Comparto Un Cuento II - En El Calor Del Verano
Por Santicela
Les dejo aquí, la misma info que en el post anterior, con mi primer cuento publicado en Taringa!, por si primero leen este post. Les comento, que el título del cuento, "En El Calor Del Verano", es un homenaje, a John Katzenbach y su novela "In The Heat of the Summer", autor también de "El Psicoanalista" o "La Historia del Loco".
Por alguna razón, para alguien nacido a comienzos de 1995; algo extraño, siempre me ha fascinado la literatura y he devorado libros; que si los mismos tuviesen vida, me considerarían un ogro malo. Aún así, jamás tuve interés ni capacidad para estudiar, pero si para leer novelas, cuentos y escribir mis propios cuentos.
El primer cuento que escribí, no lo escribí yo, tenía 3 años y obviamente no sabía escribir. La niñera/señora que me cuidaba, cómo quiera que le digan ustedes fue la que lo escribió, según lo que yo le iba diciendo, ella además agregó dibujos. No es un cuento que valga realmente la pena como una super obra literaria, pero yo considero que sí es importante porque es como el punto de inicio de todo lo que he escrito.
Como dije, no tengo capacidad de estudio y creo que en parte es porque soy terriblemente desordenado. La gran mayoría de mis cuentos, que llegué a escribir (que eran pocos de los que se me ocurrían), o sea, la mayoría me refiero 9 de 10, se perdieron por ahí. Aún así, tengo una buena colección de cuentos en mi computadora, y hoy les traigo uno de ellos, si les gusta, subiré más.
El primer cuento que escribí, no lo escribí yo, tenía 3 años y obviamente no sabía escribir. La niñera/señora que me cuidaba, cómo quiera que le digan ustedes fue la que lo escribió, según lo que yo le iba diciendo, ella además agregó dibujos. No es un cuento que valga realmente la pena como una super obra literaria, pero yo considero que sí es importante porque es como el punto de inicio de todo lo que he escrito.
Como dije, no tengo capacidad de estudio y creo que en parte es porque soy terriblemente desordenado. La gran mayoría de mis cuentos, que llegué a escribir (que eran pocos de los que se me ocurrían), o sea, la mayoría me refiero 9 de 10, se perdieron por ahí. Aún así, tengo una buena colección de cuentos en mi computadora, y hoy les traigo uno de ellos, si les gusta, subiré más.
Hacía tanto calor esa mañana, que al sentarme sobre la misma, con movimientos lentos, para levantarme e ir a mi trabajo, las sábanas parecían más un anexo de mi cuerpo que algo con qué taparme y que en esa calurosa noche, su existencia había sido innecesaria.
Miré el reloj, marcó las ocho de la mañana. El reloj, uno de esos digitales, con radio que rara vez escuché, podía haber sido extraído de un cuadro de Dalí; literalmente se derretía. Pensé en el reloj, lo había comprado en un supermercado, en la góndola que ponen en la caja, con las cosas que uno se olvida, junto a un par de Gillete, y una caja grande de Marlboro, había sido más porque lo vi que por necesidad. Una vez más, la mercadotecnia había influido en mí.
Pensé entre darme una ducha de agua fría, o mudar mi cama adentro de la cámara de frío del frigorífico a dos cuadras, opté por la primera. Los guardias del frigorífico no me lo iban a permitir. Mientras me duchaba, puse un viejo casettes de los Beatles, mientras la voz de McCartney decía que no lo decepcione, no Paul, no voy a decepcionarte.
Me levanté, para irme al trabajo, y ya tenía ganas de volver a mi casa, por una simple razón, viajar caminando, quince cuadras hasta mi trabajo, no me despertaba el más mínimo interés, como a un niño la matemática, pero tenía la obligación. Me consolé pensando que en las oficinas tenían aire acondicionado.
Caminé por las calles. El calor ya no evaporaba el agua, si no que evaporaba el mismo aire, las baldosas grises y hasta el propio sudor de mis brazos. Me pregunté por qué no mudarme a una ciudad un poco más fría, no sé, Stockolmo, Moscú, Helsinki. Justo pensé en la capital de Finlandia, frente a un kiosco, y entré a comprarme una botella de Heineken, por suerte, fría, los mejores 50 pesos gastados en el día, sin dudas posibles.
Al llegar a mi trabajo, como de costumbre, marqué el reloj, fui, me senté en mi escritorio y empecé a charlar con mis compañeros de fútbol, política, el precio de la leche y si París quedaba en China o en Singapur, todo menos trabajo. El día en sí, transcurrió muy rápido, lo cual al llegar al final del día, con el aire acondicionado y menos de la quinta parte de “trabajo”, me puso un poco triste volver a salir del trabajo.
Antes de irme, Pedro pasó por mi escritorio, me dijo una frase, una sola, que fue como un arma mortal terrible, que me dejó en estado de shock.
- “Y dicen que mañana, hace más calor”
Santiago Cancela