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Varias leyendas de ... Coahuila , México .

Paranormal3/31/2013
Buenos días , Buenas tardes , Buenas noches , criaturas del planeta tierra y derivados



Asegurense de tener bocadillos , y de cubrir su necesidades , a continuación las leyendas...

La carreta con oro de Pancho Villa

A pocos kilómetros de Saltillo rumbo a General Cepeda se ubica el casco de una hacienda que se llama El Chiflón. Parece ser que no fue una hacienda muy importante desde el punto de vista territorial, pero es famosa porque hay allí un cañón donde se forman cascadas. Hay también pinturas rupestres y petroglifos, lo que le da una variante de interés prehispánico. Además, en territorios que fueron de esta hacienda se han descubierto osamentas de mamuts y dinosaurios, por lo que tiene también un añadido interés prehistórico y paleontológico. Leyenda encontrada en el blog de Homero Adame.
Cuenta una leyenda que en el cañón de El Chiflón hay una poza muy profunda donde se encuentra sumergida una carreta cargada de oro. Según la leyenda, fue el mismo Pancho Villa quien aventó esa carreta a la poza porque lo venían siguiendo las fuerzas federales y de tal manera escondió aquel oro.
Mucha gente, picada por la curiosidad que genera esta leyenda, ha llegado preguntando qué tan cierta es y algunas personas incluso han traído equipo de buceo para explorar las pozas (son varias) con el propósito de encontrar el tesoro legendario. Se dice que una de las pozas es muy profunda, pero esto jamás se ha comprobado.
Cuentan que hace muchos años llegó un gringo a la pequeña hacienda porque pretendía filmar una película en ese lugar. Le explicó al dueño el tema de la película, quiénes serían los actores, cuánto le pagaría por permitirle utilizar su propiedad y cosas por el estilo. El hacendado no estaba muy convencido de las intenciones del gringo y le dijo: “A ver, vamos al grano y dígame a qué ha venido exactamente”. El gringo siguió explicando que era un director de cine y que quería hacer una película histórica sobre Pancho Villa. El hacendado no terminaba de convencerse e insistió en que él y gringo le dijera cuáles eran sus verdaderas intenciones. Como éste se dio cuenta de que aquél no le creía, entonces le dijo que su intención era la de sacar el tesoro de Pancho Villa porque sabía que era muy grande y rico, y estaba seguro de poder lograrlo porque contaba con el equipo y la tecnología sin importar a qué profundidad estuviera la carreta.
El hacendado entonces le preguntó que en caso de hallar el tesoro qué le tocaba a él. El gringo respondió que la mitad y dijo que se lo firmaba para que no hubiera duda. Sin decir mucho más, el hacendado le dijo al gringo: “Si ese tesoro está en verdad ahí, ¿para qué lo reparto? Mejor lo saco yo y me quedo con todo.”



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El callejón de la Delgadina...

Su gran estatura y su excesivo peso contribuían apenas a que a Crisóstomo Sánchez se le conociera como “El Gigante Severo”. En realidad el mote lo debía más a la particularidad de sus ropas, siempre cubiertas de grasa y sangre de animales.
“El Gigante Severo” era carnicero. Vivía en el callejón que comenzaba en la calle de Santa Anna (hoy Guerrero), cruzaba por la calle de San Joaquín (hoy Arteaga) y terminaba en el arroyo de “La Tórtola”; en una gran casona que, se sabe, tenía más establos que habitaciones.

Isaura Delgado, su mujer, era mucho menor que él. Más baja también de estatura, pero no menos fuerte, y dueña de una larguísima cabellera que llevaba siempre trenzada y que le valió ser conocida como “La Trenzona”.

Corría el año de 1786, cuando según la historia popular, Crisóstomo sorprendió al ‘Freidor’ (ése era su oficio), conversando con su esposa. Él no concedió importancia al hecho, hasta que comenzó a repetirse y las entrevistas entre “El freidor” y “la Trenzona” comenzaron a suceder en su propia casa.

Poco tiempo después las malas lenguas alcanzaron los oídos del “Gigante”, quien no era celoso, pero al escuchar de terceros que algo sucedía entre su esposa y el freidor, no descansaría hasta comprobarlo. Y un día lo hizo. Encontró a su mujer en brazos del anunciado amante.

“La Trenzona” desapareció desde ese día. La gente del pueblo, acostumbrada a verla al pasar, lavando debajo del puente Tacubaya, especuló por meses en torno a su desaparición. Hasta que una mañana un rumor se esparció de esquina a esquina del pueblo: el cuerpo de Rosaura había sido encontrado en una orilla del arroyo de “La Tórtola”.

Estaba irreconocible. Fue su largo y abundante cabello hecho una gran maraña la única pero definitiva identificación. Alguien reveló entonces lo que le había pasado:

Ardiendo en despecho y rencor, Crisóstomo había colgado a su mujer de la espalda en un garfio carnicero. Por meses puso empeño en mantenerla lacerantemente viva, alimentándola apenas de migajas de pan. Y la había dejado así, suspendida, en una de las habitaciones más escondidas de la casona.

Su figura enmagrecía lentamente. Cuando su débil estado parecía terminar con su castigo, el carnicero dividió en cuatro grandes mechones su cabello, para luego amarrarlos a los cuatro picos del gancho. Sus pies casi tocaban el suelo. Más días con sus noches pasaron sobre el tortuoso cautiverio de la mujer infiel, hasta que su figura se convirtió, como juzgó el pueblo cuando la encontraron, en “un montón de huesos envueltos en una arrugada y amarillenta piel”.

El carnicero se fue de la casa y del pueblo ese día y nadie volvió a saber de él. Desde entonces la gente llamó al que albergaba aquella casa (quizá por el apellido de la protagonista, quizá por el estado en que fue encontrada), “el callejón de la Delgadina”.



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La calle del Reloj...

Corrían los días fríos de 1725 en la villa de Santiago del Saltillo. En la Catedral de Santiago crecía un huerto que se extendía hasta la parte posterior y era cercado por una barda que llegaba hasta la calle Real de Santiago, que actualmente es la calle General Victoriano Cepeda.
En esa barda terminaban la calle del Cerrito, al sur y la calle del Reloj, al norte. Una parte de ella fue derrumbada cuando el huerto y la casa parroquial fueron expropiados, tras la Reforma, uniéndose así las dos calles que hoy son una sola: la calle de Bravo. Los mayores aún recuerdan porqué antes de ser Bravo Norte, fue conocida como la calle del Reloj.

Cuenta la leyenda que el capitán Mathías Aguirre, hijo del general del mismo nombre quien había gobernado la provincia y parte de una estirpe de reconocidos militares, habitaba una casona en la calle del Campo Santo (actualmente Juárez). Allí se dirigía una noche, al volver de una boda en la calle de las Barras (hoy Múzquiz).

Rozaba la media noche, por lo que los serenos habían apagado ya los faroles de sebo de las calles (tarea que realizaban al dar las 10), sólo la luz de los astros iluminaba a medias el andar de don Mathías, quien quiso acompañar con un cigarrillo su solitario y nocturno trayecto a casa.

Pero no encontró su mechero. Llegando a la rinconada de la Vicaría notó la presencia de un caballero, que para su buena fortuna en ese momento, encendía un cigarrillo. Don Mathías se acercó pidiéndole fuego a lo que el caballero accedió amablemente. El capitán agradeció el gesto y se retiró.

Había avanzado unos pasos cuando el reloj de la capilla hizo sonar sus 12 campanadas. Al escucharlas, el capitán se le ocurrió cerciorarse de tener la hora correcta, por lo que buscó en su bolsillo el reloj de oro que su padre, el general, le había regalado. Pero no lo encontró.
Así que de inmediato volvió corriendo al sitio donde el caballero le había dado fuego. El hombre continuaba ahí y sin pensarlo, el capitán Mathías lo amagó colocándole su daga en el cuello y furioso, le ordenó que le entregara el reloj.

El caballero, sintiendo la daga hacer ya presión en su garganta, se contuvo de replicar cualquier cosa, mientras el capitán había logrado tomar el reloj guardándolo en su bolsillo y se alejaba renegando de la delincuencia.

Al llegar a su casa, entró en su habitación y se fue despojando a oscuras de sus pertenencias para colocarlas en el buró, junto a la cama, incluyendo el reloj con su cadena también de oro. Al encender la vela, le sorprendió ver que sobre la mesa de noche había dos relojes muy parecidos. Comprendió de inmediato que había olvidado el suyo y que había despojado al caballero del otro, sin razón alguna.

Apenado y agobiado, don Mathías no pudo dormir. Así que tan pronto amaneció envió a todos sus subordinados a localizar al caballero del reloj para devolvérselo y ofrecerle una disculpa, pero nunca pudieron encontrarlo.

Por años la versión de que Satanás quiso dar un susto a don Mathías fue la conclusión general. Y esa es la razón por la que la voz popular llamó a la rinconada La Calle del Reloj.



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La casa de los Espantos...

A espaldas de la Catedral de Santiago, se levanta una vieja casona construida a finales del siglo XVII, la construcción que en la actualidad comparten Cáritas de Catedral y el INAH, por muchos años permaneció deshabitado y envuelto en velo de misterio que ahuyentaba a los vecinos.

Posterior a la Revolución, un Capitalino adquirió la casa para remozarla y habitarla. Sin embargo, al poco tiempo los rumores acerca de fantasmas que sobre la casa se difundían, lo desanimaron.

A pesar de su temores y lejos de venderla, se armo de valor y para terminar con los cuentos, él y dos de sus amigos que alardeaban de ser escépticos en cuestiones sobrenaturales, se introdujeron una noche a la mansión con el fin de permanecer hasta el amanecer y comprobar la falsedad de los espantos.

A la medianoche, cuando los tres valientes se concentraban en un juego de cartas, un resplandor que se escapaba por la rendija de una estropeada puerta que conducía a una de las recamaras, les helo la sangre.

Casi inmovilizados por lo que sus ojos percibían, pudieron incorporarse y caminar hasta la puerta en busca del origen de la luz. Al acercarse, observaron un escalofriante y espectral espectáculo.

Del otro lado de la puerta, una habitación acondicionada a la usanza del siglo XVII había aparecido, como proyectada por un cinematógrafo. Junto a una mesa una hermosa mujer redactaba una carta a la luz de la vela y a su lado, sobre una cuna, un niño dormía con serenidad.Repentinamente, un hombre de capa larga y sombrero salio de entre las sombras. Doña Leonor - la mujer que escribía - asustada mas por la sorpresiva entrada, que por ver aquel hombre, don Gonzalo, que era su esposo, esconde el documento.Don Gonzalo, quien sufría de celos enfermizos, al ver que su mujer había escondido un papel escrito, cuyo destinatario, seria su madre, perdió los estribos al sospechar que las líneas estaban dedicadas a un amante. De un certero movimiento desenvaino su espada y la hundió, primero en el pecho de su mujer y después en el endeble cuerpo de su hijo.

Acto seguido, llamo a su mayordomo y le pidió que cavara un hueco sobre la pared, donde esconderían los cuerpos y con ellos, los vestigios de su horrendo crimen. Al concluir la labor, don Gonzalo y su fiel servidor huyeron de la casa y después de Saltillo.

Los asustados espectadores abandonaron despavoridos el lugar, sin poder dar crédito a lo sucedido. Al día siguiente regresaron, esta ves con las autoridades civiles y eclesiásticas de la ciudad.

Se introdujeron en la propiedad y al derruir el muro que la noche anterior les había indicado, los esqueletos de doña Leonor y el bebe aparecieron.

Entonces, las osamentas fueron llevadas al campo santo y tan pronto recibieron sepultura, las animas descansaron y dejaron de aparecer en la casona.



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Bueno , residentes del planeta tierra y derivados , esto ha terminado ... espero y les haya agradado



--Un abrazo y byeeeee --
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