InicioInfoSobre los Juegos Olimpicos y los imperios
El Imperio del Centro De vez en cuando hay una Olimpíada que tiene la función de legitimar el poder de un país y su reconocimiento por el resto del mundo. Cuentan que una señora riquísima argentina –de los tiempos del granero del mundo y la vaca en el barco– salía una noche del teatro en París y, viendo que llovía, se alegró, porque su campo necesitaba agua. Así estoy yo hoy, ocho del ocho del ocho: esperando que llueva porque me encantaría que la inauguración de las olimpíadas chinas terminara chorreando. Es pura envidia: cuando me enteré de las razones por las que los chinos habían elegido la fecha de hoy, me dio el ataque. Para empezar, porque es una cifra afortunada: el ocho es el número de la suerte china, y tres ochos juntos son casi un despilfarro. Una cultura que puede exhibir así su superstición me merece cierto respeto. También porque, dijeron, tenían siglos de registros meteorológicos que confirmaban que en esta fecha no llueve casi nunca. Una cultura que puede usar con tanta soberbia su historia me lo merece también, aunque sea más incierto. Pero como no se conforman con eso, hace tres meses han prohibido la mayor parte de las obras en Pekín para limpiar la atmósfera y tienen preparados unos cohetes por si es necesario dispersar las nubes. Una cultura que puede exhibir con tanto desparpajo su control sobre lo humano y lo divino me merece miedito. En cualquier caso, con o sin lluvia, hoy empiezan. De vez en cuando hay una Olimpíada que tiene una función muy especial: la legitimación del poder de un país, su reconocimiento por el resto del mundo –por eso, seguramente, nunca hubo ninguna en Sudamérica. Los Juegos de 1904 en Saint Louis consagraron a los Estados Unidos como la nueva gran potencia; los de 1936 en Alemania saludaron al Reich; los del 64 en Tokio confirmaron el renacimiento de Japón; los del 92 en Barcelona bienvinieron a España a la modernidad. Los juegos de Pekín abren el ¿siglo chino?, y sus jefes no se contentan con la exhibición arquitectónica. Llevan años preparando atletas por todos los medios posibles –al borde de la esclavitud y la tortura– para sacarles a los Estados Unidos, también en eso, su primer puesto vitalicio. No sólo les vamos a mostrar qué bonitos estadios, qué brutas avenidas: les vamos a ganar, como cuando Hitler esperaba que los arios mostraran su superioridad hasta que aquel negrito Jesse Owens los dejó boqueando. Yo pasé, hace semanas, unos días en Pekín: resulta impresionante. La ciudad es una expresión de potencia desenfrenada: la están rehaciendo toda y hay cientos de edificios nuevos que serían, cada uno, el más grande de Buenos Aires por mucha diferencia. Caminar por Pekín es despiadado: poder en el espacio. Y lo más fuerte es esa sensación de que ahora el mundo pasa por acá. De que el resto es –somos– una lejana periferia. Es una sensación, pero me impresiona. Una cosa es pensarlo –yo lo venía pensando en los últimos años. Otra muy distinta es sentirlo –¿sentirlo?– caminando por cualquier vereda. Los mapamundis chinos siempre lo han mostrado: la China está en el medio, en el centro del mundo, porque es fácil y legítimo dibujar a América a la derecha y a Europa en el extremo izquierdo. China supo llamarse el Imperio del Centro y está claro que, desde el principio de la historia, siempre fue el Estado más poderoso del planeta, salvo un par de breves períodos de confusión: del siglo I al IV después de Cristo, cuando el imperio romano se le podía comparar, y del siglo XVI al XX, cuando los imperios europeos ocuparon el mundo. Si China vuelve a ser el Estado más poderoso del globo sólo será la corrección de ese error breve: la vuelta a la normalidad. La diferencia decisiva es que por primera vez será el Estado más poderoso en tiempos de globalización, o sea: cuando para ser el primero hay que dominar, de un modo u otro, a todos los demás. Ese auge chino es una paradoja curiosa para nosotros, sudaquitas. Ya lo escribí hace un tiempo: “Porque estamos aplastados por el imperio americano y, para cambiar, necesitamos su debilidad o su final, pero si ese final da paso a una cultura tan alejada de la nuestra como la china, vamos a estar todavía más lejos, más dejados, o sea: que nuestra única esperanza de seguir en la periferia cercana es que nuestros dominadores no se caigan. –¿Y por qué le parece mejor que los americanos sigan controlando, Caparrós? ¿No le habrán dado a usted también algún dinero o una beca o prebenda o subvención? –Uy, voy a preguntar. ¿Pero usted se imagina a su hija, mi querido, cantando cual geisha en flor, a su hijo emigrando a Shanghai para buscar trabajo, a su nieto del alma estudiando en la escuela la historia de la gran muralla? Es un problema. Digo: va a ser un problema cuando tengamos que adaptar nuestras culturas occidentales y cristianas de segunda selección a esa nueva cultura oriental y confucio-maoísta. Ahí sí que el mundo va a ser otro, y no necesariamente para bien de nosotros. Pero todo puede ser peor todavía. –Ah, claro, ya me parecía: es su refrán, Caparrós, su motto yo diría, su lema, su consigna. –No, mi querido, es el del mundo. Porque recordé de pronto aquella frase tan repetida y tan fácilmente comprobable: que ningún poder se suicida. Que ningún gobierno se suicida. Que ningún imperio se suicida. O sea que, si las cosas se ponen muy turbias para los Estados Unidos, si su economía sigue barranca abajo y si siguen perdiendo mercados y si la política de expansión china se mantiene y si sí y si no, no digo ahora pero sí dentro de algunas décadas, ¿no va a llegar un momento en que los rubios se sientan tan amenazados en su hegemonía mundial que no vean más remedio que una guerra? Sería tremebunda –y ojalá no suceda–, pero es la primera vez, desde el fin de la Guerra Fría, que se me aparece un escenario de conflicto verosímil. Por un lado parece imposible por excesiva; por otro, ¿si no, qué? ¿Que los Estados Unidos se dejen arrebatar el mundo sin pelear? Suena más raro todavía. La solución, por suerte, dentro de treinta o cuarenta años. Ahora, tras pasar por Pekín, me parece que quizá no sean tantos. Y hay otra paradoja: China se impone produciendo más que nadie ideas occidentales: coches, televisores, barcos, celulares. Y trata de consagrarse en estos días con el rito más occidental: los Juegos de los antiguos griegos. Digo, si finalmente gana, ¿quién habrá ganado? ¿Oriente, Occidente? ¿O esas definiciones empiezan a no tener sentido. FUENTE
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