Si bien no me di cuenta mientras pasaba………
lo sabía y lo anhelaba,
todos los días al recorrer mi mirada por ese espejo que refractaba nada
y me mostraba un cuarto más de esta farsa.
Así y todo expectante esperando que el amanecer con sus ruidos habituales denuncie y me despierte de un sueño que no tengo, que no cumplo, que no prometo, que el trajín de medir días en franca meditación señale todas las mentiras que han de ser contadas.
Que el desfile de ritos mundanos creados para mentirnos acerca del hoy y ayudarnos a no deprimirnos pensando en el mañana que tal como lo visualizamos no vendrá, no existirá.
Pues entre la sombra de la esperanza y la expectativa de la razón ni la mentira sonríe sin mostrar su hipocresía.
Una bocanada de aire helado me dio la bienvenida a la realidad – hoy día 23 de un mes inverde, del año que no me importa- repaso un chiste viejo:
¡Pai papa, pai mama¡ no costo mucho, aunque dolió un poco en el fondo, pues por primera vez sentí en mis padres el peso del cansancio de la búsqueda de oportunidades que un país les negó, que una sociedad les quito.
¿O es que acaso al entender cómo funcionaba la maquinaria que recicla pensamientos y envuelve individualidades ellos mismos se negaron a ser parte y si fue así porque?
Si los ritos inhumanos que se dan para venerar la santísima miseria se midieran en actos lastimeros y de rutina, mi perro tendría que ser elevado en condición de ciudadano.
Ahora yo… sigo callado, sumido, aprisionado en este cuerpo que desconozco, que detiene mis actos por temor o miedo, al que nunca doy importancia porque no reconozco mío……
Empiezo a temblar, con un pie delante del otro salgo,
pues siento que me sofoco,
que el aire de la ciudad en cada calle y en cada esquina tienen un vaho a deyección.
Las paredes me acompañan, buscan conmigo respuestas que tal vez no quiera oír pero que en este punto necesito, estas disfrazadas de grafitis sin sentido de arte obsoleto que todos ven pero a nadie importa, con palabras anunciando distracciones e ingenuidad, que me recuerdan a mí mismo.
A partir de la cuarta esquina vislumbro cruces de cemento y piedra, maldita fachada ajena a mí y a la vez mía…. buscando respuestas pienso:
¿Qué sabes tú de mi escueta piedra?
Entrecierro mis ojos y veo rayos de luz que pasan alrededor de un capitel, los hilos que iluminan a los presentes me recuerdan el reflejo de ataduras en nazarenos entrando a una cueva oscura.
Esa luz en el interior cambia ilumina solo lo que se merece ver, enfoca lo importante, lo que vale la pena verse, ya no a ninguno de los nazarenos que ahora son solo una sombra más entre otras cuantas.
Lo que aquí importa son imágenes crueles y dolientes que te recuerdan con voz baja que nada más hay, ironías propias de la vida……
Mientras oigo en el interior de la cueva los discursos del hombre con vestido empeñado en hacerme sentir culpable por el hecho de solo haber nacido, un anciano me mira con reojo con desaire y algo de desprecio.
Mientras rancias palabras se reparten entre “los invitados a la mesa del señor” empiezan a llover susurros de favores, de milagros, de condenas, de….
Mas esas palabras inhumanas sin sonido, con el tono un poco más alto que el de un secreto abarcan todo el ambiente, la gente mutada en producto social ha tomado sus puestos, los que les asignaron, en donde se les especifico que deben ser ellos los encargados de penar toda una vida para que de este modo, una parte especifica de la masa social no cargue con su respectiva parte de culpas y vergüenzas.
Oigo un llanto y la curiosidad me aborda, busco entre decenas de cabezas portadoras de caretas de resignación las que golpean continuamente su pecho y se repiten “por mi culpa”…tal vez, sí.
Les dijeron que por un sacrificio que se realizó para salvar sus almas…. almas que no están seguros de poseer, que no representan mayor tortura pero que confunden con conciencias y es eso lo que les produce tanto miedo.
Una tenue luz de velas artificiales como todo lo demás aquí dentro, me muestra la silueta de una anciana, me siento detrás de ella, necesito oír su porque pues tal vez también sea el mío.
Entre murmullos solo oigo reclamos y rezos, mientras golpea su pecho con un pañuelo y una foto va diciendo: “yo que te di todo, yo que te puse velas…. ¿por qué te lo llevaste?”….
Como si un peso extra recayera sobre su espalda se arrodilla y pareciera que no pudiera levantarse. Levanto mi mirada para distinguir la imagen que le causa sufrimiento, es la misma imagen repetida a cada lado de esta cueva, la del hombre de pelo largo y espinas en la frente, está sentado y tiene un letrero en sus pies, dice: “Señor de la Justicia”.
Me pregunto qué clase de justicia anhelaba?… la de una imagen rígida sin vida, que no siente, que no se mueve…que no escucha.
Harto de ese aire penitente y con un mal sabor de boca al sentirme nuevamente vacío emprendo camino sin rumbo, me doy cuenta que estoy solo en esta ciudad de gente que te golpea al pasar, que tiene el don de ver el camino a través de tu cuerpo a menos que tu cuerpo ofrezca una ilusión expectante.
Un hombre sucio y barbado con ropas harapientas camina hacia mí buscando en los basureros su disculpa diaria, su imagen me recuerda al motivo del llanto de la anciana, algo hace que el hombre alce su mirada y me vea a los ojos, un segundo nada más, pero en ese momento sentí que él me entendía, que sabía lo que pasaba, que mi ira no era infundada, que entendía que algo en este lugar estaba roto.
“La existencia esta corrompida” esa fue mi conclusión, me pregunte. ¿Para que existimos, que es lo que ganamos existiendo?
Oh será este lugar, este sitio repleto de sombras y demonios, de monos, de hienas, de leones que desarrollan sus sucias habilidades para desgarrar a sus semejantes y por eso se les aclama, se les imita……se les perdona.
“Es que es la viveza criolla” la de los que sobresalen, la de los que aprovechan oportunidades, oportunidades que quizás ni merecen ni necesitan, pero abarcar, hurtar y quitar es su motivo, su aire.
Si tan siquiera fueran pocos, si no los viera a cada lado con solo girar mi cabeza o pararme en un punto muerto y parpadear cada cinco segundos, como si su inmunda esencia no resaltara a través de su forma humana dejando entrever su verdadera forma.
Creo que ahora entiendo a mis padres, algo entiendo del lugar en el que vivo, esa gente, ya no sé si quiero verles, pero solo con cerrar mis ojos nada cambia en la sociedad, “es lo que todos hacen” dicen, esas manos manchadas de negro que se sienten mal con mi presencia, por no ser parte
“de los todos”.
¿Y ahora qué?
¿Hago como que no me interesa?
Mi última reflexión no me trae esperanzas, no me da consuelo, ni lo busco, porque esto es como es, porque se quién soy, porque se donde vivo y lo más importante se quien destruyo quito.
lo sabía y lo anhelaba,
todos los días al recorrer mi mirada por ese espejo que refractaba nada
y me mostraba un cuarto más de esta farsa.
Así y todo expectante esperando que el amanecer con sus ruidos habituales denuncie y me despierte de un sueño que no tengo, que no cumplo, que no prometo, que el trajín de medir días en franca meditación señale todas las mentiras que han de ser contadas.
Que el desfile de ritos mundanos creados para mentirnos acerca del hoy y ayudarnos a no deprimirnos pensando en el mañana que tal como lo visualizamos no vendrá, no existirá.
Pues entre la sombra de la esperanza y la expectativa de la razón ni la mentira sonríe sin mostrar su hipocresía.
Una bocanada de aire helado me dio la bienvenida a la realidad – hoy día 23 de un mes inverde, del año que no me importa- repaso un chiste viejo:
¡Pai papa, pai mama¡ no costo mucho, aunque dolió un poco en el fondo, pues por primera vez sentí en mis padres el peso del cansancio de la búsqueda de oportunidades que un país les negó, que una sociedad les quito.
¿O es que acaso al entender cómo funcionaba la maquinaria que recicla pensamientos y envuelve individualidades ellos mismos se negaron a ser parte y si fue así porque?
Si los ritos inhumanos que se dan para venerar la santísima miseria se midieran en actos lastimeros y de rutina, mi perro tendría que ser elevado en condición de ciudadano.
Ahora yo… sigo callado, sumido, aprisionado en este cuerpo que desconozco, que detiene mis actos por temor o miedo, al que nunca doy importancia porque no reconozco mío……
Empiezo a temblar, con un pie delante del otro salgo,
pues siento que me sofoco,
que el aire de la ciudad en cada calle y en cada esquina tienen un vaho a deyección.
Las paredes me acompañan, buscan conmigo respuestas que tal vez no quiera oír pero que en este punto necesito, estas disfrazadas de grafitis sin sentido de arte obsoleto que todos ven pero a nadie importa, con palabras anunciando distracciones e ingenuidad, que me recuerdan a mí mismo.
A partir de la cuarta esquina vislumbro cruces de cemento y piedra, maldita fachada ajena a mí y a la vez mía…. buscando respuestas pienso:
¿Qué sabes tú de mi escueta piedra?
Entrecierro mis ojos y veo rayos de luz que pasan alrededor de un capitel, los hilos que iluminan a los presentes me recuerdan el reflejo de ataduras en nazarenos entrando a una cueva oscura.
Esa luz en el interior cambia ilumina solo lo que se merece ver, enfoca lo importante, lo que vale la pena verse, ya no a ninguno de los nazarenos que ahora son solo una sombra más entre otras cuantas.
Lo que aquí importa son imágenes crueles y dolientes que te recuerdan con voz baja que nada más hay, ironías propias de la vida……
Mientras oigo en el interior de la cueva los discursos del hombre con vestido empeñado en hacerme sentir culpable por el hecho de solo haber nacido, un anciano me mira con reojo con desaire y algo de desprecio.
Mientras rancias palabras se reparten entre “los invitados a la mesa del señor” empiezan a llover susurros de favores, de milagros, de condenas, de….
Mas esas palabras inhumanas sin sonido, con el tono un poco más alto que el de un secreto abarcan todo el ambiente, la gente mutada en producto social ha tomado sus puestos, los que les asignaron, en donde se les especifico que deben ser ellos los encargados de penar toda una vida para que de este modo, una parte especifica de la masa social no cargue con su respectiva parte de culpas y vergüenzas.
Oigo un llanto y la curiosidad me aborda, busco entre decenas de cabezas portadoras de caretas de resignación las que golpean continuamente su pecho y se repiten “por mi culpa”…tal vez, sí.
Les dijeron que por un sacrificio que se realizó para salvar sus almas…. almas que no están seguros de poseer, que no representan mayor tortura pero que confunden con conciencias y es eso lo que les produce tanto miedo.
Una tenue luz de velas artificiales como todo lo demás aquí dentro, me muestra la silueta de una anciana, me siento detrás de ella, necesito oír su porque pues tal vez también sea el mío.
Entre murmullos solo oigo reclamos y rezos, mientras golpea su pecho con un pañuelo y una foto va diciendo: “yo que te di todo, yo que te puse velas…. ¿por qué te lo llevaste?”….
Como si un peso extra recayera sobre su espalda se arrodilla y pareciera que no pudiera levantarse. Levanto mi mirada para distinguir la imagen que le causa sufrimiento, es la misma imagen repetida a cada lado de esta cueva, la del hombre de pelo largo y espinas en la frente, está sentado y tiene un letrero en sus pies, dice: “Señor de la Justicia”.
Me pregunto qué clase de justicia anhelaba?… la de una imagen rígida sin vida, que no siente, que no se mueve…que no escucha.
Harto de ese aire penitente y con un mal sabor de boca al sentirme nuevamente vacío emprendo camino sin rumbo, me doy cuenta que estoy solo en esta ciudad de gente que te golpea al pasar, que tiene el don de ver el camino a través de tu cuerpo a menos que tu cuerpo ofrezca una ilusión expectante.
Un hombre sucio y barbado con ropas harapientas camina hacia mí buscando en los basureros su disculpa diaria, su imagen me recuerda al motivo del llanto de la anciana, algo hace que el hombre alce su mirada y me vea a los ojos, un segundo nada más, pero en ese momento sentí que él me entendía, que sabía lo que pasaba, que mi ira no era infundada, que entendía que algo en este lugar estaba roto.
“La existencia esta corrompida” esa fue mi conclusión, me pregunte. ¿Para que existimos, que es lo que ganamos existiendo?
Oh será este lugar, este sitio repleto de sombras y demonios, de monos, de hienas, de leones que desarrollan sus sucias habilidades para desgarrar a sus semejantes y por eso se les aclama, se les imita……se les perdona.
“Es que es la viveza criolla” la de los que sobresalen, la de los que aprovechan oportunidades, oportunidades que quizás ni merecen ni necesitan, pero abarcar, hurtar y quitar es su motivo, su aire.
Si tan siquiera fueran pocos, si no los viera a cada lado con solo girar mi cabeza o pararme en un punto muerto y parpadear cada cinco segundos, como si su inmunda esencia no resaltara a través de su forma humana dejando entrever su verdadera forma.
Creo que ahora entiendo a mis padres, algo entiendo del lugar en el que vivo, esa gente, ya no sé si quiero verles, pero solo con cerrar mis ojos nada cambia en la sociedad, “es lo que todos hacen” dicen, esas manos manchadas de negro que se sienten mal con mi presencia, por no ser parte
“de los todos”.
¿Y ahora qué?
¿Hago como que no me interesa?
Mi última reflexión no me trae esperanzas, no me da consuelo, ni lo busco, porque esto es como es, porque se quién soy, porque se donde vivo y lo más importante se quien destruyo quito.