Los caminos de la crisis
Manifestantes frente al Panteón de Roma protestan contra la política económica que ha causado una ola de suicidios en Italia.
Durante esta última semana, se inició en el comercio minorista de toda Italia el período de saldos de fin de temporada de verano. (No me pregunten por qué los saldos de fin de temporada comienzan cuando el verano tiene apenas unos veinte días). Caída de las ventas: entre el 15% y el 25%, comparadas con estas mismas fechas de 2011. Algunos especialistas dicen que hay que esperar una o dos semanas más antes de formular una apreciación definitiva. El último martes, resplandeciente mediodía de verano en la zona de Rimini (la ciudad balnearia del centro-este, en la que nació y murió Federico Fellini), donde puedo personalmente hacer una comparación con años anteriores: playas habitualmente frecuentadas por los habitantes locales, ahora casi desiertas, y comerciantes sumidos en la depresión.
En el restaurante al que vengo siempre a comer unos exquisitos strozzapreti con zucchini y gambe, la única mesa ocupada era la mesa en que estábamos unos amigos, mi hijo y yo. Cuando ya nos íbamos, una familia de turistas ocupó una segunda mesa. También los burgueses nómades, viajeros en Europa, empezamos a sentir la crisis. Pero la sensación de crisis no resuelve nada; por el contrario, plantea un problema extremadamente complicado: cómo conceptualizar la crisis, cómo pensarla. Si siento algo, tengo que poder identificarlo, localizarlo, darle alguna forma: esta necesidad cognitiva está inscripta en lo más profundo del cerebro de nuestra especie. ¿Dónde está la crisis? No está, claro, en ninguna parte, porque es una noción abstracta.
Se podría pensar que el caso del viajero es superficial, y que los italianos, que están sufriendo la situación en su propia experiencia de vida (por ejemplo, un familiar que ha perdido el empleo), no tienen ningún problema para pensar la crisis. Grave error: la necesidad –y tal vez la dificultad– son aun mayores. Todos tenemos que empezar a recorrer nuestros propios espacios mentales, tratando de hacer de la crisis una entidad pensable: cada vez que he interrogado a alguien, estos últimos días, sobre la situación, he sido activo coparticipante de ese proceso. Y en este tipo de recorrido mental, causas y efectos, antecedentes y consecuentes, instituciones y personas se suceden confusamente a lo largo de la búsqueda empecinada de una mínima coherencia.
Michele Maiani, dos veces intendente de Monte Cerignone, pueblo histórico del Montefeltro, en la región de Le Marche, y siempre activo funcionario a nivel regional (presidente de la Uncem (Unión de las Municipalidades de la Comunità Montana de Montefeltro), me explica, durante un almuerzo: en primer lugar, el Estado italiano tiene una vocación napoleónica, centralizadora, en un país que es exactamente lo contrario: un país de diferencias, de múltiples identidades regionales y locales. En segundo lugar, no ha habido nunca una reforma del Estado, simplemente se han agregado instituciones a las que ya existían. La burocracia ha ido creciendo, y el Estado sólo ha disminuido el presupuesto de los niveles institucionales más bajos. “¿Cuántos funcionarios había en la Municipalidad de Monte Cerignone cuando asumí por primera vez, hace 22 años? Dieciséis. ¿Cuántos hay ahora? Cinco.” En los otros niveles del aparato del Estado –prefecturas, provincias, regiones y las grandes ciudades, donde están los negocios, pero no la Italia productiva– nada ha cambiado. La responsabilidad de Berlusconi es enorme, me dice Michele. A un año de estar en el gobierno, reemplazó la ley que eximía de impuestos a las inversiones destinadas a aumentar la capacidad productiva de las empresas, por una simple exención de impuestos a la inversión. Lo cual generó un maravilloso mecanismo de especulación inmobiliaria: “Italia está cubierta de enormes galpones vacíos”. La privatización de los servicios públicos (autopistas, electricidad, teléfono, correo, etc.) no generó competencia destinada a mejorar los servicios y aumentó la deuda pública. “Vendimos las joyas de la familia por nada”. Y por fin, con el aplauso del gobierno, los bancos italianos se volvieron “globales” y entraron en el negocio envenenado de los derivados inmobiliarios. Y aquí estamos. “La única verdadera fuente de riqueza es el trabajo”, insiste Michele citando a los grandes clásicos. “El primer país europeo que empiece a producir riqueza desde abajo generará una transformación radical.”
Mientras nos sirven un lemoncello, comento que como la clase política no tiene interés en cambiar nada, la única opción que nos queda es la revolución. “Io sono pronto (estoy dispuesto)”, exclama Michele abriendo los brazos.
*Profesor plenario de la Universidad de San Andrés.
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Manifestantes frente al Panteón de Roma protestan contra la política económica que ha causado una ola de suicidios en Italia.
Durante esta última semana, se inició en el comercio minorista de toda Italia el período de saldos de fin de temporada de verano. (No me pregunten por qué los saldos de fin de temporada comienzan cuando el verano tiene apenas unos veinte días). Caída de las ventas: entre el 15% y el 25%, comparadas con estas mismas fechas de 2011. Algunos especialistas dicen que hay que esperar una o dos semanas más antes de formular una apreciación definitiva. El último martes, resplandeciente mediodía de verano en la zona de Rimini (la ciudad balnearia del centro-este, en la que nació y murió Federico Fellini), donde puedo personalmente hacer una comparación con años anteriores: playas habitualmente frecuentadas por los habitantes locales, ahora casi desiertas, y comerciantes sumidos en la depresión.
En el restaurante al que vengo siempre a comer unos exquisitos strozzapreti con zucchini y gambe, la única mesa ocupada era la mesa en que estábamos unos amigos, mi hijo y yo. Cuando ya nos íbamos, una familia de turistas ocupó una segunda mesa. También los burgueses nómades, viajeros en Europa, empezamos a sentir la crisis. Pero la sensación de crisis no resuelve nada; por el contrario, plantea un problema extremadamente complicado: cómo conceptualizar la crisis, cómo pensarla. Si siento algo, tengo que poder identificarlo, localizarlo, darle alguna forma: esta necesidad cognitiva está inscripta en lo más profundo del cerebro de nuestra especie. ¿Dónde está la crisis? No está, claro, en ninguna parte, porque es una noción abstracta.
Se podría pensar que el caso del viajero es superficial, y que los italianos, que están sufriendo la situación en su propia experiencia de vida (por ejemplo, un familiar que ha perdido el empleo), no tienen ningún problema para pensar la crisis. Grave error: la necesidad –y tal vez la dificultad– son aun mayores. Todos tenemos que empezar a recorrer nuestros propios espacios mentales, tratando de hacer de la crisis una entidad pensable: cada vez que he interrogado a alguien, estos últimos días, sobre la situación, he sido activo coparticipante de ese proceso. Y en este tipo de recorrido mental, causas y efectos, antecedentes y consecuentes, instituciones y personas se suceden confusamente a lo largo de la búsqueda empecinada de una mínima coherencia.
Michele Maiani, dos veces intendente de Monte Cerignone, pueblo histórico del Montefeltro, en la región de Le Marche, y siempre activo funcionario a nivel regional (presidente de la Uncem (Unión de las Municipalidades de la Comunità Montana de Montefeltro), me explica, durante un almuerzo: en primer lugar, el Estado italiano tiene una vocación napoleónica, centralizadora, en un país que es exactamente lo contrario: un país de diferencias, de múltiples identidades regionales y locales. En segundo lugar, no ha habido nunca una reforma del Estado, simplemente se han agregado instituciones a las que ya existían. La burocracia ha ido creciendo, y el Estado sólo ha disminuido el presupuesto de los niveles institucionales más bajos. “¿Cuántos funcionarios había en la Municipalidad de Monte Cerignone cuando asumí por primera vez, hace 22 años? Dieciséis. ¿Cuántos hay ahora? Cinco.” En los otros niveles del aparato del Estado –prefecturas, provincias, regiones y las grandes ciudades, donde están los negocios, pero no la Italia productiva– nada ha cambiado. La responsabilidad de Berlusconi es enorme, me dice Michele. A un año de estar en el gobierno, reemplazó la ley que eximía de impuestos a las inversiones destinadas a aumentar la capacidad productiva de las empresas, por una simple exención de impuestos a la inversión. Lo cual generó un maravilloso mecanismo de especulación inmobiliaria: “Italia está cubierta de enormes galpones vacíos”. La privatización de los servicios públicos (autopistas, electricidad, teléfono, correo, etc.) no generó competencia destinada a mejorar los servicios y aumentó la deuda pública. “Vendimos las joyas de la familia por nada”. Y por fin, con el aplauso del gobierno, los bancos italianos se volvieron “globales” y entraron en el negocio envenenado de los derivados inmobiliarios. Y aquí estamos. “La única verdadera fuente de riqueza es el trabajo”, insiste Michele citando a los grandes clásicos. “El primer país europeo que empiece a producir riqueza desde abajo generará una transformación radical.”
Mientras nos sirven un lemoncello, comento que como la clase política no tiene interés en cambiar nada, la única opción que nos queda es la revolución. “Io sono pronto (estoy dispuesto)”, exclama Michele abriendo los brazos.
*Profesor plenario de la Universidad de San Andrés.
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