Un banco de plaza
Sin saber que le pasaba o porque lo estaba haciendo, se encontraba Raúl Espinoza, sentado en un banco de plaza, llorando con la cabeza sostenida a gatas por sus manos, de no ser por estas parecería que se le habría separado del cuerpo. Miraba sin entender las lágrimas que por su rostro caían, intentaba secarlas mas era inútil siquiera intentarlo, ya que prácticamente antes de hacerlo, volvía a caer no una, sino dos o tres, más cargadas de sufrimiento, de lamentos y alguna pizca de ira.
Sentado en ese banco de cemento, frío y duro como un gran bloque de hielo, pero que ni siquiera tenía la virtud de ser suave y agradable al tacto, lo que pudo darse cuenta después de haberlo acariciado, sin saber porque, por algo más de diez minutos. Sus manos ensangrentadas parecían no percibir el dolor de la piel chamuscada y la carne viva, extrañamente fue la sal de las lágrimas que intentaba contener, la que hizo que Raúl se detuviera a contemplar sus heridas. Pareció mirarlas por un rato, viendo la sangre que de las mismas salía, dejando un charco rojizo entre sus zapatos gastados, en los que reparo más tiempo que en sus sangrantes manos. Se preguntaba mientras los miraba hacía cuanto que los tenía, cuando los había comprado. Pero las gotas de sangre que caían de sus manos le hicieron volver a fijarse en esas fieras heridas. Comenzó a indagarse como podía ser que no sintió ningún dolor, como solamente lo noto cuando intentaba parar las incansables lágrimas que su rostro recorrían. No encontró explicación racional para la insensibilidad de sus manos destruidas, y comenzó a llorar más fuerte porque no tenía salida.
Siguió algo más de cuatro horas sentado en el mismo banco con su cabeza tendida, sus ojos ya estaban hinchados y rojos de tanto llorar, y sus manos deformadas y moradas por las lesiones sufridas. El charco de sangre que antes se encontraba entre sus zapatos, ya había cubierto por completo el ancho de banco y era un gran círculo color violáceo, que atraía moscas que se peleaban por un poco de sangre mientras aún estuviera tibia.
La gente pasaba a su alrededor y nadie parecía notar el lamentable estado de este ser humano, quien a cada minuto parecía tener menos vida. Su rostro estaba de un color grisáceo, lo que resaltaba sus ojos hinchados y rojos que parecía que estaban por explotar, y sus manos, esas manos que algún tiempo atrás eran divinas, se habían desformado tanto que parecían garras de un monstruo mitológico.
Pasaron las horas y Raúl de su banco no se movía, no tenía intención alguna de seguir luchando contra la gran angustia que sentía. Sabía que ya nada sería lo mismo, que ya nadie lo querría. Había decidido que ya a nadie más lastimaría, que ya a nadie más le hablaría. Dio un suspiro muy grande, de repente sus ojos dejaron de llorar, su rostro retomo un poco su color natural. Se paro y dijo: “es simple, me odio a mi mismo”. Comenzó a caminar por una vereda transitada, pero parecía que nadie notaba a este hombre destruido por dentro, es que todos somos tan ciegos cuando el problema no es nuestro, somos todos egocéntrico y egoístas, todos somos mejor que el resto, no necesitamos de nadie y nadie nos necesita, crucificamos a las personas que se equivocan por no tener el coraje de perdonar lo imperdonable, porque si se es cristiano, para perdonar esta Dios, y si se es ateo dirán alguna frase de Freud y culparán a los padres, abuelos, tíos o hermanos por no tener el valor de cargarlo uno mismo.
Pero parece que Raúl Espinoza pensaba que a pesar de odiarse a él mismo, a pesar que su dolor fuera muy grande, pudo darse cuenta que tenía que seguir adelante, que tal vez en algún momento iba a empezar a conocerse y a no odiarse tanto. También aprendió que la gente es la que hizo que se odiara, esa misma gente que nunca lo vio cuando casi se desangra en el banco de la plaza, esa misma gente que lo escucho llorar y que lo vio sangrar. Fue ahí que se dio cuenta que tal vez era uno de los pocos que trató de comprender que en realidad se odiaba a si mismo, que probablemente muchos de los que caminaban ese día por la plaza y pasaron junto al banco frío de cemento, si realmente se conocieran y se dieran cuenta lo que son también se odiarían, aunque no fuera por horas como a él, seguramente más de uno pasaría unos cuantos minutos llorando y acariciando el banco por no haberlo hecho a alguna persona querida, y se encontrarían con las manos cubiertas de sangre. Pero lamentablemente no a todos le pasa que se dan cuenta de lo que hacen con las demás vidas.
Fin.
Juan Esteba Guevara Defferrari.