Ricardo Arjona, es orgullo nacional Guatemalteco y el cantautor más destacado que ha parido esta tierra, en donde es tan difícil descollar como artista. Últimamente vemos el motivador audiovisual, en donde Arjona nos exhorta a no fallarle a nuestro país y canta con aparente emoción el estribillo “mi país…”. Plausible también su apoyo a la talentosísima cantante guatemalteca Gaby Moreno.
El éxito de Arjona es descomunal, es admirado en muchas partes del mundo, se convirtió en un personaje de talla casi mundial… o como mínimo iberoamericano. Todo ello, en lo personal –como a muchos guatemaltecos– me alegra; también me causa gusto, ver a otros compatriotas como Héctor Sandarti bien ubicados en la televisión mexicana, en donde se le reconoce como buen comediante y conductor; ellos entre otros –no muy abundantes ejemplos de la farándula– son personas inspiradoras para nuestra juventud… y es que el éxito, constituye –para el exitoso– una gigantesca responsabilidad, porque se convierten –para los más jóvenes– en ejemplo a seguir.
Semanas atrás me enteré de una faceta triste de Arjona. En los días de fin de año, un amigo, descansando en familia, observaba a una joven pareja en la piscina de un hotel en Petén… ellos lucían muy enamorados y felices… pero serían protagonistas –como otros guatemaltecos– de los desplantes del cantante. El característico ruido del rotor de un helicóptero interrumpió la paz del lugar y en pocos minutos, descendió del aparato –ante la mirada entusiasta de los vacacionistas– Ricardo Arjona. Algunos huéspedes del hotel, querían saludarle… pero “su seguridad” lo evitaba toscamente.
El buen amigo, notó cómo la joven pareja salió de la piscina y ella quiso ir al sanitario, siendo el camino más corto, pasando a la par del jacuzzi donde Arjona se deleitaba… pero no pudo; uno de los guaruras le impidió el paso y la hizo caminar de más. Más tarde en el restaurante, al menos dos personas se refirieron a él cariñosamente como ¡Ricardo!, buscando quizá un saludo, un autógrafo o tomarse una foto que guardarían como un tesoro… el artista simplemente les ignoró, y su seguridad, evitaba que los “apestados” que se hospedaban en el mismo hotel que Arjona o quienes pululaban por Tikal se le acercaran a quien canta: “más que mi patria… mi raíz”. Arjona no pierde –más que credibilidad– con el desplante a sus coterráneos… pero la gente que lo admira, pierde una ilusión. Más que boletos y sillas agotadas o más dinero, Arjona necesita enmendar en el trato con su gente, porque de no hacerlo, su bonito videoclip tiene la misma credibilidad que las promesas de un politiquero en campaña… además su trova le impone “ser verbo no sustantivo”
¡Piénselo!