El escándalo global desatado por el lanzamiento en Internet del documental Kony 2012, que retrata el reclutamiento de niños en un ejército clandestino de Uganda, plantea un dilema por encima del todo:
¿Es esto activismo desinteresado o solo una estrategia del creador para ganar dinero y/o para justificar la intervención de EEUU en un territorio recientemente confirmado como rico en petróleo?
Desde que fue posteado en Youtube y Vimeo, comenzó la discusión sobre este recorrido fílmico por la vida de Joseph Kony, un líder rebelde en el África subsahariana que la Corte Penal Internacional considera un criminal de guerra —justificadamente.
De acuerdo con la cinta de Jason Russell, Kony es el jefe del Ejército de Resistencia del Señor, un grupo armado particularmente sangriento que actúa en Uganda y se caracteriza por secuestrar niños y jóvenes para ofrecerles dos alternativas: la muerte o el reclutamiento.
El problema es que si eligen esto último, se convierten en asesinos que incluso pueden llegar a matar a sus propios padres.
Russell decidió denunciar de esta manera la trágica situación de la infancia en Uganda porque en cierto momento el Congreso estadounidense, a quien comunicó el asunto, se negó a emprender algún tipo de acción al respecto, asegurando que Kony no era una amenaza ni financiera ni de seguridad.
El cineasta fundó entonces Invisible Children, una organización que además de financiar la filmación del documental planeó una amplia campaña de información sobre el problema. Pero esto le ha valido fuertes críticas y acusaciones. Aquí un sencillo ejemplo:
Numerosos críticos de Russell y su trabajo señalan cierta sospechosa alevosía en la que el director incurre al ocultar (¿deliberadamente?) información sobre Joseph Kony y las circunstancias actuales en torno a su actuar.
Por ejemplo, que desde hace ya varios años el Ejército de Resistencia del Señor dejó Uganda para trasladarse a países mucho más endebles como la República Democrática del Congo.
Igualmente se acusa a Russell de no mencionar las violaciones sistemáticas a los derechos humanos del ejército ugandés contra la población local.
También, la ambigüedad con que el cineasta maneja los datos relativos al número de niños en las filas del grupo de Kony, dando a entender que podrían contarse hasta 30,000 siendo que, luego de 20 años de existencia, otros cálculos reducen sus integrantes apenas a unos cientos.
Finalmente, no se puede soslayar el hecho de que conociendo la existencia de todo esto (y cosas peores) desde hace 24 años, recién se difunda esto, a solo unos meses de que se haya confirmado la existencia de pozos ricos en petróleo en Uganda, lo que le daría la excusa perfecta al gobierno de EEUU para intervenir (y de paso, apropiarse del beneficio).
El ‘Holgazanactivismo’ y la Venta de Mercancía ‘por una buena causa’
Pero por si esto no bastara para tender un velo de suspicacia sobre el trabajo fílmico del hombre, igualmente los fines de su organización y de esta campaña en particular quedan en entredicho por algunas estrategias que parecen reducir al negocio personal y la ganancia económica el activismo y el compromiso con una causa social de atención urgente.
Tomaría entonces cierta pérfida ventaja de la facilidad con que las mayorías se conmueven y, solícitas, se muestran dispuestas a solucionar una trágica situación que ocurre a cientos de kilómetros de distancia (siempre y cuando no tome más de dos o tres clics y el llenado de algún formulario).
Al respecto escriben Josh Kron y J. David Goodman en The New York Times:
Algunos han llamado al video un ejemplo perfecto de lo que se denomina holgazanactivismo [slacktivism], un término peyorativo para el activismo de sillón de las generaciones más jóvenes, casi siempre por Internet. Pero más allá de eludir dicha acción digital, el video la convierte en una de sus metas principales. Volver a Kony infame no cuesta, después de todo, más que un clic.
Igualmente se toma en cuenta el marketing que acompañó al lanzamiento de Kony 2012: para “hacer algo” o para sentir que se hace algo, Invisible Children invita a firmar su petición, comprar un brazalete de 10 dólares o un “kit de acción” de 30.
El kit incluye playera, brazalete, guía del activista, estampas, un botón, y afiches, con los que “la gente pensará que eres un defensor de lo increíble”, según asegura Invisible Children (ambos productos, por cierto, ya están agotados) o inscribirse para realizar donaciones directas.
mercancia-kony-2012
Por supuesto que toda organización tiene total libertad para obtener sus fondos como mejor le parezca, pero sin duda no es habitual que, como sucede con Invisible Children, mucho de este dinero se destine a la administración de sus operaciones y a la filmación de películas.
Tampoco parece muy común que se identifique el activismo con la frivolidad de quien hace algo solo para ganarse la opinión favorable de sus vecinos: ¿de verdad vistiendo una playera de Kony 2012 “la gente pensará que eres un defensor de lo increíble”?
¿Tú qué opinas de todo esto? ¿Cuál es tu verdad detrás de todo el escándalo Kony 2012? Compártelo con más gente. Juntos podemos ayudarnos mutuamente a crear un punto de vista más completo y mejor informado.
¿Es esto activismo desinteresado o solo una estrategia del creador para ganar dinero y/o para justificar la intervención de EEUU en un territorio recientemente confirmado como rico en petróleo?
Desde que fue posteado en Youtube y Vimeo, comenzó la discusión sobre este recorrido fílmico por la vida de Joseph Kony, un líder rebelde en el África subsahariana que la Corte Penal Internacional considera un criminal de guerra —justificadamente.
De acuerdo con la cinta de Jason Russell, Kony es el jefe del Ejército de Resistencia del Señor, un grupo armado particularmente sangriento que actúa en Uganda y se caracteriza por secuestrar niños y jóvenes para ofrecerles dos alternativas: la muerte o el reclutamiento.
El problema es que si eligen esto último, se convierten en asesinos que incluso pueden llegar a matar a sus propios padres.
Russell decidió denunciar de esta manera la trágica situación de la infancia en Uganda porque en cierto momento el Congreso estadounidense, a quien comunicó el asunto, se negó a emprender algún tipo de acción al respecto, asegurando que Kony no era una amenaza ni financiera ni de seguridad.
El cineasta fundó entonces Invisible Children, una organización que además de financiar la filmación del documental planeó una amplia campaña de información sobre el problema. Pero esto le ha valido fuertes críticas y acusaciones. Aquí un sencillo ejemplo:
Numerosos críticos de Russell y su trabajo señalan cierta sospechosa alevosía en la que el director incurre al ocultar (¿deliberadamente?) información sobre Joseph Kony y las circunstancias actuales en torno a su actuar.
Por ejemplo, que desde hace ya varios años el Ejército de Resistencia del Señor dejó Uganda para trasladarse a países mucho más endebles como la República Democrática del Congo.
Igualmente se acusa a Russell de no mencionar las violaciones sistemáticas a los derechos humanos del ejército ugandés contra la población local.
También, la ambigüedad con que el cineasta maneja los datos relativos al número de niños en las filas del grupo de Kony, dando a entender que podrían contarse hasta 30,000 siendo que, luego de 20 años de existencia, otros cálculos reducen sus integrantes apenas a unos cientos.
Finalmente, no se puede soslayar el hecho de que conociendo la existencia de todo esto (y cosas peores) desde hace 24 años, recién se difunda esto, a solo unos meses de que se haya confirmado la existencia de pozos ricos en petróleo en Uganda, lo que le daría la excusa perfecta al gobierno de EEUU para intervenir (y de paso, apropiarse del beneficio).
El ‘Holgazanactivismo’ y la Venta de Mercancía ‘por una buena causa’
Pero por si esto no bastara para tender un velo de suspicacia sobre el trabajo fílmico del hombre, igualmente los fines de su organización y de esta campaña en particular quedan en entredicho por algunas estrategias que parecen reducir al negocio personal y la ganancia económica el activismo y el compromiso con una causa social de atención urgente.
Tomaría entonces cierta pérfida ventaja de la facilidad con que las mayorías se conmueven y, solícitas, se muestran dispuestas a solucionar una trágica situación que ocurre a cientos de kilómetros de distancia (siempre y cuando no tome más de dos o tres clics y el llenado de algún formulario).
Al respecto escriben Josh Kron y J. David Goodman en The New York Times:
Algunos han llamado al video un ejemplo perfecto de lo que se denomina holgazanactivismo [slacktivism], un término peyorativo para el activismo de sillón de las generaciones más jóvenes, casi siempre por Internet. Pero más allá de eludir dicha acción digital, el video la convierte en una de sus metas principales. Volver a Kony infame no cuesta, después de todo, más que un clic.
Igualmente se toma en cuenta el marketing que acompañó al lanzamiento de Kony 2012: para “hacer algo” o para sentir que se hace algo, Invisible Children invita a firmar su petición, comprar un brazalete de 10 dólares o un “kit de acción” de 30.
El kit incluye playera, brazalete, guía del activista, estampas, un botón, y afiches, con los que “la gente pensará que eres un defensor de lo increíble”, según asegura Invisible Children (ambos productos, por cierto, ya están agotados) o inscribirse para realizar donaciones directas.
mercancia-kony-2012
Por supuesto que toda organización tiene total libertad para obtener sus fondos como mejor le parezca, pero sin duda no es habitual que, como sucede con Invisible Children, mucho de este dinero se destine a la administración de sus operaciones y a la filmación de películas.
Tampoco parece muy común que se identifique el activismo con la frivolidad de quien hace algo solo para ganarse la opinión favorable de sus vecinos: ¿de verdad vistiendo una playera de Kony 2012 “la gente pensará que eres un defensor de lo increíble”?
¿Tú qué opinas de todo esto? ¿Cuál es tu verdad detrás de todo el escándalo Kony 2012? Compártelo con más gente. Juntos podemos ayudarnos mutuamente a crear un punto de vista más completo y mejor informado.