Pequeña biografía de uno de los más grandes.
Aunque de padres argentinos -con ascendencia vasca, francesa y alemana- Julio Cortázar nació accidentalmente en Bruselas. Fue en 1914, mientras los obuses estallaban en la ciudad. Como él dice, su nacimiento -que coincidió con la ocupación alemana de Bélgica al inicio de la Primera Guerra Mundial- fue "sumamente bélico. Lo cual dio como resultado a uno de los hombres más pacifistas que hay en este planeta".
Su padre, técnico en materias económicas, estaba al frente de una delegación comercial que trabajaba en la embajada argentina en Bélgica. Al ser Argentina un país neutral, a la familia Cortázar se le permitió, durante la guerra, refugiarse en otros países europeos también neutrales: Suiza (Zurich) y luego España (Barcelona).
Durante dos años (hasta los tres años y medio) Cortázar vivió en Barcelona. De esa lejana época guarda algunas imágenes borrosas e inconexas:"Formas extrañas, mayólicas de colores" que tal vez correspondan al Parc Güell, donde al parecer le llevaban cada día a jugar con otros niños. Cortázar confiesa que en 1949, en su primer viaje a Europa, desembarcó en Barcelona y su primera visita fue precisamente al Parc Güell: le gustó descubrir que su admiración por Gaudí tenga un origen tan antiguo. Recuerda también de esa época "una playa, la sensación amenazante de las olas que avanzan y mucho sol y un olor a sal muy extraño, muy inquietante".
En 1918, la familia Cortázar puede regresar a Argentina. Del francés, la lengua que habló principalmente en sus primeros cuatro años de vida, le quedó por lo menos una herencia:"retuve siempre esa "r" afrancesada de la que jamás pude desprenderme".
De su infancia y adolescencia Cortázar recuerda algunos hechos fundamentales:
•La desaparición de su padre, quien, cuando Cortázar tenía sólo seis años, los abandonó para siempre. Este hecho dejó a Julio y a su hermana menor al cuidado exclusivo de su madre, que tuvo que educarlos "con dificultades económicas muy graves".
• Banfield, un pueblecito casi de campo, a media hora de tren de Buenos Aires, donde Cortázar vivió de los cuatro a los diecisiete años. Cortázar lo describe así: "Era ese tipo de barrio, sumamente suburbano, que tantas veces encuentras en las palabras de los tangos: calles no pavimentadas, pequeños faroles en las esquinas, una pésima iluminación que favorecía el amor y la delincuencia en partes iguales, y que hizo que mi infancia fuera una infancia cautelosa y temerosa, porque las madres tenían mucho miedo por los niños. Había un clima a veces inquietante en esos lugares. Y al mismo tiempo era un paraíso: la casa tenía un gran jardín que daba a otros jardines. Un jardín lleno de gatos, perros, tortugas y papagayos: un paraíso. Pero en este jardín ya era yo Adán, en el sentido de que no conservo recuerdos felices de mi infancia -demasiadas tareas, sensibilidad excesiva, tristeza frecuente, asma, brazos rotos, primeros amores desesperados (mi cuento "Los venenos" tiene mucho de autobiográfico). Sin embargo, ése era mi reino, y he vuelto a él, lo he evocado en algunos cuentos, porque aún hoy lo siento muy presente, muy vivo".
•Su afición desmedida a leer y a escribir. Según cuenta, un médico le recetó "prohibirle los libros durante cuatro o cinco meses. Lo cual fue un sacrificio tan grande que mi madre, una mujer sensible e inteligente, me los devolvió".
Cortázar explica así sus inicios como escritor: "Como todos los niños aficionados a la lectura, pronto comencé a querer escribir. Acabé mi primera novela cuando contaba nueve años de edad. Era una novela muy lacrimógena, muy romántica en la que todo el mundo moría al final"
La influencia más clara de su época adolescente es Edgar Allan Poe, cuyos cuentos le aterrorizaron y sus poemas le conmovieron. A los doce o trece años, escribe sonetos que son "un plagio involuntario de Poe", "poemas de amor a una compañera de clase, de la que yo estaba enamorado fatalmente, con un amor que sólo podía acabar en la muerte" .
A propósito de estos poemas, Cortázar vive una de esas decepciones que suelen marcar el fin de la infancia, "uno de esos primeros golpes que te marcan para siempre y que te hacen descubrir que todo es relativo, precario, que había que vivir en un mundo que no era ese mundo de inocencia y de total confianza en el que se había creído" : le decepcionó profundamente que su madre se acercara una noche a su habitación y le preguntara si esos poemas eran realmente suyos o, si como le había dicho un familiar, eran copiados. Cortázar recuerda haber vivido con "un dolor infinito, un dolor de niño", el que su madre dudase de él.
Tras la escuela primaria, Julio Cortázar realiza estudios secundarios, graduándose de maestro de primaria. Más tarde obtiene el título de "Profesor en letras", que le permite ejerce como profesor de secundaria. Se matricula en la Escuela de Filosofía y Letras, pero ante las dificultades económicas de su familia, decide abandonar los estudios universitarios y ejercer los títulos que ya tenía.
Tras una breve experiencia como maestro primario, trabaja durante seis años (1939-1945) como profesor de Instituto en dos pequeñas y polvorientas ciudades de la llanura (Bolívar y Chivilcoy) donde entra la pampa por todas partes. En su cuento "El viaje" evocará ese paisaje de espejismo. Empieza a escribir los primeros cuentos, sin soñar jamás con publicarlos.
Aunque no tiene titulación universitaria, en 1945, lo contratan para impartir clases de literatura francesa en la Universidad de Cuyo. Dirige además un seminario sobre el romántico John Keats. En el año 46, tras la llegada de Perón al poder y la ocupación fascista de la universidad, Cortázar, que había participado en la lucha antiperonista, presenta la dimisión de su cargo "antes de verme entre la espada y la pared, como muchos compañeros míos". Por esa época perfecciona su conocimiento del inglés y del francés, lenguas que dominará tanto como el castellano.
A partir de entonces, vive en Buenos Aires. Trabaja como gerente en la Cámara del libro y, ocasionalmente, como traductor. Allí vive una existencia solitaria y bohemia. Mientras "me observaba a mí mismo, estudiando mi propio desarrollo sin querer jamás forzar las cosas", seguía escribiendo historias. Publica algunos importantes trabajos críticos, entre los que destacan la necrológica a Antonin Artaud o su ensayo sobre la poesía de Octavio Paz.
Cortázar resume así ese periodo: "De 1946 a 1951, vida porteña, solitaria e independiente; convencido de ser un solterón irreductible, amigo de muy poca gente, melómano lector a jornada completa, enamorado del cine, burguesito ciego a todo lo que pasaba más allá de la esfera de lo estético"
Cortázar le costó mucho dar a conocer sus obras al público. En 1938 publica con un seudónimo, Julio Denis, un libro de poemas, Presencia, la única de sus obras que Cortázar no ha querido volver a publicar.
No casualmente será Borges quien, en la prestigiosa revista Sur, publica, en 1946, el primer cuento de Cortázar: "La casa tomada" . Su primer libro de cuentos Bestiario aparece en 1951. Por fin Cortázar, consideró que lo que había escrito "valía un poco más que lo que escribían otros de mi edad en Argentina".
En 1949 viaja por primera vez a Europa. En 1951 viaja por segunda vez a París con una beca y decide quedarse en Francia, por lo que se ve obligado a trabajar en los más pintorescos oficios, hasta que consigue trabajo como traductor en la Unesco. Con sentido del humor comenta que se va de la Argentina "porque el peronismo no le deja escuchar a Bela Bartók".
En 1955 se casa con la traductora argentina Aurora Bernárdez, con la que vivirá hasta mediados de los 60. Sin embargo, poco antes de morir y con Carol -su tercera mujer- ya fallecida, decide dejarle a Aurora Bernárdez su herencia y le pide que le acompañe en los últimos minutos. Aurora fue definida por su amigo Carlos Gabetta como "fina, culta, delicada, sensible, lo que habitualmente se llama una señora". En algunas de sus cartas, Cortázar alude así a su vida en común:
"El libro (Rayuela) tiene un solo lector: Aurora (...) Su opinión del libro puedo quizá resumírtela si te digo que se echó a llorar cuando llegó al final."
"Aurora y yo, encastillados en nuestro granero, nos dedicamos al trabajo, a la lectura y a la audición de los cuartetos de Alban Berg y Schoenberg, aprovechando la ventaja de que aquí no hay nadie que nos golpee el cielo raso"
"Aurora lee por sobre mi libro y me moja una oreja con un beso para ustedes"
Vargas Llosa describió la vivienda de Cortázar en París como una casa "alta y angosta como el propio Cortázar", atiborrada de libros y con un gran pizarrón donde, con unas tachuelas, Cortázar iba fijando recortes de periódicos que hablaban de lo insólito cotidiano, reproducciones de cuadros, tarjetas postales, dibujos de amigos o del propio Cortázar. Había, por ejemplo, una fotografía de Louis Amstrong tocando la trompeta, una reproducción del pintor austriaco Gustav Klim, un programa de cine... Todo ello acumulándose a lo largo del año, formando un azaroso y revelador orden...
Los primeros años en Europa, aunque duros, tienen efectos muy positivos en la obra inmediatamente posterior de Cortázar (Final de juego, Las armas secretas, Los premios, Historias de cronopios y de famas, Rayuela). Cortázar lo explica así:
"Son años catalizadores, años en que se da una especie de coagulación de mi experiencia precedente de Argentina (...) De golpe, en poco tiempo, se produce una condensación de presente y pasado, el pasado, en suma, se enchufa al presente y el resultado es una sensación de hostigamiento que me exigió, luego, escribir Rayuela... Llegar a Europa significó la necesidad de confrontar todo un sistema de valores, mi manera de ver, mi manera de escuchar (...) Fue una sucesión de choques, desafíos, dificultades, que no me había dado el clima infinitamente más blando de Buenos Aires"
En 1962, Cortázar viaja a Cuba. El contacto con la revolución cubana fue, como para otros escritores de su generación, una experiencia biográfica decisiva. A partir de ese momento, Cortázar expresa su fidelidad a la revolución cubana. En 1965 escribe “Reunión”, un cuento dedicado al Ché, y en 1966 afirma públicamente su compromiso con la lucha de liberación latinoamericana.
En 1967 en uno de sus viajes a Cuba conoce a la lituana Ugné Karvelis, que pronto se convertirá en su segunda esposa. Bohemia y muy politizada, Ugné influye de manera decisiva en el proceso de concienciación de Julio Cortázar, con el que vive durante una década en París. Carlos Gabetta la define así: "Es algo así como la contrafigura de Aurora Bernárdez: tempestuosa, volcánica, sensual, habla con fuerte voz de tabaco, bebedora, expansiva". Ugné rememora así su primer encuentro:
Llegados de los dos extremos del mundo –él uno de Argentina, la otra de Lituania- devorábamos, uno y otra, más libros y jazz que bistecs, en busca de una libertad, de una verdad de la que entonces ignorábamos el nombre.
Fue en la Habana donde encontré al otro Julio, ése al que yo acompañé durante tantos años. Era en enero de 1967: yo había sido invitada por la Casa de las Américas y descubría con pasión la revolución cubana. Acorazada tras mi ejemplar de Rayuela, terminé por lanzarme al asalto del gran hombre, interponiéndome entre él y el mostrador de la recepción en donde iba a depositar su llave. ¡Oh sorpresa!: me invitó a un mojito (...)
Miraba, escuchaba a Julio con sorpresa. El hombre cerrado de París se desvanecía tras un nuevo ser, feliz, con todas las antenas fuera. "Yo conocía tu cara de sombra. Ahora sé que también tienes una cara de sol" ,le dije entonces.
En 1971 Cortázar asiste, con Ugné Karvelis, a la toma de posesión de Salvador Allende en Chile: “Comprendí que la obligación más elemental de un escritor preocupado por la causa del socialismo era la de manifestar personalmente su solidaridad con esa grande y difícil experiencia que empezaba en un país del cono sur de América Latina”.
En 1973 destina los derechos de autor de El Libro de Manuel a la ayuda de los presos políticos en la Argentina. Posteriormente, en su clarificador escrito “El intelectual y la política en Hispanoamérica” escribe: “Sé muy bien que mis lectores no se contentan con leerme como escritor, sino que miran más allá de mis libros y buscan mi cara, buscan encontrarme entre ellos, física o espiritualmente, buscan saber que mi participación en la lucha por América Latina no se detiene en la página final de mis novelas o de mis cuentos (...) Creo que la responsabilidad de nuestro compromiso tiene que mostrarse en todos los casos en un doble terreno: el de nuestra creación, que tiene que ser un enriquecimiento y no una limitación de la realidad; y el de la conducta personal frente a la opresión, la explotación, la dictadura y el fascismo que continúan su espantosa tarea en tanto pueblos de América Latina”
En 1975 viaja a Ciudad de México para participar en la tercera sesión de la Comisión de Investigación de los crímenes de la Junta Militar de Chile.
En 1976, en Nicaragua, forma parte del proyecto La prensa literaria centroamericana.
En 1979 se separa de Ugné Karvelis, con la que sigue manteniendo una estrecha amistad y se casa con Carol Dunlop. Carol Dunlop es un poco la síntesis de las dos mujeres anteriores de Cortázar. De ella dice Carlos Gabetta: Una joven canadiense fina, delicada, culta, sensible, que hablaba en voz baja, escritora que había tenido problemas muy serios en Estados Unidos, país en el que vivió, por su oposición a la guerra de Vietnam. Ese mismo año, viaja a Nicaragua y decide apoyar, con todos los medios que estén a su alcance, a la Revolución Sandinista.
En 1981, año en que obtiene la nacionalidad francesa, se le diagnostica una leucemia. Sufre además una hemorragia gástrica que le obliga a ser hospitalizado y que “no lo mandó a mirar las flores del lado de las raíces de puro milagro”.
En 1982 emprende con Carol un juego de treinta y tres maravilloso días, una interminable fiesta de la vida: un viaje de París a Marsella sin abandonar “La autopista del sur” (que se convierte así en otra versión –ésta de ahora vivida- de un viejo cuento de Cortázar). La experiencia da lugar a un libro, Los autonautas de la cosmopista, cuyos derechos de autor cede Cortázar a la Revolución Nicaragüense. En noviembre de 1982, tras un último viaje a Nicaragua, muere Carol Dunlop.
En 1983 Cortázar asiste en la Habana a una reunión del Comité Permanente de Intelectuales por la Soberanía de los Pueblos de Nuestra América. Viaja a Buenos Aires para visitar a su madre y despedirse de la ciudad y de los amigos. Intuye el plazo se acorta. Uno de sus amigos porteños lo describió así: “Era un fantasma, aunque lleno de dignidad”.
En 1984 recibe del poeta Ernesto Cardenal, ministro de Cultura nicaragüense, la Orden de la Independencia Cultural Rubén Darío. El 12 de febrero muere en París, sin poder realizar el último viaje que proyectaba a Buenos Aires.
Javier Fernández, director nacional del libro, describe así su entierro: El entierro fue tristísimo. Un frío polar y un solcito que algún piadoso dios pagano hizo filtrar entre las ramas, como para que el cronopio mayor se fuera bajo la imagen bonaerense. Estaban todos los argentinos, de variada fisonomía, algunos latinoamericanos y ningún escritor francés, pero sí el Ministro de Cultura. Impresionó su llegada, en un camión pobretón, seguido de dos modelos de 1960, que conducían a sus amigos entrañables. Pocos advirtieron que su cajón era depositado en la tumba de Carol, sobre el de ella.
Algunas imágenes








Poemas
Los amantes
¿Quién los ve andar por la ciudad
si todos están ciegos ?
Ellos se toman de la mano: algo habla
entre sus dedos, lenguas dulces
lamen la húmeda palma, corren por las falanges,
y arriba está la noche llena de ojos.
Son los amantes, su isla flota a la deriva
hacia muertes de césped, hacia puertos
que se abren entre sábanas.
Todo se desordena a través de ellos,
todo encuentra su cifra escamoteada;
pero ellos ni siquiera saben
que mientras ruedan en su amarga arena
hay una pausa en la obra de la nada,
el tigre es un jardín que juega.
Amanece en los carros de basura,
empiezan a salir los ciegos,
el ministerio abre sus puertas.
Los amantes rendidos se miran y se tocan
una vez más antes de oler el día.
Ya están vestidos, ya se van por la calle.
Y es sólo entonces
cuando están muertos, cuando están vestidos,
que la ciudad los recupera hipócrita
y les impone los deberes cotidianos
El encubridor
Ese que sale de su país porque tiene miedo,
no sabe de que,
miedo del queso con ratón,
de la cuerda entre los locos,
de la espuma en la sopa.
Entonces quiere cambiarse como una figurita,
el pelo que antes se alambraba
con gomina y espejo lo suelta en jopo,
se abre la camisa, muda de costumbres,
de vino, de idioma.
Se da cuenta, infeliz, que va tirando mejor,
y duerme a pata ancha.
Hasta de estilo cambia,
y tiene amigos que no saben su historia provinciana,
ridícula y casera.
A ratos se pregunta como pudo esperar
todo ese tiempo
para salirse del río sin orillas,
de los cuellos garrote,
de los domingos, lunes, martes, miércoles y jueves.
A fojas uno, si, pero cuidado:
un mismo espejo es todos los espejos,
y el pasaporte dice que naciste y que eres
y cutis color blanco, nariz de dorso recto,
Buenos Aires, septiembre.
Aparte que no olvida,
porque es arte de pocos,
lo que quiso,
esa sopa de estrellas y letras que infatigable comerá
en numerosas mesas de variados hoteles,
la misma sopa, pobre tipo,
hasta que el pescadito intercostal
se plante y diga basta
Antes, después
como los juegos al llanto
como la sombra a la columna
el perfume dibuja el jazmín
el amante precede al amor
como la caricia a la mano
el amor sobrevive al amante
pero inevitablemente
aunque no haya huella ni presagio
aunque no haya huella ni presagio
como la caricia a la mano
el perfume dibuja el jazmín
el amante precede el amor
pero inevitablemente
el amor sobrevive al amante
como los juegos al llanto
como la sombra a la columna
como la caricia a la mano
aunque no haya huella ni presagio
el amante precede al amor
el perfume dibuja el jazmín
como los juegos al llanto
como la sombra a la columna
el amor sobrevive al amante
pero inevitablemente
Objetos perdidos
Por veredas de sueño y habitaciones sordas
tus rendidos veranos me aceleran con sus cantos
Una cifra vigilante y sigilosa
va por los arrabales llamándome y llamándome
pero qué falta, dime, en la tarjeta diminuta
donde están tu nombre, tu calle y tu desvelo
si la cifra se mezcla con las letras del sueño,
si solamente estás donde ya no te busco.
Mendoza, Argentina 1944
La mufa
Vos ves la Cruz del Sur,
respirás el verano con su olor a duraznos,
y caminás de noche
mi pequeño fantasma silencioso
por ese Buenos Aires,
por ese siempre mismo Buenos Aires.
La patria
Esta tierra sobre los ojos,
este paño pegajoso, negro de estrellas impasibles,
esta noche continua, esta distancia.
Te quiero, país tirado más abajo del mar, pez panza arriba,
pobre sombra de país, lleno de vientos,
de monumentos y espamentos,
de orgullo sin objeto, sujeto para asaltos,
escupido curdela inofensivo puteando y sacudiendo banderitas,
repartiendo escarapelas en la lluvia, salpicando
de babas y estupor canchas de fútbol y ringsides.
Pobres negros.
Te estás quemando a fuego lento, y dónde el fuego,
dónde el que come los asados y te tira los huesos.
Malandras, cajetillas, señores y cafishos,
diputados, tilingas de apellido compuesto,
gordas tejiendo en los zaguanes, maestras normales, curas, escribanos,
centroforwards, livianos, Fangio solo, tenientes
primeros, coroneles, generales, marinos, sanidad, carnavales, obispos,
bagualas, chamamés, malambos, mambos, tangos,
secretarías, subsecretarías, jefes, contrajefes, truco,
contraflor al resto. Y qué carajo,
si la casita era su sueño, si lo mataron en
pelea, si usted lo ve, lo prueba y se lo lleva.
Liquidación forzosa, se remata hasta lo último.
Te quiero, país tirado a la vereda, caja de fósforos vacía,
te quiero, tacho de basura que se llevan sobre una cureña
envuelto en la bandera que nos legó Belgrano,
mientras las viejas lloran en el velorio, y anda el mate
con su verde consuelo, lotería del pobre,
y en cada piso hay alguien que nació haciendo discursos
para algún otro que nació para escucharlos y pelarse las manos.
Pobres negros que juntan las ganas de ser blancos,
pobres blancos que viven un carnaval de negros,
qué quiniela, hermanito, en Boedo, en la Boca,
en Palermo y Barracas, en los puentes, afuera,
en los ranchos que paran la mugre de la pampa,
en las casas blanqueadas del silencio del norte,
en las chapas de zinc donde el frío se frota,
en la Plaza de Mayo donde ronda la muerte trajeada de Mentira.
Te quiero, país desnudo que sueña con un smoking,
vicecampeón del mundo en cualquier cosa, en lo que salga,
tercera posición, energía nuclear, justicialismo, vacas,
tango, coraje, puños, viveza y elegancia.
Tan triste en lo más hondo del grito, tan golpeado
en lo mejor de la garufa, tan garifo a la hora de la autopsia.
Pero te quiero, país de barro, y otros te quieren, y algo
saldrá de este sentir. Hoy es distancia, fuga,
no te metás, qué vachaché, dale que va, paciencia.
La tierra entre los dedos, la basura en los ojos,
ser argentino es estar triste,
ser argentino es estar lejos.
Y no decir: mañana,
porque ya basta con ser flojo ahora.
Tapándome la cara
(el poncho te lo dejo, folklorista infeliz)
me acuerdo de una estrella en pleno campo,
me acuerdo de un amanecer de puna,
de Tilcara de tarde, de Paraná fragante,
de Tupungato arisca, de un vuelo de flamencos
quemando un horizonte de bañados.
Te quiero, país, pañuelo sucio, con tus calles
cubiertas de carteles peronistas, te quiero
sin esperanza y sin perdón, sin vuelta y sin derecho,
nada más que de lejos y amargado y de noche
1950 año del Libertador, etc.
Y si el llanto te viene a buscar...
De un tango
Y si el llanto te viene a buscar
agarrálo de frente, bebé entero
el copetín de lágrimas legítimas.
Llorá, argentino, llorá por fin un llanto
de verdad, cara al tiempo
que escamoteabas ágilmente,
llorá las desgracias que creías ajenas,
la soledad sin remisión al pie de un río,
la culpa de la paz sin mérito,
la siesta de barrigas rellenas de pan dulce.
Llorá tu infancia envilecida por el cine y la radio,
tu adolescencia en las esquinas del hastío, la patota,
el amor sin recompensa,
llorá el escalafón, el campeonato, el bife vuelta y vuelta,
llorá tu nombramiento o tu diploma
que te encerraron en la prosperidad o la desgracia
que en la llanura más inmensa te estaquearon
a un terrenito que pagaste
en cuotas trimestrales.
Algo de lo que contó
Axolotl
Hubo un tiempo en que yo pensaba mucho en los axolotl. Iba a verlos al acuario del Jardin des Plantes y me quedaba horas mirándolos, observando su inmovilidad, sus oscuros movimientos. Ahora soy un axolotl.
El azar me llevó hacia ellos una mañana de primavera en que París abrió su cola de pavorreal después de la lenta invernada. Bajé por el bulevar de Port-Royal, tomé St. Marcel y L´Hospital, vi los verdes entre tanto gris y me acordé de los leones. Era amigo de los leones y las panteras, pero nunca había entrado en el húmedo y oscuro edificio de los acuarios. Dejé mi bicicleta contra las rejas y me fui a ver los tulipanes. Los leones estaban feos y tristes y mi pantera dormía. Opté por los acuarios, soslayé peces vulgares hasta dar inesperadamente con los axolotl. Me quedé una hora mirándolos y salí, incapaz de otra cosa.
En la biblioteca Sainte-Geneviève consulté un diccionario y supe que los axolotl son formas larvales, provistas de branquias, de una especie de batracios del género amblistoma. Que eran mexicanos lo sabía ya por ellos mismos, por sus pequeños rostros rosados aztecas y el cartel en lo alto del acuario. Leí que se han encontrado ejemplares en África capaces de vivir en tierra durante los períodos de sequía, y que continúan su vida en el agua al llegar la estación de lluvias. Encontré su nombre español, ajolote, la mención de que son comestibles y que su aceite se usaba (se diría que no se usa más) como el de hígado de bacalao.
No quise consultar obras especializadas, pero volví al día siguiente al Jardin des Plantes. Empecé a ir a todas las mañanas, a veces de mañana y de tarde. El guardián de los acuarios sonreía perplejo al recibir el billete. Me apoyaba en la barra de hierro que bordea los acuarios y me ponía a mirarlos. No hay nada de extraño en esto, porque desde el primer momento comprendí que estábamos vinculados, que algo infinitamente perdido y distante seguía sin embargo uniéndonos. Me había bastado detenerme aquella mañana ante el cristal donde unas burbujas corrían en el agua. Los axolotl se amontonaban en el mezquino y angosto (sólo yo puedo saber cuán angosto y mezquino) piso de piedra y musgo del acuario. Había nueve ejemplares, y la mayoría apoyaba la cabeza sobre el cristal, mirando con sus ojos de oro a los que se acercaban. Turbado, casi avergonzado, sentí como una impudicia asomarme a esas figuras silenciosas e inmóviles aglomeradas en el fondo del acuario. Aislé mentalmente una, situada a la derecha y algo separada de las otras, para estudiarla mejor. Vi un cuerpecito rosado y como translúcido (pensé en las estatuillas chinas de cristal lechoso), semejante a un pequeño lagarto de quince centímetros, terminado en una cola de pez de una delicadeza extraordinaria, la parte más sensible de nuestro cuerpo. Por el lomo le corría una aleta transparente que se fusionaba con la cola, pero lo que más me obsesionó fueron las patas, de una finura sutilísima, acabadas en menudos dedos, en uñas minuciosamente humanas. Y entonces descubrí sus ojos, su cara. Un rostro inexpresivo, sin otro rasgo que los ojos, dos orificios como cabezas de alfiler, enteramente de un oro transparente, carentes de toda vida pero mirando, dejándose penetrar por mi mirada que parecía pasar a través del punto áureo y perderse en un diáfano misterio interior. Un delgadísimo halo negro rodeaba el ojo y lo inscribía en la carne rosa, en la piedra rosa de la cabeza vagamente triangular pero con lados curvos e irregulares, que le daban una total semejanza con una estatuilla corroída por el tiempo. La boca estaba disimulada por el plano triangular de la cara, sólo de perfil se adivinaba su tamaño considerable; de frente una fina hendidura rasgaba apenas la piedra sin vida. A ambos lados de la cabeza, donde hubieran debido estar las orejas, le crecían tres ramitas rojas como de coral, una excrecencia vegetal, las branquias, supongo. Y era lo único vivo en él, cada diez o quince segundos las ramitas se enderezaban rígidamente y volvían a bajarse. A veces una pata se movía apenas, yo veía los diminutos dedos posándose con suavidad en el musgo. Es que no nos gusta movernos mucho, y el acuario es tan mezquino; apenas avanzamos un poco nos damos con la cola o la cabeza de otro de nosotros; surgen dificultades, peleas, fatiga. El tiempo se siente menos si nos estamos quietos.
Fue su quietud lo que me hizo inclinarme fascinado la primera vez que vi a los axolotl. Oscuramente me pareció comprender su voluntad secreta, abolir el espacio y el tiempo con una inmovilidad indiferente. Después supe mejor, la contracción de las branquias, el tanteo de las finas patas en las piedras, la repentina natación (algunos de ellos nadan con la simple ondulación del cuerpo) me probó que eran capaces de evadirse de ese sopor mineral en que pasaban horas enteras. Sus ojos, sobre todo, me obsesionaban. Al lado de ellos, en los restantes acuarios, diversos peces me mostraban la simple estupidez de sus hermosos ojos semejantes a los nuestros. Los ojos de los axolotl me decían de la presencia de una vida diferente, de otra manera de mirar. Pegando mi cara al vidrio (a veces el guardián tosía, inquieto) buscaba ver mejor los diminutos puntos áureos, esa entrada al mundo infinitamente lento y remoto de las criaturas rosadas. Era inútil golpear con el dedo en el cristal, delante de sus caras; jamás se advertía la menor reacción. Los ojos de oro seguían ardiendo con su dulce, terrible luz; seguían mirándome, desde una profundidad insondable que me daba vértigo.
Y sin embargo estaban cerca. Lo supe antes de esto, antes de ser un axolotl. Lo supe el día en que me acerqué a ellos por primera vez. Los rasgos antropomórficos de un mono revelan, al revés de lo que cree la mayoría, la distancia que va de ellos a nosotros. La absoluta falta de semejanza de los axolotl con el ser humano me probó que mi reconocimiento era válido, que no me apoyaba en analogías fáciles. Sólo las manecitas... Pero una lagartija tiene manos así, y en nada se nos parece. Yo creo que era la cabeza de los axolotl, esa forma triangular rosada con los ojillos de oro. Eso miraba y sabía. Eso reclamaba. No eran animales.
Parecía fácil, casi obvio, caer en la mitología. Empecé viendo en los axolotl una metamorfosis que no conseguía anular una misteriosa humanidad. Los imaginé conscientemente, esclavos de su cuerpo, infinitamente condenados a un silencio abisal, a una reflexión desesperada. Su mirada ciega, el diminuto disco de oro inexpresivo y sin embargo terriblemente lúcido, me penetraba como un mensaje: "Sálvanos, sálvanos." Me sorprendía musitando palabras de consuelo, transmitiendo pueriles esperanzas. Ellos seguían mirándome, inmóviles; de pronto las ramillas rosadas de las branquias se enderezaban. En ese instante yo sentía como un dolor sordo; tal vez me veían, captaban mi esfuerzo por penetrar en lo impenetrable de sus vidas. No eran seres humanos, pero en ningún animal había encontrado una relación tan profunda conmigo. Los axolotl eran como testigos de algo, y a veces como horribles jueces. Me sentía innoble frente a ellos; había una pureza tan espantosa en esos ojos transparentes. Eran larvas, pero larva quiere decir también máscara y también fantasmas. Detrás de esas caras aztecas, inexpresivas y sin embargo de una crueldad implacable ¿qué imagen esperaba su hora?
Les temía. Creo que de no haber sentido la proximidad de otros visitantes y del guardián, no me hubiese atrevido a quedarme solo con ellos. "Usted se los come con los ojos". me decía riendo el guardián., que debía suponerme un poco desequilibrado. No se daba cuenta de lo que eran ellos los que me devoraban lentamente por los ojos, en un canibalismo de oro. Lejos del acuario no hacía más que pensar en ellos, era como si me influyeran a distancia. Llegué a ir todos los días, y de noche los imaginaba inmóviles en la oscuridad, adelantando lentamente una mano que de pronto encontraba la de otro. Acaso sus ojos veían en plena noche, y el día continuaba para ellos indefinidamente. Los ojos de un axolotl no tienen párpados.
Ahora sé que no hubo nada de extraño, que eso tenía que ocurrir. Cada mañana, al inclinarme sobre el acuario, el reconocimiento era mayor. Sufrían, cada fibra de mi cuerpo alcanzaba ese sufrimiento amordazado, esa tortura rígida en el fondo del agua. Espiaban algo, un remoto señorío aniquilado, un tiempo de libertad en que el mundo había sido de los axolotl. No era posible que una expresión tan terrible, que alcanzaba a vencer la inexpresividad forzada de sus rostros de piedra, no portara un mensaje de dolor, la prueba de que esa condena eterna, de ese infierno líquido que padecían. Inútilmente quería probarme que mi propia sensibilidad proyectaba en los axolotl una conciencia inexistente. Ellos y yo sabíamos. Por eso no hubo nada de extraño en lo que ocurrió. Mi cara estaba pegada al vidrio del acuario, mis ojos trataban una vez más de penetrar el misterio de esos ojos de oro sin iris y sin pupila. Veía de muy cerca la cara de un axolotl inmóvil junto al vidrio. Sin transición, sin sorpresa, vi mi cara contra el vidrio, la vi fuera del acuario, la vi del otro lado del vidrio. Entonces mi cara se apartó y yo comprendí.
Sólo una cosa era extraña; seguir pensando como antes, saber. Darme cuenta de eso fue en el primer momento como el horror del enterrado vivo que despierta a su destino. Afuera, mi cara volvía a acercarse al vidrio, veía mi boca de labios apretados por el esfuerzo de comprender a los axolotl. Yo era un axolotl y sabía ahora instantáneamente que ninguna comprensión era posible. Él estaba fuera del acuario, su pensamiento era un pensamiento fuera del acuario. Conociéndolo, siendo él mismo, yo era un axolotl y estaba en mi mundo. El horror venía - lo supe en ese momento - de creerme prisionero en un cuerpo de axolotl, transmigrado a él con mi pensamiento de hombre, enterrado vivo en un axolotl, condenado a moverme lúcidamente entre criaturas insensibles. Pero aquello cesó cuando una para vino a rozarme la cara, cuando moviéndome apenas a un lado vi a un axolotl junto a mí que me miraba, y supe que también él sabía, sin comunicación posible pero tan claramente. O yo estaba también en él, o todos nosotros pensábamos como un hombre, incapaces de expresión, limitados al resplandor dorado de nuestros ojos que miraban la cara del hombre pegada al acuario.
Él volvió muchas veces, pero viene menos ahora. Pasa semanas sin asomarse. Ayer lo vi, me miró largo rato y se fue bruscamente. Me pareció que no se interesaba tanto por nosotros, que obedecía a una costumbre. Como lo único que hago es pensar, pude pensar mucho en él. Se me ocurre que al principio continuamos comunicados, que él se sentía más que nunca unido al misterio que lo obsesionaba. Pero los puentes están cortados entre él y yo, porque lo que era su obsesión es ahora un axolotl, ajeno a su vida de hombre. Creo que al principio yo era capaz de volver en cierto modo a él - ah, sólo en cierto modo - y mantener alerta su deseo de conocernos mejor. Ahora soy definitivamente un axolotl, y si pienso como un hombre es sólo porque todo axolotl piensa como un hombre dentro de su imagen de piedra rosa. Me parece que de todo esto alcancé a comunicarle algo en los primeros días, cuando yo era todavía él. Y en esta soledad final, a la que él ya no vuelve, me consuela pensar que acaso va a escribir sobre nosotros, creyendo imaginar un cuento va a escribir todo esto sobre los axolotl.
COMERCIO
Los famas habían puesto una fábrica de mangueras, y emplearon a numerosos cronopios para el enrollado y depósito. Apenas los cronopios estuvieron en el lugar del hecho, una grandísima alegría. Había mangueras verdes, rojas, azules, amarillas y violetas. Eran transparentes y al ensayarlas se veía correr el agua con todas sus burbujas y a veces un sorprendido insecto. Los cronopios empezaron a lanzar grandes gritos, y querían bailar tregua y bailar catala en vez de trabajar. Los famas se enfurecieron y aplicaron en seguida los artículos 21, 22 y 23 del reglamento interno. A fin de evitar la repetición de tales hechos.
Como los famas son muy descuidados, los cronopios esperaron circunstancias favorables y cargaron muchísimas mangueras en un camión. Cuando encontraban una niña, cortaban un pedazo de manguera azul y se la obsequiaban para que pudiese saltar a la manguera. Así en todas las esquinas se vieron nacer bellísimas burbujas azules transparentes, con una niña adentro que parecía una ardilla en su jaula. Los padres de la niña aspiraban a quitarle la manguera para regar el jardín, pero se supo que los astutos cronopios las habían pinchado de modo que el agua se hacía pedazos en ellas y no servía para nada. Al final los padres se cansaban y la niña iba a la esquina y saltaba y saltaba.
Con las mangueras amarillas los cronopios adornaron diversos monumentos, y con las mangueras verdes tendieron trampas al modo africano en pleno rodela, para ver cómo las esperanzas caían una a una. Alrededor de las esperanzas caídas los cronopios bailaban tregua y bailaban catala, y las esperanzas les reprochaban su acción diciendo así:
- Crueles cronopios cruentos. ¡Crueles!
Los cronopios, que no deseaban ningún mal a las esperanzas, las ayudaban a levantarse y les regalaban pedazos de manguera roja. Así las esperanzas pudieron ir a sus casas y cumplir el m s intenso de sus anhelos: regar los jardines verdes con mangueras rojas.
Los famas cerraron la fábrica y dieron un banquete lleno de discursos fúnebres y camareros que servían el pescado en medio de grandes suspiros. Y no invitaron a ningún cronopio, y solamente a las esperanzas que no habían caído en las trampas del rosedal, porque las otras se habían quedado con pedazos de manguera y los famas estaban enojados con esas esperanzas.
INSTRUCCIONES PARA DAR CUERDA AL RELOJ
Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan -no lo saben, lo terrible es que no lo saben-, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca.
Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.
INCONVENIENTES EN LOS SERVICIOS PUBLICOS
Vea lo que pasa cuando se confía en los cronopios. Apenas lo habían nombrado Director General de Radiodifusión, este cronopio llamó a unos traductores de la calle San Martín y les hizo traducir todos los textos, avisos y canciones al rumano, lengua no muy popular en la Argentina.
A las ocho de la mañana los famas empezaron a encender sus receptores, deseosos de escuchar los boletines así como los anuncios del Geniol y del Aceite Cocinero que es de todos el primero.
Y los escucharon, pero en rumano, de modo que solamente entendían la marca del producto. Profundamente asombrados, los famas sacudían los receptores pero todo seguía en rumano, hasta el tango Esta noche me emborracho, y el Tel‚fono de la Dirección General de Radiodifusión estaba atendido por una señorita que contestaba en rumano a las clamorosas reclamaciones, con lo cual se fomentaba una confusión padre.
Enterado de esto el Superior Gobierno mandó fusilar al cronopio que así mancillaba las tradiciones de la patria. Por desgracia el pelotón estaba formado por cronopios conscriptos, que en vez de tirar sobre el ex Director General lo hicieron sobre la muchedumbre congregada en la Plaza de Mayo, con tan buena puntería que bajaron a seis oficiales de marina y a un farmacéutico. Acudió un pelotón de famas, el cronopio fue debidamente fusilado, y en su reemplazo se designó a un distinguido autor de canciones folklóricas y de un ensayo sobre la materia gris. Este fama restableció el idioma nacional en la radiotelefonía, pero pasó que los famas habían perdido la confianza y casi no encendían los receptores.
Muchos famas, pesimistas por naturaleza, habían comprado diccionarios y manuales de rumano, así como vidas del rey Carol y de la señora Lupescu. El rumano se puso de moda a pesar de la cólera del Superior Gobierno, y a la tumba del cronopio iban furtivamente delegaciones que dejaban caer sus lágrimas y sus tarjetas donde proliferaban nombres conocidos en Bucarest, ciudad de filatelistas y atentados.
SU FE EN LAS CIENCIAS
Una esperanza creía en los tipos fisonómicos, tales como los ñatos, los de cara de pescado, los de gran toma de aire, los cetrinos y los cejudos, los de cara intelectual, los de estilo peluquero, etc. Dispuesto a clasificar definitivamente estos grupos empezó, por hacer grandes listas de conocidos y los dividió en los grupos citados más arriba. Tomó entonces el primer grupo, formado por ocho ñatos, y vio con sorpresa que en realidad estos muchachos se subdividían en tres grupos, a saber: los ñatos bigotudos, los ñatos tipo boxeador y los ñatos estilo ordenanza de ministerio, compuestos respectivamente por 3, 3 y 2 ñatos. Apenas los separó en sus nuevos grupos (en el Paulista de San Martín, donde los había reunido con gran trabajo y no poco mazagrán bien frappé) se dio cuenta de que el primer subgrupo no era parejo, porque dos de los ñatos bigotudos pertenecían al tipo carpincho, mientras el restante era con toda seguridad un ñato de corte japonés. Haciéndolo a un lado con ayuda de un buen sandwich de anchoa y huevo duro organizó al subgrupo de los dos carpinchos, y se disponía a inscribirlo en su libreta de trabajos científicos cuando uno de los carpinchos miró para un lado y el otro carpincho miró hacia el lado opuesto, a consecuencia de lo cual la esperanza y los demás concurrentes pudieron percatarse de que mientras el primero de los carpinchos era evidentemente un ñato braquicéfalo, el otro ñato producía un cráneo mucho más apropiado para colgar un sombrero que para encasquetárselo. Así fue cómo se le disolvió el subgrupo, y del resto no hablemos porque los demás sujetos habían pasado del mazagrán a la caña quemada, y en lo único que se parecían a esa altura de las cosas era en su firme voluntad de seguir bebiendo a expensas de la esperanza.
Bibliografía
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— Estrictamente no profesional». Humanaría, Buenos Aires, La Azotea, 1976.
— Alguien que anda por ahí y otros relatos, Madrid, Alfaguara, 1977
— Un tal Lucas, Madrid, Alfaguara, 1979.
— Queremos tanto a Glenda, Madrid, Alfaguara, 1981.
— Los autonautas de la cosmopista o Un viaje atemporal París-Marsella, Barcelona, Muchnik Editores, 1983. En colaboración con Carol Dunlop. (Citado: Autonautas.)
Bueno, espero que le guste o sirva a alguien.