Releyendo un libro que compré hace unos años me encontré con éste que me parece un cuento genial de un escritor estupendo como es Ray Bradbury . La temática, alejada de la que asociamos instantáneamente a Bradbury, es controvertida, yo diría que incluso hoy en día, a pesar de algunos "avances" en la materia. Pero en el momento en que lo escribió era un tema candente. En el prólogo al "Signo del gato" (así se llama el libro, y uno de los cuentos que incluye) él mismo reconoce que fue un producto de la época, previo a los movimientos por los derechos civiles en Estados Unidos. Espero que les guste...
Crisálida
1946-1947
1946-1947
Mucho después de la medianoche se levantó y miró los frascos recién sacados de las cajas, y alzó las manos para tocarlos y encender con suavidad una cerilla y leer las etiquetas blancas mientras sus padres dormían sin enterarse en la habitación de al lado. Al pie de la colina donde estaba su casa golpeaba el mar, y mientras él susurraba los nombres mágicos de las lociones oía las mareas que lavaban las rocas y la arena. Los nombres se le apoyaron con facilidad en la lengua: ACEITE BLANCO DE MEMPHIS, GARANTIZADO, BÁLSAMO LOCIÓN DE TENNESSEE… JABÓN BLANCO LEJÍA DE HIGGEN; nombres que eran como sol que quema la oscuridad, como agua que blanquea la ropa. Los destapó y los olió y echó un poco en las manos y las frotó y las acercó a la luz para ver cuánto le faltaba para tener manos blancas como guantes de algodón. Al ver que no ocurría nada se consoló diciéndose que quizá mañana por la noche, o a la noche siguiente, y al volver a la cama se quedó mirando los frascos, ordenados allí arriba como gigantescas cucarachas verdes, destellando a la débil luz de la farola.
«¿Por qué hago esto?», pensó. «¿Por qué?»
— ¿Walter?
Esa era la voz de su madre llamándolo desde lejos.
— ¿Sí?
— ¿Estás despierto, Walter?
— Sí.
— Tienes que dormirte –dijo ella.
Por la mañana fue a ver de cerca, por primera vez, el constante mar. Para él, que nunca lo había visto, era una maravilla. Venían de un pequeño pueblo de Alabama, puro calor y polvo, arroyos secos y agujeros de barro pero nada de ríos ni de lagos cerca, para eso era necesario viajar, y ése era el primer viaje que hacían, en un abollado Ford, cantando en voz baja. Poco antes de emprender el viaje, Walter había completado un año de ahorros y pedido los doce frascos de loción mágica que llegaron nada menos que el día antes de la partida. Así que había tenido que meterlos en cajas y llevarlos por los prados y desiertos de los estados, probando secretamente uno y otro en los baños a lo largo del camino. Iba en el asiento delantero, la cabeza echada hacia atrás, los ojos cerrados, absorbiendo el sol, la loción en la cara, esperando a quedar blanco como la leche.
«Lo veo», se decía, todas las noches. «Poco a poco.»
— Walter –decía su madre–. ¿Qué es ese olor? ¿Qué te estás poniendo?
— Nada, mamá, nada.
¿Nada? Caminó por la arena y se detuvo ante las aguas verdes y sacó un frasco del bolsillo y dejó que un gusanillo de fluido blancuzco se le enroscara en la palma antes de pasárselo por la cara y los brazos. Se quedaría todo el día acostado como un cuervo junto al mar y dejaría que el sol le quemara la oscuridad. Quizás se lanzaría contra las olas para que lo batieran como bate una lavadora un trapo oscuro, y para que lo escupieran sobre la arena, jadeando, hasta secarse y cocerse al sol, flaco esqueleto de una vieja bestia, blanco como la tiza y fresco y limpio.
GARANTIZADO, decían las letras rojas del frasco. La palabra le ardía en la mente. ¡GARANTIZADO!
— Walter –decía su madre, espantada–. ¿Qué te ha pasado? ¿Eres tú, hijo mío? ¡Pareces leche, pareces nieve!
Hacía calor. Walter se apoyó en los tablones del paseo marítimo y se quitó las zapatillas. Detrás de él, un puesto de perritos calientes lanzaba brillos de aire frito, olor a cebolla y a salchichas. Un hombre de cara fibrosa y granujienta miró a Walter, y Walter inclinó tímidamente la cabeza y apartó la mirada. Un instante más tarde resonó un portazo y Walter oyó que se acercaban unos pasos decididos. El hombre miró desde arriba a Walter, en una mano una espátula plateada, en la cabeza un gorro de cocinero, grasiento y gris.
— Vete de aquí –dijo.
— ¿Perdón, señor?
— He dicho que la playa de los negros está allá. –El hombre inclinó la cabeza en aquella dirección sin mirar, mirando sólo a Walter–. No quiero que te quedes delante de mi negocio.
Walter miró al hombre pestañeando, sorprendido.
— Pero esto es California –dijo.
— ¿Estás tratando de hacerte el duro conmigo? –preguntó el hombre.
— No, señor, yo sólo he dicho que esto no es el Sur.
— Donde yo estoy es el Sur –dijo el hombre, volviendo al puesto para echar unas hamburguesas en la plancha y aplastarlas con la espátula mientras miraba con ferocidad a Walter.
Walter dio media vuelta con su cuerpo relajado y echó a andar hacia el norte. El asombro y la curiosidad de aquella playa volvieron a él con una ola y una nube de arena. Al llegar al final del paseo marítimo se detuvo y miró hacia abajo, bizqueando.
Sobre la arena blanca había un chico blanco, acurrucado en una postura tranquila.
En los ojos grandes de Walter brilló la perplejidad. Todos los blancos eran raros, pero aquél reunía la rareza de todos. Walter apoyó un pie moreno sobre otro, observando. El chico blanco parecía estar esperando algo allí en la arena.
El chico blanco se miraba ceñudo los brazos, acariciándolos, espiando por encima del hombro, contemplando la barriga y las piernas firmes y limpias.
Walter, un poco intranquilo, bajó del paseo marítimo. Pedaleó con cuidado por la arena y se detuvo nervioso y esperanzado junto al chico blanco, relamiéndose, proyectándole encima una sombra.
El chico blanco, relajado, estaba allí tumbado como un títere sin hilos. La larga sombra le pasó sobre las manos, y despacio alzó la mirada hacia Walter, la apartó y volvió a enfocarlo.
Walter se acercó más, sonrió con timidez y miró alrededor, como si el chico se estuviera fijando en algún otro.
El chico sonrió.
— Hola.
— Hola –dijo Walter en voz muy baja.
— Bonito día.
— Bonito de verdad –dijo Walter con una sonrisa.
No se movió. Se quedó allí con los delicados dedos a los lados, y dejó que el viento le recorriera las oscuras y apretadas hileras de pelo de la cabeza, y finalmente el chico blanco dijo:
— ¡Tírate en la arena!
— Gracias –dijo Walter, obedeciendo de inmediato.
El chico movió los ojos en todas direcciones.
— Hoy no han venido muchos.
— Está terminando la temporada –dijo Walter con cautela.
— Sí. Hace una semana empezó la escuela.
Una pausa.
— Tú acabaste –dijo Walter.
— En junio. He estado trabajando todo el verano; no he tenido tiempo de venir a la playa.
— ¿Estás tratando de recuperar el tiempo perdido?
— Sí. Pero no sé si podré broncearme mucho en dos semanas. Tengo que irme a Chicago el primero de octubre.
— Ah –dijo Walter, asintiendo–. Te he visto aquí todos los días. Pensaba en eso.
El chico suspiró con la cabeza apoyada en los brazos cruzados.
— No hay nada como la playa. ¿Cómo te llamas? Yo me llamo Bill.
— Yo Walter. Hola, Bill.
Llegó una ola, suave, brillante.
— ¿Te gusta la playa? –preguntó Walter.
— Claro que sí. ¡Tendrías que haberme visto el penúltimo verano!
— Seguro que te bronceaste mucho –dijo Walter.
— No, nunca me bronceo. Sólo me voy poniendo cada vez más oscuro. Termino tan oscuro como un ne… –El niño blanco vaciló y se interrumpió. Le subió el color a la cara, se sonrojó–. Me pongo muy oscuro –concluyó sin convicción, apartando la mirada, avergonzado.
Para demostrar que no le importaba, Walter se rió casi con tristeza, moviendo la cabeza. Bill lo miró de un modo raro.
— ¿De qué te ríes?
— De nada –dijo Walter, observando los brazos largos y pálidos y las piernas y el estómago medio pálidos del chico blanco–. De nada.
Bill se estiró como un gato blanco para aprovechar el sol, para que se le metiera en los relajados huesos.
— Walt, quítate la camisa. Toma un poco el sol.
— No, no puedo hacer eso –dijo Walter.
— ¿Por qué?
— Me quemaría –dijo Walter.
— ¡Jo! –exclamó el chico blanco. Después se dio la vuelta tapándose la boca con una mano. Bajó la mirada y después la levantó de nuevo–. Pensé que estabas bromeando.
Walter inclinó la cabeza, parpadeando con aquellas pestañas largas y hermosas.
— No tiene importancia –dijo–. Sé lo que pensabas.
Fue como si Bill viera por primera vez a Walt. Muy cohibido, Walter escondió los pies descalzos debajo de las nalgas; de repente le sorprendió lo parecidos que eran a bronceados zapatos de caucho. Zapatos de caucho gastados por una tormenta que no parecía llegar nunca.
Bill estaba desconcertado.
— Nunca se me había ocurrido. No lo sabía.
— Pues nos suele pasar. Si me quito la camisa –dijo Walter– en seguida me cubro de ampollas. Claro que nos quemamos.
— Caramba –dijo Bill–. Caramba. Tendría que saber esas cosas. Me parece que nunca pensamos en ellas.
Walter tamizó un puñado de arena.
— No –dijo, despacio–. Creo que no. –Se levantó–. Bueno, vuelvo al hotel. Tengo que ayudar a mamá en la cocina.
— Hasta pronto, Walt.
— Hasta pronto. Mañana y pasado mañana.
— De acuerdo. Nos vemos.
Walter saludó con la mano y subió rápidamente por la cuesta. Al llegar arriba se volvió bizqueando. Bill seguía tendido en la arena, esperando algo.
Walter se mordió los labios y sacudió los dedos apuntando al suelo.
— ¡Ese chico…! –dijo en voz alta–, ¡ese chico está loco!
Cuando Walt era un niño muy pequeño había tratado de invertir las cosas, la maestra, en la escuela, apuntando a un dibujo de un pez, había dicho:
— Mira cuán descolorido y desteñido que ha quedado este pez de nadar durante generaciones en las profundidades de la Cueva del Mamut. Está ciego y no necesita órganos de la vista y…
Esa misma tarde, hace años, Walter había corrido a casa e impaciente se había escondido arriba, en el desván del cuidador, el señor Hampden. Fuera golpeaba el sol de Alabama. En aquella cerrada oscuridad, Walter, agazapado, se oía los latidos del corazón. Por las tablas sucias pasó susurrando un ratón.
Lo había entendido todo. El hombre blanco que trabajaba al sol se volvía negro. El niño negro que se escondía en la oscuridad se volvía blanco. ¡Claro que sí! ¿Acaso no era razonable? ¿Verdad que si una cosa ocurría de una manera la otra tenía que ocurrir a su manera?
Se quedó en el desván hasta que el hambre lo obligó a bajar.
Era de noche. Brillaban las estrellas.
Se miró las manos.
Seguían siendo morenas.
Pero ¡había que esperar a la mañana! ¡Lo que veía ahora no contaba! De noche no se notaba el cambio, claro que no. ¡Espera, espera! Conteniendo el aliento, bajó con rapidez el resto de los escalones de la vieja casa, corrió a la casucha de su madre en el bosquecillo y se escabulló en la cama, sin sacar las manos de los bolsillos, con los ojos cerrados. Pensó mucho antes de dormir.
Por la mañana, al despertar, se vio encerrado en la jaula de luz de una pequeña ventana.
Sobre el andrajoso edredón, sus manos y brazos muy oscuros no habían cambiado.
Soltó un fuerte suspiro y hundió la cara en la almohada.
El paseo marítimo atraía a Walter todas las tardes, y siempre daba un cauteloso rodeo para evitar al dueño de la parrilla y puesto de salchichas.
Walter pensaba que estaba sucediendo algo extraordinario. Que se estaba produciendo un gran cambio, una evolución. Observaba los detalles de ese verano agonizante, que le daban mucho que pensar. Trataría de entender el verano hasta su fin. El otoño se alzaba como un maremoto; allí arriba, suspendido, amenazaba con caer en cualquier momento.
Bill y Walter hablaban todos los días, y las tardes pasaban, y sus brazos, uno al lado del otro, empezaron a parecerse de una manera que a Walter le resultaba extrañamente agradable; miraba fascinado esa cosa que ocurría, esa cosa que Bill había planeado y a la que con tanta paciencia dedicaba su tiempo.
Bill hacía dibujos en la arena con una mano pálida que día a día se iba volviendo más oscura. El sol le teñía los dedos uno a uno.
El sábado y el domingo aparecieron más chicos blancos . Walter empezó a irse, pero Bill le gritó que se quedara, ¡qué narices, qué narices! Y Walter se puso a jugar con ellos al voleibol.
El verano los había arrojado en llamas de arena y llamas de oscuridad. Por primera vez en su vida, Walter sentía que formaba parte de la gente. Habían elegido cubrirse con piel como la suya y bailaban, cada vez más oscuros, a los lados de la alta red, lanzando la pelota y las risas para atrás y para adelante, luchando con Walter, bromeando con él, arrojándolo al mar.
Finalmente, un día Bill palmeó la muñeca de Walter y exclamó:
— ¡Mira, Walter!
Walter miró.
— Soy más oscuro que tú –gritó Bill, asombrado.
— Diablos –murmuró Walter, mirando una y otra muñeca–. Ajá. Sí, señor, claro que sí, Bill. Claro que sí.
Bill dejó los dedos en la muñeca de Walter; en su rostro había una expresión de asombro, se le aflojó el labio inferior y en los ojos le empezaron a danzar los pensamientos. Soltando una carcajada, apartó la mano y miró hacia el mar.
— Esta noche me pondré la camisa deportiva blanca. Vas a ver qué elegante estaré. La camisa blanca y el bronceado… ¡ya verás!
— Seguro que te quedará muy bien –dijo Walter, volviendo la cabeza para ver qué miraba Bill–. Mucha gente de color usa ropa negra y camisa de color vino para hacer que su cara parezca más blanca.
— ¿De veras, Walter? No lo sabía.
Bill parecía incómodo, como si pensara algo que no sabía cómo tratar. Como si fuera una brillante idea, miró a Walter y dijo:
— Toma un poco de dinero. Vete a comprar un par de salchichas.
Walter sonrió agradecido.
— A ese hombre de las salchichas no le gusto.
— Ve igual. Toma el dinero. Qué demonios.
— De acuerdo –dijo Walter con reticencia–. ¿La tuya la quieres con todo?
— ¡Con todo!
— Walter atravesó la arena caliente a grandes zancadas. Saltó al paseo marítimo y entró en la olorosa sombra del puesto de salchichas, donde, alto y digno, se quedó esperando con los labios apretados.
— Por favor, dos perritos calientes con todo encima, para llevar –dijo.
El hombre de detrás del mostrador tenía la espátula en la mano. Miró a Walter de arriba abajo, con mucha atención, mientras la espátula temblaba entre aquellos dedos flacos.
Cuando Walter se cansó de estar allí esperando, dio media vuelta y se fue.
Haciendo tintinear el dinero dentro de la enorme palma, Walter caminaba como si aquello no hubiera tenido importancia. El tintineo se acabó cuando lo vio Bill.
— ¿Qué ha pasado, Walt?
— El hombre me ha mirado y no me ha dicho nada.
Bill le hizo dar la vuelta.
— ¡Vamos! ¡Conseguiremos esas salchichas o me tendrá que dar una explicación!
Walter se quedó quieto.
— No quiero problemas.
— De acuerdo. Maldita sea. Voy a buscarlas. Espérame aquí.
Bill corrió y se apoyó contra el oscuro mostrador.
Walter vio y oyó perfectamente lo que sucedió en los siguientes diez segundos.
El hombre sacó la cabeza para mirar con odio a Bill.
— Maldito negro. ¡Otra vez por aquí! –gritó.
Se produjo un silencio.
Bill se apoyó en el mostrador, esperando.
El hombre de las salchichas soltó una rápida carcajada.
— Vaya. ¡Hola, Bill! Con todo ese resplandor del agua, pareces… ¿qué quieres?
Bill agarró del codo al hombre.
— ¿A mí no me trata mal? Soy más oscuro que él. ¿Por qué me hace la pelota?
El dueño del puesto intentaba encontrar una respuesta.
— Bill, mira, ahí en el resplandor…
— ¡Váyase al carajo!
Bill salió a la brillante luz, pálido debajo del bronceado, agarró por el codo a Walter y echó a andar.
— Vamos, Walt. No tengo hambre.
— Qué raro –dijo Walt–. Yo tampoco.
Pasaron las dos semanas. Llegó el otoño. Durante dos días hubo una fría niebla salina y Walter pensó que no volvería a ver a Bill. Caminaba por el paseo marítimo, solo. Todo estaba muy silencioso. No se oían bocinas. El frente de madera del último puesto de salchichas había sido cerrado y asegurado con clavos, y un viento fuerte y solitario corría por la playa glacial y gris.
El martes hubo un breve intervalo de sol y, por supuesto, allí estaba Bill, tumbado, solo en la playa vacía.
— Quería venir una última vez –dijo mientras Walt se sentaba a su lado–. Bueno, no te volveré a ver.
— ¿Te vas a Chicago?
— Sí. Aquí ya no hace más sol, al menos el sol que me gusta. Mejor irse al este.
— Creo que sí –dijo Walter.
— Han sido dos buenas semanas –dijo Bill.
Walter asintió con la cabeza.
— Dos buenas semanas.
— Me he bronceado.
— Vaya si te has bronceado.
— Pero ahora se me está yendo el color –dijo Bill, con pesar–. Ojalá hubiera tenido tiempo para que fuera permanente. –Se miró la espalda por encima del hombro y la señaló doblando los codos, apretándola con los dedos–. Mira, Walt. Esta cosa se me está descamando, y pica. ¿Podrías sacarme un poco?
— Claro que sí –dijo Walter–. Date la vuelta.
Bill obedeció en silencio, y Walter alargó la mano y, con ojos brillantes, con suavidad, sacó un trozo de piel.
Trozo a trozo, escama a escama, tira a tira, peló la oscura piel de Bill: la musculosa espalda, los omóplatos, el cuello, la columna, sacando a la luz el puro blanco rosado que había debajo.
Cuando terminó, Bill parecía desnudo y solo y pequeño y Walter comprendió que le había hecho algo pero que Bill lo aceptaba con filosofía, sin preocuparse, y de repente Walter sintió que los bañaba una potente luz, una salida de la suma del verano.
Había hecho a Bill algo natural, que estaba bien, algo ineludible e inevitable, como debía ser. Bill había esperado todo el verano y creía que tenía algo, pero ese algo no estaba allí todo el tiempo. Sólo había sido una impresión suya.
El viento se llevó los pellejos.
— Has estado aquí tendido todo julio y agosto para eso –dijo Walter. Soltó una escama.– Y allá va. Yo he esperado toda mi vida, y lo mío va por el mismo sitio.
Con orgullo volvió la espalda hacia Bill y entonces, medio triste, medio alegre, pero en paz, dijo:
— ¡Ahora, a ver si me puedes quitar un poco a mí!