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La Rebelión de los Cipayos.

Info12/19/2011
Por allá por los años de 1857-1858 y en plena vigencia del infame Imperio Británico ocurrió en tierras de la India un alzamiento contra la opresión inglesa que la historia denomino “La Rebelión de los Cipayos”, la misma tuvo una diversidad de causas políticas, sociales y económicas pero en esencia se trato de una revuelta en contra de la dominación militar del imperio ingles y de las practicas comerciales y explotadoras de la poderosa Compañía Británica de la Indias Orientales. Para cumplir con su objetivo de dominación política y expoliación económica dicha compañía tenia a su disposición un ejercito de soldados hindúes a los que llamaron “Cipayos” que según algunos escritores de la época llego a tener mas de 200 mil integrantes, fueron comandados exclusivamente por oficiales militares ingleses y su función era la de mantener las políticas de explotación de recursos implantadas a sangre y fuego desde que los ingleses llegaron a la India en la década de 1750.



La Compañía Británica de las Indias Orientales obtuvo el poder sobre el principado de Diwani en Bengala después de ganar la batalla de Plassey en 1757, la cual colocó bajo su dependencia a gran parte del Decán. La victoria en la batalla de Buxar en 1764 añadió Nizamat a su regencia.

En 1845, la Compañía había logrado extender su control sobre la provincia de Sindh tras una sangrienta campaña bélica. En 1848 tuvo lugar la Segunda Guerra Anglo-Sikh y la Compañía logró el control de Punjab también. En 1853 el líder maratha, Nana Sahib fue despojado de sus títulos y de su pensión, pasando a ser subordinado de los británicos.


Emperador Bahadur Shah Zafar


En 1854 Berar fue anexada al dominio de la Compañía Británica de las Indias Orientales. En 1856 el estado de Awadh/Oudh fue también añadido a la regencia de la Compañía. Poco después el imperio mogol, que mantenía un poder puramente nominal ante los británicos, sucumbió en su totalidad ante el dominio británico, siendo el emperador Bahadur Shah Zafar el último de esta dinastía.

Los cipayos eran soldados indios que servían en el ejército de la Compañía bajo el mando de oficiales británicos. Estos oficiales eran entrenados en escuelas de guerra que tenía la Compañía en Inglaterra. Los enclaves de la Compañía en Bombay, Madrás y Bengala mantenían sus propios ejércitos con sus propios comandantes-en-jefe y tenían mayor contingente de tropas que el ejército del Imperio Británico. En 1857 había 257.000 cipayos. y a los soldados británicos se les conocía como Casacas rojas.

La Compañía también reclutaba indios de otras castas diferentes a los brahmanes y los rajastaníes. Estos últimos son una casta guerrera de la parte occidental del norte de la India. En 1856 tropas de cipayos fueron a pelear en Birmania. La tradición hindú dictaba que aquellos que «atravesaban las aguas negras» perdían su casta en la comunidad hindú. Por esto los cipayos se antagonizaron muy profundamente al ser enviados fuera de India.




Los cipayos también estaban descontentos con varios aspectos de la vida militar. Si bien no estaban sujetos a ciertas normas exclusivas de los soldados británicos (como el castigo de azotes con látigo), la paga era relativamente baja y gozaban de pocas prestaciones. Cuando los británicos conquistaron Awadh y Punjab, los cipayos no recibieron la paga extra que representaba servir en estas regiones, por cuanto ya no se consideraban como misiones extranjeras.

El detonante de la rebelión fue, sin embargo, un nuevo fusil de avancarga. En efecto, por esta época el ejército fue armado con el fusil Enfield Modelo 1853. El cartucho de papel que utilizaba este fusil estaba cubierto por una membrana engrasada que debía rasgarse con los dientes para poder cargarlo en el fusil. Circulaba el rumor que esa grasa provenía de vacas o de cerdos, algo ofensivo tanto para los soldados hindúes como para los musulmanes, dado que consideraban el consumo de cualquier producto derivado de la vaca o el cerdo como algo prohibido por sus principios religiosos. Los británicos alegaron que la grasa no era de animales y trataron que los indios prepararan su propia grasa de abejas o vegetales. No obstante el rumor persistió. Inclusive se estableció un nuevo procedimiento mediante el cual el cartucho podía ser rasgado, no con los dientes, sino con las manos.


Robert Clive y Mir Jafar luego de la Batalla de Plassey


Por aquella época también se esparció el rumor entre los fieles hinduistas y musulmanes que el dominio británico "sólo duraría cien años". Este dominio comenzó en 1757, tras la Batalla de Plassey, lo cual aumentó la inquietud al acercarse el centenario de dicho evento.

La reacción a esta lenta escalada llegó con la rebelión de los cipayos el 11 de mayo de 1857, al alba, el soberano mogol Bahadur Shah Zafar estaba pronunciando sus rezos en un oratorio con vista al río Yamuna cuando vio una nube de polvo levantarse en el horizonte. Pocos minutos después comprendió por qué: trescientos caballeros de la Compañía de las Indias Orientales estaban arremetiendo contra su palacio.[/color]


Estos caballeros indios enrolados en el ejército de la Compañía habían salido la víspera de Meerut (ciudad guarnición de Uttar Pradesh), donde habían vuelto sus armas contra los oficiales británicos que los comandaban.

Tras encaminarse a Delhi para pedir al emperador que aprobara su rebelión, los cipayos entraron a la ciudad, masacraron a todos los cristianos -hombres, mujeres, niños- que encontraron en su camino y designaron a su viejo emperador de 82 años como su nuevo soberano. Más tarde se detuvieron en Chandni Chowk, la arteria principal de Delhi, y preguntaron a la población: "Hermanos, ¿están ustedes con los de la Fe?" Los británicos, hombres y mujeres, convertidos a la religión musulmana -eran asombrosamente numerosos en Delhi- fueron perdonados, pero los indios convertidos al cristianismo fueron inmediatamente eliminados. Como se dijo más tarde en una carta enviada por los jefes rebeldes: "Los ingleses derriban todas las religiones (...) En la medida en que son el enemigo común (de los hindúes y los musulmanes), debemos unirnos todos para masacrarlos (...) Sólo así serán salvadas las vidas y las creencias de nuestras dos comunidades".



La insurrección se convirtió rápidamente en una bola de nieve y devino la rebelión anticolonial más importante del siglo XIX contra un imperio europeo. Así, de los 139.000 cipayos del ejército de Bengala, sólo 7.796 soldados permanecieron fieles a sus amos británicos. En muchos lugares, los cipayos fueron apoyados por un enorme movimiento rebelde de la población civil. En ambos bandos se cometieron atrocidades.

Aunque tuvo múltiples causas y reflejaba heridas políticas y económicas profundas, la rebelión adquirió el cariz de una guerra de religión, pero también de una acción defensiva contra la rápida penetración en India de las ideas cristianas de los misioneros. El movimiento se integró en una lucha más general por la liberación de la ocupación occidental.

(...)



El asedio conoció su punto culminante el 14 de septiembre de 1857, cuando las fuerzas británicas atacaron la ciudad asediada. Los ingleses no sólo masacraron a los cipayos rebeldes y a los yihadistas, sino también a los ciudadanos comunes de la capital mogola. En un único barrio, Kucha Chela, unos 1.400 ciudadanos no armados fueron eliminados. "Las órdenes eran disparar a todo el mundo -escribió el joven oficial Edward Vibart-. Se trataba literalmente de asesinatos (...). Yo vi muchas escenas terribles y sangrientas estos últimos tiempos, pero espero no ver nunca más alguna como la que presencié ayer (...)".


Quienes sobrevivieron fueron trasladados al campo y luego librados a su suerte. Delhi, una ciudad de medio millón de habitantes, por ese entonces animada y muy desarrollada, se vio convertida en ruinas. La familia imperial mogola se rindió pacíficamente, pero la mayoría de los dieciséis hijos del emperador fueron juzgados y colgados. Tres de ellos fueron fusilados, aunque ya habían depuesto sus armas y se habían desvestido ante sus nuevos amos: "En veinticuatro horas dispuse de los principales miembros de la familia de Tamerlán -escribió el capitán William Hodson a su hermana el día siguiente-. No soy cruel, pero confieso que estaba feliz de poder librar al mundo de esos villanos".



El emperador cautivo fue juzgado y acusado -bastante injustamente- de haber apoyado una conspiración musulmana internacional contra el Imperio británico que se habría extendido desde La Meca e Irán hasta el Fuerte Rojo de Agra (residencia del emperador en Delhi). Prefiriendo ignorar que la rebelión había estallado primero entre los cipayos, en su enorme mayoría hindúes, el fiscal británico sostuvo que "a las intrigas de los musulmanes y a la conspiración de los mahometanos debemos el terrible desastre de 1857".

Las lecciones de la sangrienta insurrección de 1857 son muy claras. A nadie le gusta que otro pueblo venga a conquistar sus territorios, privarlo de su tierra o forzarlo a adoptar ideas mejores bajo la amenaza de las armas.


Reina Victoria

La violenta represión de la rebelión de los cipayos en 1857 constituyó un punto de inflexión en la historia del imperialismo británico en India. Marcó el fin de la Compañía de las Indias Orientales y de la dinastía mogola, las dos fuerzas que modelaron el país durante los últimos tres siglos. Dichas fuerzas fueron reemplazadas por una dominación directa del gobierno del Imperio británico. Apenas los restos de Bahadur Shah Zafar fueron arrojados a una anónima tumba birmana, la reina Victoria aceptó el título de "emperatriz de las Indias". Fue el principio de una nueva era de dominación directa del Imperio en India.



El 8 de julio de 1858 un tratado de paz fue firmado y la guerra cesó. Los últimos rebeldes fueron derrotados en Gwalior el 20 de junio de 1858. En 1859 los líderes de la rebelión habían sido liquidados o habían huido del país. Fue una guerra cruda y brutal en donde ambos bandos incurrieron en claros crímenes de guerra incluso para los estándares de 1857.

La rebelión india por Karl Marx



Londres, 4 de septiembre de 1857

Los excesos cometidos por los cipayos rebeldes en India son verdaderamente horribles, repugnantes, inenarrables, de esos que sólo pueden esperarse en las guerras de motines, de nacionalidades, de razas y sobre todo de religión; en una palabra, aquellos que la respetable Inglaterra tenía por costumbre aplaudir cuando eran los vandeanos quienes los perpetraban contra los “azules”, o cuando eran las guerrillas españolas contra los infieles franceses, o los serbios contra sus vecinos alemanes y húngaros, o los croatas contra los rebeldes de Viena, o la guardia móvil de Cavaignac o los golpistas de Bonaparte contra los hijos y las hijas de la Francia proletaria. Por más infame que sea la conducta de los cipayos, no es más que un reflejo concentrado de la conducta de Inglaterra en India, no sólo durante la época de la fundación de su Imperio oriental, sino incluso durante los diez últimos años de su larga dominación. Para caracterizar esta dominación, basta con decir que la tortura constituía una institución orgánica de su política fiscal. Existe en la historia humana algo que se parece a la retribución; y es regla de la retribución histórica que sus instrumentos sean forjados no por los ofendidos sino por los propios ofensores.
Los primeros golpes asestados a la monarquía francesa provinieron de la nobleza y no de los campesinos. La rebelión india no fue iniciada por los ryots, torturados, deshonrados y despojados por los británicos, sino por los cipayos, vestidos, alimentados, mimados, atendidos y consentidos por ellos. Para encontrar paralelos a las atrocidades de los cipayos no necesitamos, como pretenden algunos diarios de Londres, remitirnos a la Edad Media, ni ir más allá de la historia de la Inglaterra contemporánea. Basta con estudiar la primera guerra china: un acontecimiento de ayer nomás, por decirlo así. La soldadesca inglesa cometió entonces abominaciones sólo por placer, ya que sus pasiones no estaban santificadas por el fanatismo religioso, ni exasperadas por el odio hacia una raza conquistadora o impuesta por la fuerza, ni provocada por la feroz resistencia de un enemigo heroico. Mujeres violadas, niños atravesados por lanzas, pueblos enteros quemados no eran más que atroces caprichos, que registraron no los mandarines sino los oficiales británicos mismos.
En la presente catástrofe también sería un error absoluto suponer que toda la crueldad está del lado de los cipayos y que toda la leche de la ternura humana fluye del lado de los ingleses. La correspondencia de los oficiales británicos destila odio. Uno de ellos, en una carta desde Peshawar, describe el desarme del décimo Regimiento de Caballería Irregular, disuelto por no cargar contra el 55º Regimiento de Infantería indígena tal como le habían ordenado hacer. Suena exultante cuando informa que los hombres no sólo fueron desarmados, sino también despojados de sus abrigos y sus botas, y que tras recibir 12 peniques por cabeza fueron conducidos al borde del Indus, embarcados en botes y lanzados a la deriva del río, en cuyos rápidos, como el remitente se complace en imaginar, todos y cada uno de ellos habrá de morir ahogado. Otro nos informa que una vez, cuando ciertos habitantes de Peshawar provocaron una alarma nocturna al hacer explotar petardos de pólvora negra en honor de un casamiento (una costumbre nacional), a la mañana siguiente los autores de este incidente fueron amarrados y “fustigados de tal forma que no lo olvidarán fácilmente”. Cuando llegaron noticias desde Pindi acerca de que tres jefes indígenas estaban conspirando, sir John Lawrence mandó un mensaje ordenando que un espía asistiera a las reuniones. Tras el informe del espía, sir Lawrence envió un segundo mensaje: “Cuélguenlos”. Los jefes fueron colgados.
Un funcionario de los servicios civiles de Allahabad escribe: “Tenemos el poder de la vida y la muerte en nuestras manos, y les aseguramos que no somos indulgentes”. Otro afirma, desde la misma ciudad: “No pasa día en que no colguemos entre diez y quince (no combatientes)”. Un oficial escribe, exultante: “Holmes los cuelga por docenas, en ‘bloque’”. Otro, aludiendo al ahorcamiento sumario de un numeroso grupo de indígenas, dice: “Entonces fue nuestro turno de divertirnos”. Un tercero: “Somos firmes en nuestras cortes marciales, y a todo negro que encontramos lo colgamos o lo fusilamos”. Se nos informa desde Benarés que treinta zamindares han sido colgados bajo la simple sospecha de simpatizar con sus compatriotas, y pueblos enteros han sido reducidos a cenizas por el mismo motivo. Un oficial de Benarés, cuya carta aparece publicada en The London Times, dice: “Las tropas europeas se han convertido en demonios al oponerse a los indígenas”.
Y no debe olvidarse que, mientras las crueldades de los ingleses se relatan como actos de valentía marcial, y se las cuenta brevemente, simplemente, sin insistir en los detalles indignantes, los excesos de los indígenas, por más chocantes que sean, son deliberadamente exagerados. ¿Quién, por ejemplo, fue el autor del detalladísimo informe que apareció primero en el Times y luego dio vueltas por toda la prensa londinense sobre las atrocidades perpetradas en Delhi y en Meerut? Fue un pusilánime pastor protestante que vivía en Bangalore, en la región de Mysore, a más de mil millas, a vuelo de pájaro, del teatro de la acción. Los auténticos informes de lo ocurrido en Delhi mostraron que la imaginación del pastor inglés era capaz de alumbrar peores horrores que la salvaje fantasía de un rebelde hindú. Las narices y los senos cortados, etcétera, en una palabra las horribles mutilaciones cometidas por los cipayos resultan más intolerables a la sensibilidad de los europeos que los cañonazos sin cuartel contra las viviendas de Cantón que ordenó el secretario de la Asociación por la Paz de Manchester, o que los árabes quemados en la gruta en la que un mariscal francés los había amontonado, o los soldados británicos desollados vivos con un látigo de nueve puntas por orden de una corte marcial, o cualquier otro procedimiento filantrópico que se use en las colonias penitenciarias británicas. Como todas las cosas, la crueldad sigue las modas, que cambian según las épocas y los lugares. César, un letrado hecho y derecho, relata con candor cómo a muchos miles de guerreros galos se les cortó la mano derecha siguiendo sus órdenes. Napoleón habría tenido vergüenza de hacer algo así. Prefería enviar a sus propios regimientos sospechados de republicanismo a Santo Domingo, para que allí murieran a manos de los negros o la peste.
Las infames mutilaciones cometidas por los cipayos recuerdan las prácticas del Imperio bizantino cristiano o las prescripciones de la ley criminal del emperador Carlos V, o, en Inglaterra, los castigos por alta traición que registraba el juez Blackstone. Para los hindúes, cuya religión los convirtió en virtuosos en el arte de torturarse a sí mismos, estas torturas infligidas a enemigos de su raza y de sus creencias parecen muy naturales, y deben parecerlo aun más a los ojos de los ingleses que, hasta hace pocos años, cobraban rentas por las fiestas de Krishna, protegiendo y contribuyendo a los ritos sangrientos de una religión de crueldad.
Los rugidos frenéticos de “el viejo sanguinario Times”, como la llamaba Cobbett, su manera de interpretar un personaje furioso en una ópera de Mozart que se complace, al ritmo de los acordes más melodiosos, con la idea de colgar a su enemigo, luego quemarlo, luego descuartizarlo, luego desollarlo vivo; todo este furor de venganza parecería bastante estúpido si, bajo las declamaciones trágicas, no se distinguieran claramente los trucos de la comedia. The London Times carga con demasiada fuerza, y no sólo por pánico. Suministra a la comedia un tema que a Molière se le escapó: el Tartufo de la venganza. Lo que busca, simplemente, es hacer batahola para apoyar los fondos del Estado y encubrir al Gobierno. Dado que Delhi no cayó, como las murallas de Jericó, con el soplo del viento, debe aturdirse a John Bull con los gritos de venganza, para hacerle olvidar que su gobierno es responsable del mal que lo aqueja y de las dimensiones colosales que éste adquirió.


Escrito por Karl Marx el 4 de septiembre de 1857, este texto apareció en The New York Daily Tribune el 16 de septiembre de 1857.


Los británicos descubrieron en 1857 lo que Estados Unidos e Israel están aprendiendo ahora: no hay nada como una intrusión agresiva para radicalizar más fácilmente un pueblo contra ellos, o para hacer tambalear al islam moderado. La historia del fundamentalismo musulmán y la del imperialismo occidental ¿no están, acaso, estrecha y peligrosamente ligadas? Curiosamente pero de manera muy concreta, los fundamentalistas de las tres religiones monoteístas siempre han tenido necesidad uno del otro para consolidar los prejuicios y los odios en el bando opuesto. Con frecuencia el veneno de unos ha sido el motor de los otros.
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