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C.B. La Maquina De Follar part.2

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REPARANDO LA BATERIA.
la convidé a un trago y luego a otro y luego subimos la escalera de detrás de la barra. había allí varias habitaciones grandes. me había puesto muy caliente. estaba con la lengua fuera. y subimos la escalera jugueteando. eché el primero, de pie, nada más entrar en el cuarto, junto a la puerta. ella simplemente echó a un lado las bragas y se la metí.
luego entramos en el dormitorio y allí estaba aquel tipo en la otra cama, había dos camas, y el tipo dijo:
—hola.
—es mi hermano —dijo ella.
el tipo parecía realmente malévolo y peligroso, pero casi todo el mundo tiene ese aspecto si te pones a pensarlo. había varias botellas de vino junto a la cabecera. abrieron una y yo esperé hasta que los dos bebieron de ella, luego lo probé.
dejé diez dólares en el tocador. el tipo realmente soplaba vino.
—su hermano mayor es Jaime Bravo, el gran torero.
—he oído hablar de Jaime Bravo, torea casi siempre fuera de T. —dije—, pero no tienes por qué contarme cuentos.
—vale —dijo ella—, ningún cuento.
bebimos y hablamos un rato, sobre cosas sin importancia. luego ella apagó las luces y con el hermano allí, en la otra cama, volvimos a hacerlo. yo tenía la cartera debajo de la almohada.
cuando acabamos, ella encendió la luz y fue al cuarto de baño mientras su hermano y yo nos pasábamos la botella. en un momento en que el hermano no miraba, me limpié con la sábana.
ella salió del baño y aún me apetecía, quiero decir, después de los dos polvos, aún seguía atrayéndome. tenía pechos pequeños pero firmes. lo que había, sobresalía realmente. y tenía un culo grande, bastante grande.
—¿por qué viniste a este sitio? —me preguntó, avanzando hacia la cama. se deslizó a mi lado, levantó la sábana, agarró la botella.
—tenía que cargar la batería ahí enfrente.
—después de esto —dijo ella—, necesitarás cargarla bien.
todos nos reímos. hasta el hermano se rió. luego la miró:
—¿es de confianza?
—seguro que sí —dijo ella.
—¿de qué se trata? —pregunté.
—tenemos que andar con cuidado.
—no sé lo que quieres decir.
—el año pasado casi liquidan a una de las chicas. un tipo la amordazó para que no pudiese gritar y luego con una navaja le hizo cruces por todo el cuerpo. casi se muere desangrada.
el hermano se vistió muy despacio y luego se fue. le di un billete de cinco dólares. ella lo echó en el tocador con el de diez.
me pasó el vino. era un vino bueno, vino francés. no te hacía tartamudear.
apoyó una pierna sobre las mías. estábamos los dos sentados en la cama. era muy cómodo.
—¿qué edad tienes? —preguntó.
—casi medio siglo.
—debes tenerlo, pareces realmente cascado.
—lo siento. no soy muy guapo.
—oh no, creo que eres un hombre guapo. ¿no te lo han dicho nunca?
—apuesto a que se lo dices a todos los hombres con quienes jodes.
—no, de veras.
estuvimos allí sentados un rato, pasándonos la botella. Se estaba muy tranquilo, sólo se oía un poco de música del bar del piso de abajo. me hundí en una especie de trance.
—¡EH! —gritó ella. me metió una larga uña en el ombligo.
—¡oh! ¡maldita sea!
—¡mírame!
me volví y la miré.
—¿qué ves?
—una chica indiomejicana muy atractiva.
—¿cómo puedes verme?
—¿qué?
—¿cómo puedes verlo? no abres los ojos, los dejas como ranuras. ¿por qué?
era una buena pregunta. tomé un buen trago del vino francés.
—no sé. quizás tenga miedo. miedo de todo. quiero decir, de la gente, los edificios, las cosas, todo. sobre todo de la gente.
—yo también tengo miedo —dijo ella.
—pero tú abres los ojos. me gustan tus ojos.
ella le daba al vino. duro. conocía a aquellos chicanos. esperaba que de un momento a otro se pusiese desagradable.
entonces sonó una llamada en la puerta y estuve a punto de cagarme de miedo. la puerta se abrió de par en par, malévolamente, estilo norteamericano, y allí estaba el encargado del bar: grande, colorado, brutal, banal, cabrón.
—¿aún no has acabado con ese hijoputa?
—creo que quiere un poco más —dijo ella.
—¿de veras? —preguntó el señor Banal.
—creo que sí —dije.
sus ojos se posaron en el dinero del tocador y se fue dando un portazo. una sociedad dineraria. lo consideran mágico.
—ése era mi marido, más o menos —dijo ella.
—creo que no repetiré —dije.
—¿por qué no?
—primero, tengo cuarenta y ocho años. segundo, es algo así como joder en la sala de espera de una estación de autobuses. se echó a reír.
—yo soy lo que vosotros llamáis una «puta». tengo que joderme a ocho o diez tipos por semana, como mínimo.
—eso no me anima gran cosa.
—a mí me anima.
—Sí. seguimos pasándonos la botella.
—¿te gusta joder mujeres?
—por eso estoy aquí.
—¿y hombres?
—yo no jodo hombres.
cogió otra vez la botella. se había bebido por lo menos tres cuartos.
—¿no crees que podría gustarte por el culo? quizás te gustase que un hombre te diese por el culo...
—estás diciendo tonterías.
se quedó mirando al frente con los ojos fijos. había un pequeño Cristo de plata en la pared del fondo. y ella miraba fijamente el pequeño Cristo de plata que estaba allí en su cruz. era muy bonito.
—quizás te lo estés ocultando. quizás quieras que alguien te dé por el culo.
—está bien, como quieras. quizás eso sea lo que realmente quiero.
cogí un sacacorchos y abrí otra botella de vino francés, metiendo en la operación un montón de corcho y de porquería en el vino, como hago siempre. sólo los camareros de las películas son capaces de abrir una botella de vino francés sin ese problema.
bebí un buen trago primero. con corcho y todo. luego le pasé la botella. había apartado la pierna. tenía una expresión como de pez. bebió un buen trago también.
cogí otra vez la botella. los pequeños fragmentos de corcho parecían no saber adónde ir dentro de la botella. me libré de algunos.
—¿quieres que yo te dé por el culo? —preguntó.
—¿QUE?
—¡puedo HACERLO!
se levantó de la cama y abrió el cajón de arriba del tocador y se fijó a la cintura aquel cinturón y luego se dio la vuelta y se colocó frente a mí... y allí, mirándome, estaba aquella GRAN polla de celuloide.
—¡veinticinco centímetros! dijo riéndose, adelantando el vientre, agitando el chisme hacia mí—. ¡y nunca se ablanda ni se gasta!
—te prefiero de la otra manera.
—¿no crees que mi hermano mayor es Jaime Bravo, el gran torero?
allí estaba de pie con aquella polla de celuloide, preguntándome sobre Jaime Bravo.
—no creo que Bravo pueda triunfar en España —dije.
—¿podrías triunfar tú en España?
—demonios, ni siquiera puedo triunfar en Los Ángeles. Ahora, por favor, quítate esa ridícula polla artificial...
se quitó aquel chisme y volvió a meterlo en el cajón del tocador.
me levanté de la cama y me senté en una silla, bebiendo vino. ella buscó otra silla y allí nos quedamos sentados frente a frente, desnudos, pasándonos el vino.
—esto me recuerda algo de una vieja película de Leslie Howard, aunque no filmaron esta parte. ¿no fue Howard en aquella cosa de Somerset Maugham?
—no conozco a esa gente.
—claro, eres demasiado joven.
—¿te gustan ese Howard y ese Maugham?
—los dos tenían estilo, mucho estilo. pero, en cierto modo, con ambos, horas o días o años después, te sientes aburrido, al final.
—¿pero tenían eso que tú llamas «estilo»?
—sí, el estilo es importante. hay mucha gente que grita la verdad, pero sin estilo es inútil.
—Bravo tiene estilo, yo tengo estilo, tú tienes estilo.
—vaya, vas aprendiendo.
luego volví a la cama. ella me siguió. lo intenté otra vez. no podía.
—¿la chupas? —pregunté.
claro.
la cogió en la boca y me lo hizo.
le di otros cinco, me vestí, eché otro trago de vino, bajé la escalera y crucé la calle hasta la gasolinera. la batería ya estaba cargada. pagué al encargado y luego monté en el coche, subí por la Octava Avenida y me siguió un policía en moto durante cuatro o cinco kilómetros. había un paquete de CLOREXS en la guantera y lo saqué, y utilicé tres o cuatro. el policía de la moto renunció por fin y se puso a seguir a un japonés que dio un brusco giro a la izquierda sin hacer señal alguna en el Bulevar Wilshire. los dos se lo merecían.
cuando llegué a casa, la mujer estaba dormida y la niña quiso que le leyese un libro llamado LOS POLLITOS DE BABY SUSAN. terrible. Bobby buscó una caja de cartón para que durmieran los pollitos. la colocó en un rincón detrás de la cocina. y puso un poco de cereal Baby Susan en un platito y lo colocó cuidadosamente en la cajita, para que los pollitos pudiesen tener su cenita. y Baby Susan se reía y batía sus manitas regordetas.
resultó más tarde que los otros dos pollitos son gallos y Baby Susan es una gallina, una gallina que pone un asombroso huevo. ya ves.
dejé a la niña y entré en el baño y llené de agua caliente la bañera. luego me metí en el agua y pensé, la próxima vez que tenga que cargar la batería, me iré al cine. luego me estiré en el agua caliente y lo olvidé todo. casi.

UN LINDO ASUNTO DE AMOR.
Me arruiné, de nuevo, pero esta vez en el Barrio Francés de Nueva Orleans, y Joe Blanchard, director del periódico underground OVERTHROW me llevó a aquel sitio de la esquina, uno de esos edificios blancos y sucios de ventanas verdes y escaleras que suben casi en vertical. Era domingo y yo esperaba un envío de derechos, no, un adelanto por un libro pornográfico que había escrito para los alemanes, pero los alemanes no hacían más que escribirme contándome aquel cuento del propietario, el padre, que era un borracho, y ellos estaban endeudados porque el viejo les había retirado los fondos del banco, no, les había dejado sin pasta porque se la había gastado en beber y joder y correrse juergas y, en consecuencia, estaban arruinados, pero andaban dando los pasos necesarios para echar a patadas al viejo y tan pronto como...
Blanchard tocó el timbre.
Salió a la puerta la vieja gorda, que pesaría entre cien y ciento veinte kilos. Su vestido era como una inmensa sábana y tenía los ojos muy pequeños. Creo que era lo único pequeño que tenía. Era Marie Glaviano, propietaria de un café del Barrio Francés, un café muy pequeño. Esta otra cosa suya tampoco era grande: el café. Pero era un café majo, con manteles rojiblancos, platos caros y muy pocos clientes. Junto a la entrada había una de esas antiguas muñecas negras de pie. Esas viejas muñecas significan los buenos tiempos, los viejos tiempos. Pero los buenos y viejos tiempos ya se habían ido. Los turistas eran ya mirones. Sólo querían pasear por allí y mirar las cosas. No entraban en los cafés. Ni siquiera se emborrachaban. Nada era rentable ya. Los buenos tiempos se habían terminado. Nadie daba nada y nadie tenía dinero, y si lo tenían se lo guardaban. Era una nueva era y no precisamente muy interesante. Todos andaban buscando el modo de destrozar al otro, todos revolucionarios y cerdos. Era una buena diversión y además gratis, con lo que todos podían conservar su dinero en el bolsillo, si es que lo tenían.
—Hola, Marie —dijo Blanchard—. Este es Charley Perkin. Charley, esta es Marie.
—Hola —dije yo
—Hola —dijo Marie Glaviano
—Entremos un momento, Marie —dijo Blanchard.
(El dinero siempre tiene dos inconvenientes: demasiado o demasiado poco. Y allí estaba yo otra vez en la etapa «demasiado poco».)
Escalamos las empinadas escaleras y la seguí por uno de esos sitios largos largos, hechos sólo de un lado: quiero decir, todo longitud y sin anchura. Llegamos a la cocina y nos sentamos a una mesa. Había un jarro con flores. Marie abrió tres botellas de cerveza.
—Bien, Marie —dijo Blanchard—, Charley es un genio. Está en un apuro. Estoy convencido de que saldrá de él, pero entretanto... entretanto, no tiene dónde estar.
Maríe me miró:
—¿Eres un genio?
Bebí un buen trago de cerveza.
—Bueno, la verdad es que es difícil de explicar. Suelo sentirme como una especie de subnormal la mayoría de las veces. Me gustan todos esos bloques blancos de aire grandes y enormes que tengo en la cabeza.
—Puede quedarse —dijo Marie.
Era lunes, el único día libre de Marie, y Blanchard se levantó y nos dejó allí en la cocina. Sonó la puerta de entrada: se había ido.
—¿Y tú qué haces? —preguntó Marie.
—Vivo de la suerte —dije.
—Me recuerdas a Marty —dijo ella.
—¿Marty? —pregunté, pensando, Dios mío, aquí llega. Y llegó.
—Bueno, eres feo, sabes. En realidad, no quiero decir feo, sabes, pareces cascado. Realmente cascado, más incluso que Marty. Y e1 era un luchador. ¿Fuiste tú luchador?
Ese es uno de mis problemas: nunca fui capaz de luchar gran cosa.
—De todos modos, tienes el mismo aire que Marty. Estás cascado pero eres bueno. Conozco tu tipo. Conozco a un hombre cuando le veo. Me gusta tu cara. Es una cara buena.
Incapaz de decir nada sobre su cara, pregunté:
—¿Tienes cigarrillos, Marie?
—Claro, querido —hurgó en aquella gran sábana que era su vestido y sacó un paquete lleno de entre las tetas. Podría haber tenido allí la compra de una semana. Resultaba divertido. Me abrió otra cerveza.
Eché un buen trago, y luego dije:
—Creo que podría joderte hasta hacerte aullar.
—Un momento, Charley dijo ella—, no quiero oírte hablar así. Yo soy una buena chica. Mi madre me educó como es debido. Si sigues hablando así, no puedes quedarte.
—Disculpa, Marie, bromeaba.
—Pues no me gusta ese tipo de bromas.
—Claro, comprendo. ¿Tienes whisky?
—Escocés.
—Vale el escocés.
Trajo una botella casi llena y dos vasos. Nos servimos whisky y agua. Aquella mujer la había corrido. Eso era evidente. Probablemente tuviese diez años más que yo. En fin, la edad no era ningún crimen. Pero la mayoría de la gente envejece mal.
—Eres exactamente igual que Marty —repitió.
—Pues tú no te pareces a nadie que yo conozca —dije.
—¿Te gusto? —preguntó.
—Estás empezando a gustarme —dije, y a esto no me contestó con ningún exabrupto.
Bebimos otra hora o dos, básicamente cerveza, pero con un poco de whisky de vez en cuando y luego me acompañó hasta abajo a enseñarme mi cama. Y de camino pasamos un cuarto y ella me dijo:
—Esa es mi cama. —Era muy ancha. Mi cama estaba junto a otra. Muy extraño. Pero no significaba nada.
—Puedes dormir en cualquiera de las dos —dijo Marie— O en las dos.
Había algo en todo aquello que parecía como un rechazo...
Bueno, en fin, por la mañana desperté y la oí a ella revolver en la cocina, pero lo ignoré como haría cualquier hombre prudente, y la oí poner la televisión para escuchar las noticias de la mañana (tenía la televisión en la mesa del desayuno), y oí el ruido de la cafetera, olía magníficamente pero el aroma del tocino y los huevos y las patatas no me agradó, y el rumor de las noticias de la mañana no me agradó, y tenía ganas de mear y mucha sed, pero no quería que Marie supiese que estaba despierto, así que esperé, meándome casi (jajá, sí), pero quería estar solo, quería ser dueño absoluto del lugar y ella seguía hurgando y hurgando por allí, hasta que al fin la oí pasar corriendo ante mi cama...
—Tengo que irme —dijo—, voy con retraso.
—Adiós, Marie —dije.
Cuando se cerró la puerta, me levanté y fui al cagadero y me senté allí y meé y cagué, allí sentado, en Nueva Orleans, lejos de casa, de donde estuviese mi casa, y luego vi una araña sentada en una tela en el rincón, mirándome. Aquella araña llevaba allí mucho tiempo, me di cuenta, mucho más que yo. Primero pensé en matarla. Pero era tan gorda y tan fea y parecía tan feliz, parecía la propietaria del local. Tendría que esperar un tiempo, hasta que fuese oportuno. Me levanté, me limpié el culo y tiré de la cadena. Cuando salía del cagadero, la araña me guiñó un ojo.

No quise jugar con lo que quedaba del whisky, así que me senté en la cocina, desnudo, preguntándome por qué la gente confiaría así en mí. ¿Quién era yo? La gente estaba loca, la gente era tonta. Esto me dio un estímulo. Demonios, sí, me lo dio. Había vivido diez años sin hacer nada. La gente me daba dinero, comida, alojamiento. Qué importancia tenía el que me considerasen un idiota o un genio. Yo sabía lo que era. No era ni una cosa ni otra. No me preocupaba qué fuese lo que impulsaba a la gente a hacerme regalos. Cogía los regalos sin sensación de victoria o/y coerción. Mi única premisa era que yo no podía pedir nada. Y como remate, disponía encima de aquel pequeño disco de fonógrafo que giraba en mi cabeza tocando siempre la misma música: no lo intentes, no lo intentes. Parecía una idea excelente.
En fin, después de que se marchase Marie, me senté en la cocina y bebí tres latas de cerveza que encontré en la nevera. Nunca me preocupaba mucho por la comida. Sabía del amor a la comida que tiene la gente. Pero a mí la comida me aburría. Lo liquido me parecía muy bien, pero la masa era una lata. Me gustaba la mierda, me gustaba cagar, me gustaban los cerotes, pero era un trabajo tan terrible el crearlos.
Después de las tres latas de cerveza, vi aquel bolso en la silla de al lado. Por supuesto, Marie se había llevado otro bolso al trabajo. ¿Sería lo bastante tonta o amable para dejar dinero? Abrí el bolso. Al fondo había un billete de diez dolares.
Bueno, Marie estaba probándome y me mostraría digno de su prueba.
Cogí los diez, volví a mi dormitorio y me vestí. Me sentía bien. Después de todo, ¿qué necesitaba un hombre para sobrevivir? Nada, de eso no había duda. Hasta tenía la llave de la casa.
Así que salí y cerré la puerta para impedir la entrada a los ladrones. Jajajá, y allí me vi otra vez en las calles, en el Barrio Francés, que era un lugar bastante soso, pero de todos modos tenía que utilizarlo. Todo tenía que servirme, eso era lo previsto. Así que... oh, sí, bajaba por la calle y el problema del Barrio Francés era que en él simplemente no había tiendas de licores como en otras partes decentes del mundo. Quizás fuese algo deliberado. Es de suponer que esto ayudase a aquellos horribles agujeros de mierda que había en todas las esquinas, a los que llamaban bares. Lo primero que pensaba cuando entraba en uno de aquellos bares del Barrio Francés era en vomitar. Y solía hacerlo, corría a uno de aquellos meaderos que apestan a orín y soltaba toneladas y toneladas de huevos fritos y grasientas patatas medio crudas. Luego volvía, después de desocupar, y les miraba: sólo el encargado parecía más solitario e insustancial que los clientes, sobre todo si era también propietario del local. En fin, di un rodeo sabiendo que los bares eran la mentira y ¿sabéis dónde encontré mi material? En una pequeña tienda de ultramarinos con pan rancio y todo lo demás, incluso con la pintura desconchada, con su semisexual sonrisa de soledad... Dios me perdone, Dios, Dios... Terrible, sí, ni siquiera pueden iluminar el local, la electricidad cuesta dinero; y allí estaba yo, el primer cliente en diecisiete días y el primero que compraba tres paquetes de seis cervezas en dieciocho años, y, Dios mío, la mujer casi salta por encima de la caja registradora... era demasiado. Cogí el cambio y dieciocho grandes latas de cerveza y salí corriendo a la estúpida claridad del Barrio Francés...

Coloqué la vuelta en el bolso de la silla de la cocina y lo dejé abierto para que Marie pudiese verlo. Luego me senté y abrí una cerveza.
Era agradable estar solo. Sin embargo, no estaba solo. Cada vez que tenía que mear veía a aquella araña y pensaba, bueno, araña, tienes que irte, en seguida. No me gusta verte ahí en ese rincón oscuro, cazando pulgas y moscas y chupándoles la sangre. Eres mala, sabes, señora araña. Y yo soy bueno. Al menos, me gusta pensar que es así. No eres más que una verruga negra y sin cerebro, una verruga mortífera, eso eres. Chupa mierda. Es lo que te mereces.
Encontré una escoba en el porche trasero y volví allí y destrocé la tela y la maté. Muy bien, aquello estuvo muy bien, la araña murió allí delante de mí, no pude evitarlo. Pero, ¿cómo podía Marie posar su gran culo en los bordes de aquella tapa y cagar y mirar aquella cosa? ¿La vería en realidad? Quizás no.
Volví a la cocina y bebí un poco más de cerveza. Luego encendí la tele. Gente de papel. Gente de cristal. Pensé que iba a volverme loco y la apagué. Bebí más cerveza. Luego herví dos huevos y freí dos lonchas de tocino. Conseguí comer. A veces, uno se olvida de la comida. Entraba el sol por las cortinas. Estuve bebiendo todo el día. Tiré los envases vacíos a la basura. Pasó el tiempo. Por fin se abrió la puerta. Era Marie.
—¡Dios mío! —gritó—. ¿Sabes lo que pasó?
—No, no, no lo sé.
—¡Ay, maldita sea!
—¿Pero qué pasa, querida?
—¡Se me quemaron las fresas!
—¿De veras?
Y se puso a corretear por la cocina y a dar vueltitas, bamboleando aquel gran culo. Estaba chiflada. Estaba fuera de sí. Pobre chochito gordo y viejo.
—Pues tenía la cacerola de las fresas haciéndose en la cocina y entró una de esas turistas, una zorra rica, la primera cliente del día, le gustan los sombreritos que hago, sabes... En fin, no es fea y todos los sombreros le sientan bien y por eso mismo se ha convertido en un problema; el caso es que nos pusimos a hablar de Detroit, ella conocía en Detroit a una persona a la que yo también conozco y estábamos hablando y de pronto ¡¡¡LO OLI!!! ¡SE ME QUEMAN LAS FRESAS! Corrí a la cocina pero demasiado tarde... ¡Qué desastre! Las fresas se habían pasado y se habían deshecho y apestaban, se me había quemado todo, es triste, y no pude salvar nada, nada, ¡qué desastre!
—Lo siento. Pero, ¿le vendiste un sombrero?
—Le vendí dos. No fue capaz de decidirse.
—Siento lo de las fresas. Maté la araña.
—¿Qué araña?
—Creí que lo sabías.
—¿Si sabía qué? ¿Qué dices de arañas? Son sólo insectos.
—A mí me enseñaron que una araña no es un insecto. Es algo que se relaciona con el número de patas... Bueno, en realidad ni lo sé ni me preocupa.
—¿Una araña no es un insecto? ¿Entonces qué mierda es?
—No un insecto. Al menos eso dicen. En fin, maté al maldito bicho.
—¿Has andado en mi bolso?
—Sí, claro. Lo dejaste ahí. Tenía ganas de tomar una cerveza.
—¿Tienes que tomar cerveza continuamente?
—Sí.
—Pues vas a ser un problema. ¿Comiste algo?
—Dos huevos y dos lonchas de tocino.
—¿Tienes hambre?
—Sí. Pero estás cansada. Descansa. Toma un trago.
—El cocinar me relaja. Pero primero voy a darme un baño caliente.
—Adelante.
—Vale —se inclinó, puso la tele y luego se fue al baño. Tuve que escuchar la tele. Programa de noticias. Un cabrón perfectamente horrible con tres ventanillas en las narices. Un cabrón perfectamente odioso vestido como una sosa muñequita, sudaba, y me miraba, diciendo cosas que yo apenas entendía y que no me interesaban. Me di cuenta de que Marie se dedicaba a mirar la tele horas y horas, así que tenía que adaptarme a ello. Cuando Marie volvió yo miraba fijamente el cristal, lo cual le hizo sentirse mejor. Yo parecía tan inofensivo como un hombre con un tablero de ajedrez y la página de deportes.
Marie había aparecido ataviada con otro atuendo. Si no fuese lo jodidamente gorda que era podría incluso haber parecido elegante. En fin, de todos modos no estaba durmiendo en un banco del parque.
—¿Quieres que cocine yo, Marie?
—No, no te preocupes. Ya no estoy tan cansada.
Empezó a preparar la cena. Cuando me levanté a por la siguiente cerveza, la besé detrás de la oreja.
—Eres muy simpática, Marie.
—¿Tienes bebida suficiente para el resto de la noche? —preguntó.
—Sí, querida. Y aún queda esa botella de whisky. No hay problema. Yo sólo quiero sentarme aquí y mirar la tele y oírte hablar. ¿De acuerdo?
—Claro, Charley.
Me senté. Se puso a preparar algo. Olía bien. Evidentemente era una buena cocinera. Aquel cálido aroma del guiso impregnaba las paredes. Era lógico que estuviese tan gorda: buena cocinera, buena comedora. Marie estaba haciendo una cacerola de guisantes. De vez en cuando se levantaba y añadía algo a la cacerola. Una cebolla, un trozo de col. Unas cuantas zanahorias. Sabía. Y yo bebía y contemplaba a aquella mujer vieja, grande y gorda y ella se sentaba a hacer aquellos sombreros que parecían mágicos, trenzaba un cesto, cogía un color, luego otro, esta anchura de cinta, aquélla. Y luego trenzaba así y lo cosía asá, y lo ponía en el sombrero. Marie creaba obras maestras que jamás se reconocerían... bajando una calle en la cabeza de una zorra.
Mientras trabajaba y atendía el guisado, hablaba.
—Ay, ya no es como antes. La gente no tiene dinero. Todo son cheques de viaje y talones y tarjetas de crédito. Y es que la gente no tiene dinero. No lo llevan. Crédito por todas partes. Un tipo acepta un talonario de cheques y ya está atrapado. Hipotecan sus vidas por comprar una casa. Y tienen que llenar de mierda esa casa y disponer de un coche. Quedan enganchados con la casa y los políticos lo saben y los fríen a impuestos. Nadie tiene dinero. Los pequeños negocios no pueden mantenerse.
Nos sentamos ante el guisado y era perfecto. Después de cenar, sacamos el whisky y ella trajo dos puros y vimos la tele y no hablamos mucho. Tenía la sensación de llevar allí años. Ella seguía trabajando con los sombreros, hablaba de vez en cuando, y yo decía, sí, tienes razón, ¿de veras? Y los sombreros seguían saliendo de sus manos, obras maestras.
—Marie —le dije—. Estoy cansado, me voy a la cama.
Ella dijo que me llevase el whisky y lo hice. Pero en vez de acostarme en mi cama, levanté la ropa de la suya y me metí dentro. Después de desvestirme, por supuesto. Era un colchón magnífico, una cama magnífica, uno de esos viejos muebles con techo de madera, o como lo llamen. Supongo que el asunto es joder hasta tirar el techo. Jamás tiré ese techo sin que me ayudaran los dioses.
Marie siguió viendo la tele y haciendo sombreros. Luego sentí que apagaba el aparato y encendía la luz de la cocina y se acercaba al dormitorio, pasaba ante él sin verme y seguía derecha hasta el cagadero. Estuvo allí un rato y luego vi cómo se quitaba la ropa y se ponía el gran camisón rosa. Se hurgó un rato en la cara, luego lo dejó, se puso un par de rulos, se volvió, caminó hacia la cama y me vio.
—Dios mío, Charley, te has equivocado de cama.
—Jijí.
—Escucha, querido, no soy esa clase de mujer.
—¡Vamos, déjate de cuentos y ven!
Lo hizo. Dios mío, todo era carne. En realidad, estaba algo asustado. ¿Qué hacer con todo aquel material? Pero no había salida. El lado de la cama de Marie se hundía.
—Escucha, Charley...
Le cogí la cabeza, le volví la cara, parecía estar llorando. Posé mis labios en los suyos. Nos besamos. Coño, empezó a ponérseme dura. Dios mío. ¿Qué pasaba?
—Charley —dijo ella—. No tienes porqué hacerlo.
Le cogí una mano y la puse en el pijo.
—Oh, demonios —dijo ella—, demonios...
Luego, me besó ella, dándome lengua. Tenía una lengua pequeña (por lo menos eso era pequeño) y metió y sacó, apasionada y salivosa. Me aparté.
—¿Qué pasa?
Espera un momento.
Estiré la mano y cogí la botella y bebí un buen trago, luego la dejé otra vez y hurgué bajo las sábanas y alcé aquel inmenso camisón rosa. Empecé a palpar, aunque no sabía seguro si podía ser aquello, con lo pequeño que era, aunque estuviese en el lugar correspondiente. Sí, era su coño. Empecé a hurgar con mi aparato. Entonces ella bajó una mano y me guió. Otro milagro. La cosa estaba prieta. Casi me raspaba la piel. Empezamos a darle. Yo quería prolongarlo pero en realidad no me preocupaba demasiado. Ella me tenía. Fue uno de los mejores polvos de mi vida. Gemí, bramé, terminé y caí a un lado, vencido. Increíble. Cuando volvió del baño hablamos un rato. Y luego se durmió. Pero roncaba. Así que tuve que irme a mi cama. Desperté a la mañana siguiente cuando ella se iba a trabajar.
—Tengo prisa, Charley, voy con retraso —dijo.
No te preocupes, querida.
En cuanto se fue, entré en la cocina y me bebí un vaso de agua.
Había dejado allí un monedero. Diez dólares. No los cogí.
Volví hasta el baño y eché una buena cagada, sin araña. Luego me bañé. Intenté lavarme los dientes, vomité un poco. Me vestí y volví a la cocina. Cogí un trozo de papel y un lápiz:

Marie:
Te amo. Eres muy buena conmigo. Pero debo irme. Y no sé exactamente por qué. Estoy loco, supongo. Adiós.
Charley.

Puse la nota sobre la tele. Me sentía muy mal. Era como si llorase. Se estaba tranquilo allí, era la tranquilidad que me gustaba. Hasta la cocina y la nevera parecían humanas, lo digo en el buen sentido... parecían tener brazos y voces y decir, quédate, chaval, aquí se está bien, aquí se puede estar muy bien. Encontré lo que quedaba de la botella en el dormitorio. Lo bebí. Luego saqué una lata de cerveza de la nevera. Me la bebí también. Luego me levanté e hice el largo recorrido que había que hacer para salir de aquella estrecha vivienda, tuve la sensación de recorrer por lo menos cien metros. Llegué a la puerta y luego recordé que tenía llave. Volví y dejé la llave con la nota. Entonces volví a mirar los diez dólares del monedero. Los dejé allí. Volví otra vez a la puerta. Cuando llegué, me di cuenta de que cuando la cerrase no habría posibilidad de volver. La cerré. Era el final. Bajé aquellas escaleras. Otra vez estaba solo y a nadie le importaba. Enfilé hacia el sur. Luego torcí a la derecha. Continué, seguí caminando y salí del Barrio Francés. Crucé la calle del canal. Caminé unas cuantas manzanas y luego me desvié y crucé otra calle y volví a desviarme. No sabía adónde ir. Pasé ante un local que quedaba a mi izquierda y había un hombre a la puerta y dijo:
—Eh, amigo, ¿quiere trabajo?
Miré hacia el interior, y había hileras de hombres ante mesas de madera con martillitos que clavaban cosas en conchas, como conchas de almejas, y rompían las conchas y hacían algo con la carne, y estaba oscuro allí; era como si estuviesen pegándose a sí mismos martillazos y sacasen lo que quedaba de ellos, y le dije a aquel tío:
—No, no quiero trabajo.
Miré al sol y seguí mi camino.
Con setenta y cuatro centavos.
Hacía un buen sol.
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