El Caso del Convento

I
Su lengua bajo sensualmente por toda su corpulencia. Evito el ombligo y ensucio el Monte de Venus con su lujuria en forma de saliva. Con sus manos firmes pero suaves subió cada uno de sus dedos por las piernas sedosas de la joven que se revolcaba lentamente de placer. Su lengua siguió bajando entrando a la enmarañada de vello que era la antesala al sanctosantuorum. El hombre se inclino más y sus dedos siguieron subiendo hasta con una precisión milimétrica, todo lo que recorría el cuerpo de la muchacha se unió en un solo punto.
Corría el año 1942. Hitler estaba dominando Europa, nacía Muhammad Ali, los Nazis sufrían su primera derrota en Stalingrado, se estrenaba Casablanca, nacía también Paul Mcartney. Muchas cosas pasaron ese año, pero lo que más recordamos todo lo que estuvimos allí fue ese misterioso caso. El caso del Convento de Monjas.
Un convento de monjas no tiene nada de peligroso, de hecho nadie esperaría nada fuera de lo normal en un lugar como ese. A lo sumo sus fantasías sexuales imaginaran a una sensual devota de Dios que nos saluda con un escote y encaje negro, pero salvo eso, nada interesante le ha pasado a nadie en un Convento fuera de su imaginación.
Si no me equivoco esto paso el cuatro de Enero de ese año. Habían pasado 11 días exacto desde la Navidad, fecha sagrada para las devotas a Dios. Yo me encontraba viviendo cerca de la Avenida Córdoba, a pocas cuadras había un convento, no me acuerdo su nombre, creo que alguna vez lo supe pero siempre quise olvidarlo. El tema es que, debido a un amigo, me invitaron a una merienda ese día cuatro. Como es obvio, ya que el que me había llamado era Rogelio Claybon, acepte sin pensarlo dos veces. No me resultaba divertido compartir unas horas con unas monjas pero sin dudas era una experiencia que, además de por la comida, era interesante vivir. Me llamo por teléfono alrededor de las dos de la tarde para decirme que me pasaría a buscar a eso de las cuatro. Acepte. No tenía nada que hacer que pudiera consumir mi tiempo, así que me tire a descansar mientras leía un libro. Luego de pasar hojas y hojas un pensamiento me abrumaba la cabeza. ¿Pasarme a buscar? ¿Cómo me va a pasar a buscar? Si vivo a tres cuadras. ¿Que se piensa? ¿Qué me voy a perder? No era algo que me alarmara o que hiciera peligrar mi vida o mi existencia, pero sin dudas era llamativo. Además era un convento de monjas.
A las cuatro en punto sentí el timbre y baje tomando mi saco hacia la puerta. Me encontré con Rogelio. Parecía común, vestía su habitual pantalón blanco y camisa negra. Me sonrió y se alegro de verme. Nos subimos a su auto, un Ford Baby del 40. El motor rugía mientras avanzamos por las calles hasta llegar a Avenida Córdoba, donde se encontraba el convento. Luego de cruzarla, extrañado, le pregunte por qué no habíamos doblado. Impasible me contesto que antes teníamos que ir a otro lado, a buscar unas cosas. Confiaba en el asi que deje de preocuparme y le pregunte si había visto el partido la noche anterior.
La cama crujía al compas de los movimientos de las figuras entrelazadas sobre ella. Los gemidos de la mujer aturdían y cortaban el feroz silencio que adornaba la sala, mientras el hombre alternaba sus movimientos para lograr la mayor excitación en ambos. El ruido de la cama y de los objetos cayendo por las manos temblorosas de la joven hacían elevarlos más al éxtasis a la pareja que cada vez acentuaban mas sus contorsiones y su placer. Los gemidos se convirtieron en gritos y los gritos luego en alaridos. Alaridos de placer, de éxito, de victoria. El alarido que alguien grita cuando ha llegado al punto culmine de su existencia, a ese lugar donde ya nada importa mas que el placer propio .
Seguimos un largo camino hasta que paramos cerca de Corrientes y Callao. Rogelio se bajo del auto y me dijo que esperara ahí, que cualquier cosa extraña que dijera que era amigo de él. ¿Cosa extraña? Mi vida era lo más aburrido que podía existir en el planeta tierra. La calle estaba repleta, intente ubicar a mi amigo pero era inútil. Me recosté sobre el asiento y seguí pensando en el tremendo gol que había hecho Boca la noche anterior. Luego de diez minutos vi pasar a Rogelio por delante del vehículo y entro, traía un bolso de color marrón y de cuero.
Atine a preguntarle que era y él se limito a negar con la cabeza y concentrado encendió el motor y salió desesperadamente rápido. Luego de tomar Callao a toda velocidad y doblar en una calle que no alcance a leer el nombre, aminoro y comenzó a hablarme. Lo que escuche en ese momento me pareció inverosímil y paranoico pero luego comprendí que me marcaria toda mi vida. Me dijo que me había invitado a tomar un té a lo de las monjas porque era el único lugar seguro que tenia, y que como vivía cerca no quería estar solo. No entendí por que habría de ocultarse en un convento, o cual era el objetivo de tal asunto, pero no lo pregunte. Me conto que en esa valija habían hojas importantes, tampoco me dijo de que. A eso no me resistí y le exigí que me lo contara. Vacilando, mientras cruzaba una esquina me lo conto. Eran fotos, fotos comprometedoras de un acto de aberración total. Un acto indigno, impuro e insolente. ¿Para tanto? Si, así parecía. Luego de girar por Córdoba llegamos al Convento. Era una puerta pequeña de madera, no tenía timbre, pero una ventana dejaba ver lo que pasaba en el largo pasillo. Rogelio saludo con la mano y una hermana vino a abrirnos.
Sor Libertad avanzo por el pasillo al ver a los dos individuos que la habían saludado. Amablemente se acerco y saludo con la mano.
-¡Hola! ¡Me alegro que hayan venido!
Tomo las llaves y abrió la puerta. Los invito a pasar con un gesto en la mano.
Avanzo por el gran pasillo hasta llegar a otra enorme puerta.
-Pasen, pasen.
El convento era una casa muy grande, lo que se llamaban caserones. En la entrada había un enorme comedor, adornado con cristaleros llenos de copas, platos y pinturas. A un costado del mismo salía una puerta hacia una cocina, pequeña pero muy acogedora. Una radio decoraba la esquina de la misma. Para el otro lado del comedor estaban los cuartos de las hermanas, a cada uno se accedía por gran pasillo que era el que lo conectaba con el comedor. La otra puerta que salía del mismo daba a un enorme patio trasero donde las hermanas hacían sus hobbies, al fondo del enorme parque había una pequeña capilla.
Rogelio y su compañero pasaron mirando alrededor, era realmente un lugar muy acogedor. Sor Libertad les dijo:
-Siéntense, siéntense, ahora vamos a traerles la merienda.
La hermana sonrió y se dirigió a la cocina, allí se encontraba Sor Valentina que había venido en un barco desde Ucrania.
-Valentina por favor, podría comenzar a preparar los pasteles y las masas
Le dijo amablemente, mientras la extranjera respondió entreveradamente.
-Si Madre, si.
Sor Libertad tomo de una de las mesadas una bandeja llena de hogazas de pan, y las acerco a la mesa. Los dos hombres se levantaron para ayudarlas pero ella, cordialmente, les hizo un gesto de que no se preocupen.
-Acá tienen, coman, coman.
Los hombres agradecieron y se dispusieron a probar los deliciosos panes. La hermana volvió a la cocina y se encontró con Sor Valentina que estaba realizando la tarea que le había pedido.
-¿Donde está la Hermana Laura?
Le pregunto extrañada a la extranjera mientras miraba curiosamente para todos lados. La otra monja no contesto.
-¿Donde está la Hermana Laura?
Hubo otro silencio.
-Sé que me entendiste Sor Valentina ¿Adonde esta la hermana Laura?
Esta vez hablo con autoridad, dejando el tono dulce para otra ocasión. La monja se dio vuelta de sus tareas con la cabeza gacha, miraba los pies de la Madre Superiora y luego hizo un gesto con su cabeza.
Los panes no estaban tan ricos como aparentaban, a pesar de su apariencia crocante y dorada estaban bastante duros. Sin embargo lo comimos de todos modos. Luego de un rato, yo, escuche como alguien levantaba el tono en la cocina, me extrañe mucho ya que esas hermanas tenían famas de ser bastante calmadas. De todos modos hice caso omiso y seguí hablando con Rogelio. Luego de unos minutos vimos pasar a la hermana que nos había abierto en dirección a una puerta que, aparentemente, daba a un pasillo. Mi amigo se dio vuelta y se quedo observando como la religiosa abandonaba nuestra vista. Escuche un sollozo en la cocina y me levante a ver que sucedía. Vi a otra monja en cuclillas tomándose la cara mientras hablaba en un idioma inentendible, me quede perplejo. Algo sin dudas pasaba. Apareció Rogelio y me dijo que lo siguiera, trate de ayudar a la monja antes de irme pero seguía petrificada mientras oraba en su lengua. Salí corriendo atravesando el comedor hasta la puerta donde se encontraba mi amigo por la que antes había pasado la Madre Superiora. Rogelio me hizo señas para que me quedara quieto. Se escuchaban unos gritos e insultos. Luego de estar unos segundos ahí, escuche como una puerta se rompía, seguida de un alarido y dos disparos. Lo que sucedió luego es algo que nunca comprendi, y nunca trate de hacerlo. Hasta ahora.
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