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Apogeo y caída del comisario que fusiló a su propio delato

Info1/21/2012
Apogeo y caída del comisario que fusiló a su propio delatorAño 5. Edición número 191. Domingo 15 de enero de 2012Por Ricardo [email protected] al Sur denunció el caso. Ahora, un alto jefe policial y cuatro oficiales están detenidos por ello.El imperio del sol. el comisario Arnouk fue un símbolo del accionar de la bonaerense en la costa.Durante la noche del 12 de noviembre de 2011, en un colectivo de la línea 440, un sujeto mató a una chica de un tiro en la cara ante unos diez pasajeros; luego saltó del vehículo en una esquina de San Miguel. Sobre sus motivaciones, el jefe de la Sub DDI de la zona, comisario Claudio Arnouk, esgrimiría una hipótesis asombrosa: “Varias veces la había invitado a salir, pero sin éxito. El muchacho estaba obsesionado con ella”. Éste –un tal Romero, de 25 años– fue detenido al día siguiente en el barrio de Balvanera por una brigada de la Bonaerense que actuaba fuera de su jurisdicción y sin orden judicial. Es posible que por tales irregularidades el comisario haya incurrido en semejante embuste, ya que en realidad el tipo sólo quiso robar un celular. Lo cierto es que, en perspectiva, aún resulta curiosa la sobreactuación del comisario ante los medios. Otro en su lugar hubiera mantenido un bajo perfil.Es que ese policía de 49 años recaló en San Miguel por razones ajenas a su voluntad. Venía de estar al mando de la Sub DDI de Villa Gesell. Allí libró dos grandes batallas; una con el delito y otra con su legajo personal. La primera, alimentada con emprendimientos comerciales reñidos con el Código Penal, acrecentaba su patrimonio. La otra, consistente en la escenificación de episodios violentos y el armado de causas, embellecía su foja de servicios. Pero algo torció esa dinámicaA simple vista, el hecho ocurrido el 3 de enero de ese año en Valeria del Mar pasó por una de sus habituales proezas, al punto de que el diario marplatense El Atlántico lo relató así: “Un hombre murió al enfrentarse con policías luego de haber asaltado una casa y atado a una mujer, junto a un cómplice que escapó”.Poco después, el domingo 20 de febrero, Eduardo Anguita y Miguel Russo publicaron en Miradas al Sur una nota titulada “Cómo matar a un buche de la Bonaerense”, que dejó al desnudo la trama secreta del asunto: un robo de ficción con epílogo fatal.Arnouk y los suyos fueron redistribuidos con celeridad en el Gran Buenos Aires. Desde entonces, el vasto territorio de San Miguel fue para el comisario un destino de protección, tal como se les dice a las zonas policiales atendidas por personal con cuentas pendientes en otros sitios. Nada, sin embargo, es infalible. Durante la madrugada del jueves 5 de enero, un grupo de Asuntos Internos lo detuvo en su despacho. Cuatro antiguos subordinados ya lo esperaban tras las rejas.Elegía del delator. El hombre que en esta crónica será llamado Mario llegó en micro a la terminal de Villa Gesell durante la segunda mañana de 2011. Con un bolsito por único equipaje, se encaminó hacia la Sub DDI, ubicada enfrente. Arnouk no tardó en ir a su encuentro con un efusivo abrazo. Juntos luego irían al bar de la esquina. Allí, en una mesa del fondo, los aguardaba una figura macilenta, al cual Mario reconoció enseguida. Se trataba de Lacra, un malviviente de Quilmes cuyo nombre era Andrés Lezcano. Ahora, a los 38 años, ejercía el peligroso oficio de soplón. Y como tal, reportaba al comisario Arnouk, quien solía convocarlo cada verano a Gesell para alternar la obtención de datos y otros servicios con pequeños robos en zonas liberadas. El jefe policial tenía en aquel momento una nueva misión para Mario y él.–Es sencillo. Sólo hay que buscar unos fierros a una casa –fueron sus palabras.Entonces, sobre una servilleta, trazó un plano del chalé de la calle Espora al 1400, de Valeria del Mar.–Ahí todo está bajo control. Alguien les va a abrir la puerta.Por último, brindaron con una ronda de fernet.Entre Lacra y el jefe policial imperaba una empatía de larga data. Ambos se trataban por sus nombres de pila. Este último se quejó de la incautación en la dependencia a su cargo de 27 cuatriciclos robados a punto de venderse. “Al Pelado no le quedó otra”, diría con un dejo de resignación. El Pelado era nada menos que el fiscal de la UFI Nº 3, Cristián Centurión, con quien mantenía excelentes relaciones.De hecho, con ese funcionario judicial había perpetrado algunas proezas. La más resonante fue el desbaratamiento de una peligrosa celula de narcos integrada por adolescentes de clase media con algunas dósis de brolanfetamina –una droga de diseño– en su poder. Ello había ocurrido en la temporada estival de 2010. Lacra no fue ajeno a tal montaje. Ni a otros operativos antidroga nacidos de la imaginación de Arnouk, en los que su informante predilecto oficiaría alternativamente de entregador y testigo.Ahora, ya al mediodía de ese domingo, Arnouk se despidió de sus dos colaboradores civiles con una recomendación: evacuar el chalé del hecho por puertas distintas. Lacra lo haría por la de servicio.Ello, al día siguiente, no se cumplió. Es que hubo ciertos imprevistos: nadie les había franqueado la entrada a los intrusos, éstos no hallaron las armas que debían sacar y, para colmo, la zona se llenó de patrulleros. En esas circunstancias, Lacra se asomó por la puerta principal. Mario asegura que sus últimas palabras fueron:–¡No tires, Claudito, soy yo!Por respuesta se oyó una carga de disparos. El comisario Claudio Arnouk fue uno de los tiradores.Mario, en cambio, lograría poner los pies en polvorosa. Al día siguiente, ya refugiado en un aguantadero del sur bonaerense, vería a Arnouk en la pantalla de América. “Tras robar, el occiso se tiroteó con personal policial”, fue la frase que salió de sus labios.Mario, en ese instante, sintió un escalofrío.Fin de temporada. Dicen en la Sub DDI de Gesell que el comisario Arnouk quedó apesadumbrado por el trágico final del delator Lezcano. En realidad, las balas estaban destinadas a Mario, quien como soplón ya tenía fecha de vencimiento. Lo cierto es que Lacra estaba al tanto de la celada, la cual no tuvo otro objeto que dejar bien posicionado al comisario ante sus jefes a raíz de su presunta cruzada contra el delito. Tanto es asi que éste, ahora, no sólo lamentaba la pérdida de su viejo cómplice sino que, además, exhibía un gran nerviosismo ante el hecho de que Mario haya conservado la vida. Sabía que ese hombre era para él como una bomba de tiempo.De hecho, una llamada hecha desde la UFI Nº3 lo puso al tanto de una situación delicada: “Un abogado se comunicó con el fiscal Centurión para colaborar con la pesquisa a través de una persona –según sus dichos– con deseos de testimoniar contra la DDI por un tema de suma gravedad”.El comisario no tuvo dudas de que el testigo era Mario.Centurión terminó por caratular el hecho como “homicidio simple”. Y demoró por algunas horas a dos uniformados que participaron en la imaginaria refriega: el principal Ariel Pantolone y el subteniente Guillermo Aranda. “Al Pelado no le quedó otra”, diría Arnouk otra vez con un dejo de resignación. Luego, tras ser liberados los dos oficiales, la pesquisa judicial ingresó en un prolongado sopor.Dos semana más tarde, Arnouk se mostró otra vez ante las cámaras, al referirse al robo a turistas en una casa de veraneo. Fue la última vez en ser visto en Villa Gesell. Pocos allí sabían de su traslado a San Miguel. Hasta dos meses atrás, cuando habló por televisión sobre el asesino del colectivo. Para entonces, Arnouk ya estaba en la mira de la Justicia.Es que la causa pasó del despacho de Centurión –quien a mitad de año renunció al cargo por otras irregularidades– a la órbita del fiscal de Instrucción Nº 1 de Dolores, Gustavo García. Éste, en base a la declaración de Mario –cuya verdadera identidad y paradero son un secreto guardado bajo siete llaves– logró reconstruir la cadena de eventos que culminó con la trágica muerte del soplón Lezcano.El miércoles 4 de enero, Arnouk participó de un allanamiento en un barrio de Tortuguitas. Luego regresó a su oficina. Durante la madrugada siguiente, los efectivos de Asuntos Internos lo fueron a buscar. El telón había caído.
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