay buenas razones para creer que, en esta época,
centenares de personas estaban entrando realmente en el Reino de Dios. En 1857 decía
Spurgeon: "En un año he tenido la dicha de ver personalmente a más de mil convertidos". La
convicción de Spurgeon era que su iglesia se encontraba en medio de un gran despertamiento
espiritual; de hecho usaba este solemne argumento para con aquellos que aún dormían: "La
incredulidad hace que en tiempos de avivamiento y de derramamiento de la gracia de Dios, estéis
aquí sentados sin sentir ningún, ninguna llamamiento, sin ser salvos". "Creo" decía en otra
ocasión, "que muchos de los antiguos puritanos saltarían de sus tumbas si supieran lo que esta
ocurriendo ahora".
Pero seria un grave malentendido imaginar que aquellos días no eran sino pura dicha para
Spurgeon, pues en la misma época se encontraba en medio de una de las más crueles
persecuciones que un ministro del Evangelio haya jamás sufrido por si solo en este país. En el
dormitorio de su hogar, en el número 217 de New Kent Road, la señora Spurgeon habla colgado
aquel texto que dice: "Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y
digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo. Gozaos y, alegraos, porque vuestro galardón
es grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros"
(Mateo 5:11-12). Estas palabras describen más o menos la experiencia diaria de Spurgeon a la
edad de veintidós años. Su nombre era satirizado en la prensa y "pateado ppi- la calle como una
pelota de fútbol". Los periódicos no podían ignorarle, pues su ministerio era ya tema de
conversación en toda Inglaterra, pero tampoco podían encomiarle, pues atacaba la religión
respetable que ellos apoyaban. The Illustrated Times escribía el once de octubre de 1856: "La
popularidad del señor Spurgeon no tiene precedentes; puede afirmarse que no se ha conocido
ante desde los días de Whitefield. La capilla de Park Street no tiene capacidad ni para la mitad de
las personas descosas de oírle, y aun Exeter Hall es insuficiente. Ciertamente, amigos se
proponen alquilar la Sala de Conciertos de Surrey Gardens, y creen firmemente que se llenará.
Su popularidad no se limita a Londres; recientemente hemos visto con nuestros propios ojos, en
un día laborable, en una remota comarca agrícola, largas filas de personas que convergían hacia
un punto, y al preguntar a una de ellas dónde iban, se nos respondió: «Vamos a oír al señor
Spurgeon»." El periódico proseguía diciendo que cabría predecir que era sólo cuestión de tiempo
antes que la corriente de la popularidad "diese media vuelta y le abandonase". En muchos lugares del país, la prensa local se unía al clamor de alarma. La siguiente cita,
sacada de un periódico de Sheffield, es típica del punto de vista que generalmente prevalecía:
"En los momentos actuales, el gran le6n, la estrella, el meteoro, o llámeselo como se quiera, de
los bautistas, es el reverendo señor Spurgeon, ministro de la capilla de Park Street en Southwark.
Ha hecho verdadero furor en el mundo religioso. Cada domingo, las multitudes asaltan Exeter
Hall como si fueran a un gran espectáculo dramático. El enorme local se llena a rebosar de un
público emocionado, cuya buena fortuna en conseguir entrada suele ser envidiada por los
centenares que se quedan fuera asediando las puertas cerradas... El señor Spurgeon se predica a
sí mismo. No es otra cosa que un actor, y no hace otra cosa sino exhibir aquella incomparable
desfachatez que le caracteriza en grado sumo, entregándose a burdas familiaridades con las cosas
santas, declamando en estilo delirante y coloquial, contoneándose arriba y abajo en la plataforma
como si estuviera en el Teatro de Surrey, y jactándose de su propia intimidad con los cielos con
una frecuencia que da náuseas. Se diría que el cerebro de este pobre joven ha sido trastornado
por la notoriedad que ha adquirido, y por el incienso que se ofrece en su santuario.
Reconozcamos en favor de ellos, que las grandes luminarias de su denominación no apoyan ni
alientan al señor Spurgeon. Es un fenómeno maravilloso, pero de corta duración, un cometa que
ha aparecido súbitamente en el firmamento religioso. Ascendió como un cohete, y antes de poco
descenderá como la caña".
Los periódicos no lograron silenciar a Spurgeon, pero el objetivo casi lo consiguió otro
método mas diabólico la noche del domingo 19 de octubre de 1856. Por primera vez la
congregación de New Park Street se reunía en la Sala de Conciertos de Surrey Gardens, y el
vasto edificio, con sus tres galerías, estaba lleno a rebosar. Cuando el culto ya habla empezado y
Spurgeon estaba orando, se oyó en diversos puntos el grito de "¡Fuego!". En medio de la
confusión y el pánico que inmediatamente se produjo, se oyeron los gritos de: "¡Se hunden las
galerías!" "¡Se está cayendo el techo!" A continuación se produjo una estampida en la que
murieron siete personas, y veintiocho fueron llevadas al hospital, gravemente contusionadas y
heridas. Los instigadores de esta falsa alarma -pues no era otra cosa - no fueron jamás hallados,
pero las terribles consecuencias de la misma quedaron marcadas vívidamente en la mente de
Spurgeon toda su vida, y la conmoción que sufrió fue tal que durante un tiempo se dudó si jamás
volverla a predicar.
Después del desastre de la Sala de Conciertos de Surrey, los ataques de la prensa contra
Spurgeon arreciaron hasta el máximo. The Saturday Review escribía el 25 de octubre: "Creemos
que las actividades del señor Spurgeon no merecen en lo más mínimo la aprobación de sus
correligionarios. Apenas hay un ministro no conformista de cierta categoría que esté asociado
con él. No observamos, en ninguno de sus proyectos u operaciones de edificación, que los
nombres de ninguno de los líderes del llamado mundo religioso figuren como fiadores... Existe la
opinión general de que sus anormales procedimientos no benefician a la religión.. El alquilar
lugares de esparcimiento público para la predicación del domingo es una lamentable novedad.
Da la impresión de que la religión se encuentre faltada de recursos. Después de todo, el señor
Spurgeon no hace otra cosa sino representar el papel de Jullien dominical. Se nos habla del
espíritu profano que debe haber habido en el fondo de la mente clerical cuando la Iglesia
representaba Autos Sacramentales y toleraba la Fiesta de los Asnos; pero estas cosas antiguas
reaparecen cuando los predicadores populares alquilan salas de conciertos, y predican la
redención limitada en salas saturadas de olor a tabaco, y donde resuenan las castas melodías del
Bobbing Around y los valses de La Traviata." "El asunto de Surrey Gardens ha sido un gran golpe efectista. El deplorable accidente en
que siete personas perdieron la vida, y docenas quedaron lisiadas, mutiladas o gravemente
heridas, el señor Spurgeon lo considera tan sólo como una nueva intervención de la Providencia
en su favor. "Confío en que este acontecimiento nos enseñará la necesidad de " …ser ¿sobrios,
racionales y decentes?… No; "tener un edificio propio". Sí, predicar hasta que otra multitud
llegue al frenesí del terror, -matar y aplastar una o dos docenas más -, y entonces las
especulaciones habrían tenido éxito".
***
LOS DONES DE SPURGEON
Dejando ahora lo que el mundo pensaba de Spurgeon en 1856, consideremos algunas de
las razones que habían hecho de é1 el instrumento de este gran despertamiento. En primer lugar,
Spurgeon poseía destacadas capacidades naturales que fueron todas consagradas a la causa de la
proclamación de la Palabra. Su poder intuitivo y descriptivo le permitía presentar verdades
familiares con un vigor que sobrecogía. Tómese la declaración en que exhorta a los creyentes a
despertar a la urgencia de dar a conocer el Evangelio: "Cristiano, recuerda que el tiempo pasa
mientras tu duermes. Si pudieras parar el tiempo, podrías permitirte algún ocio; si pudieses,
como vulgarmente se dice, «agarrar el toro por los cuernos», podrías hacer una pequeña pausa;
pero no debes descansar, pues las terribles ruedas del carro del tiempo van impulsadas a tan
tremenda velocidad que los ejes están al rojo vivo y no hay pausa en esta carrera. Marchan, y
pronto ha pasado un siglo como si fuera una velada en la noche." Este lenguaje contrastaba
especialmente con el apático estilo de predicación del periodo medio de la era victoriana. A ojos
del mundo religioso era una desfachatez que un joven advenedizo popularizase un nuevo estilo
de predicación. Pero de hecho, eso es lo que Spurgeon hizo, y, al hacerlo, demostró que poseía
una confianza en si mismo y una originalidad nada comunes. Desdeñaba presentar el Evangelio
de modo solemne y poco personal, y hablaba a sus oyentes como si les tuviera de la mano y
estuviese hablando con ellos en la calle.
Spurgeon tomaba verdades y temas «trillados" que hablan llegado a considerarse como
poco interesantes y pesados, y los presentaba en un lenguaje tan claro Y convincente que los
oyentes difícilmente podían impedir que la predicación les captara Y les conmoviera
profundamente. Vea la riqueza del lenguaje de la doctrina y de la ilustración, por ejemplo, en la
siguiente cita sobre la perpetuidad de la Iglesia: "¡Reflexiona primero en el hecho de que existe
una Iglesia. qué maravilloso es esto! Es quizá el mayor milagro de todos los siglos que Dios
tenga una Iglesia en el mundo"... ¡Siempre una Iglesia! Cuando toda la fuerza de los
emperadores paganos se precipitó como una avalancha atronadora sobre ella, se sacudió de
encima la tremenda carga como un hombre se sacude los copos de nieve del abrigo, y siguió
viviendo sana y salva. Cuando la Roma papal descargó su malicia aún más furiosa e
ingeniosamente; cuando perseguían cruelmente a los santos en medio de los Alpes, o los
acosaban en la tierra baja; cuando los albigenses y los valdenses vertían su sangre en los ríos, y
teñían de púrpura la nieve, la Iglesia seguía viviendo, y nunca estuvo en mejor salud que cuando
estuvo sumergida en su propia sangre. Cuando después de una reforma parcial en nuestro país,
los que pretendían tener religión determinaron que los auténticamente espirituales habían de ser arrojados del mismo, la Iglesia de Dios no durmió ni suspendió su carrera de vida o servicio. Que
el pacto firmado con sangre dé testimonio del vigor de los santos perseguidos. Oíd sus salmos en
medio de las colinas de Escocia, y su oración en las cámaras secretas de Inglaterra. Oíd la voz de
Cargil y Cameron tronando sobre los montes contra un falso rey y un pueblo apóstata; oíd el
testimonio de Bunyan y sus compañeros, que preferían pudrirse en las mazmorras a doblar la
rodilla a Baal. Preguntadme: ¿Dónde está la Iglesia? y podré hallarla en cualquier periodo y en
todo momento, desde el día en que por primera vez, en el Aposento Alto, el Espíritu Santo
descendió, hasta ahora. Nuestra sucesión apostólica se presenta en línea ininterrumpida; no a
través de la Iglesia de Roma; no en las manos supersticiosas de los papas hechos por el
sacerdocio, o de los obispos creados por los reyes (¡cuán disfrazada mentira la sucesión
apostólica de los que tan orgullosamente se jactan de ella!) sino a través de la sangre de hombres
buenos y genuinos, que nunca abandonaron el testimonio de Jesús; a través de los lomos de
pastores auténticos, evangelistas laboriosos, mártires fieles, y hombres de Dios honorables,
vamos descubriendo nuestro árbol genealógico hasta llegar a los pescadores de Galilea, y nos
gloriamos en que, por la gracia de Dios, perpetuamos aquella Iglesia verdadera y fiel del Dios
vivo, en quien Cristo habitó y habitará hasta el hundimiento del mundo.
La maravilla más sorprendente es que permanezca en la perfección. Ni uno solo de los
elegidos de Dios ha vuelto atrás; ni uno solo de los comprados con la sangre ha negado la fe. Ni
una sola alma de las que fueron llamadas eficazmente puede ser obligada a negar a Cristo,
aunque su carne le sea arrancada de los huesos con tenazas calientes, o que su cuerpo
atormentado sea echado a las fauces de las fieras. Todo lo que el enemigo ha hecho contra la
Iglesia ha sido inútil. La roca antigua ha sido asaltada una y otra vez por las olas tempestuosas,
sumergida mil veces en los torrentes y las inundaciones, pero aun sus aristas permanecen
inalteradas e inalterables. Podemos decir del Tabernáculo del Señor, que ni una de sus barras ha
sido quitada, y ni una de sus lazadas ha sido rota. La casa del Señor, desde el fundamento hasta
el pináculo, sigue perfecta: <Descendió la lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y golpearon
Contra aquella casa; y, no cayó>, no, ni una piedra cayó, porque estaba fundada sobre la roca."
No cabe duda de que una de las principales razones de la influencia de Spurgeon fue que
poseía capacidades que le permitían romper los moldes de su época, y también la confianza para
resistir la tormenta que sus acciones despertaban. "A menudo -declaraba en un sermón sobre la
oración -, debido a que no he orado en forma convencional, se ha dicho: «¡Ese hombre no tiene
reverencia!» Señor mío, usted no es juez de mi reverencia. Hermanos, me gustaría quemar las
antiguas oraciones que hemos usado en estos últimos cincuenta años: aquello del «aceite que va
de vaso en vaso»; aquel texto mal citado y manoseado: «Donde dos o tres se reúnen, estarás en
medio de ellos para bendecirlos»; y todas aquellas citas -que hemos estado fabricando,
desplazando y copiando de unos a otros. Ojalá llegáramos a hablar a Dios desde nuestros propios
corazones". Era igualmente inflexible cuando contestaba a los críticos de su predicación: "No
soy demasiado meticuloso en cuanto a mi manera de predicar. No he buscado la estimación del
hombre; no he pedido a nadie que se someta a mi ministerio; predico lo que deseo, cuando lo
deseo, y como lo deseo."
Probablemente sólo ha habido en la historia de la iglesia de Inglaterra dos evangelistas
con los cuales Spurgeon se pueda comparar debidamente. En varios de sus dones naturales se
parece a Hugh Latimer y George Whitefield; pero en uno de esos superaba en gran manera a
estos dos predecesores. Tenía un poder mental que le permitía asimilar, digerir y luego
popularizar prácticamente todo lo que leía. A esto hemos de añadir el hecho de que la formación
de Spurgeon habla sido tal, que cuando llego a Londres habla leído una cantidad enorme de libros para un hombre de su edad. Estaba empapado en lo que él mismo llamaba la edad de oro
de la teología inglesa, el periodo puritano, y sobre todo había sido un asiduo lector de la Biblia
desde la edad de seis años. Lo que Spurgeon escribió de Bunyan se puede aplicar igualmente a
él: "Leed cualquier cosa de su pluma, y comprobaréis que es casi como leer la Biblia misma.
Había estudiado nuestra Versión Autorizada, que en mi opinión nunca será superada hasta que
Cristo venga; la había leído hasta que todo su ser estuvo saturado de la Escritura. Pinchadle
donde queráis, y descubriréis que su sangre es «biblina», la mismísima esencia de la Biblia, que
mana de él. No puede hablar sin citar un texto, pues su alma está llena de la Palabra de Dios" .
***
EL PODER DE SPURGEON
Sería injusto ignorar los dones naturales de Spurgeon y lo profundo de sus estudios, pero
sería aún mayor injusticia imaginar que estas cosas explican el carácter de su ministerio en la
primera fase del mismo. Decir tal cosa estaría en contradicción con todo lo que él enseñaba.
Spurgeon vino a Londres consciente de que Dios habla estado ocultando Su rostro de Su pueblo.
Su conocimiento de la Biblia y de la historia eclesiástica le convencieron de que, en comparación
con lo que la Iglesia tenía motivos para esperar, el Espíritu de Dios estaba ausente en gran
medida, y si Dios continuaba retirando Su rostro, declaró a la congregación, nada podría hacerse
para extender Su Reino. No son vuestros conocimientos, ni vuestro talento, ni vuestro celo, los
que pueden llevar a cabo la obra de Dios. "No obstante, hermanos, esto puede hacerse:
Clamaremos al Señor hasta que Él nos muestre de nuevo su rostro." «Todo lo que necesitarnos es
el Espíritu de Dios. Amados amigos cristianos, id a vuestro hogar y orad pidiéndolo; no reposéis
hasta que Dios se revele a Si mismo; no os entretengáis, no os contentéis con seguir con vuestro
perpetuo trote lento como habéis hecho; no os contentéis con la mera rutina de las cosas
habituales. ¡Despierta, Sión; despierta, despierta, despierta!"
Antes de que pasaran muchos meses era manifiesto que la congregación de New Park
Street estaba despertando, y a medida que el afán en la oración se convirtió en característica de la
iglesia, cierta carga común se esparció del pastor a la congregación. «El Señor envíe bendición.
Es preciso que la envíe, pues, si no lo hace, nuestros corazones estallarán." ¡Qué cambio en las
reuniones de oración! Ahora, en vez de las antiguas y apáticas oraciones, <cada uno parecía un
cruzado sitiando a la nueva Jerusalén; cada uno parecía estar determinado a asaltar la Ciudad
Celestial con el poder de la intercesión; y pronto la bendición se derramó sobre nosotros en tal
abundancia que no teníamos espacio donde recibirla".
Hasta el final de su vida Spurgeon se refirió al avivamiento de New Park Street como una
de las evidencias seguras de que Dios contesta la oración, y solía recordar a su congregación
aquellos primeros días: "¡Qué reuniones de oración hemos tenido! ¿Olvidaremos jamás Park
Street; aquellas reuniones de oración en que me sentía obligado a dejaros partir sin una palabra
de mis labios, porque el Espíritu de Dios estaba, presente de modo tan manifiesto que teníamos
que doblegarnos hasta el polvo? ... "¡Y qué manera de escuchar había en Park Street, donde
apenas teníamos el aire suficiente para respirar! El Espíritu Santo descendía como lluvia que
satura el suelo hasta que los terrones están a punto para ser rotos; y no pasaba mucho tiempo sin
que a derecha e izquierda oyéramos el clamor de "¿Qué debemos hacer para ser salvos?»."Algunas de las admoniciones mis solemnes que Spurgeon jamás dirigiera a su
congregación fueron acerca del peligro de que cesaran de depender de Dios en oración. «¡Que
Dios me ayude si dejáis de orar por mi! Avisadme en aquel día, y tendré que cesar de predicar.
Avisadme cuando os propongáis cesar en vuestras oraciones, y clamaré: «Dios mío, dame la
tumba en este día, y que yo duerma en el polvo».". Estas palabras no eran elocuencia de
predicador; antes expresaban los sentimientos más profundos de su corazón. Creía que sin el
Espíritu de Dios nada podía hacerse. Cuando su congregación cesara de sentir su "dependencia
entera y absoluta en la presencia de Dios", estaba seguro de que "antes de poco tiempo vendrían
a ser objeto de desprecio y comentario velado, o quizás un mero leño, sobre el agua".
En todo su ministerio esta preocupación de Spurgeon tuvo un lugar especial en su
corazón. "Si hubiera de escoger una sola oración antes de morir, seria ésta: «Señor, envía a tu
Iglesia hombres llenos del Espíritu Santo y de fuego.» Haya tales hombres en cualquier
denominación, y su progreso será irresistible; privadles de tales hombres, enviadles caballeros de
cátedra, de gran refinamiento y profunda erudición, pero poco fuego y gracia, perros callados
que no saben ladrar, e inevitablemente la denominación decaerá’.
Así, pues, la verdadera explicación del ministerio de Spurgeon ha de hallarse en la
Persona y Poder del Espíritu Santo. El mismo se daba cuenta de esto de manera muy profunda.
No era la admiración del hombre lo que deseaba, sino que tenía celo en que los hombres
reverenciaran y temieran a Dios. Un predicador, dice, "debiera saber que posee realmente el
Espíritu de Dios, y que cuando habla opera en él una influencia que le capacita para hablar según
los deseos de Dios; o de lo contrario, debe abandonar el púlpito sin demora; no tiene derecho a
estar allí. No ha sido llamado a predicar la verdad de Dios”.
La presencia del Espíritu Santo se manifestó en el ministerio de Spurgeon en dos facetas
prominentes. En primer lugar, en el espíritu de su predicación. Como el apóstol Pablo, predicaba
"con debilidad, y mucho temor y temblor" (I Corintios 2:3). «Temblamos", dice, "por el temor de
creer mal; y temblamos más aún -si compartís mi experiencia - por el temor de confundir e
interpretar mal la Palabra. Creo que Martín Lutero se habría enfrentado sin temor con el mismo
espíritu del infierno, pero tenemos su propia confesión de que las rodillas le temblaban cuando se
levantaba a predicar. Temblaba por el temor de no ser fiel a la Palabra de Dios. Predicar toda la
verdad es una carga tremenda. Nosotros, los que somos embajadores de Dios, no podemos jugar,
sino que hemos de temblar ante la Palabra de Dios". Cuando el Espíritu Santo toma a un hombre,
le da algo de aquella misma solicitud por las almas de los hombres y las mujeres que se vela en
el ministerio terrenal de Cristo. Jesús nunca predicó un sermón sin solicitud", decía Spurgeon, y
procuraba ser hecho semejante a su Señor. Siguiendo este supremo ejemplo, era a veces llevado
a cumbres de gozo. Predicando en Juan 17:24, exclamó: «He tenido un pensamiento, pero no
puedo expresarlo. Podría fácilmente entrar en el cielo, -eso es lo que siento en este momento";
pero fue llevado también a aquellas profundidades semejantes al Getsemaní, en donde uno es
consciente de la terrible realidad del juicio divino contra el pecado humano. "Nuestro corazón
está a punto de romperse", decía, «cuando pensamos cómo las multitudes rechazan el
Evangelio", y era en ese espíritu que siempre procuraba hablar. "Puedo decir en este momento»,
exclamó en el transcurso de un sermón, «que siento realmente un anhelo indescriptible por la
conversi6n de mis oyentes. Tendría por gran privilegio poder dormir el sueño de la muerte esta
mañana, si esa muerte pudiese redimir vuestras almas del infierno".
Para Spurgeon el púlpito era el lugar más solemne del mundo y nada podía estar más
alejado de la verdad que el sugerir que hacia de él un lugar de entretenimiento. William
Grimshaw amonestó en una ocasión a George Whitefield, cuando este último predicaba en Haworth, y, aquellas palabras parecían resonar en los oídos de Spurgeon: "Hermano Whitefield,
no los adule, me temo que la mitad de ellos van al infierno con los ojos abiertos".
Todo ministro puede entender lo que John Wesley quería decir cuando exclamó: "Si
hubiera de predicar un año entero en un solo lugar, conseguiría dormirme yo y dormir a la mayor
parte de mi congregación", y había momentos en que Spurgeon deseaba que se aligerara la carga
de predicar año tras año a miles de oyentes. "Hay momentos innumerables en que he deseado
llegar a ser pastor de una pequeña iglesia campestre, con dos o trescientos oyentes, pues podría
velar por aquellas almas con solicitud ininterrumpida". Pero sabía que no había de ser, y oraba a
Dios pidiendo que le fuera sellada la boca en eternal silencio antes que permitirle llegar a ser
descuidado o a sentirse satisfecho mientras las almas se condenaban: "Sería mejor que nunca
hubiese nacido si predicara a estas gentes sin solicitud, o retuviera alguna parte de la verdad de
mi Maestro. Es mejor haber sido diablo que predicador de los que juegan con la Palabra de Dios,
obrando así la ruina de las almas de los hombres... La cúspide de mi ambición será ser limpio de
la sangre de todos. Si, como George Fox, pudiera decir al morir: «Soy limpio, soy limpio», eso
sería casi todo el cielo que podría desear".
Sin embargo, describir el espíritu en que Spurgeon predicaba no es presentar la prueba
definitiva para nuestra creencia de que el Espíritu Santo estaba presente en abundancia en su
ministerio. El contenido de su mensaje era más importante para él que su manera de predicar, y
éste es el segundo punto que ahora hemos de considerar. Las citas anteriormente dadas son, no
sólo incompletas, sino que por si mismas podrían aun ser causa de engaño. El solemne sentido de
la responsabilidad no era el móvil impulsor de su predicación; estaba constreñido por algo
superior al llamamiento del deber; amaba proclamar «la gloria de Dios en la faz de Jesucristo".
Cristo era el «tema glorioso, intensamente absorbente" del ministerio de Spurgeon, y ese Nombre
convertía sus fatigas en el púlpito en un "baño en la aguas del Paraíso". Es bien conocida la
historia de cómo un obrero desapercibido fue despertado espiritualmente por un texto que
Spurgeon pronunció en el vacío Palacio de Cristal, cuando estaba probando la acústica como
preparación de un culto; pero el versículo que Spurgeon pronunció no es parte incidental del
cuadro. Cuando, según creía, no había congregación ni oyentes, las palabras que más sentía y
naturalmente vinieron a sus labios, fueron: "He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del
mundo." ¿Es, pues, sorprendente que repasando los títulos de sus sermones en 1856 y 1857
encontremos este nombre constantemente repetido: "Cristo en los Negocios de Su Padre";
«Cristo, Poder y Sabiduría de Dios"; "Cristo Levantado"; «La Condescendencia de Cristo";
«Cristo Nuestra Pascua"; "Cristo Ensalzado"; "El Ensalzamiento de Cristo"; "Cristo en el Pacto"
Examinemos por un momento uno de tales sermones, titulado "El Nombre Eterno", y predicado a
principios de 1855, cuando tenía veinte años. En el curso de ese sermón describe lo que sería del
mundo si el nombre de Jesús pudiera ser eliminado del mismo, e incapaz de refrenar sus propios
sentimientos exclamó: "Sin mi Señor, no tendría el menor deseo de estar aquí; y si el Evangelio
no fuera cierto, bendeciría a Dios por aniquilarme en este mismo instante, pues no desearía vivir
si vosotros pudierais destruir el nombre de Jesús". Muchos años después, la señora Spurgeon
recordaba este mismo sermón, y describía del modo siguiente su final, cuando la voz de
Spurgeon casi se estaba extinguiendo a causa del agotamiento físico:
«Recuerdo, con extraña vividez después de tanto tiempo, la noche del domingo en que
predicó del texto: «Será su Nombre para siempre». Era un tema en el que se gozaba
extremadamente; su principal deleite era ensalzar a su glorioso Salvador, y en aquel discurso
parecía estar vertiendo su mismísima alma y vida en homenaje y adoración ante su
misericordioso Rey. ¡Y yo creí de veras que habría muerto allí, frente a todas aquellas gentes! Al final del sermón, hizo un poderoso esfuerzo para recuperar la voz; pero la pronunciación casi le
fallaba, y sólo pudo oírse con acento entrecortado la patética peroración: «¡Perezca mi nombre,
pero sea para siempre el Nombre de Cristo! ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Coronadle Señor de todos!
No me oiréis decir nada más. Éstas son mis últimas palabras en Exeter Hall por esta vez. ¡Jesús!
¡Jesús! ¡Jesús! ¡Coronadle Señor de todos!» y entonces se desplomó, casi desmayado, en la silla
que había tras él".
¿Existe mayor evidencia que ésta de la presencia del Espíritu Santo en el ministerio de un
hombre? Si la hay, quizá sea aquella conciencia, desconocida de todos excepto del predicador, de
la propia presencia de Cristo acompañándole mientras habla: "Apenas es posible que un hombre,
más acá de la tumba, pueda estar más cerca del cielo que cuando goza de esto" escribe Spurgeon,
y había ocasiones en que podía testificar: «He discernido la presencia especial de mi Señor
acompañándome, por medio de una experiencia tan segura como aquella por la cual sé que vivo.
Jesús me ha sido tan real, acompañándome en este púlpito, como si yo le hubiera contemplado
con mis ojos."
No podemos abandonar el tema del ministerio de Spurgeon sin dar un ejemplo de cómo
predicaba a Cristo para toda clase de oyentes, y a Cristo como necesidad única de todos los
corazones: "Recuerda, pecador, que no es el hecho de que tú tengas a Cristo el que te salva: es
Cristo; no es tu gozo en Cristo el que te salva: es Cristo; ni siquiera es la fe en Cristo, aunque sea
el instrumento: es la sangre y los méritos de Cristo; por lo tanto, no mires a tu fe, sino a Cristo,
autor y consumador de tu fe; y si haces esto, ni diez mil diablos podrán derribarte. Hay una cosa
que todos nosotros confiamos demasiado en nuestra predicación, aunque creemos hacerlo del
todo sin intención, a saber, la gran verdad de que no es la oración, no es la fe, no son nuestros
actos, no son nuestros sentimientos aquello en que hemos de descansar, sino en Cristo, y en
Cristo solo. Somos propensos a pensar que no estarnos en un estado apropiado, que no sentimos
con suficiente -Intensidad, en vez de recordar que lo que importa no es uno mismo, sino Cristo.
Permíteme que te lo suplique: mira sólo a Cristo; nunca esperes ser liberado por el yo, por los
ministros o por cualquier medio, sea de la clase que sea, aparte de Cristo; no le pierdas de vista;
que su muerte, sus agonías, sus quejidos, sus sufrimientos, sus méritos, sus glorias, su intercesión
estén frescos en tu mente; cuando despiertes por la mañana, búscale; cuando te acuestes por la
noche, búscale".
Este era el espíritu y el mensaje de C. H. Spurgeon a la edad de veintidós años, y cuando
nos disponemos a dejar este aspecto de su ministerio, ¿quién no cree que hoy necesitamos
conocer de nuevo el significado de ser constreñidos por el amor de Cristo? Una conocida estro fa
expresaba la oración de Spurgeon; hagamos nuestras sus palabras:
Muy mísero Señor sería,
Sí no tuviera amor por Ti;
¡Poder morir antes quisiera,
Que ver mi amor
no puesto en Ti.
Hasta aquí hemos procurado recuperar la imagen de Spurgeon tal como era en los días de
su ministerio en New Park Street. El retrato que nos ha quedado no es el de un jovial fenómeno
del púlpito sobre el cual los hombres derrochaban alabanzas, sino muy al contrario, un joven
cuya llegada en medio de la vida religiosa, tan sedante y soñolienta, de Londres, fue casi tan mal
recibida como los cañones rusos que por entonces tronaban en la lejana Crimea. Estos hechos
nos producen cierto sobresalto, pues más o menos hemos estado acostumbrados a mirar a Spurgeon como un benigno abuelo del evangelicismo moderno. Cuando el avivamiento de 1855
y años siguientes sacudió a Southwark de su modorra espiritual, el nombre del pastor de New
Park Street era símbolo de reproche, y, los golpes le llovían desde todas direcciones, desde
entonces el nombre ha sido convertido en símbolo de la respetabilidad evangélica, y tendemos a
consolarnos, en medio del predominante abandono de los principios evangélicos, con el
pensamiento de que el mundo religioso recuerda aún un poco a un hombre de nuestra misma
posición, cuya influencia no hace muchos años abarcó el globo entero. Sin embargo, cuando
recordamos el verdadero carácter de su ministerio, nuestro consuelo se evapora pronto, pues nos
enfrentamos con la pregunta, no de cuánto admiramos a Spurgeon, sino de qué es lo que un
hombre como éste pensaría de nosotros.
Hay, buenas razones para suponer que con frecuencia hemos recordado lo que no
debíamos acerca de Spurgeon. Le recordamos como personalidad; le hemos olvidado como
reformador enviado por Dios. Todos conocen cómo reía, pero ¿quién recuerda cómo lloraba?
Recordamos que era un gran bautista, somos ignorantes de cómo acusó a los bautistas, y a otros
no-conformistas por igual, de traicionar a Cristo. Su éxito como evangelista suele ser evocado; se
olvida la teología que lo sustentaba. Conocemos anécdotas que muestran sus muchas
capacidades, pero ¡cuán poco sabemos de la medida del Espíritu Santo de que estaba dotado!
Recordamos a Spurgeon como hombre entre los hombres, pero hemos olvidado en gran parte que
estaba en las manos de Dios. Cuando nos acercamos al verdadero Spurgeon, olvidamos nuestros
homenajes y somos redargüidos.
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Su frase
"Entre Dos Males no elijas ninguno"