Escribir cura.
Todo aquel que tenga costumbre de escribir lo sabe bien.
Escribiendo sacamos de nosotros todo aquello que pueda
hacernos daño, y lo convertimos en algo bello, o algo duro,
pero en algo que ya no nos puede afectar.

El espejo

Hay personas que desde el comienzo de sus días se adaptan de manera natural a la vida que van a recorrer, se socializan y aceptan todos los códigos, a veces reprimiendo sus instintos, como si ellos mismos hubieran hecho las reglas. Se adaptan a cada uno de los límites impuestos primero por sus padres y luego por la sociedad, dando por sentado que las cosas son así y listo, ya está. Conmigo sucedió todo lo contrario. Siempre busqué un límite mas allá de lo convencional, o mejor dicho, siempre quise manejar mis propios límites. Es mas, sentía placer al revelarme contra mi familia, con los maestros, con los chicos mas grandes y contra todo lo que podía significar el poder. El mundo y yo siempre anduvimos por líneas paralelas, a contramano de todo. Y me gusta ser como soy. Es como un desafío constante, casi masoquismo, porque me hace sentir solo, aislado, y eso me retroalimenta.
Por supuesto, no fue fácil. Mis hermanos, varón y mujer, siempre fueron socialmente correctos y eso hacía mas grandes mis defectos. Siempre tuve que soportar las comparaciones, sobre todo en casa, que es donde mas me dolía. Eran buenos en la escuela, correctos en la casa, limpios, ordenados, cariñosos, en fin, mis opuestos. Muchas veces tuve la fantasía de haber sido hijo adoptado. Ojalá, hubiera evitado sentirme culposo con mis viejos que no sabían que hacer conmigo, no encontraban penitencias ni castigo que me doblegaran. Mi pobre vieja es una santa con una gran capacidad para la diplomacia. Maneja perfectamente ese toque de hipocresía necesaria para balancear los estados de animo de toda la familia, haciéndonos sentir que somos todos buenos, unidos y nos queremos mucho. Pero yo tenía en claro que era la piedra en el zapato del grupo. Mi viejo tiene una despensa en un local al frente de la casa. Es un hombre casi hosco que para educarnos solo necesitó dos palabras: si y no. No había verbos, sustantivos, adjetivos, nada. Solo si y no. Era el hombre mas querido por los vecinos. Era el sicólogo de todos. Pero con nosotros: si y no. Cuando alguien del barrio necesitaba algo lo primero que hacía era consultar a Don Victorio, mi padre. Cuando despachaba fiambre nadie miraba la balanza, era imposible desconfiar de el, era justo, decente, equilibrado, pulcro, atento y además sostén de la gente que se quedaba sin trabajo y necesitaba una mano. -¿me lo anota Don Victorio?. No hacía falta explicar nada más. Pero nunca dejaron de pagarle porque era muy fuerte lo que el representaba para todos.
El tener mi viejo el trabajo en casa me complicaba, porque era omnipresente para nosotros y no se le escapaba nada. Estaba en todos los detalles, cuando salíamos, a que hora volvíamos y sobre todo “como” volvíamos. A veces lo odiaba, pero con el tiempo me di cuenta que no era a él, a mi padre, al hombre, si no al espejo que el significaba. Es la antítesis mía. Nunca pude soportar su presencia casi aséptica, esa mirada de frente con sus ojos azules, con cejas tupidas que le dan ese aspecto de Piamontés duro e inquebrantable.
A fuerza de faltas, amonestaciones, repetir y quedar libre los fui convenciendo de que el Colegio no iba conmigo. Terminar segundo año fue todo un triunfo. Yo sentía que nadie me quería. Ni los profesores, ni los celadores, ni siquiera mis compañeros porque tenían miedo que los metiera en líos. Pero para mi no era un problema. Al contrario, disfrutaba del disgusto de los demás. Tenía mi vida en la que yo hacía las reglas y le ponía límites a los demás.
Disfrutaba de juntarme con otros chicos en la calle, de los que saben usar su libertad. Con ellos conocí el cigarrillo, el pegamento, después el porro, la cocaína, la promiscuidad, hasta fui taxi boy para conseguir droga. Cada año fue como un escalón mas hacia la autodestrucción. Por supuesto a los diecisiete me fui de casa porque la situación se había hecho insostenible. Volvía a casa cada tanto para darles el gusto de retarme y dejarlos tranquilos. Mi viejo solo me miraba, pero era lo que mas me hacía doler. Un día me agarré a trompadas con mi hermano “el perfecto” y después solo volvía para navidad, aunque sabía que les cagaba la vida, excepto a mi vieja que se sentía feliz al vernos reunidos a todos.
Convivo con dos chicas lesbianas con las que hago un show porno en algunos boliches gais. Hace un tiempo que me engripo muy seguido y tarda mucho en retirarse, además siento mareos, estoy mas delgado. Debe ser porque como mal y poco. A instancia de mis amigas que insistieron mucho, decidí ir al médico, cosa que no me gusta mucho, me parecen parte del sistema económico y que el cuerpo es un gran laboratorio que se encarga de producir por si mismo lo necesario para curarse.
Cuando me dijo HIB positivo me sentí caer por un precipicio, una garganta interminable. Solo atiné a preguntar: -¿sida? Doctor- Como esperando otra respuesta, con la ilusión de haber escuchado mal. Entonces comenzó a hablar de la enfermedad, de nuevos cócteles , de obras sociales, etc.. Un montón de cosas que yo ya no escuchaba, sentía la voz del médico con eco y cada vez mas lejana. Por primera vez me tuteaba con la palabra muerte. Una cosa es cuando se habla de ella en un sentido hipotético y otra cuando es TU muerte. Ahí empiezan a pasar por la mente todas las fantasías ocultas que tenemos con esta señora que siempre imaginamos de negro, guadaña incluida, pero lejana, cosas de viejo. Como voy a pensar en ella a los veinticinco años, con un cuerpo trabajado para los shows. Dios mío, pensé. Me di cuenta que era la primera vez que le daba contenido a la palabra Dios, Siempre fui demasiado soberbio para pensar en Él.
Comencé a vagar por la ciudad. No se cuanto tiempo anduve sin rumbo, tal vez tres días. Recuerdo que dormí en un banco de la estación del ferrocarril junto a otros desgraciados, fui a baños públicos y el resto del día caminaba. Primero llegó la autocompasión. Luego el odio contra quien me podía haber contagiado, como si yo fuera inocente y ajeno a mi problema ¿y los que habría contagiado yo?, “casi” siempre me cuidé, pero drogado se pierde la conciencia. Con el paso de las horas fui aceptando la idea de morir. Pero cada vez me aterraba mas el miedo a sufrir. Yo sabía de eso porque había visto a amigos míos pasar por esto y como terminaban. También se que otros hicieron el tratamiento y les fue bien, por lo menos llevaban una vida digna. Estuve un día tomando coraje para tirarme abajo del tren. Crucé avenidas sin mirar buscando un accidente. Pensé en cortarme las venas de las muñecas como lo hizo una amiga. También en pegarme un tiro con un revolver que había en casa. Pero no pude. No por cobarde, si no porque en cada circunstancia se me cruzó por la mente “el espejo”, esos ojos azules del viejo Don Victorio que me envolvían como en un sueño y contenían todos mis arrestos suicidas.
Decidí volver a casa. No tengo a nadie mas en el mundo, además no podía permitirme la cobardía de no enfrentar a mi familia, aunque tuviera que soportar un “yo te decía”. Mis hermanos formaron pareja y no están en casa. Con mamá no habría problemas, ella comprendía siempre todo. La cosa era el viejo. Como mirarlo a los ojos.
Tomé coraje y entré a la casa por la puerta del costado. Que sensación de seguridad, que calidez, por primera vez sentí el olor de los malvones y los helechos del patio por el que había pasado tantas veces. Mamá no estaba, seguramente fue a lo de tía Elena. Entre al baño y me miré al espejo. Me quise morir. Sucio, con barba de cinco días, la ropa arrugada, no me podía reconocer a mi mismo. Me senté en el inodoro y comencé a llorar. No se cuanto tiempo estuve así. Fue la catarsis de veinticinco años tirados a la basura. Me bañé, me afeité, tiré la maquinita por miedo a contagiar a alguien y aunque me puse la misma ropa, con olor a pis y todo, parecía mas digno.
Entré por la puerta de atrás a la despensa. Por suerte no había clientes. Papá estaba sentado acomodando unas boletas. Apenas me miró.
-Hola. Dije.
-Hola.
Siguió trabajando. Yo miré la puerta que da a la calle con ganas de salir corriendo. Siguieron unos minutos interminables. Se podía cortar el aire. Hacía meses que no nos veíamos.
-Supongo que tendrás algo que decirme.
Siempre iba al grano. Eso me gustaba. Yo también fui directo.
-Tengo Sida.
Siguió trabajando. No se le movió un músculo. No puedo creer que sea tan insensible. Después de todo seré una basura, pero soy su hijo.
De pronto se paró, me miró fijo (como siempre), y dijo:
-Y que vamos a hacer.
-Como “vamos...”
Y si (tenía los ojos acuosos), Cuando los hijos se quieren salir del buen camino se los reta. Pero cuando se fueron abajo hay que agarrarlos y ponerlos otra vez sobre el asfalto. O pensaste que te iba a dejar solo.
Tenía los ojos mas tiernos que he visto jamás. Un lagrimón tan azul como los ojos surcaba la comisura de sus labios. Nos dimos un abrazo interminable, desbordados por la emoción. Que placer el calor de ese cuerpo tan odiado y tan querido, su mejilla mojada contra la mía. Hasta podía escuchar su corazón. Nunca me sentí tan frágil y tan protegido, ahora sentía que iba a dar batalla, entraba a la pelea, no le sería tan fácil a la parca sacarme de sus brazos. Por el rabillo del ojo vi que mamá habría la puerta, miraba desconcertada y como buena diplomática se retiraba. Siempre manejando los tiempos.
Autor
Bacarat
Argentina
Cuentos
Siempre ha existido alguien a quien le gusta contar una historia y alguien a quien le gusta escuchar. Ese es el principio básico que le ha permitido a la Narrativa vencer las barreras del espacio y el tiempo.
Desde que el hombre comenzó a vivir en comunidad, gustó de reunirse alrededor del fuego cuando terminaba el día, y sintió la necesidad de contar a los demás sus experiencias y los sucesos que le habían acaecido, muchas veces refiriéndolos como si le hubieran sucedido a una tercera persona o enriqueciendo y transformando la realidad con su fantasía. Así el relato se empezó a independizar de su autor y los oyentes pudieron repetirlo y recrearlo.
En su larga vida la narrativa ha conocido dos tipos de transmisión: la oral, que consistió en la repetición de padres a hijos a través de generaciones; la escrita, que fijó sus formas y las embelleció con sus propios recursos.
Existen distintas formas de narrar. El cuento, la forma primitiva, es el único que se ha adaptado a través de los tiempos. Una narración breve de un suceso imaginario, en la que aparece un reducido número de personajes, una sola acción, un solo foco temático. Su finalidad es provocar en el lector una única respuesta emocional.
No hay peor violencia cultural que el embrutecimineto que se produce cuando no se lee
“Leer porque si”
significa leer porque uno tiene ganas de hacerlo sin ninguna justificación lógica, porque “se le canta” leer y no le tiene que rendir cuentas a nadie, porque quiere enfrentarse a un texto sin pensar que después se lo van a hacer separar en párrafos, o le harán buscar sustantivos comunes o propios, o le pedirán que descubra los adverbios y preposiciones, o le van a hacer analizar sintácticamente su título, o le van a dar una guía de interpretación…
Se "lee porque si" cuando se busca disfrutar de la lectura sin condicionamiento alguno...
Comunidad: Botanica "el maravilloso mundo verde"