Copyright, derechos y patrañas
“Sólo una cosa es imposible para Dios: encontrarle algún sentido a cualquier ley de copyright del planeta” (Mark Twain)
Por Javier Castrillo
El derecho de copia (copyright), tan de moda en estos días en los que el monopolio Clarín ha perdido los leoninos derechos que ejercía sobre el fútbol, nace en Inglaterra en el siglo XVIII. En aquella época, los libreros presionaron por obtener el derecho a perpetuidad sobre las obras que publicaban y que habían a su vez, adquirido a los autores. Recordemos que estamos en pleno auge industrial y las imprentas sacaban un ejemplar tras otro luego de que por siglos las ediciones impresas se hacían por medio de copias a mano, costosas y escasas.
Es en 1710 cuando el llamado Estatuto de la Reina Ana, concedió a los impresores el derecho de propiedad sobre las copias por catorce años, renovables una vez si el autor seguía vivo. Es decir, que a lo sumo pasaban veintiocho años desde su publicación hasta que una obra pasaba al dominio público. Este lapso era razonable en ese entonces, ya que el hecho de copiar era costoso, la imprenta apenas tenía un par de siglos en Europa, y los métodos de copiado no eran muy redituables. Luego con el avance de las tecnologías, estos derechos de copia se fueron trasladando a otros medios como las fotografías, el cine, las grabaciones de sonido y video, el software, las transmisiones televisivas, etc.
El tiempo fue pasando y esos catorce años se fueron estirando cual chicle. Hoy es muy común que una obra pase al dominio público recién a los setenta años luego de la muerte del autor!. Es decir, nietos de tangueros que no saben si el bandoneón se enchufa o se golpea, viven de las regalías de los tangos que escribieron sus abuelos. Cuando la derecha clama a viva voz acerca de que una de las patas fundamentales de la sociedad es la propiedad privada, se sabe que apunta a acopiar todo lo tangible. Del mismo modo, ellos quieren apropiarse de todo lo intangible con el invento de la “propiedad intelectual”, frase de por sí carente de sentido semántico, y que palabra más palabra menos pretende fundamentar la creación artística como un momento de inspiración única e irrepetible que solamente se sacia con los derechos perennes a lucrar con esa obra; y que su ganancia será el combustible que impulse las futuras creaciones. A juzgar por la “sensibilidad” de estos señores, el hecho artístico no se basa en ninguno anterior y solamente los que cobran dinero por ello seguirán creando. Es decir, si uno se pasó décadas escuchando a Led Zeppelin y un día compone un rock'n roll, la creación le pertenece, acaba de crear. No como un proceso de influencias, vivencias y talento sino como un suceso de génesis que merece el aplauso constante traducido en regalías para dos generaciones.
Hoy por hoy, cualquier hijo de vecino se puede copiar un disco, bajar una película desde la internet, descargar un libro o mirar un programa de TV en el ciber. Allí es donde la industria (que de cada CD vendido le da algo así como un dólar al artista) sale con los tapones de punta a defender su industria acusándonos de “piratas”. Aquellos ejecutivos que han vivido de esquilmar a los músicos (citemos a Charly García cuando dijo que los popes de las discográficas tapizan sus autos con la piel de los músicos) y que el único instrumento que tocan es la campana, alzan sus voces para atacar y perseguir. Somos ladrones, matamos a músicos cada vez que copiamos un CD para nuestro vecino. No entienden que el negocio cambió. Mejor dicho, lo saben, pero los que no quieren cambiar son ellos. Entonces reclutan a artistas con arraigo popular, como León Gieco, y hacen vergonzosas campañas defendiendo lo indefendible. No quieren caer en la cuenta que el mundo cambia, que estamos en los 2000 y que la internet es, por definición, una máquina de copiar.
Hoy por hoy, hasta aparecen libros que impiden su préstamo público (ergo, desaparecen las bibliotecas), software que no permite su reproducción (es decir, si tengo dos computadoras en casa o la oficina debo comprar dos Window$, por citar un ejemplo corriente), programas de TV que no nos dejan mirar los goles que se anotaron un jueves, hasta el domingo a la noche. Cantores que han muerto pobres siguen alimentando holgazanes. Escritores y poetas siguen generando lujos para sus editores. Ellos son los que mantienen este negocio anacrónico, con el apoyo de la derecha privativa y propietaria. Apropiadora. Aparecen miles de bandas, miles de blogueros o escritores populares. Medios barriales, radios comunitarias, emisiones online. Sitios de internet de encuentro y difusión de cultura. La mayoría de ellos, casi su totalidad, lo hacen por la satisfacción de hacer, de transmitir. No para lucrar. Volteando la miserable teoría que nos quieren vender. Que el artista solo puede crear en la medida en que pueda “monopolizarse”.
Varios consagrados también entienden la rosca. Y obran en consecuencia para desmitificar la palabra de los poderosos. Adrián Paenza permite que sus libros se puedan descargar de internet y es récord de ventas (no era que la descarga mataba a los autores?), artistas como Manu Chao, Nine Inch Nails, Peter Gabriel o Radiohead dejan descargar sus temas de la red y le buscan una vuelta al negocio, para adaptarlo a los tiempos que corren. Cientos de publicaciones se amparan bajo las licencias como las Creative Commons. Empresas como Google y Canonical liberan su software y hoy son competencia directa del otrora intocable Micro$oft. Mientras por estos lares, CAPIF y SADAIC prefieren perseguir a los adolescentes que ponen música en sus reproductores de mp3.
Hoy estamos contentos, nadie va a prohibir que don Paco, allá en Formosa, pueda ver a su querido y lejano Chacarita. Luchemos también para que nadie impida que Carla, en una escuela de Villa María pueda fotocopiar el libro de su señorita. Y para que Luis en General Pico pueda escuchar a Shakira en el CD que le pasó su novia. Y para que todas las escuelas del país puedan usar programas de calidad, que les pertenezcan y permitan estudiar su funcionamiento y adaptarlo a sus necesidades.
Y para que todos entendamos, que ser pirata es robar barcos en alta mar, no significa, en modo alguno, ser solidario con el compañero. Compartir, ayudar, prestar, regalar, ayudar JAMÁS puede no ser otra cosa que un acto de profunda hermandad.
PD: Sé que he mezclado dos conceptos diferentes, como el derecho de copia y el derecho de autor. Permítame, compañero lector, esta licencia para no ahondar en tecnicismos que hubieran duplicado el espacio de este artículo. Creo que el sentido del mismo está igualmente comprendido.
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A TODOS MIS SEGUIDORES, LES DIGO: NO ES AL PEDO..GRACIAS POR ESTAR AHÍ!
"Si asumes que no existe esperanza, entonces garantizas que no habrá esperanza. Si asumes que existe un instinto hacia la libertad, entonces existen oportunidades de cambiar las cosas."Noam Chomsky
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