http://twitter.com/#!/edefakiel
Estoy encadenado a la pared de troncos de madera. No sé cómo he llegado hasta aquí, no sé cuánto tiempo ha caminado despacio entre los atardeceres y las noches de la pequeña ventana. Mis dos muñecas permanecen lánguidas colgando de su prisión, péndulos de hueso.
La luz naranja enciende un haz de polvo que cae muy despacio. Casi ingrávido. Desde el cristal hasta el suelo lleno de pesadillas. La noche vuelve a nacer en un lugar tan lejano a mi rincón…
La puerta se abre con un quejido metálico y oxidado, rasga. Puedo ver su silueta acercándose a mí con pasos que van sembrando raíces y tentáculos bajo la superficie muerta. Parece hecha a base de humo y carbón.
Lleva el cuenco en la mano. El olor a arroz llena la habitación, los dientes de las fauces de mi estómago chirrían hambrientos. El perro saliva a través de los agujeros de mi boca.
No habla. Solo me observa. Quieto, silencioso. Inerte. Oigo su respiración constante y densa. Arrodillado ante mí aguarda la demacración de mis costillas. El cucharón se hunde en la comida. Lo acerca humeante hasta mis labios…
Engullo, apenas mastico. El calor rodeado de vaho relaja y abriga mis órganos por dentro. No puedo evitar las lágrimas. Él las recoge con los dedos y las guarda en un tarro de cristal. Tintinean transparentes como perlas.
De pronto lanza furioso el cuenco hacia la parte alejada de la habitación. Volverá a traerlo cuando pase la tormenta. Copos de nieve saltan por todos lados.
Acerca su cara a la mía. Sus facciones duras, inexpresivas. Su cabeza sin pelo. Sus ojos tranquilos. Abre delicadamente mi boca, me besa en la frente. Respira mi aliento. Acaricia mi pecho. Introduce sus dedos en mi pantalón. Me desabrocha los botones.
Uno, dos, tres, cuatro, todos. Me desnuda. Observa mi polla arrugada y pequeña. Saca la lengua y empieza a lamerme con su hocico húmedo. Necesito que pare. Intento gritar pero estoy muy cansado. Se me pone dura. Supervivencia para la especie.
Sexo que moja páginas y deshace las palabras.
Detente.
Placer.
El también se saca la polla. La pega a la mía y aprieta las dos con fuerza entre sus manos. Noto su calor en mí. Duele. Oleadas. Me acaricia pringoso, a través de la piel, directamente alma contra alma. Solo hay vacío dentro de él.
Solo hay vacío dentro de mí.
Mi semen sale a borbotones. Blanco y denso. Resbala sobre él. Él también se corre. Exhala extasiado un gemido que apenas puede distinguirse del terror.
La noche ha caído rápido.
Solo oigo su respiración.
Ese ruido… Desquiciándome. Inhalando. Exhalando. Normalizándose. Volviendo a ser de piedra.
Él vuelve a vestirse. Yo permanezco desnudo, desprotegido. Exhibido. Acurrucado en un cañón de piedra gris y fría. Ni el escorpión podrá sacarme de allí cabalgando en su traición y mi naturaleza…
Se levanta. Sale del cobertizo. ¿Dónde ha ido? Menos mal que se ha ido… ¿Dónde habrá ido? Lo necesito cerca.
Vuelve al cabo de un rato.
Trae una aguja en la mano. Ase mi antebrazo con fuerza, con dedos fuertes y rígidos. El líquido transparente entra en mi torrente sanguíneo, infiltrándose en cada célula. Engordándolas.
Me late el corazón a través de las arterias, lanzado. Mi cuerpo se hace muy pequeño, insignificante, lejano, ajeno. Las líneas de la habitación se trazan hacia muy lejos, en una perspectiva que termina más allá de mi vista.
Él solo mira. Sus dientes se hacen enormes, tomando la forma de los de una serpiente, su lengua cae desenrollándose, larga, con vida propia. Sus ojos se llenan de pupilas. Puedo ver el fuego y la oscuridad surgiendo desde lo más profundo de su dolor.
Suspendido, mareado. Un trozo de carne inútil con mi forma permanece colgado de cadenas de lombrices que lo atrapan. La madera tiene humedad criando dentro. Él se lanza contra todo aquello, arrojando sus muñones hambrientos contra su esclavo empieza a arrancar pedazos a bocados, alimentándose de la sangre y los músculos. Podredumbre.
Lo observo todo, un espectador de la historia. Ya no queda ningún lazo entre esa rota máquina de huesos machados y mis pensamientos. Desaparece.
Resbala y se derrite.
Floto en líquido. Una rojiza ceguera. De mis entrañas sale ese extraño tubo. Encerrado en la negrura, en la nada. Los nutrientes pasan directamente a mi sangre…
El monstruo aguarda. El dolor se hace inmenso. Nunca cesa. Ni un puto segundo. Va más allá de la vida y de la muerte.
El bebé intenta gritar dentro de las entrañas de su madre. Intenta arañar las paredes.
Sobrevive a la asfixia. Una vez más.
Su prisión es la única libertad que conoce.