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El Centurión Romano

Info1/25/2012
CENTURIONES Imaginen esta situación: Hace unos meses te alistastes en las legiones. Los motivos pueden haber sido de cualquier tipo. Tal vez eran unos jóvenes muertos de hambre, de unos 17 años, condenados a arar un campo el resto de vuestra vida por una miseria, o tal vez eran tan tontos que os dejastes engañar por un tipo que nos prometió gloriosas aventuras y fabulosos botines orientales metidos en una saca de lona. El caso es que te alistastes. Los sometieron a un examen minucioso para dejar claro que tenías un cociente intelectual superior al de una rana, lo suficiente para entender las ordenes y no hacernos un lío con la pala de cavar, y que podías hacer una marcha de 40 kilómetros sin acabar escupiendo los pulmones. En definitiva, se aseguraron de que no iban a perder dinero con ustedes. Luego los sometieron a un periodo de adiestramiento de varios meses, en el que les enseñaron a usar la espada y el escudo, a luchar en línea y en grupo, a cavar, a fortificar, a nadar, a cabalgar, a marchar durante 40 kilómetros cargando 35 kilos de peso (vuestras pantorrillas parecen ahora las de un caballo de tiro) a arrojar la lanza con la suficiente precisión como para no matar a ningún compañero y a otras muchas cosas que no vienen al caso. Iré al grano, para no aburrirlos; el caso es que en estos momentos estás en medio de algún apestoso país muy lejano, echando de menos a vuestras madres. Estás formando en línea, junto a vuestros compañeros de centuria. Ante vosotros, una muchedumbre de galos, o germanos, o britanos o dacios. Apestosos y salvajes ,en todo caso, y en todo caso, también, están cabreados porque habeis invadido su país para llevaros cualquier cosa que tenga valor. Están luchando por su vida y por su libertad. Si son vencidos acabarán esclavizados, ellos y sus familias, así que harán lo posible por arrancaros la cabeza de cuajo para clavarla a la entrada de su choza maloliente, justo al lado del lugar donde mean por la mañana, al levantarse. Los tipos golpean sus escudos y berrean, para asustaros, como si no estuvieras ya bastante asustados. En este momento darías cualquier cosa para poder volver atrás y tener la opción de arar un campo por una miseria durante el resto de vuestras miserables vidas, permaneciendo bien lejos de los salvajes que están a punto de cocinar vuestras tripas en una olla. ¿Y qué es lo que hacés en ese momento? Pues miras a nuestro alrededor y ves a 400 tipos tan asustados como vosotros. Sudorosos y pálidos, y con las manos temblorosas. Todos excepto uno. ¿Y quién es ese uno? Pues nuestro centurión. El tipo que los ha traído hasta aquí. El que los amenaza con una tunda cada vez que cometés un error. El mismo que los golpeaba en la nuca con su vara de mando cuando la cagábas en la instrucción y que nos reventaba los tímpanos con sus amenazas. El tipo está tan tranquilo como si estuviera en el campamento supervisando la instrucción. Da la espalda a los salvajes, como si fueran una cagada de perro, y vigila la línea preparado para fulminar a gritos al primer imbécil que se salga un centímetro de la formación. Es un hombre como nosotros. Ha subido desde abajo, como uno de nosotros, y ha llegado a centurión porque tiene más cojones que nosotros. Estadísticamente tiene diez veces más posibilidades de morir que un legionario, porque siempre, siempre está en primera línea. Y es precisamente la visión de nuestro centurión la que nos recuerda lo que sos y de lo lo que formás parte, y nos recuerda también que no son ustedes los que debés estar asustados. No son ustedes los que han tenido mala suerte al entablar combate esta mañana, sino vuestros enemigos, que estadísticamente tienen muchísimas más posibilidades de acabar con las tripas desparramadas que nosotros, pues se enfrentan a las legiones romanas, que son la máquina de combatir más estremecedora que ha conocido la historia de la humanidad y el ejército proporcionalmente más adelantado a su tiempo que ha existido. Roma está aquí, y demás. Así que colocas nuestro escudo bien pegado al cuerpo, en posición reglamentaria, asomando apenas los ojos, y nos preparamos para empezar a acuchillar enemigos con nuestra pequeña espada. Nota: El espectacular penacho transversal de los centuriones tenía como función que los legionarios pudieran ubicar la posición de su líder en la confusión del combate y estar atentos a sus indicaciones, y las rodelas metálicas que ostentan en el pecho, sujetas por tiras de cuero, son condecoraciones honoríficas. Adicional: Resulta desconcertante lo sencillas que eran las premisas que fundamentaban la insultante superioridad táctica de las legiones sobre los ejércitos bárbaros, y que permitían que una proporción de 5 a 1 fuera favorable a los legionarios, siempre y cuando el terreno permitiera evitar los ataques por los flancos. Los legionarios estaban adiestrados intensamente para formar líneas de escudos muy compactas. Los bárbaros se abalanzaban, literalmente, contra un muro de madera. El legionario sostenía su enorme escudo (scutum, en latín) y neutralizaba con él la acometida de sus enemigos, y al mismo tiempo adelantaba su diminuta espada de doble filo, concebida para acuchillar, hacia las costillas, el cuello o el o el vientre de su contendiente. Esta tarea era muy fatigosa (el escudo era notablemente pesado) por lo que cada 5 ó 6 minutos los legionarios retrocedían al final de la hilera y el compañero que tenían detrás tomaba el relevo. Si luchaban con una línea de 8 hombres en fondo, que era la formación más habitual, un legionario combatía cada 40 minutos. Lógicamente, si caía herido el relevo se hacía de forma inmediata. Las legiones estaban perfectamente instruidas en una gran variedad de maniobras colectivas que usaban en función de las circunstancias. Las órdenes se transmitían con cuernos de guerra, y los centuriones eran los encargados de supervisarlas. Mención especial merecen las jabalinas usadas por las legiones (pilum, en singular, pila, en plural). Cada hombre llevaba una pesada y una ligera. La ligera se arrojaba primero, y era parecida a un venablo corriente. La pesada se arrojaba cuando el enemigo estaba ya muy cerca, y estaba diseñada para doblarse o romperse cuando colisionaba. De esta manera no podían usarse de nuevo contra los legionarios. Después era fácil de reparar. Un pilum pesado podía atravesar hasta tres escudos de madera, según un experimento llevado a cabo por la universidad de Oxford, gracias al contrapeso esférico de metal que le añadía poder de penetración Los legionarios usaban como referencia para organizarse en combate a los estandartes de su unidad. Los portaestandartes eran hombres escogidos por su valor en combate, y ostentarlos era un gran honor.
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